miércoles, 8 de diciembre de 2010

Venganza

Pereira ya lo había dicho: perdonaba pero no olvidaba.
Cuando le vi acercarse a la puerta del gerente intuí la venganza. Sus ojos delataban el rencor.

Había reunido suficientes pruebas de mis fallos, que sin llegar a poder llamarse incompetencia, daban un punto de dudas sobre mi magnífico expediente. Sólo yo fui testigo del instante en que mi comentario mordaz le había herido su orgullo.

Me han degradado a oficial de primera. Otra vez a compartir despacho con cinco compañeros.

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