lunes, 4 de julio de 2011

Esa lágrima del arroz con leche

El cosquilleo amargo en la garganta, los flashes de recuerdos mientras mueve la cuchara  de madera en el denso y blanco contenido de una cazuela , a fuego muy lento, lentito, muy lento, nena.

Y nota como se emancipa una lágrima del ojo derecho y un segundo después el izquierdo no quiso quedarse atrás. El aroma a arroz con leche por un lado, y la visión de un calcetín desparejado por otro, se confabularon para que una nube de nostalgia se colara de contrabando en la cocina.

Usó la fórmula para sonreir: saberse ella. Otra vez como recurso. Otra vez como herramienta multiuso.
De nuevo el antídoto contra la tristeza.

Siente, casi físicamente, cómo desde el cielo que no existe, le guiña un ojo la vida que le dió la vida, y sabe que es la vida misma la que le guiña el otro ojo, desde la certeza de que es un regalo.

La llamada de ese hijo, esos dos toques confirmando que llegó al aeropuerto la regresan al presente. Entre la madre y el hijo el ciclo de la vida la ubican donde ella está: en el medio.

Mientras, el aroma sigue y sigue atándola a su brevedad entre el ayer y el mañana. Adherida a su sonrisa.

3 comentarios:

  1. Precioso. Yo también me he levantado hoy recordando a gente que ya no está.

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  2. Gracias.Hay ratitos para todo.Algunos, si son breves , hasta nostalgia, son bienvenidos, porque indican que segimos sintiendo, que no soos de plastilina.Un abrazo

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  3. Es el único postre que yo preparo, sólo necesita paciencia y una pizca de amor, nada parecido a lo que te ofrecen en los restaurantes. Ese hecho de prepararlo o de comerlo, me arroja recuerdos de padres e hijos, aunque no me falte ninguno, por lo que tu relato me resulta como una premonición: recordaré o seré recordado en un momento "arroz con leche", ¡qué vida...!
    Besos

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.