miércoles, 10 de agosto de 2011

Laia y los caprichos del azar


En verano el tiempo acompaña a hacer turismo. Y lo entiende: existen las vacaciones para todo el que trabaja, abundan  los viajes programados y apetece ver aquellos monumentos o ciudades que se ven por la tele o en las revistas o  simplemente  porque te comentan los amigos...

Son las once y Laia no puede entrar en la Sagrada Familia por exceso de gente haciendo fila, por exceso de agobio entre tanto ir y venir de turistas con cámaras,  por exceso de calor y déficit de paciencia.

Fotografía el exterior como puede,  descubre en la fachada de una tienda de souvenirs unas reproducciones de planos y dibujos de Gaudí que jamás habría descubierto sin el grupo de brasileños con guía que la hizo mirar lo que ellos admiraban y al fin entra en un bar-fleca para desayunar un bocadillo de “pà amb tomàquet” con un jamón serrano pasable.
Hay un lago cercano, diseñado para que se refleje la imagen de la entrada principal con sus torres. Esas torres tienen escaleras como tirabuzones de piedra que ya no permiten subir a los visitantes y que se unían permitiendo ver de cerca los motivos escultóricos de la naturaleza que Gaudí diseñó para la fachada de " El Nacimiento". En el lago hay árboles, agua y sombra.
Se sienta en la sombra. Bebe agua y observa. No puede evitar confirmar que mejor será esperar a Noviembre para ver el interior de la basílica, en un día laborable cualquiera, ni puede evitar fotografiar lo que ve. 

En la entrada del hotel ve a un hombre con gafas, de unos cincuenta, que la miró queriéndola reconocer. Pidió disculpas y le dejó pasar con el gesto con su brazo, ignorando adrede el automatismo que acorta la caballerosidad.
El frescor del aire acondicionado despejó su mente pero la esencia de su colonia y esa sonrisa leve la embrujaron.  Se sintió durante un instante colgada del hilo de un latido quedo y sólo acertó a preguntar la hora llevando visible su reloj azul .
La noche le se hizo corta y sus sombras se perdieron entre un té frío, una charla distendida y un reloj sin saetas. La noche fue alargándose tras una breve ducha y una cena, que no podría olvidar. El jacuzzi la esperaría en la 402.
En la noche cerrada escribe  en un folio del hotel  lo que sentía en ese momento,  justo antes de tumbarse exhausta  pero animada.


-“La tarde se hizo corta y la sombra ya era larga. El día denso pateando la ciudad hirieron mis talones. La risa de los pájaros en el jardín cercano me relajó y la certidumbre del jacuzzi  acunó mis  sienes pero el azar se cruzó conmigo en el hall de este hotel".

A la mañana siguiente despertó más tarde, más descansada y más risueña. La cena con Luis había sido el segundo plato de una coincidencia absurda. Él esperaba a una  amiga que pasaba por la ciudad  y que debía hospedarse en el hotel.
Tras veintiún años sin verse, la imagen de Laia le confundió.
Con su amiga había compartido primero de Psicología, tardes de frío y noches de fuego. Luego  partió a Alemania, donde conoció a su futuro esposo. Durante estos años se comunicaron para felicitarse cumpleaños, nacimientos y Navidades pero por diversas circunstancias los encuentros programados se anularon en el último momento, uno tras otro hasta en cinco ocasiones.
Cuando Laia preguntó la hora él consultó el reloj y se sorprendió de que fuese día 9 ya que desde el lunes su agenda había girado en torno a la necesidad de estar libre la tarde del miércoles 10.
Esa confusión de fechas fue la causa de estar en la puerta del hotel con un día de antelación.
Laia por su parte fue avisada el mismo día de la cancelación del concierto que la trajo hasta aquí, por lo que su estancia turística jamás estuvo en sus planes.
En la charla amena se explicaron experiencias, compartieron gustos musicales y pictóricos. Durante la cena deambularon cómplices por ciudades que ambos conocían y aficiones literarias. Más tarde  compartieron sólo el aire que respiraban y las miradas, secuestrando los sonidos de la noche que los unía lentamente en una comunicación sin palabras.

Laia abre las cortinas sin mirar le reloj, el mediodía luce deslumbrante sobre los plátanos de la Diagonal. Pone el tapón y llena el jacuzzi. Hasta la hora de comer se sacia de sonreír entre burbujas de caprichos del azar.

2 comentarios:

  1. A veces, el azar proporciona esa pizca de condimento en la vida; incluso el azar dentro de un ámbito de rutina, ¿verdad?
    Un abrazo

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  2. El azar a veces determina etapas completas de la vida.Condimento o sustrato...a veces condiciona ( o condimenta)
    Un abrazo

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.