martes, 16 de agosto de 2011

" El Quejío", o un despertar de infancia.


En su casa había discusiones a la hora de comer ante una televisión en marcha. Padre y hermano cada día, sin fallar uno sólo, discutían sobre los contenidos que se emitían desde un noticiario llamado "telediaro", cuando sólo había un canal para elegir. El padre sostenía que lo que explicaban era la verdad del país y el hermano parecía hablar de otra realidad diferente, de un país diferente, como si hablasen en idiomas distintos. La madre, ella y otros hermanos callaban.  
Iba a un Instituto donde dos profesoras, la de literatura y la de francés eran las únicas que por su estilo propio y su forma de impartir clases parecían estar al otro lado de los convencionalismos y los dogmas de la “gente de bien”. Sus clases no se las saltaba nunca.
En literatura organizaron dos salidas a Barcelona en el curso 1972-73. Ambas fueron los detonantes de una carga de dinamita que Laia llevaba dentro. La primera salida fué para la ver una representación de "Yerma" en una escenificación rompedora y vanguardista que la obligó a entender el  papel sumiso de la mujer y  la tragedia de ser estéril en ese marco  de rol único  con una poesía cargada de dolor, rabia y desesperanza que le encogió el corazón. 

La segunda obra propuesta estuvo en cartelera unos días de Mayo y se llamaba “El Quejío”, representada por la compañía ”La Cuadra”. Empezó la obra, con  poco attrezzo: unos taburetes de enea, unos cajones y unos actores exentos de ropa flamenca. Negra la tela, negro el pelo, negros los ojos de los cantaores. Sin ninguna raíz andaluza  ni referencia alguna en  cante jondo, esos sonidos como lamentos la desanimaron y empezó a bostezar pero la obra empezó a hablarla, la fue ganando poco a poco con letras , con sonidos de rabia y honda tristeza que eran verdaderos quejidos, con latigazos en el escenario que removieron la dinamita que llevaba dentro, muy dentro. Cuando finalizó la obra la niña que entró ya no pudo salir ni inmaculada, ni sorda ni dormida. "El Quejío" la había llenado y vaciado y ya no sería posible volver a la tibieza de ser simple espectadora del franquismo decadente y cruel hasta el último latido del dictador,  de los coletazos furiosos de la dictadura o de la muerte de Puig Antich  en Collserola.

Empezó a planear perder la virginidad pues la entendió como símbolo de la mojigatería y de modo simultáneo empezó a intuir que en  las revistas y libros de un hermano, esas que la madre buscaba para destruir por miedo a represalias, allí y no en la tele estaba  la verdad sobre la situación política del país. 

Habló con él y pronto, de su mano, recorrió los callejones de las tiradas de octavillas, de las asambleas en las iglesias, de la organización de manifestaciones en Barcelona (en corpúsculos de no más de cuatro personas que a un gesto convenido se unían en un centenar gritando consignas  por la libertad). 

Con él vivió las carreras ante los grises, con sus porras pequeñas los de a pié e inmensas los de a caballo, esas manifestaciones cuya disolución  era casi instantánea. Con él o sus amigos notó cercanas las balas de goma dirigidas a los manifestantes, y lo recordó años  después, con el compañero que quedó tuerto por el impacto de una de ellas. Con todo un grupo camaradas sufrió el descontento de la mejor generación española tras la república.

En casa escondían pelotas de goma, con su punto de acero para el percutor de los fusiles, junto a revistas y libros prohibidos. De hecho, los Reyes Magos llegaban cuando algún camarada iba a Francia, donde había libertad de expresión y traía alimento para  las mentes ávidas de verdades.
Aquel Septiembre fue horrible. Acompañó algunos días a su madre a  "La Modelo" para que las dejasen ver al hermano, pero éste estaba incomunicado por el " estado de excepción" aprobado   recientemente. Días atrás  ya había sido torturado por llevar en el coche propaganda marxista. Ver suplicar a su madre en la puerta y ese olor a miedo la impactaron de forma imposible de explicar. Ese mes fue un mazazo en la casa de esos padres católicos pero para Laia fue el inicio de una franca clandestinidad con su familia. 

Mantuvo su aparente docilidad pero organizó pintadas nocturnas en el Instituto contra Franco y perdió la virginidad porque tocaba y sin amor para mantener el fuego de la coherencia consigo misma que “El Quejío” provocó. Fue la chispa que la sacó del sueño de la inocencia infantil. Jamás volvió a notar nada por el flamenco, ni proponiéndoselo. Sólo esa obra llegó a transmitirle lo hondo de ese sentir gitano y  árabe de tez morena. 

No figura que actuasen en Barcelona pero Laia sí los vio actuar. De forma incuestionable.

http://www.teatrolacuadra.com/Quejio/index.htm

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