lunes, 3 de diciembre de 2012

Gestación sin matriz de encina.


Cuando con ocho años su madre trajo al mundo unas gemelas que alegraron la casa, inició la presunción de ser madre.
Su futuro lo imaginaba con unas niñas llenándola de abrazos, melenas con peinar con coletas y unas camas donde dejar llover unos cuentos entre miradas infantiles y ojillos de sueño.

Cuando se enamoró de ese joven de ojos soñadores y azules como el mar en calma, supo que estaba en el vagón correcto del tren preciso que les conduciría al destino deseado por ambos.


La gestación fue ligera para su cuerpo de espiga. La mano de él acariciba el vientre del fruto esperado.Y una noche llegaron las contracciones. 
En el momento del parto algo en el destino se confundió de rail y lo que empezó como alumbramiento alegre  tejido en tensa espera  devino en despertar de anestesia y llanto. Y como un bisturí, la locura penetró en su cuerpo, destrozando su corazón derrotado.

No entendió las palabras del obstetra. No consiguió digerir que tendría que encajar los trocitos del largo poema de la maternidad inconclusa. El claroscuro rompía en pedazos el billete, apeándola de su trayecto  de vida, pero no dejó a  permitir que se pudriese el centro de su anhelo.

Siguió trabajando en la guardería de siempre, recogieron un perro grande sin pedigree que vistieron con pañuelo azul e iniciaron los trámites de la adopción internacional. El expediente fue pasando por las estaciones intermedias de su destino hasta un lugar de Rusia donde, un día de Mayo, acunaron a un ser menudo, blanco y escurridizo, que ya habían besado sobre una foto.

Cubrieron a la menuda Naixa de besos y arrullos, vientos de amor y sabiduría de la tierra. Porque ella había nacido para ser madre, a pesar de los miedos adoptados en la larga travesía de su embarazo fuera de término, ajeno a su cuerpo estéril de espiga al sol.

Parada en la acera, con el perro de pañuelo azul, la he visto ayer enseñando una foto a una mujer con abrigo gris perla y guantes negros. 

-¡Mira que bonita!, el 21 nos vamos los tres a China.  

2 comentarios:

  1. ¿Quién necesita perpetuar la sangre, los genes, la estirpe familiar...? Son muchos los que necesitan sentirse hijos, sin más gen ni más rasgos de conjunción que el propio deséo de compartir la vida.
    Pobres de aquellos que solo esperan de la descendencia el simple hecho de perpetuar la sangre familiar.
    Besos sin etiquetar, simples y sinceros. Deseosos de ser compartidos con el único condicionante de ser aceptados.

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    1. Esta maternidad anhelaba dar besos, recibir y ofrecer abrazos, hacer su " cura sana culito de rana...", peinar ooletas y ser lo que su cuerpo se empeño en negar. Simplemente ser madre.

      Lo que no puedo ocultarte, es que es totalmente cierto. La vi en la calle, co su perro y la foto. Y su historia, de no rendirse...es mi homenaje a esta magnífica mujer. Y su marido, fiel compañero de anhelos y llantos, fe y esperanza.

      Un beso expósito. Los padres o madres desconocidos, si son padres, son reales.

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Ponen un gramo de humanidad a este lado de la pantallita blanca. Por eso, son siempre bienvenidos. Gracias por leer.