martes, 30 de agosto de 2011

Una cara inquietante

Había sido una tarde extraña. Con Adelina no acabaron de entenderse y aún ahora, en su regreso a casa, duda si ella entendió el boceto del vestido que  ha realizado para hacer las primeras hechuras en papel. Sólo posteriormente, con el prendido de alfileres de la tela cortada es cuando puede intuirse cómo quedará una prenda. Hoy trabajaron en uno especial que quiere que forme parte de la “Colección de primavera”.
En el color y tejido se han compenetrado. Seleccionaron de forma coordinada el material para  el resultado de la prenda que está en su  imaginación, y que sí supo transmitir. Los años que llevan juntos hacen que se entiendan con pocas palabras. Paolo no sería el modisto que es sin la complicidad de ella.


Estaba cansado y seguro de que   no sería fácil llevar a buen puerto ese diseño que le ha venido a su mente de manera súbita,  como una fotografía. Una imagen perfectamente definida, en forma de una mujer de mediana edad, bellísima, con zapatos de salón negros de mediano tacón que lleva a su lado a una muchacha con mohín de disgusto.

Paolo lleva  meses decantándose  por vestidos de talle alto, y  el que ahora tiene en su mente es diferente del patronaje que llevan entre manos. Éste es sencillo y en tonos pastel, de talle medio y de un largo bajo la rodilla.

Conduce por la cornisa que aparece hace años en la película “Atrapa a un ladrón “, de Hitchock, como cada noche. La conoce perfectamente. Con la música de fondo de  “Mai il cielo è sempre più blu” toma una curva sobre el barranco y ve en su parabrisas una cara: asimétrica, envejecida, como  dibujada a carboncillo. Repelente. Impactante Es una fracción de segundo nada más pero queda aterrorizado.

Cuando puede frenar y detenerse, confuso y con el corazón todavía acelerado, mira la curva por el retrovisor. Respira el aire de la noche. Confirma la hora y continúa su camino.
Pasaron los meses y con los nervios previos de cada temporada por fin salió impecable y aplaudida "La colección primavera-verano 82". La  pasarela derrochaba elegancia. De la Casa Grimaldi se le pidió el vestido en tonos pastel y  uno de noche, de color  negro y escote palabra de honor.


Al cabo de un año de su  visión, el mediodía del catorce de Septiembre,  al escuchar por la radio del taller que la princesa Grace Kelly había sufrido un accidente al salirse de una curva, sabe con certeza de qué curva se trata. Cuentan que su hija Estefanía la acompañaba, y no duda de qué vestido llevaba la princesa en ese momento. 


A partir de ese día cada noche toma todas las curvas más lentamente. Muy por debajo de la indicada en cada señal. Cada día tarda más en volver a casa y disfruta menos conduciendo . 

Cuando una noche de invierno con niebla, cree ver una mujer hermosa de mediana edad con un sobrio vestido en tonos pastel ante la curva maldita, nota en todo su cuerpo un intenso y doloroso escalofrío, y sin mirar por el retrovisor ni una vez más, decide dejar Monte-Carlo como lugar de residencia. 



sábado, 27 de agosto de 2011

Las gafas de vidrio rosado

Las máquinas que limpian la arena no caben entre las palmeras

Está poniendo doblada la toalla en la arena, la camisola en un saliente del tronco de una palmera de la derecha y apoya las chanclas contra la base de tronco. Abre la bolsa transparente con cremallera y saca el spray de protección solar y el botellín de agua dejándolos al lado del libro cuya lectura inició ayer en la terraza del apartamento.
Tras la aplicación concienzuda de la  loción sobre la cara, cuello y hombros se acerca a la orilla, con el  sol bajo  aún, porque  asomó hace pocos minutos. Nota un tenue calor en  la parte izquierda de su cuerpo. Saluda al horizonte, como cada día, se reconcilia con el universo ante unos pocos, cada día menos, veraneantes en la extensa playa y camina con las olas rompiendo  a la altura de sus pantorrillas hacia el norte llevando puestas las gafas de sol.
Estas son las gafas que compró un día de invierno,  tan luminoso que pedía a gritos una protección ocular.  Entró en una óptica. Ese día estaba con el corazón gelatinoso pero inquieto y triste. Ella se sentía en un estado de  stand-by   indefinible, pero por ningún motivo especial. Tal vez porque seguía aplazando de forma absurda decisiones ya tomadas o porque hay días en que uno ha de hacer un esfuerzo para asentarse en su certeza de estar vivo. 

Entró decidida y pidió unas gafas de sol con cristal rosa. Había sólo dos modelos y uno estaba diseñado claramente para el esquí, así que la decisión fue fácil. Estaban ahí para ella. El efecto al probárselas fue  instantáneo,  porque su ánimo cambió de forma parecida a dar la vuelta a un calcetín. Se adaptaron a su cara como hechas con el molde de su hechura facial.  El precio no la desanimó aunque no estaba en sus planes, ni remotamente,  gastarse ese dineral en unas gafas de sol. Salió de la tienda siendo la misma que en sus mejores momentos, y desde entonces las lleva en el bolso igual en verano que en invierno, porque sólo ponérselas cambia el color con que mira todo: los edificios, las nubes, las sombras…, hasta las mariposas blancas se alegran cuando se las pone, porque adoptan un tono lúdico y la invitan a bailar.
Al llegar a la altura del hotel, donde suele haber más gente en la playa,  da media vuelta  y regresa por la orilla, dejando sus huellas una tras otra  en su sombra alargada, jugando a esquivar la lengua suave de las olas en la oscura arena, y a la altura de su oasis se sumerge en el mar de frías aguas todavía . 

Da unas brazadas, permanece algunos ratos flotando ingrávida, en un dejarse mecer tranquilo y sale del agua renovada y húmeda como recién nacida, y lista para echar a vivir. Se pone la toalla por los hombros para recuperar el calor, y tras estar sentada con las piernas cruzadas mirando unos minutos al mar, se quita las gafas que prende cuidadosamente en la parte superior del biquini para nadar, las seca y las guarda.

Después extiende la toalla y sigue leyendo desde el punto de libro que le regaló su amiga días atrás. Es blanco, con un simple dibujo que alude a un café.

domingo, 21 de agosto de 2011

El cuadro interminable.


Referencia de Google



Armado con el anhelo de perpetuar la imagen de una costa donde alcanzó a oír el mar dentro de él se encaminó a la única tienda de objetos para artistas de su ciudad. Se dirigió a un dependiente, el mayor de los dos que atendian el establecimiento. La impaciencia de Rodrigo fue neutralizada de inmediato con el aplomo, la serenidad y la experiencia de ese hombre que entendió la sed intesa con la que llegaba un joven desgarbado, de mirada luminosa y gesticulando con unos dedos delgados, flexibles y  de uñas impolutas.

El muchacho requería información: iba a pintar un cuadro. Ante las preguntas sobre las técnicas y materiales para hacer una pintura el dependiente respiró hondo comprendiendo que ese adolescente tenía una idea fija: reflejar algo. Pero desconocía por completo cualquier base de pintura. Si había hecho Bachillerato algún dibujo artístico habría hecho, con acrílico o carboncillo, pero poco más debía conocer sobre materiales ni perspectivas, ni unas mínimas nociones sobre otras técnicas, por supuesto. Con la calma de ser  veterano y la ventaja de que tan temprano no había ningún cliente aceptó el desafío de saciar el hambre que ese joven mostraba en su mirada. Con el bagaje de las innumerables veces que había atendido a deseos súbitos y violentos de ser pintor le condujo a paso lento por la nociones mínimas de las diferencias abismales  entre el óleo y la acuarela o el carboncillo y el acrílico.

El chaval era todo oídos, y en su mirada había deseos de captar todo lo que de forma didáctica, sencilla y honrada el dependiente le iba explicando. A media mañana se había decantado por el  óleo, y de la marca Winton  concretamente porque el aglutinante permite una infinidad de pigmentos de color, según le explicaba con persuasión ese gran dependiente. Como le advirtió que eran muy superiores en gama y calidad que otras marcas como Amsterdan o Goya y ya que se sabía, cada minuto de forma más innegable, un simple principiante; aunque tenía un  bajo presupuesto no dudó en que era mejor trabajar desde el principio con productos que pudieran ofrecer el mejor resultado con su nula experiencia.

En cuanto a los pinceles le explicó pacientemente que había de muchas variedades de pelo y que cada tipo de de pelo tiene unas características que se adaptan a unos trazos u otros y una capacidad de absorción concreta . Rodrigo acabó  decidiéndose por una gama de pinceles de pelo de oreja de buey poco surtida, uno de marta  Kolinsky por si necesitaba hacer trazos de precisión y por último uno cuadrado o de Gussow de marta roja. Esperó a que le armaran la tela en el bastidor y llegando a casa se puso manos a la obra. Su boceto a lápiz empezó a nacer justo después de comer. Era a finales de Agosto, en una tarde de jueves. 

Durante dos días estuvo encerrado en su habitación. De alguna forma difícil de explicar todo su tiempo se  le iba en  el trayecto entre su corazón y la tela, desde el retrato de la sensación ante las olas a sus inexpertos dedos. Se acercaba y se alejaba de la tela buscando el sentimiento que quedó incrustado cerca de la playa de Saint-Malo cuando tras escuchar “los bagadoù” con sus gaitas bretonas anduvo por piedras escarpadas huyendo de algo o buscando algo con el ahínco de su juventud naciente y su ebullición hormonal.

La muchacha de la playa dijo llamarse Henriette y le dio un beso en la mejilla cuando él le entregó la pamela que el viento había hecho volar. Con su “merçí” se le subieron los colores y sus ojos le hechizaron pero cuando, coqueta, le dio la espalda se sintió un intruso en su cuerpo y le invadió un estado de desasosiego que no supo reconocer a sus dieciséis años. Sólo acertó a  comenzar a caminar hacia el norte, subiéndose a piedras que le arañaron las rodillas  pero le calmaban el corazón, aferrándose a su instinto de abrir la caja de su alma efervescente. Se fue acercando a la rompiente para notar el agua como un aspersor sobre ese cuerpo que no lo sentía como propio. Con una furia y una determinación sin precedentes se iba alejando de la playa de forma rápida y peligrosa. Cuando al fin se sentó  sobre una roca miró al mar y comprendió que iba y venía con la cadencia de su respiración y la fuerza de sus latidos. Allí permaneció un tiempo indefinido, callado e inmóvil, observando cómo las olas chocaban una y otra vez sobre las rocas y cómo se despertaba en él  la necesidad de guardar en su retina la imagen para no perderla nunca más. Como queriendo plasmar en una fotografía lo que se abría como una rosa de  jericó en su interior. 

No estaba ausente por el mar, ni en absoluto por la chica rubia de la playa. Estaba absorto, con sus sentidos abiertos, en una roca concreta. Esa roca que desde poca distancia observaba y a la que una ola, nunca la misma pero siempre igual le daba y le quitaba vida, la cubría de agua y la dejaba emerger. Todo estaba inmerso en un ritmo cadencioso que le tenía hipnotizado haciéndole sentir en sincronía con el  Universo entero y que de forma inequívoca le conectaba con el sentimiento de ser él por vez primera: de forma imposible de comparar con la imagen de un espejo o con las opiniones de sus compañeros, o con las de sus amigos o con la de sus padres. Era él. y lo sabía.

Las vacaciones acabaron pronto. No volvió a encontrar a Henriette ni por la playa ni por el pueblo pero ciertamente en los años posteriores no llegaría a recordarla jamás. Llegó a León con la foto exacta de lo que quería sentir una y mil veces: la vida que late en las olas. La que le instaló la conciencia de ser quien es en unos minutos. Esa que le desterró de la infancia y le abrió a su identidad. Aquella que en su retina no dejó de latir. 

Empezó ese cuadro hace treinta años y fecha de hoy sabe que no podrá darlo por acabado jamás.

lunes, 1 de agosto de 2011

Travestismo y fuga

Lola desvela su gran secreto. Le ha costado tantos años de duro empeño, de desencuentros con su padre, de créditos, de  favores, de quirófano y dolor que ahora, frente a Andreu no sabe si zambullirse en su axila para no mirarle a los ojos mientras le dice 
-"Nací Ignacio, lo entiendes amor, ¿verdad?"


Llegó la luna. Pasó la noche entre abrazos , sobresaltos y caricias, y Lola queda dormida con un respirar ruidoso y una paz nunca encontrada.


Se despertó tocando el vacío al otro lado del colchón. Andreu no estaba en la cama . No quedaba ropa en el cuarto, ni rastros en el baño del hotel. Miró la playa desde el balcón. Notó las huellas del llanto en sus mejillas y las dejó correr hacia su pecho siliconado y de respirar tranquilo ahora,  y miró como amanecía en San Savador.


Empezó a soñar otra vida,  mientras una larga ducha le borraba ese vacío instalado en las entrañas. Deja que el agua atenúe  la rabia y se lleve las lágrimas saladas al desagüe de otro sueño roto. Bajo el agua lloró un poco más,  solo un poco más y al rato pudo tararear el " Cant d'els ocells" de Pau Casals, que escucharon juntos anoche y,  en esa larga, larguísima ducha ,reinventó una estrategia diferente: decir la verdad desde el minuto cero. Desde el segundo uno. 


Sin pagar la cuenta todavía, salió a la calle, a pasear con la pamela que compró ayer cogida de su brazo en el paseo marítimo. Y es que la vida le espera, a la vuelta de la esquina de nuevo para empezar a andar. Entiende que la vida sigue y su paso es más seguro, y su mirada más alta y empieza a esbozar una sonrisa sentada en una terraza, leyendo una revista, mientras borra del celular el número de Andreu.  


A través de las gafas de sol mira a los madrugadores haciendo footing en la orilla. Y con los párpados aún hinchados,  sus ojos atisban un desliz del destino que la haga mujer. Porque lo es.