miércoles, 27 de julio de 2022

Tras tantas ranas, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogéminis, sobre encuentros, mi aportación es la que sigue


La luna mecía sus sueños
como las olas.
Se aferraba a la tinta
y a ese lucero del alba
para disfrazar la espera.
Príncipes sin corona
resultaron ranas necias
pero ella no se rendía.
Ni al desamparo
ni a la estadística fiera.
Cuando el último apareció,
vestido de rima y risas
se preparó para lo peor,
por la costumbre
por los previos desengaños.
Llegó el día del encuentro.
A cara lavada, sin escotes,
ni tacones, ni cuidados extras,
se personó en la glorieta
con su poemario en la mano.
El juglar llegó puntual.
Se miraron sin pantallas
bajo la luz de la tarde.
Dos besos en las mejillas,
y pasearon sin prisas.
La noche entró a contrapié,
colándose entre sonrisas
y ella, contra pronóstico,
sin ninguna expectativa,
por fin se dejó querer.

jueves, 21 de julio de 2022

Contrastes a flor de piel, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de La trastienda del pecado, sobre contrastes, mi aportación es la que sigue


Ese temblar en tus brazos

mientras en la calle nieva.

Salimos luego, abrigados,

pero tiemblo con el frío

pescando auroras boreales

aunque te tenga de abrigo

 

Ese sudor en mi espalda,

cuando acaricias mis pechos,

contrastando con el miedo

que también me hace sudar

por ansiedad, sobre todo,

y que no logro controlar.

 

Esa taquicardia alegre,

de saber que estás llegando

tras haber estado separados.

Qué distinta a la del terror

que nos dispara las sístoles

como un  acelerador.

 

Contrastes en el mismo gesto.

Cara y cruz de las monedas.

Como las olas de un mar

que se junta con un río,

en un espacio dulce y salado,

en un lugar muy consentido.


miércoles, 20 de julio de 2022

Un ratito en una playa

 




 

Los niños con sus juegos gritan

a la orillita del mar

con sus gorros y lociones

para esquivar tanto sol.

 

Unos ingleses, supongo,

parecen lagartos necios

estirados en tumbonas,

tostándose por ambos lados.   

 

En el chiringuito un tipo

no sabe cómo agarrar

seis vasitos con sangría,

y el camarero sonríe.

 

Dos chicas hacen top less

mientras ríen y comentan,

pero una mira, con disimulo

a un musculado bañista.

 

Yo sigo leyendo,

a la sombra de mi oasis.

Un poemario de mujer

vestida de soledad.

 

Al descubrir que mis musas

andan durillas de oído

me reconozco, en la arena

como una mujer con vistas al mar.


                           

martes, 19 de julio de 2022

Incendios en España

 


Imagen de Aquí

Arde la piel de toro,

queman los bosques ya escasos.

 

Mirando las nubes negras,

respirando el aire denso.

pienso en las mariposas blancas.

Y en las abejas sin rumbo

En avecillas sin casa.

Y en hormiguitas quemadas.

 

No sé dónde irán

los niños con sus meriendas.

Los amantes con sus besos.

Los excursionistas alegres.

Los pintores con sus paletas,

o yo cuando sueño en verde.

 

Cambio climático, dicen,

y lo creo firmemente

Hemos saqueado a la tierra,

hemos envenenado las aguas

con islas de plásticos y vertidos,

con emisiones letales al aire.


La tierra que recibimos

parece ahora un basurero.

Por pura y dura avaricia,

por querer tener más de todo

sabiendo que es un planeta finito,

y que no tiene repuesto 

 


sábado, 16 de julio de 2022

Eran, en efecto, miguitas de pan

 


Llegué a la casa, vacía.

En la puerta del dormitorio

un posit escondía, en su reverso

los versos de un haikú de amaneceres.

Con una carita sonriente,

sobre un corazón en boli azul.

 

En tu mesita de noche, la izquierda

una cuartilla de tu libretita azul,

doblada con esmero

dejaba ver tu tinta, afilada,

tu amor declarado, sin espinas

el olvido de mi boca, equivocado.

 

Y los sueños que compartimos,

arrumbados entre huellas

de unas lágrimas sin sal, 

quién sabe si postreras.

Deseé no ser la responsable

aunque me descubrí culpable.

 

Bajo tu almohada, un folio dormía

cobijando los recuerdos de mis besos,

las madrugadas ahítas de caricias,

los suspiros de  mi amor, livianos,

esos “te quiero” que te decía,

y esos rubores de pieles sin engaños.

 

Allí mis pequeñas muertes,

que te embelesaban,

bajo mis párpados dormidos al soñarte.

Lo sabías.  Siempre supiste

que soñaba con morirme,

de acuoso amor, entre tus brazos

 

Cien sonrisas de tu boca serena,

mil miradas cómplices,  mis ojos,

la primavera bajo los ombligos,

y tantos versos que nunca te leí.

Y sí, sí lamenté haberme ido.

 

Me detuve, en apnea,

en la esquina de tu recuerdo gozoso.

Rebobiné los relojes moribundos,

decidiendo esperar bajo mi sábana,

en ese tálamo de pasión aún no acabada,

por si el ayer pudiera reconquistarse.

miércoles, 13 de julio de 2022

No nací en el Mediterráneo

 


Para adquirirlo, aquí

Yo no nací en el Mediterráneo. Lo conocí a los nueve años en Benidorm, una ciudad horrible llenita ahora de rascacielos pero que no recuerdo tan fea. Tal vez no lo era tanto o mis recuerdos me despistan. Me impresionó el mar, porque el río de mi ciudad era mi escenario de cada verano, nadando y jugando. Es un río muy bonito y ancho, y a ratos profundo, porque se habían ahogado algunos chavales en o que llamaban “pozas”. Claro, el mar fue para mi vista como ese río multiplicado por mil. Me pareció tan inmenso y adorable, con el sonido de las olitas y los juegos para esquivar las olas, o torearlas, que ya condicionó mi apego al mar nuestro, al mío. Luego desarrollé esa querencia por el motivo más tonto. Me trajeron a Ripollet a mis doce años y desde mis trece veraneaba en Comarruga, en un apartamento muy pequeño, pero cerca del mar.

Estaba tan cerca que íbamos con el bañador y una toalla al hombro. Pluralizo porque iba con mi hermana, o hermanas mayores. Luego ya llevábamos a mis hermanos pequeños. Mi primer amorcete fue en esas playas, donde años después plantaron unos “oasis” de palmeras, cada cien metros más o menos y ya tuvimos sombra gratis. Hasta entonces había unos toldos que se pagaban por toda la temporada. 

Hay un oasis que es el mío, y lo considero mío porque creció conmigo. Y yo ante el mar. Por eso, la canción del Mediterráneo es mi canción bandera. No reniego de otros mares, y sé que lo de las mareas tiene mucho encanto, pero mi mar es este nuestro. Porque el Mediterráneo es quien me acogió y acoge, quien me calma, quien me arropa, quien me estimula e inspira mil versos y alegorías.

Porque este mar, sin niñez sino adolescencia en sus playas, me ha hecho ser lo que soy, una mujer con vistas al mar.


sábado, 2 de julio de 2022

Te pienso en verde

 


Te pienso, bajo el tejadillo

de la marquesina que toca al río.

Dejó de llover al fin por hoy

tras la tormenta en la noche tropical.

Miro las aguas que me circundan.

Pienso en tu mirada,

miope y a veces extraviada.

 

Te supongo abstraído, tal vez.

Y me aferro de nuevo al noray

que persiste en dejarme atada

a un recuerdo quizás irreal.

Pero sigues ahí.

Tan nítido y tan etéreo.

Tan lejano y tan presente.

 

Los monos aulladores no paran de hablarse.

Y las mariposas azules e imposibles

se dejan ver bajo un rayito de sol

que tímidamente va despertando.

Una iguana en el caminito me sonríe.

Quieta, y seguramente anciana

Espera la foto que acabo tomando.

 

Es temprano. La gente duerme,

los turistas cuanto menos,

si bien se despereza el comedor.

Aquí no hay gallos que  despierten,

pero sí la vida,

recordándonos qué chicos somos,

ante la naturaleza, tan viva.


viernes, 1 de julio de 2022

Migrantes en mi mente


Un día se dieron en ver

la vida que les espera,

sin futuro, ni alegría,

y alumbraron la quimera

de migrar a otro horizonte,

sin importar donde fuera.

 

Emprenden ese viaje

desde que la idea se instala,

como una termita terca,

en sus mentes, que engalanan,

haciendo mapas y planes,

al filo de las mañanas.

 

Queman todas las naves.

Se despiden optimistas.

Aprietan los dientes, duros.

Un paso de equilibrista,

sin red y con ilusión,

es su gesto de activista.

 

Sólo el tiempo dirá

qué precio tuvo ese gesto

de ser valientes a muerte,

y de no mirar atrás.


 

Sigo degustando la naturaleza.
Emborrachándome de pura vida. Disfruten. Ante mí tres mariposas amarillas enormes juegan a la ganillita ciega. Unos loros cotillean ante la piscina, y ando con mi corazón tendido al sol, empapado de verde y luz.