martes, 16 de octubre de 2012

Noches entre padre e hijo.


Con toda la fantasía que obrara en su poder, no podía abarcar ni un pequeño porcentaje de la realidad.

Habían llegado a compartir un espacio, buscando una complicidad en la soledad de cada uno, bajo la tutela entrelazada de preparación de guisos y mesa. Iban juntos a ver obras de teatro y películas en un intento de comunicar sensaciones que acercaran sus almas más allá de sus epidermis, para rememorar el salero en medio de la mesa con su mantel de cuadros y ausencias.

En el beso nocturno, padre e hijo no llegaban a dejar más que el roce de los labios en las mejillas, dejando abortado el gesto del inmenso afecto que fluía bilateralmente.

Cada uno, en la noche, interpretaba los sonidos del otro cuarto, como una sinfonía de sonidos del alma, que no habían conseguido llegar a expresar. 

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