lunes, 26 de diciembre de 2011

La sombra.


Hoy la sombra del espejo se ha decantado por cobrar vida, en ese trayecto sin retorno de irse vistiendo poco a poco, y año a año, de un oscuro rencor cada vez más oscuro y más espeso. 

Demasiado tiempo prolongando el ego de ese ser abyecto en su cortedad de miras, en su hedonismo absurdo, y sus ínfulas de todopoderoso. Cuando se decide a atacarle, descarta un ataque por la espalda. Quiere ver su rostro antes de destruirle, entre la viscosidad de sus brazos. Se crece hacia delante desde el ángulo imposible de la luz mortecina del vestidor que la envía hacia atrás.

Lentamente se va transformando. Su densidad va en aumento y, haciendo un rodeo, consigue abarcar primero los hombros de su creador, y posteriormente formar una masa ante él. Puede verle con su sonrisa de triunfo, su eterna mirada altiva y desdeñosa, y el ademán de soberbia de un ser odioso apegado a su ego.

Poseedora de la certeza de que la imagen domesticada que regala el vidrio debe ser destruida, se demora en su abrazo calibrando que con esa aniquilación se irá la dimensión física de su propia existencia. Ya es demasiado tarde para retroceder su silueta a la posición inicial sobre la puerta del armario de tres cuerpos.

Cuando unos dedos vestidos con un solitario de oro trazan un nudo en la corbata de seda a rayas, ella constata que él no se apercibió de la densidad acumulada a su alrededor, ni del negro dolor que tras él ha ido dejando en cada escalón de su carrera. 

Cuando el tipo envidiado y laureado puede sentirla y reconocerla, se estremece, y el pánico le asalta al notar unas manos que aprietan con mayor intensidad de la que ordena su cerebro.
Siente entonces una niebla densa como el mercurio que aprieta su tráquea. Esa oscuridad asfixiante sí le devuelve la imagen del espejo, junto a una opresión en el pecho. 

Benlliuere. Relieve del pedestal a Goya. En calle Felipe IV de Madrid


Puede verse boqueando, con los ojos como sólo ha visto en las pescaderías, y una especie de esfera perfecta, de negro humo que va penetrando en su boca entre unos labios azulados. 

Siente un olor a alquitrán denso de odio y de afán de destrucción sin cuartel. Sus manos luchan, enloquecidas, contra un nudo y un botón de camisa. En un último intento de dejar paso al aire, desvía la mirada hacia un lado, buscando un respiro y una oportunidad de salir vivo.

Una figura alargada, con una guadaña apoyada en el suelo, le señala una lámina enmarcada de un cuadro de Goya mientras le mira en calma, bajo el quicio de la puerta.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Gorro arlequinado.

Foto tomada de un cartel.

Por la rendija de sus ojos entró un amor de contrabando, con su envoltorio de peineta y un lazo de seda azul. Se agrietaron las paredes de suspiros y arrebatos. Se habitaron las noches de sueños confusos y de despertares salados. De alimentos que no sacian y de agua que no hidrata.

Quiso epatar a su sombra y se dispuso a emprender el camino mil veces desestimado, el de buscar la fusión de redimirse en ella, entregándose desnudo en un mar por dibujar.
Diseñó con calma un andamio de estrategias de conquista, con un arsenal que iba creciendo a medida que resultaban invisibles a su corazón de junco. Se fue demorando en sus ritos cotidianos. Se desvelaba al hilo de un pensamiento circular. Se desbordaba en una imagen imposible de pieles fundidas y alientos compartidos. Se iba dejando las horas en un cajón de tiempo muerto y en un quedarse en los huesos. Los días iban pasando y ella seguía impermeable a la lluvia de su amor disparatado.

Cuando hubo de rendirse a la triste realidad de que dos son solo uno si ambos reman en una misma dirección, desanduvo los anhelos. Se dejó precipitar en el llanto denso y oscuro de una certeza tan vieja como la vida. Y esa noche de Mayo, dispuso en la mesa las más bellas palabras, las metáforas más sutiles, los sentimientos a jirones de carne trémula y sangre coagulada y vio llegar la aurora, teñido de desaliento y armado de dislate, con el pelo enmarañado y los ojos enrojecidos en la mirada perdida tras las gafas.

El soneto era perfecto. La obra nacida del desamor estaba escrita. Cuando pudo leerla a través de los restos de las últimas lágrimas, tomó el papel y lo dobló en dos en un postrero afán de cerrar una grieta que en su desarrollo destruía toda la casa. Justo antes de volver a doblar en dos el rectángulo donde había dejado su alma prendida a unos renglones, algo muy hondo le hizo plegar hacia afuera los extremos de papel y se lo colocó en la cabeza. No se detuvo a mirar la imagen en ningún espejo.

En el gorro de papel arlequinado dejaba descansar el sueño de reinventarse.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Llamada perdida.

Vétigo, obra de Antonio Sánchez-Gil


Me sentí envalentonada porque la imagen de mi espejo de baño, dejó que la niebla se dispersase. Me vi magnífica. Espléndida. Acabada de pintar por pinceles de marta y pigmentos de arcilla.

Cuando la tenue luz de la mañana, con la magia de una promesa, fue calentando mis horas, incluso aquellas en que ya no te esperaba, me destruyó el instante en el que el impulso de mi corazón te había olvidado. 

Porque era ocasión de abrir otra puerta a la vida. Ocasión para pasar página y rehacer lo vivido. De acomodar en mi almohada la levedad de tu talle para enterrarlo, y no sufrir más por la hoguera de mis sentimientos caducados.

La llamada perdida en el móvil me recordó, por un breve instante, que sólo estabas a diez horas de avión. Pero no eras tú quien llamaba.

Me pilló pensando en ti cuando sonó. Descerrajé el candado de un baúl intangible, para recuperar la brisa que creí olvidada. Esa ahíta de aroma de playa y canela, de sal y agua, que quedó prendida en mi pelo cuando te amé. Por última vez. Cerca del mar

Ya no sé qué debo hacer, porque me cuesta, y cómo me cuesta olvidarte.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Miembros fantasmas.

Tomado de Google

Perdí las alas en una jugada de black-jack. La banca tenía un as de corazones. Con un 10 de tréboles me las jugué, a falta de más efectivo o de mejor aval. Cayó como una losa un seis sobre el tapete.  Pero los halos de mi musa me ronronearon en mis oídos, pidiéndome una nueva carta. Con seis, de picas,  me pasé.

El juego no perdona. Podían enviarme al infierno sin más, pero prefirieron cercenarme las alas, con la intervención de un anestesista vía MIR, que agradezco, pues en vez de usar una desnuda espada vengativa y justiciera, que cayera del cielo caída del sin más, no sentí dolor alguno. 

Ahora luzco unos muñones a la altura de mis omóplatos y, por un instinto atávico, muevo unas alas invisibles haciendo el ademán de volar. Puro espejismo.

No consigo desplegar esos apéndices que ya no tengo, pero que sigo sintiendo como un miembro fantasma más.

Guiso de amor.

Óleo de Modesto Trigo Trigo

Puso en adobo las promesas que se hizo a los quince, con una pizca de guiños a Mafalda y un buen pellizco de Cortázar. Tenía que dejarlo reposar siete horas, no había prisa. En la noche le presentaron a una mujer que, de entrada, no le sugería gran cosa. Tenían, eso sí, algunas aficiones comunes, y exhibía un gran sentido del humor, sobre todo cuando las llaves de su apartamente se le cayeron del bolsillo al abrir el coche. Ese gesto le permitió ofrecerle su propia casa,  hasta hallar un cerrajero o al encargado de alcantarilla.

La noche llevó a la madrugada, tras una leche con Cola-Cao que se les antojó a media noche, unas risas con la torpeza de ambos para desabrochar un sujetador, y una entrega pasional improvisada. Todo entre los ladridos de ese perro furibundo del vecino y el fresco que la bomba de frío, anárquica, mandaba a chorros.

Por la mañana temprano, Pablo cortó las verduras frescas de sus sueños, a pequeños dados, mientras un diente de ratón Pérez hacía de base para el sofrito. Como requería una buena base de calor, de magia y de inocencia, las verduras debían esperar a que estuviera doradito el ajo, pero sin quemarse. Lo justo para no perder la fe en la magia. 

Cuando el aroma y el color le indicaron que era el momento de poner las verduras, las depositó con cuidado, removiéndolo todo con una espátula de madera de chopo, bañada en luz de luna. Sabía de la importancia de cocinar sin prisas este guiso, para que todos los ingredientes pudieran desprender su aroma, parecido al de las aulas donde reinan las gomas de borrar y el pegamento en barra. Dispuso luego en la sartén, los pedazos de promesas. Estaban radiantes, rojos y salvajemente húmedos por el adobo. La luz de la cocina hacía brillar los hilos de esperanza que constituían las fibras de esa carne, el ingrediente estrella.

Tapó la sartén con una tela ignífuga, hecha de la seda de un gusano especial. Uno criado en las moreras de un lugar recóndito, que tiene la virtud de producir un tejido que atrapa el amor entre sus finos hilos, sin dejarlo escapar jamás. Con el guiso tapado y el aroma a primavera en la nariz, se quedó sentado en la silla plegable de la cocina, con los oídos abiertos a la música que el chup-chup iba deslizando por el alicatado, por encima del ruido de los coches de la calle, e incluso por encima de su propio corazón, adornado  ahora con una arritmia galopante. 

El sonido del hervor de agua cargada de mañana, que compartiría con esa desconocida, le despertó una enorme sed de  savia de todos los árboles frutales, de absolutamente todos los jardines de su reino.

Apagó el fuego y se dirigió al dormitorio. La vio dormir profundamente, con el hombro derecho al aire, la comisura de los labios entreabierta y un respirar profundo y un poquito sonoro. Su pecho se movía suavemente con cada inspiración. Una parte de él quería despertarla raudo, para que ambos pudieran almorzar un desayuno de ensueño, pero al verla tan tranquila, y tan dormida, se quedó mirando sin más su pelo, y sus labios. Sin poder saber qué aromas y suspiros nocturnos albergaban sus sueños, se acercó, sentándose a su lado. Ella despertó por el aroma que no podía obviar, porque le traía un recuerdo del colegio mayor de Madrid, con su mochila de anhelos y deseos escondidos bajo el pupitre.  Ese aroma a “hoy es el mejor día de mi vida” le hizo sonreír. Se le abrió el apetito de caricias por conquistar.  Se miraron a los ojos, hasta verse reflejados en la pupila del otro, sin dejar de sonreírse y, sin pronunciar palabra alguna. Él le ayudó a acomodarse en la cama, como en un desperezarse, donde ella abría sus brazos y luego lo abrazaba, quedamente. 

Se recorrieron, con las yemas de los dedos, el pecho y el abdomen, mientras iniciaban lentos movimientos de cintura, que acompañaban un terco asedio de la posición supina. Pablo se dejó llevar por el aroma del guiso, y por el regusto de la noche, con esa mujer, que en unas horas le había regresado la dicha de saberse vivo. Se retuvieron las piernas, y como en un baile de disfraces, pero sin máscaras, pudieron galopar al ritmo de sus latidos, precipitándose en un mar de agua salada. 

Al fin, aún en ayunas, salieron al sonido del barrio y sus reclamos. Tras desayunar, desenrredaron juntos el nudo en el que no podrían dejar de entrar  y salir una y mil veces, desde aquel día. Podrían degustar, cuando quisieran, lo que llamaron "el guiso de la vida".

Comida rápida.

En el quinto día sin comida caliente miró su bocadillo por la cara y el envés. Dio dos mordiscos calculando el agua que necesitaría para engullir la totalidad. Se levantó del muro y con cuidado depositó el resto, perfectamente enfundado en su papel de plata, en una papelera.

Cansado de cocinar para quemarse, lavar con el “nanas” los fogones y por fin tener que quitarse el reloj para lavar un solitario cubierto, fue al Opencor a comprar las cápsulas All-eat. que acaban de sacar a la venta y que vio anunciadas. Tomó una verde y una roja y de postre una manzana que sí disfrutó en masticar. Le pareció un gran invento. Ahorraba tiempo pero sobre todo el desorden de la cocina. A nivel económico tendría que hacer cálculos a posteriori. Tras esa primera comida de cápsulas se dispuso a esperar el sueño.

Normalmente nada le despertaba cuando el cansancio le dejaba caer vencido en el sillón, tras las comida. Ni siquiera la alarma del comercio de los bajos que, a veces, se disparaba a las cuatro más o menos.

Cuando esperó en vano mirando la tele la llegada de un sopor que no llegaba y como se aburría, se puso a cocinar. En el momento en que el olor a quemado le despertó chocó con el mármol chaspeado de la encimera y apagó el fuego, con la rabia de saber por experiencia que ese desaguisado costaría de limpiar.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Cita a ciegas 2.

Óleo de Daniel Cuervo

Ya suponía que no acudiría a la cita. Los puñados de palabras intercambiadas en los dos meses de intensa correspondencia, le habían puesto en alerta.
Los cuentos de hadas le habían atraído de niño. Las princesas existían en su mente con rasgos indefinidos, pero portadoras siempre de manos delgadas e increíblemente blancas.

La vida se había ocupado de desmantelar los trucos y espejismos de los primeros amores. A estas alturas de su vida conocía los andares, y la forma de mirar, más allá de las mujeres que acaban vomitando tras una copa que les abre el alma. Las que acaban regresando a sus enajenaciones tras abrocharse la falda y recoger a duras penas sus pertenencias, entre las que nunca faltan el sentido del ridículo, ni un romanticismo colgado en la percha de la puerta de sus ojos. Este lo recogen cuidadosamente para hacerlo invisible en su vida cotidiana.

Esta mujer parece poco habladora, muy pudorosa, y de forma independiente al número de personas que la rodean, siempre está sola. Él sospecha que es tenaz, y que seguramente fue una niña fantasiosa, capaz de fabricarse un universo a su medida donde aislarse de un mundo que le parecía hostil. La imagina distante, y poseedora de un secreto que nada ni nadie conseguirá arrancarle.

La noche antes, y por un acuerdo tácito de no intercambiarse foto alguna, habían concertado el primer encuentro en la entrada de un teatro céntrico. Ella postulaba decididamente porque no llevaran indumentaria ni complemento alguno que les hiciese identificables. Se mostró terca en la certeza de que se podrán reconocer entre la multitud, como ella es capaz de notar un garbanzo entre colchones. Cuando él escribió, en el último momento -“llevaré una revista Time”, no llegó a saber si ella lo llegaría a leer..

Con media hora de antelación, hoy entra en un bar, desde donde puede ver el teatro y pide un café con leche que toma sin dejar de observar la calle. A las 12 en punto está ante el teatro, mirando la acera, a un lado, y luego a otro. Una mujer se acerca a la cartelera. Su aspecto es cuidado. Cuando él la mira para llamar su atención con un gesto de interrogación en su mirada, ella al instante baja la vista, y se aleja sin mediar palabra.

Con la revista enrollada en la mano derecha mira el reloj y a la gente, alternativamente, y cuando el frío le cala los huesos se aleja hacia la boca del metro.

Ella bajó del taxi inquieta y se rompió un tacón. Aun maldiciendo al tipo que con su coche en doble fila impidió que llegase a una hora razonable, mira la acera, se detiene, se acerca a las taquillas y vuelve a mirar su reloj. Le imaginó muy puntual. Poco dado a cuentos chinos. Ve una revista que yace en la papelera.

A él se le había olvidado, que la garganta es quien juega a cara o cruz el tono de un sí o de un no. Y salió cara. Subió las escaleras y atravesó la calle, para contemplar, fascinado, a una mujer con un zapato en la mano, haciendo contorsiones ante la entrada del teatro. Con la otra sujetaba el bolso. y se subía el cuello de un abrigo azul marino de paño. Su cabello colgaba asimétrico por su cara y ante la imagen no pudo evitar sonreír. 

Sin haberlo previsto, se encontró escondiéndose tras un poste de publicidad municipal, y sólo quiso seguir ahí, sin moverse, observándola. Era una película para él, que sin pretenderlo se había convertido en un espectador privilegiado de una función cómica en plena calle.

Ella le vio en uno de los movimientos de su cabeza, y se quedó mirándole. Quieta, con la mano del zapato dirigida hacia él. Ambos rieron, muertos de frío, por un borrón, en la primera línea de un cuento por leer.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cita en martes y trece.

Si algo me trae un nudo a la garganta me niego a hacer caso al momento porque prefiero pensar que puedo pisar la desazón con la punta de los pies. Hasta la reunión general.

Suelo pactar un día y una hora para verme con el dolor, la tristeza y el desaliento. Una cita sin más, por permitir que esas sensaciones molesten al paladar, sólo un periodo de tiempo acotado y circunscrito a un espacio, en la esfera del reloj de mi propio tiempo. Aunque sé que la esfera es variable en función de la impronta que traen en las manos. El disconfort trae con él variados repliegues de risas forzadas, surcos de alguna lágrima o huellas al fin dejadas por ese mal momento. Con su aroma a miedo o rabia y su amargo sabor .

Pretendo apagar con la punta de los pies esa sorpresa invasora. Esa que una página, o una imagen o unas notas de pentagrama consigue introducirse en mi mente como un ladrón de pacotilla, con ruido de estornudo y un disfraz de alquiler cutre.

Acostumbro a convocar a mis fantasmas, monstruos, ogros, miedos varios y letanías por deshojar a las cinco de la tarde de un martes trece cualquiera. No tengo nada en contra de esos días. Más bien es por precaución y comodidad ya que no la marco en el calendario de la cocina, que es el que rige las cosas importantes en realidad. Y correría el riesgo de olvidarme de asistir.

Curso la convocatoria en un mail de artesanía, para cada destinatario escribo en un tipo de letra y color diferenciado y luego las envío, de una en una. Siempre con tiempo suficiente y adjuntando una propuesta de orden del día.

A mi vez me apunto en una libreta roja diminuta, de propaganda de una pizzería, lo que puedo alegar con cada convocado. Anoto cada estropicio emocional que he ido recogiendo por la calle de esta avenida de líneas continuas y discontinuas, de único sentido de circulación. A veces los miedos son reincidentes. Otras veces aparecen nuevos asistentes y en más de una ocasión me sorprendo bregando con fantasmas de un pasado tan antiguo que deberían oler a rancio pero que insisten en salir a escena ( hay divos nostálgicos cuyo afán de protagonismo es insaciable y atemporal. Y son los que dan más guerra) .

Cuando llega el día dejo el piso en penumbra y con las ventanas abiertas. Me acomodo en un silloncito de mimbre verde con un cojín de tela ya gastado y ahí van llegando los invitados, cada uno vestido para la ocasión. Les escucho atentamente. Y luego me escucho a mí.

Al cabo de un rato, a veces largo rato, buscamos un pacto de no agresión multilateral, para que yo pueda seguir hasta la próxima amarga sensación pasando de puntillas por los miedos. Sabiendo que no faltaremos a ninguna cita ni ellos ni yo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sinceros compulsivos.

- Buenas noches. Hola a todos. Me llamo Luis y tengo un problema: por ser sincero, hasta conmigo mismo. Reconozco que soy compulsivo. Supongo que todos habéis sufrido situaciones similares a las mías y que por eso estamos aquí. 

Me costó aceptar venir a “ Sinceros Anónimos”. Fue mi familia la que insistió en que debo asistir a esta terapia. Bueno…la familia que aún me apoya porque como bien sabéis, la sinceridad es muy difícil de sobrellevarse en el ámbito familiar, aunque siempre mejor que en las relaciones sociales o laborales, como todos sin duda ya tenemos claro.
Como sincero compulsivo soy incapaz de mentir, aunque sea ligeramente o incluso por piedad. Quizá con vuestra ayuda sea capaz de dar un giro a mi vida y solucionar este problema.

El frágil equilibrio entre saber mentir con sutileza y ser una persona “falsa” es lo que yo no domino. Soy incapaz de mentirle a nadie, ni a propios ni a extraños, ni en temas trascendentales ni en cuestiones frívolas. Me parece inmoral y no puedo evitar ser sincero.

Tuve una novia que procuraba entender que esa sinceridad compulsiva yo no podía controlarla pero tras varios meses me dejó. Yo no creo que a nadie le haga gracia que le respondan que sí a la pregunta “-¿Estoy gorda?”, por citar tan sólo un ejemplo. Yo sabía que mi respuesta le dolería, pero es que tan sólo pensar en no decirle la verdad me provocaba un dolor de estómago insufrible. Durante mucho tiempo me consolé pensando que la culpa era suya: si no quería saber la respuesta, ¿para qué formulaba la pregunta? Pero hoy por hoy quizá mi respuesta hubiera sido “ estás muy gupa”, que también era cierto...

Los ejemplos son incontables. Cuando aquel camarero asiático me preguntó si lo había tomado por tonto cuando cuestioné su afirmación de que su comida china siempre era de gran calidad ..., como siempre, respondí sinceramente y al llegar a casa tuve que ponerme hielo en el ojo izquierdo. Eso sí, hielo de primera calidad.

O aquella amiga que perdí cuando me preguntó si su gato era adorable. ¿Cómo iba a decirle que sí si era uno de esos felinos sin pelo?...
En definitiva, son tan sólo unos ejemplos de lo peligroso que puede llegar a ser para las relaciones sociales e incluso para la integridad física esta sinceridad compulsiva.
Mi estrategia de permanecer callado ha fallado: en algunas ocasiones lo han tomado por indiferencia o no he podido evitar que un ademán de mi cabeza responda por mí, con lo cual no he tenido más remedio que terminar dando explicaciones por mi gesto, decir la verdad y volver al problema de siempre.

Gracias por la cálida acogida y espero que, entre todos superemos esta enfermedad tan mal entendida e infravalorada por la ciencia.

María, la tutora de la terapia, le dirigió unas palabras:
-En primer lugar, darte la bienvenida Pedro. Está claro que tu problema es grave pero puedes estar tranquilo porque tiene solución y entre todos la encontraremos. Ya has dado el primer paso. De nuevo, bienvenido a “Mentirosos Anónimos””.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Juegos de luz.

Cuando él aparece en la esquina de la aurora sus ojos hacen el gesto de enfocar sobre la imagen. Busca el objetivo adecuado, la obertura del diafragma idóneo y la velocidad indicada. Fotografía el aire caliente de la mañana saltando entre la luz y el espacio abierto unos instantes a destiempo. Con el visor ante los ojos confirma que la vista le ha engañado en un juego de luces y la diminuta pantalla de plasma le devuelve su reflejo.


Por alguna razón que se le escapa el espejismo ha devorado las líneas de su cara y la imagen que refleja es la del hombre que asomaba en la distancia dirigiéndose a ella. Quiere conocerle, empezando por palparse la barbilla. Siente sus dedos sobre un mentón buscando unos rastros de barba que no están. Lleva la mano a las gafas que muestra su imagen, pero no están y sin poder evitarlo baja su vista al pantalón, que reconoce como suyo.

El libro ha rodado desde su mano hasta el suelo quedando el lomo, con la foto de primer plano insolente recogiendo esa luz que inicia el vuelo. Llegará tarde a la primera entrevista que le encargan desde que es becaria.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Desconectado.

La música en los auriculares le conducía por derroteros animados y en su mente el ritmo le llevaba y traía por un tranvía prefijado en su móvil. No se percató de que en la parada de Sol subió el amor de su vida. No vio el tímido arcoiris en el escaparate del super. No apreció que la misma marca de cereales de siempre había cambiado de envase y creyó comprar otro. No reparó en que la cajera tenía una voz preciosa ni de que un coche negro tocó el claxon cuando salió con su bolsa de plástico biodegradable que pagó con unos céntimos y que llevaba colgando en su mano.

Cuando la sirena del SAMUR se iba acercando, no pudo confirmar que aún vivía, pero sonreía feliz con las últimas notas de su canción favorita a 85 decibelios.

Castrati.


La mujer que le había atendido en la clínica veterinaria debía superar la treintena y parecía que el cuidado de sus uñas era lo más importante para ella. Su aspecto era cuidado, entendiendo seguramente que la imagen es fundamental en los trabajos cara al público, aunque era evidente que la pasión por su trabajo había desaparecido hacía tiempo, o quizá no la hubiese tenido nunca. Porque la pasión tiene corazón viajero. Y cual cutículas se exterioriza, se disimula o se recorta, amputando con los pequeños alicates la opción de ver que la vida está escondida en cada gesto.
La música del hilo musical era un aria bellísima que le recordaba una película de hace unos quince años.
Mientras acariciaba a su fiel Cat , con la música sonando tan bella y tan cercana ante la ausencia de otros propietarios de mascotas, en esa mañana atiborrada de luz otoñal y de lágrimas mal digeridas no pudo evitar dejar que una , y sólo una lágrima rodase lenta de su ojo derecho antes de entregarle para la castración a la joven veterinaria, de guantes azules y sonrisa de dentífrico, quien con cuidado , y tras revisar la ficha, tomó por las axilas a ese gato siamés que le regalaron hace unos meses y que destruyó la paz del hogar en dos días.
Dudando ante su mirada gatuna si era o no la mejor decisión, la voz del último castrati seguía sonando en la sala de espera de una sala con luces de neón.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Curso semi-presencial

Tomado de Google.

Me matriculé en un curso semi-presencial de enología para principiantes. El primer día nos dieron a los cinco matriculados toda una relación de tipos de uva, sus características esenciales, tierra de cultivo y formas de reconocer más comunes, junto con un dossier pormenorizado de las composiciones más usadas en los caldos de la zona.

La primera práctica on-line fue hace dos jueves. A las 17 horas, con el dossier en la mesa, el portátil recién cargado, habiendo avisado de que por favor no me distrajesen y con un vaso de agua a mi alcance, desde la pantalla emergió una copa balón con un tinto que sujeté algo torpe y a los 10 segundos un cuestionario para rellenar las apreciaciones con una línea final donde hacer un resumen donde al fin y tras mucho pensarlo me atreví a escribir:
“Evocador y delicado bouquet floral sobre una pétrea base de taninos, especias y vainilla. Vibrante e inolvidable.”

El segundo jueves me conecté a la hora acordada, y con una lucecita verde junto al nombre del tutor y ningún estudiante conectado al campus virtual se me hizo llegar otra copa, de vino blanco esta vez y una cartulina roja donde en letra gótica escrita en tinta china y a plumilla rezaba:
“Le ruego concrete su comentario e intente delimitar zona y composición de la cosecha . La base de datos quedó inservible tras su entrada en ella el jueves pasado.”
Atentamente.
Profesor Falanix

viernes, 4 de noviembre de 2011

La Ley de Hubble

Tomado de Google

Por la Ley de Hubble  el corrimiento de mi color hacia el rojo de galaxia perdida en el universo infinito establece que yo no me alejo de tu galaxia, pero no porque tú y yo nos alejemos en esta materia inquietante del vacío, sino porque el espacio entre tu mundo y mi mundo de nuestras respectivas galaxias o espacio oscuro se ha ido elongando y ya que según la teoría del Big Bang  nuestra distancia de distanciamiento es proporcional a la distancia y la velocidad de alejamiento, ahora, entre nosotros, y  tras 130 mil millones de años te veo absolutamente inalcanzable. 

Irremisiblemente me acerco a una supernova en mi  periodo de desaceleración,  pronto a iniciarse.

Y observo en el telescopio cómo te sigues alejando en el espacio negro donde jamás podremos encontrarnos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Publicidad de un coche.

Nos gusta desafiar los límites.  Porque de alguna manera todo queda. La mirada híbrida entre el asombro y la muerte que se nutrió de tu piel no es una excepción. Mi pulso desafiando la aceleración de tus caballos de potencia se dispara en los 5,5 segundos que la propaganda anuncia.
Con el consumo combinado de mi sed y de tu aliento todo lo que se sabía sobre híbridos ya es historia. Te acomodas en el asiento de mis brazos abiertos donde rebajar las revoluciones de tu corazón de acero y ahí dejas tu engalanada fragancia de sueños por estrenar siempre un poco más cerca de tu piel sedienta.
La publicidad de Nuevo “Infiniti” M35 Híbrido me alerta de tus ojos, de tu olor a lluvia en el césped sobre mi corazón cansado. Porque desde ahora tú y yo sólo somos un híbrido con vocación de camino por recorrer. Un camino al que no quiero renunciar.

Pablo sonríe con razón.

Unos decían que era un suertudo, otros que parecía simplón y otros que resiliente. Como si dijeran que era rubio y bajito. No entendían que la capacidad para mantener un funcionamiento adaptativo funcional y armónico tras los avatares de la vida, en especial los traumáticos, no es una característica absoluta ni se adquiere de una vez y para siempre.

En su caso era el resultante de un proceso dinámico y evolutivo que varió según las circunstancias, los eventos que la vida le fue trayendo, el contexto anímico en que le hallaron y la etapa madurativa en que se fueron sucediendo. Porque por mucho que puedan pensar que es un regalo llegado del birlibirloque su necesidad de sentirse vivo y optimista no era más que el fruto de la interacción entre él y su entorno, y una forma de vertebrar su historia vital, siempre en aras del azar.

Le dicen que es una suerte que tenga tanta seguridad en sí mismo pero olvidan que su familia le enseñó a que ser especial es un privilegio que no debe malgastarse en compararse con otros.

Le reprochan que nunca le faltó apoyo social pero ignoran que el apoyo lo construyó con la empatía, con un estar con y por los que le rodeaban.
Le censuran que siempre crea que algo siempre está en su mano por hacer y se mofan de que sienta que su vida tiene un sentido que va más allá de su propia permanencia en este mundo pequeño con su fecha de caducidad desde la cuna.
Le recriminan que su humor lo lleva a temas serios, tan serios como la trascendencia de la vida y los derroteros de la muerte  pero él sabe que al final de los finales el humor libera endorfinas que aligeran el pesar de los pesares. Comenzando por reírse de sí y sus despistes es incapaz de reírse de nadie porque la ética la lleva atada con imperdibles en su corazón de pan sentado.

La vida nunca es gratis, porque aunque te la dan…jamás te la regalan. Sólo él sabe que sonríe con razón de igual manera que hacen los necios sin ella.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Laia insomne recuerda las Olimpiadas.

Soñó con la letra de la canción de Sting del tema “la forma de mi corazón”.  En su sueño  sonaba esa música a la guitarra acústica, sin más, fragmentos de ella tan sólo. Y en él Luis y ella bailaban, ya fuera entre callejones del Gótico, ya en una playa y veía sus ojos, una y otra vez. Era un sueño disperso e inconexo que acababa en un nacimiento: nacía un bebé prematuro y alguien decía: - “Es Laia” y ahí  despertó. Naciendo. Sudorosa. Dolorida.

El calambre de los gemelos de la pierna derecha era tan intenso que tuvo de levantase de la cama y apoyarla en el suelo y  caminar un poco por la habitación  hasta que se le fue pasando. Eran las 6 en punto. Apenas había dormido unos minutos. Abrió las cortinas tras beber un vaso de agua y al asomarse a la ventana distinguió la torre Agbar, iluminada aún e ignorando los motivos empezó a recordar las Olimpiadas y su mente aterrizó en la noche de Montjuich con Fredy Mercury y Montserrat Caballé, en su canción “Barcelona” rompiendo el aire de la noche mágica. La gran dama desbordaba vida y potencia con su voz, Freddy dio lo mejor que  pudo dar. Aquella noche se le erizó el vello con ese aire de estreno, se le humedecieron los ojos como un suspiro tras una gran aventura incierta que acaba bien.

Sin darse cuenta rememoró los meses previos a ese Octubre. Cuando hacía Segundo de Biología en la Facultad de Bellaterra. Una compañera le dijo que se había apuntado como voluntaria  y ella  se apuntó también. Quiso recordar la forma exacta de la antorcha que se les dio a cada uno de los voluntarios  que formaron ese cuerpo invisible de  cuatro mil personas y la especial amistad tramada con un muchacho que estudiaba Periodismo y con una chica pelirroja que estudiaba Turismo. El uniforme que les dieron no le gustó en absoluto pero echando la vista atrás, hasta Cobi, la mascota controvertida, tenía un sentido. Se preguntó dónde habría acabado la reproducción de la antorcha. Daba igual.

Recordó esa noche donde su cometido fue acomodar o vigilar el entorno cercado e informar a quien se le dirigiera y en la que tuvo la suerte de poder estar pendiente del escenario bajo las fuentes de Montjuich y de la gigantesca pantalla que emitía en directo la ceremonia en el estadio, con una puesta en escena sobrecogedora.
Los cohetes tras la actuación fueron los más bellos que recordaba a pesar de que en estos casi 20 años había contemplado bellísimos despliegues de magia entre pólvora, estruendo y   emoción en Tarragona donde en los últimos años se estaban desarrollando concursos pirotécnicos de gran calidad. Sería la emoción de ver tanta gente unida, o tal vez el  ambiente de camaradería y la forma de ver acabada una revolución urbanística sin precedentes en una Barcelona que supo aprovechar las Olimpiadas para rehacerse, pero sobre todo, para recuperar el mar que le dio vida mercantil y que permanecía oculta para todos tras los Tinglados de almacenaje

La Barceloneta era un barrio pobre, de pisos  pequeños donde cada sábado de Marzo y Abril  del 91 estuvo yendo con una amiga cuyo novio trabajaba de camarero los fines de semana. Cenaban arroz “a banda”. Habían coincidido con un personaje que posteriormente salió en la tele, un tipo delgado y con orejas de soplete que con una guitarra se paseaba por varios de los bares-chiringuitos que se apilaban en un par de calles.

En ese restaurante tenían una pecera enorme con langostas  destilando burbujas silenciosas . Le recordaban el fondo del mar en miniatura, con sus algas y su coral artificial. De forma especial le gustaba un ánfora pequeña,  de unos diez centímetros  con un agujero en su mitad y gustaba pensar en ella como una ocarina de delfín recién nacido.

Intentó dormirse pero fue en vano. Aprovechó para entrar en su correo. Nada de interés. Puso la tele: en la BBC siguió las condiciones de Libia, que estaba a punto de caer y aparecieron las imágenes de unos vándalos en algunos barrios de Londres.  Miró preocupada y sorprendida. Las imágenes no parecían las de una copia de un 15 M español, con sus pancartas, acampadas y consignas. Parecía vandalismo puro y duro. Cuando dieron las 7 bajó al spa a la cinta de caminar. 


Fue entonces cuando pensó si Luis la llamaría, cuándo y para qué. 

domingo, 2 de octubre de 2011

El hacedor del bebedizo.


Conocí a un hombre sobre el que me habían hablado antes, por lo que la historia que voy a contar puede ser real, puede ser inventada, o tan sólo una leyenda, pero para mí está basada en la realidad. 

Se hace llamar Befranc aunque nadie sabe si es su verdadero nombre ya que en verdad es un tipo misterioso.  Ahora entiendo el rumor de que por sus venas corría sangre infantil, a pesar de ir cumpliendo años, pero justo en la misma proporción que sangre coagulada a pesar de estar tan vivo. Tendría unos cuarenta  y trece o poco más. Su piel era clara, sus lentes incuestionables, su delgadez indisimulada y un halo afable de elfo a media tarde le envolvía. Su cuerpo no impresionaba lo más mínimo, pero su mirada sí, sus risas un bastante, sus dibujos una enormidad y sus silencios y puntos suspensivos te invitaban invariablemente a la escucha.

No entendía el desencuentro entre los seres humanos. Para él la torre de Babel era un cuento chino y las razas un invento. Entendía que en el alma reina de día, pero gobierna la noche con timón fijo y destino por decidir.

Seguramente es cierto que pasó arduas jornadas entre libros y montañas de pergaminos , para hallar las fórmulas científicas que ayudasen a ser feliz, También pudiera ser que buscó  en diversas disciplinas y que, seguramente, cansado de no hallar en la química de la tabla periódica lo que andaba buscando, se internase en la alquimia y el arte de hacer brebajes, diseñando al fin un bebedizo para ofrecer en copa chica compuesto por: deseos de no mentirse en 3 noches de plenilunio, un ramito de albahaca rociada con besos de colibrí y un pellizco de risas desde el rincón de la infancia.
Nunca dio por acabada la fórmula, y siguió perfeccionándola  de trabajo a trabajo y de ciudad a ciudad,  año tras año, sintiéndose satisfecho siempre pero sabiendo que era mejorable cada día y día a día.

El bebedizo lo llevaba en una caja de nácar, pequeña y manejable, que cada mañana, mientras amanecía a la nueva vida que renacía en su corazón, desde el bolsillo, asomaba la nariz. El bebedizo, aún en esa cajita primorosa, siempre quería más vida, un poco más de esencia de vida, sólo un poquito más cada día y así aunque el contenido de la botellita no crecía nunca, jamás menguaba por más que le ofreciera a un hombre o a cien. Por más que dispersase incluso en rociador en el aire de blanca lucidez o de negra locura, no se modificaba su volumen: 2 mililitros de sustancia azulada que brillaba irisada a través del botellín. Ni uno más, ni uno menos. Exactamente lo que la vida le dio.

Dicen que antes llevaba una ocarina de madera y una esfera de obsidiana que a veces tocaba y que el bosque le podía responder. Pero yo no le vi con estos artefactos.

Cuentan que un día quiso configurar el curso y el caudal del riachuelo con un vaso de plástico azul. Primero recogía el agua y la analizaba y luego la regresaba al mismo río y al  mismo sitio. Estuvo todo el día confirmando que el agua parecía químicamente igual pero  no era la misma. Cuentan que al caer la noche se sintió observado por algo inmenso y plácido y que llenó el frasco  con el agua de ese "ahora", confeccionando con ella el famoso bebedizo.

Los ancianos del lugar recuerdan que en la mesa de la taberna dijo: -“Este pan está especialmente bueno, me resarce el paladar de tanta hambre”. Dicen que ya comido, y con una mirada recién estrenada, se sentó en un banco de piedra que había en esa plaza con su fuente de piedra en medio. Y que, a pesar de la gente, volvió la cabeza cuando el viento le preguntó- ¿” ya has llegado”?

Yo le he conocido y creo que, desde ese día, contesta cada mañana, como ante la  fuente…-”voy llegando”.



sábado, 24 de septiembre de 2011

Ruido en el zulo.

El silencio llegó como un bálsamo a mis oídos, como la miel a la hormiga y como incienso al aire enrarecido del cubículo que habité.


Esa ausencia de ruido me llenó de la paz que me negaron cuando tras ser secuestrado en la selva me quitaron la ropa y la conciencia, la forma de medir el tiempo en este espacio sin ventanas y la certeza de ser un ser humano.


Me interrogaron tantas veces que a partir de un momento no sabía ni qué me preguntaban ni qué querían saber porque de haberlo sabido, no lo duden,  se lo hubiera dicho.
Eran ruidos de mil tipos, de intensidad variable, de duración ilimitada y de tonos infinitos los que llegaron abruptamente y se instalaron allí, entre mis oídos y mi razón y ahí permanecieron no sé por cuánto tiempo, ni lo sabré jamás. 


Dormir se convirtió en un desafío, pensar en una proeza y en la negra oscuridad de la nada, la amenaza continua de ese " no saber" me quitó los restos de cordura que podían quedar prendidos en mi cerebro, que llegué a sentir como una fondue.

Cuando desapareció de forma súbita,  me sentí sordo y huérfano en un primer momento. Desorientado y aterrorizado pocos minutos o siglos después.

Ahora sé que sin este silencio al fin de mi secuestro no habría podido sobrevivir,  ni conocer tu canto arrullador que me cobija cada noche desde entonces y que no quiero dejar de oír porque me vuelve humano antes de afrontar la pesadilla de cada sueño que se cuela en la noche de cada día desde la mañana en que por fin me liberaron. 

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Si hubiera echado a correr.

La farola se ha fundido de nuevo en tu calle, y te acompaño cogida por el hombro, como cada noche. Cuando se oye un ruido procedente del portal contiguo al tuyo y siento tu escalofrío, te digo que será una ventana. Y haces como que me crees.   


Cuando cierras la puerta, veo la silueta de un hombre alto. Desando tu calle buscando el paseo, oyendo los pasos tras de mí, acelerando el ritmo de mis pasos y mis latidos.

El golpe resonó en mi cabeza a un metro de la esquina. ¿Y si hubiera echado a correr?

Cuando hubo desandado sus pasos desde el portal de Eva hasta el paseo confirmó lo que ya sabía: la sombra que le acababa de atacar como un mazo en su cabeza nacía en sus talones. Iniciaba el cambio fisiológico inherente a su especie.


El lobo estepario, de forma puntual, nacía y moría en el hombre que habitaba. 


Como cada noche de plenilunio desde aquella primera vez en que  a la luz de la luna amó la carne blanca de una mujer.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Partida de Blackjack.

Venía del último encuentro con ese amigo especial que a través de  las palabras entró sigilosamente, como un ladrón, y  de puerta en  puerta hasta su cama.
Había dejado que ganase  por esta vez la pasión sin más y dejó meridianamente clara la intención de no permitir que entrase en esta historia ni una sola sílaba de esa  oratoria que él blandía como mejor arma de seducción.
Esas cartas estaban trucadas y con ella no podían funcionar. Las había inventado ella.
Los meses habían dado el fruto de largas noches desatadas y de gozosos abrazos sin límites previos ni minutas posteriores. Era una buena partida: con una figura y un diez. Aparentemente no cabía error.
Cuando descubrió que iban entrando en el tablero nuevas piezas quiso enrocarse pero él no pudo negar que se había convertido en un adicto a sus brazos, a sus risas y a sus sonidos bajo la ducha bebiendo agua de la alcachofa entre ese vapor cargado de olor a jazmines y canela.

    La libertad le había costado demasiado. La ganó en una larga y cruenta partida, y la valoraba exactamente como cada quilate de su corazón. No iba a  jugársela en la primera mano de una mesa de Black Jack. Por esta vez  y por este hombre sin duda alguna sería que no.