domingo, 14 de agosto de 2011

Hijo del hambre y la humillación en Elna

Me llamo Rubén y nací en la Maternidad de Elna a las 3 de la tarde del día cinco de Enero de 1940.
Me siento privilegiado desde el momento en que fuí concebido con amor desde la enorme tristeza de unos refugiados en el campo de concentración  de Argelers. Mi suerte ha sido que en el momento de nacer existiese una mujer suiza, ordenada y exenta de prejuicios llamada Elisabeth en aquella horrible postguerra inmediata.
Soy de la primera “camada” de niños que tuvieron la oportunidad de nacer en ese caserón cercano a Perpinyàn que una maestra con vocación entre antropóloga y hada madrina convirtió en un hogar. Transformó ese palacete en un nido con suelo y cama en lugar de simple playa, en un lugar libre de piojos y sarna, en un lugar donde con apuros y esperanzas pudieron preparar ropa que ofrecer a los recién nacidos al emerger del vientre tibio de una madre suspendida por el miedo al futuro por la inminente victoria de Franco.
En mi caso, de una catalana que sufría pensando en mi padre cautivo, ansioso y hambriento en la playa y en sus propios padres, en paradero desconocido en esa Francia poco hospitalaria que acogió a regañadientes ese alud de perdedores con miradas extraviadas y corazones encogidos por el hambre, por el trato en la frontera y por el propio frío.
Ellos, mis padres, llegaron en Marzo del 39 a Argelers junto a unas 70.000 personas más. Entre alambres de espinos y vigilados por senegaleses a caballo fui concebido desde la profunda humillación y la desesperanza y desde un amor a destiempo y alocado como único refugio para sus almas derrotadas.
Mi primer invierno, con mi partida de nacimiento donde constaba “hijo de refugiados españoles” y la casilla de nacionalidad en blanco, significó el regreso al frío de la alambrada y el encuentro con una gripe devastadora para los más débiles. Algunos niños logramos sobrevivir: en parte por la ayuda de esa suiza que se hizo acompañar por un pediatra de Perpinyàn y que nos ayudaron a base de cuidados y antitérmicos y en parte porque cuando la vida prende en un cuerpo, se agarra cual ávida garrapata.
Mi madre me habla de "Rocinante", la camioneta que usaban para llevar provisiones desde Suiza, del sistema de ayuda económica personalizada de apadrinamiento de los "niños de la guerra" que Suiza inició con nosotros. También me habla de la Navidad previa a mi llegada que por una conjunción de estrellas la hizo recordar lo que era una Navidad en libertad, la libertad que esa legión de casi medio millón de republicanos tardarían en poder disfrutar de nuevo y que muchos no alcanzarían a redescubrir jamás.
A mis 71 años soy sólo un  francés desde que a mis veintiún años decidí evitar el Servicio Militar de España optando por esta nacional, un francés normal y corriente, que no reniega de ser hijo de  perdedores.
Conocer  a Elisabeth Eidenbenz en la primavera del 2002 me ha permitido reconciliarme con el ser humano en estos tiempos convulsos porque es importante  recordar  que ninguna guerra merece el enorme dolor de acabar siendo, en cualquier caso,  un perdedor. En una guerra fratricida la pérdida es infinitamente mayor porque, se gane o se pierda, lo que en realidad se pierden en  la contienda son los agarraderos en la fe a la humanidad , que es lo único que deberíamos preservar.

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