jueves, 3 de noviembre de 2011

Pequeños anuncios.

Tomado de Google.

Albert E. llevaba días indeciso y preocupado. Leyendo la prensa llegó a los clasificados, concretamente a la sección de “Varios”, y le llamó la atención un anuncio, como otros. Con tiempo hasta la reunión con los proveedores que aplazó por tres veces leyó el texto completo: “Profesor soufai-mane. Vidente, medium, competente. Soluciona todos tus problemas. Especialmente recuperar pareja, amor, trabajo, negocios, suerte, problemas familiares, protección etc.  Resultados rápidos. Paga después de resultado”. Un número de  móvil y otro de fijo.

Llamó y concertó cita a las 20 horas. Se presentó con el traje y la corbata y un reloj a modo de señuelo porque en la cartera del bolsillo interior de la americana llevaba tarjetas, efectivo y una foto de su esposa con su hijo recién nacido y llegado el caso, y puestos a elegir de qué desprenderse a la fuerza, no dudaba en señalar el reloj.
Le recibió amable un tipo mulato, de mediana edad, con una túnica borgoña con estrellas blancas y un olor a incienso y sudor rancio.

En la sala, decorada con cachivaches varios, una esfera de cristal sobre un tapete rojo en una mesa de Ikea y unos títulos por las paredes, reinaba una penumbra demoledoramente añeja y decadente.

El vidente, que se presentó también como experto en experiencias cuánticas se sentó con gesto amable en un silloncito de mimbre ofreciendo a Albert silla y percha para la chaqueta. Este miró los títulos de gabinetes telúricos, sociedades esotéricas y hasta de una supuesta escuela superior en ciencias tántricas y sin acabar de decidirse a dejar en la percha su ropa se volvió a mirar al medium, que sonriente le preguntaba
-         ¿Sobre qué quiere consultar?.
-         Pues la verdad- dijo Albert- ya no quiero consultar sobre nada.

Se abotonó su americana cruzada y preguntando por el importe de la consulta mientras el adivinador le cogía por el brazo suavemente intentando retenerle, se alejó hasta el pasillo preñado de tristeza y con olor a coliflor en ese instante.
Quizá era el hombre menos propicio a consultar sobre asuntos del más allá, porque desde su forma de entender, desde su más acá pesaba todavía mucho la razón.

Al llegar a casa, cansado pero de buen humor le dijo a su mujer que llegaba un poco tarde porque se había entretenído ojeando unos cuentos. Para el chaval. 

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