viernes, 19 de agosto de 2011

Una rosa en la 402



Se entrecruzaban las palabras y se acababan las frases mutuamente. Llegaron a hablar por hablar de la posibilidad remota de ir a Suecia para poder ver en directo la batuta de Gustavo ante la 7ª Sinfonía de Mahler  que dirigirá en Septiembre. 
De forma súbita y extraña, en el silencio de la noche,   un conjuro de paz interior se acomodó en cada célula de sus corazones  y  de forma inequívoca  se apoderó de ambos la certeza de hallarse ante su alma gemela: la sensación de haber  encontrado algo valioso y reconocido al mismo tiempo.
A la altura de Colón empezó la madrugada a jugar con sus largas sombras en una complicidad ya instalada entre ambos y sin posible  marcha atrás. Ante ellos el Tibidabo señalaba el cielo con sus luces  en  la noche que moría ante un mar preñado de amanecer. A su espalda el mar con los veleros, catamaranes y las llamadas “golondrinas” para paseos turísticos. En el frente "La Rambla". Siempre despierta, siempre cambiante, siempre hospitalaria, variopinta y a medida de cada anhelo.
Entre churritos y besos se sentaron en un banco y ella se dejó tomar por el hombro quitándose el reloj de la muñeca. ¿Por qué mirar al pasado? ¿Por qué cerrarse al futuro? Ignorando cualquier miedo anidó su cabeza  y  cerró su mente al pasado. Ese instante  tan grato en el silencio  con que ese gesto y la leve presión de la mano de Luis  le regaló a Laia  un sosiego que nunca antes  había sentido: el natural roce de  pieles en un sencillo entrelazado de dedos, en un fácil acomodo de cuerpos y en un presente. Y nada más.
El tiempo, cómplice y curioso, se detuvo en seco. La elasticidad del tiempo se confabuló en la albada para que las saetas callaran al son de unas manos que defendían la libertad de estar ahí, y no en otro sitio, en ese instante y no en otro instante cualquiera. En esa mano tibia de tacto suave que encajaba dedo a dedo en su piel blanca y acogedora.
El sol avanzaba con calma  y la luz se entretenía guasona  con el pelo de Laia y con los negros ojos de Luis y por un rato el viento jugó a ser tornado y los papeles subían en el aire y las hojas en los árboles se mecían con fuerza y sus cabellos subían hacia su boca y él con gesto firme y dulce los acomodaba tras la oreja de Laia. Todo sin mediar palabra: la eternidad concentrada en un sólo segundo.

Ella  modula la su voz y cansada por un largo día, le propone suavemente despedirse. Él asiente en silencio y paran un taxi donde él la ofrece su bolígrafo y ella anota en la mano un número de nueve cifras tras buscar un papel que no aparece en la maraña de objetos de su bolso.  La lógica,  siempre ilógica, se atenaza en el escote de ella y se encarama a los puños de la camisa de él.
En la acera giran, bailando y tarareando un fragmento del concierto que Gustavo dirigirá  mientras él ciñe su talle y ella toma su hombro, durante dos, siete o tal vez infinitos segundos.
Llegan girando en silencio a la puerta del hotel. Ella duda un instante pero Luis está esperando sin premisa previa alguna. Tiene su móvil anotado en la palma mano, tiene todo el tiempo del mundo para descubrir qué esconde esa mujer que le preguntó la hora ayer, en ese mismo lugar. El hoy de pocas horas es donde quiere instalar su tiempo de espera y expectativa y se despiden con un beso breve pero intenso ante el ascensor. Laia hace el gesto de mirarse en el espejo por costumbre. Al otro lado de esa imagen reflejada está tan sólo ella, y ahora lo sabe sin ninguna duda. En la 402 sigue una rosa en un envoltorio azul dándola la bienvenida. La noche cierra el telón. Mañana ya debutó en la calle y cierra las cortinas para no dejarlo entrar.


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