jueves, 12 de enero de 2012

Olor a coco.

Era un olor que casi se podía tocar. Con una consistencia física en forma de esos gajos de irregular corte de coco blanco y húmedo de unas fiestas de pueblo en Agosto. Cercano a él flotaban rastros del aroma a las manzanas caramelizadas en rojo pasión y al azúcar milagroso que girando sobre un palo se trasformaba en nube capaz de pellizcarse.

Se giró sin poder evitarlo. Los sonidos de una calle chillona le recordaban a los de una tómbola que aún le adentraba más a la noche en que compartió un triángulo frutal blanco y marrón con el único niño del vecindario, poco mayor que ella.

Sus trenzas se habrán quedado en algún rincón del tiempo de su paisaje lunar, pero el olor a coco y regaliz del hombre de la parka gris pudieron más que la fecha del carnet de identidad. Volvió a sentir los latidos en su corazón, las estrellas diminutas y la mercromina en la rodilla. Exactamente como la noche en que dicen que les vieron besarse, cuando eso jamás sucedió.

Sonríe ante el recuerdo, se baja en su parada de siempre, y en la primera droguería abierta compra una loción corporal con el aroma a coco más intenso que pudo encontrar. Se friccionó las muñecas y los antebrazos. Se calza sus guantes nuevos de punto y al fin llega puntual a la oficina tarareando en su mente una canción del verano de hace décadas.

Durante la jornada laboral, cada vez que se acomoda las gafas de cerca, algo casi físico la lleva, por fracciones de segundo, a una noche infantil que no dejó otra cosa que un aroma para poderla repescar, más tarde, en el calmado mar de la vida, dentro de un autobús.

4 comentarios:

  1. El olor, le descompuso un poco, era un aroma penetrante, profundizó en su memoria, hasta recordar las pastillas rectangulares blancas, esas que descartó en cuanto tuvo conciencia de sus propios sentidos. Pero los viejos olores siempre vuelven, y con la madurez se retienen más.
    Como siempre una gozada, leerte.

    ResponderEliminar
  2. Gracias por la lectura, y tus comentarios, siempre amables y generosos.
    No pensaba en las pastillas de jabón al escribirlo. Gracias por recordarlas.
    Los viejos olores, como lo viejos rockeros, siempre tienen un lugar en la memoria.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. La vida siempre nos trae recuerdos que nos acercan a otras realidades. A mi las manzanas asadas me retrotraen a tiempos en los que vivía en el pueblo. A mis siete años, justo antes de venirme para la ciudad.

    Blogsaludos

    ResponderEliminar
  4. A mí las manzanas asadas me huelen a cocina de hogar y rincones de infancia. En la ciudad, siento decirlo, a postre de hospital.
    Gracias por leer.
    Un saludo.

    ResponderEliminar

Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.