sábado, 31 de diciembre de 2011

Luces de mar.



Salió a la calle con la sensación de que la temperatura estaba realmente agradable, a pesar del frío que abrazó su cara bruscamente. Las calles estaban alumbradas por árboles engalanados con cintas de luces diminutas que convertían la avenida, a sus ojos, en una pista de despegue hacia la noche oscura.

Al lado de un buzón, un arbusto se estremecía con el mismo adorno lumínico, y él se sorprendió contando mentalmente las copas que había ingerido desde el inicio de aquella cena.

El aire a su alrededor brillaba y no podía hacer más que sonreír, curioso y encantado ante ese artificio de luz y de ilusiones visuales. Se sentía un pez ante unas breves llamas vegetales a su alcance.

Cerró su puño sobre una de las luces, y sintió el tímido calor que atravesaba su carne para hacer brillar su piel, pero al desplegar sus dedos, lentamente, la luz, progresivamente blanca y azulada, se fue apagando sobre la palma de su mano. 
El aire seguía brillando con esas minúsculas estrellas artificiales que aparecían y desaparecían en un espacio similar a un cubículo que le invitaba a entrar. Avanzó un paso en la acera, y siguió contemplando el espectáculo constante que hacía trucos de magia con sus ojos y su piel.

Esa efímera e intensa vida de cada punto de luz, le producía la sensación de estar en un hábitat ajeno, donde el arbusto y él eran los únicos habitantes de la noche. Sin dejar de ser consciente de la realidad, se dejó llevar por el embrujo de esa sensación a medida. Sintió incluso que las baldosas respiraban burbujas de luz, ascendentes, pequeñas y plateadas, como de un fondo de un acuario a escala de su cuerpo.

Sintió la vívida experiencia de sentirse un pez sin aletas ni branquias. y casi pudo sentir la sal en el dorso de sus manos y el olor a salitre en el aire.

Cuando de forma súbita todas las luces de la noche navideña se apagaron, se sintió aún ingrávido y desnudo, ante la ausencia de esos luminosos latidos de un prodigio que su mente quiso fabricar, hasta llegar a cubrir su piel de un polvo plateado que brillaba como las escamas de un pez. .
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2 comentarios:

  1. Me siento atraído por esas lucecitas que me indican un camino hacia la noche sugerente, llena de encantos y abrazos, hasta convertirme en una estrella de una galaxia de sueños.

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  2. Gracias por tu lectura, siempre amable. Un poco onírico sí parecía el escenario.

    Un abrazo Alfred.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.