martes, 17 de enero de 2012

Simples cortes del tráfico.

Somos felices así, porque si nos alcanza la cordura, acabaremos sabiendo que la vida es dura, que el dinero existe, que nuestros besos parecen ser de mentirijillas y nuestro amor de escolares sin domesticar. No vamos a dejar que la inteligencia nos alcance y nos despierte a la oscuridad porque así, con nuestra luz propia simple y sin pecado estamos bien. Conseguimos sobrevivir entre las zonas pintadas del paso de cebra, dejando que el asfalto negro se pierda en la calle.

Miramos con gesto abierto los edificios y rascacielos, los árboles, los pájaros, las plantas y las aceras. Miramos sin ver a la gente que viene y va por las calles de esta ciudad sin amo ni bandera. Miramos la vida que hierve entre burbujas de egos y afanes presos de prisas y relojes implacables. Apretamos nuestras manos en un intento de complicidad sin malicia ni segundas intenciones, como los niños que somos.

De tanto apretarnos las manos a mitad de la gran avenida, nuestros dedos parecen casi azulados, cortando la circulación sanguínea con tanta excitación por lo que nos rodea, que llegamos a cortar la circulación de la Diagonal al quedarnos parados en medio del paso de cebra, indecisos y absortos, vacíos de puntos de referencia pero llenos de nosotros en la burbuja de amor que nos aísla. El mundo desaparece entre nuestras manos unidas y los coches nos asustan, nos instan con cláxones chillones, nos gritan que avancemos pero en este mar de asfixia nos tenemos solamente el uno al otro. Y me aferro a ti como a la cuerda que descansa en el brocal, ignorando que tú no controlas polea alguna y tú te aferras a mis ojos como la luz que te guie en un pozo oscuro.

Nuestra esperanza es el ahora, porque de aquí a mil años es el mañana que no entendemos, y la calle ancha y hostil se nos abre a la realidad como simple miedo. Solo nosotros entendemos que, en tanto que nos amamos, nos necesitamos para proseguir inmersos en una burbuja donde la realidad no nos borre del mapa.

Ahí permanecemos inmóviles y tomados de la mano, hasta que una señora mayor nos saca de la isla del terror hasta la otra acera, calmando a los conductores y hablando tranquila de lo mal que está el tráfico en la ciudad. Nos ha tomado por los hombros y nos ayuda a soltar el pánico de no saber por qué este mundo es tan complejo.

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