jueves, 18 de agosto de 2011

Sitges y mejillones con Dudamel





Llamó a su madre, que cuidaba de Wini para informarle de que se quedaba en Barcelona  un poco más. Sabía perfectamente que  Luis podría no volverse a cruzar en su camino, pero no ignoraba que de hecho su vida estaba parcialmente vivida a sus 42 años. Tras una relación de montaña rusa y un matrimonio que naufragó desde el momento en que a los pocos meses ella entendió que él no buscaba esposa sino madre, la vida le había sonreído, y con creces. Sus logros en la empresa Borges habían propiciado hasta tres menciones de  revistas especializadas  y esa ausencia de compañero de vida le había proporcionado  más recompensas que sinsabores.

Con el  coche en  el parking, el jacuzzi sonriendo en su piel, y la certeza de que estaba de paso por la ciudad en el peor momento  para hacer turismo, se planteó quedarse unos días. Sabía que no era  tanto por el festival de Peralada con su “Locomotora Negra”, por mucho que le encantase el jazz, como por la chispa de vida que encontró en el corazón de Luis. Le había hecho sentir tibias y suaves mariposas en el estómago, esas que creyó guardadas bajo siete candados desde su segundo enamoramiento, y concluyó en que ra bueno dar un margen al destino. De hecho, la enajenación mental hacia Pablo, la había transformado en sorda, ciega y lerda. 

Comió tranquila y sola, reconociendo al  buen chef de comida vegetariana. Hizo una visita extensa por la exposición del Palau Robert, tocando al hotel, y cuando la tarde perdió el calor húmedo de un  Agosto en Barcelona  guardó en una bolsa  un bañador , el  libro de Isabel Allende con ese mundo de Maya,  una toalla y un protector solar, y se dirigió al sur. Siempre opinó que Sitges es una ciudad libre con vocación de pueblo de pescadores. Su conocida aceptación de gais  y una cala guardada en el recuerdo fueron la razón para esta escapada a la realidad palpable. Llegó a las 7 de la tarde, aparcó donde lo hicieran una tarde con su marido, y bajó a la cala por la vereda escarpada de tierra. 

En la cala diminuta había una docena escasa de personas. Ni rastro de turistas neuróticos. Se dio  un baño tranquilo y posteriormente, tumbada en la toalla, cerró los ojos. Recordó un cartel de la exposición: el panadero hace pan, el zapatero arregla zapatos, el escritor escribe.
No llegó a dormir pero entre-soñó que era ella el centro de la exposición y que Luis se llamaba José Luis, y que le abría una cama inmensa de una noche que no acababa jamás entre un azul de seda que la esperaba abierta bajo la luz de una farola. 
El sol paulatinamente iba haciendo cosquillas a las sombras, y el libro era el objetivo de los ojos de Laia , pero su mente estaba en el hall del hotel.

Un último chapuzón, unas últimas brazadas para encarar el presente y casi anocheciendo se quedó sola en la cala. Sin palmeras ni agua dulce sintió la paz de un oasis al quedar desnuda entre rocas de silencio y apresto. Ante un mar calmado que en ritmo lento, muy lento,  lamía sus pies descalzos, llamándola con un hilo de suave cadencia –“ven…….ven…….ven….

Se dejó mecer por un oleaje inmerso en “calma chica”. Sus pezones rosados, sus muslos vigorosos y los dedos de los pies, mordisqueados  por alevines risueños, le recordaron lo bello que es navegar a vela y lo indescriptible de saberse agua en el agua, saberse sal en sus saladas aguas. Se dejó fundir en el mar de su tiempo, de su ahora, de su cuerpo y de su alma. Hasta que, sin cálculos previos, salió al rato, hasta la playa, iluminada por una luna de estreno.

Sin prisas, con calma, se vistió en la arena  sintiéndose observada  por esa luna inmensa. Sin prisas y sin ansia regresó a Barcelona por las curvas del Garraf,  alejándose de la autopista, de los coches veloces y de los túneles tristes. Con su coche dibujó cada curva a conciencia. saboreando los grados del peralte de cada una de ellas. De su marido aprendió a gozar de las curvas al volante en un “Golf” de quinta mano. Ahora su Mercedes le ratificó en el incuestionable  placer que produce un  cambio de mano manual. Sintió que la segunda y la tercera eran las marchas que pedían esas curvas trazadas sobre el litoral de piedra, y se le hicieron cortas pero gratas, refrescantes y alusivas de otros caminos por recorrer.

Llegó al hotel con más hambre que anhelos, y subió a la 402. No pudo evitar sacudir la cabeza al ver un regalo en la mesa: una única rosa en un envoltorio azul y una tarjeta que decía: “Si quieres que cenemos juntos  llámame” firmado: Luis y un número de móvil.

Marcó un número, que resultó ser el de una anciana, quien insistía en que su hija Pili no estaba, que estaba trabajando. Al segundo intento oyó su voz. Inconfundible, serena, templada. Parecía feliz por oírla. Era un poco tarde para elegir restaurante pero ambos convinieron en verse en el Maremagnum, en un bar de tapas que permanecía abierto hasta tarde.

Tras una breve ducha  se puso base de maquillaje,  brillo labial y un leve toque de rímel marrón. Con su falda pantalón y un foulard de flores tomó un taxi. Le vio inmediatamente  en una mesa de la terraza, con un Albariño en fresco y una flor sobre la mesa. Laia sonreía mientras se acercaba y cuando él se levantó al verla no dijeron nada. Se tomaron brevemente de las manos, sentándose uno frente al otro.  Casi sin darse cuenta ordenaron el mismo menú, así que la carta quedó sin destinatario. Decidieron  mejillones al vapor, mejillones a la marinera y patatas bravas de la casa.

La luna no estaba tan radiante en el puerto de Barcelona, pero en sus miradas había suficiente luz y magia para compensar  su insípida presencia. Él le contó su tarde de forma muy rápida. Había tomado  café con su amiga Rut y se había sentido sorprendido con lo poco que conservaba de la chispa de su juventud. Quizá en los contactos durante décadas él quiso hallar tonos de voz, comas y puntos suspensivos que sólo existían  en su imaginación, o en caducos recuerdos, que en realidad nunca existieron.

Ella le explicó de forma extensa la tarde en la cala de Sitges y su gozo de estar  desnuda en el mar y dejarse mecer pero lo que a él le llamó la atención era la forma en que comentó cómo le gustaba conducir por carreteras zigzagueantes, especialmente  por la noche. Decididamente era más fácil prever la llegada de otro vehículo que circulase en sentido contrario por las luces y trazar las curvas contando con ese espacio de menos o de más, pero él defendía que  en la noche se pierde toda referencia del paisaje. Cuando se cansaron de defender más por broma que por convicción sus posturas se fueron del  bar. 

Con la rosa en la mano y el viento de la noche por bandera Laia se dejó llevar por él a través de callejones de un Barrio Gótico que desconocía. Se dejó llevar por el aroma de ébano y canela que desprendía  Luis, y tras la reja que cierra de noche el pasaje tras la Plaza Catalunya se quedaron mirando una cruz bajo una doble iluminación: la de la farola de la plazuela y la que emergía de la conversación, llena de coincidencias, sobre ese director de orquesta tan carismático llamado Gustavo Dudamel.



2 comentarios:

  1. Hola Albada, tu relato esta genial, lo he engullido en poco tiempo y me he quedado con ganas de saber más de Laia y su acompañante.
    Me gusta como construyes cada frase.
    1 besazo enorme, espero tu visita a mi blog con un buen café.
    Besos.

    ResponderEliminar
  2. Gracias. Ya entraré en tu blog de nuevo.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar

Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.