miércoles, 30 de septiembre de 2015

Velada de otoño



La noche se teñía de sones de violines, viola y de chelo, en un lugar que cobijaba la exposición que ahora engalana sus paredes, con unos cuadros tan bien realizados como sombríos de alma. Sin dudar de la inmensa calidad y nula baratija de este autor, me resultaron oscuras alusiones a un alma herida, a la conciencia inquieta y deprimida, y a la certeza de fealdad y muerte en los caminos, así que la disposición para escuchar la música, de “variaciones de Goolberg”, me pillaba  a trasmano de las pinturas. 

Con el inmenso deseo de poder escuchar desde un limbo de paz dentro de cada espíritu, nos sentamos los congregados en unas sillas plegables, que demostraron ser duras de asiento, para tal velada musical rayando a la hora y media de música excelsa. Inevitable imaginar qué habría  visto esa sala del palacio en otros tiempos, unas sillas sin duda más mullidas y elegantes, para deleitarse con algún “minueto” o música de cámara para goce privado de los señores de la ciudad de los prodigios.



Otrora palacio, el museo rendía pleitesía a esa sala abovedada y barroca, dejando que se usara para audiciones, y el tema de la comodidad de las sillas  pasara por tanto a ser un asunto baladí.




La idea, magnífica, es que semanalmente se ofrecen, todos los sábados, unas sesiones que se han apellidado de “merienda con música” que permiten, por un precio razonable exactamente eso: merendar con música, y acceder a las salas de museo, que en su dos plantas y media   ofrece unas esculturas y pinturas figurativas. Es una propuesta que nos sorprendió cuando la conocimos, y cuyo programa nos cautivó para ese sábado en concreto, así que, obviando en lo posible la comodidad, una cincuentena de personas, todos adultos menos dos niños que acompañaban a un padre, nos vimos ante una mesita con disposición de merendar. Todos modosos, expectantes y con ganas de disfrutar del terceto prometido. 

La merienda ofertada consiste en té o café, junto a unas galletitas variadas, sobre una mesa redonda plegable y blanca como las sillas a juego.



El terceto resultó de juventud en estado de gracia. Me sorprendieron, gratamente, un par de cosas. La primera, porque tenía a esa mujer ante mi mirada y pude contemplarla a mi antojo, fue la ilusionada maestría de la violinista, con esos arranques de miradas previos y aquel cimbreo de torso que mecían y acotaban las notas, sobre todo los “andantes”. Pero lo segundo fue ver cómo llegaba al alma las media sonrisas, que no sonrisas, del muchacho de la viola, quien intuyo, tendría en la sala a alguien muy querido observándole y a quien dedicaba, imagino, tal vez una madre, o una novia, esas sonrisas bajo el bigote de su barba que escapaban entre ataques a su instrumento. De la chelista, como su espalda fue lo único que podía ver de ella, poco puedo decir, pero sonaba bien, la verdad es que muy bien, así que la audición la dimos, yo sin dudarlo y los aplausos que produjeron un bis, por más que buena, a mi entender como notable alto. La idea era continuar observando luego, mientras recogían los servicios de mesa y plegaban mesas y sillas, la exposición temporal. 



Apabullante, inquietamente densa de inquietud, pero de trazo exacto. En el primer piso, como es de esperar a tan loado y controvertido Odd Nestrum, se exhibían una veintena de cuadros, algunos de gran formato, con temas duros, con fealdades casi cruentas, y un par de montajes donde hacerse una idea de cómo ejecuta el maestro su arte pictórico.   .

En la segunda, sus alumnos exponían muestras vívidas, de factura impecable y temática más amable, que dejaban un sabor de boca más dulce en el paladar de las retinas. Siendo acompañadas por esculturas, que me gustaron y que invitaban a tocarlas. Lo siento, las pinturas del segundo piso me llegaron más que las del propio maestro. Esa segunda planta, y lo que fuera un desván, se me hicieron suaves como las mañana de sosl. Con lienzos que uno, tal vez, no se cansaría de ver. 






Resalto el cómo de bien se portaron esos dos niños, de unos diez años, en la velada musical. Me pareció que eran el ejemplo de cómo la música clásica clásica es para todos los públicos, aún sentados de manera incómoda. El padre apenas tuvo que llamarles al orden, y dejó que la niña,  a ratos soñase con dirigir al terceto, cosas que me recordó a alguien...tal vez yo misma. a esa edad.  



En los bajos, en el patio de entrada, la sesión de pintura con modelo, llevaba a su fin. Algunos alumnos habían tomado nota de una mujer vestida, que a esa hora, marcaba ojeras de cansancio e inmovilidad indiscutiblemente hiperrealista.

La noche se abría paso por el barrio donde el museo Picasso congrega a la multitud de amantes del gran maestro malagueño. Nosotros, ahítos de arte, caíamos en la tentación de buscar  un tentempié por cena, por rematar la merienda de un sábado que había colmado mis expectativas de una entrada de otoño en la ciudad de los prodigios.   





martes, 29 de septiembre de 2015

Metro de los culés, en horario de mi tren

Foto de internet


Subí al metro, con las muletas, el bolso y las ganas de volver a casa en el morral de mis deseos. El metro, en los festivos, tiene una cadencia más amable que en los laborales, y quienes usamos este transporte sabemos que los carritos de bebé, niños con globos y alharacas juveniles se dan mano en los vagones de asueto y sonidos pausados de las calles. Por eso me sorprendió que la línea se fuese colmando de viajeros abigarrados. Extranjeros de procedencias diversas iban llegando en cada estación. Algunos vestían de camisetas de fútbol, pero en su mayoría no era así. Esperé que en el Paseo de Gracia hubiera un descenso masivo, pues la casa Batlló, y en sí esa  avenida de luces y sombras tiene un recorrido de intenso tráfico peatonal para los ojos novicios y ávidos  de edificios singulares. Pero nadie bajó de mi vagón, sino que empecé a sentir que el espacio para mis piernas estaba al borde de sus límites, para mí y mis artefactos , casi imposibles de menguar más. 

De pronto, la señora sentada a mi lado, mirándome con ojos pícaros me hizo observar qué tanto de fama tiene este club de fútbol, que hasta en viajes de turismo tanta gente estaba dispuesta a pagar sumas importantes de euros para verles jugar. Entonces observé que lo que tomé por su pareo sobre la falda no era tal.

Un señor hizo el gesto de querer salir en Hospital Clínico, pero su gesto fue abortado por un grupo de ingleses que, sin mirar, ni poner intención de entender, se compactó aún más. A pesar de las quejas del hombre, quien llevaba un libro en la mano, con el que hacía ademanes de palanca ineficaz, el gentío le dejó en el convoy con su cara de resignación y  su libro pegado al pecho.
  .
Cuadraron las piezas del puzzle cuando sospeché que para bajar del vagón de los forofos tendría que barrenar el gentío apretado de culés autóctonos y foráneos. Así le dije a la mujer que no vestía, pero que llevaba en su regazo una especie de bufanda del club de sus amores, imagino. Cercanos a Sants, cuando el convoy se acercaba a la parada en la que yo tenía que bajar, se levantó la buena mujer, casi parado el tren, y sin miramientos, con un brazo en alto como un arcángel, me abrió paso hasta las puertas, tropezando en el camino con quejas por los manotazos que recibía quien no abría paso, para dejarme salir del tren. Desde la puerta, sudada, y mientras ésta al abrirse dejaba ver un grupo de aficionados que iba a entrar en el vagón, sí o sí, observé la cara de otra viajera.

Desde el andén sin más habitante que yo misma, pude ver la cara de la señora salvadora, que ocupaba la salida del vagón, y a una chica con un, imagino,  niño de la mano, empotrada contra la puerta contraria meneando una banderola de “bienvenido papá”, que no llegará a tiempo para recibir a nadie. Hasta la parada de “Les Corts”, nadie iba a bajar, lo supe con certeza, y sólo entonces el convoy se vaciará, para llenar las gradas del mejor club de fútbol. Se alejaba, desde el andén vacío, el metro de gente alegre que en, bloque compacto de intenciones, se habían confabulado para no dejar salir a nadie ajeno a sus aficiones deportivas.

Quizá sólo la señora culé, con sus ademanes de ángel guardian, tenía entraña para permitir la excepción  de dejar que alguien, en este caso yo, bajase del vagón de los forofos.
Me cachis con los culés. :-), foto de internet

 





domingo, 27 de septiembre de 2015

El metro multicultural


El metro iba bastante vacío. En verano hay menos gente y a ciertas horas es muy grato y rápido viajar con este medio. En casi tres meses de tomar dos por día, he visto un poco, sólo un poco, de lo que es un laberinto sociológico de primera magnitud.

A modo de ejemplo les explico una anécdota de una tarde, como otras, en las que a punto estuve de provocar un conflicto internacional. Verán qué tontamente. Subí con mi muleta a un vagón. Hay líneas que tiene un vagón como que continuo, que en vez de separaciones formales por dentro, se articular con espacios de cuasi bisagra, donde el suelo se mueve, como es natural y cuyas “`paredes” no albergan ventanas ni barras de sujeción para los pasajeros, bueno sí, pero no una vertical en la zona central.  

Todos los vagones tiene una zona de asientos, cuatro, que son para ancianos, gestantes o personas con dificultad de movimientos y están correctamente rotulados en la ventana que hay sobre ellos, con pegatinas inequívocas. Es imposible no entender los dibujos. Imposible. Enfrente de éstos está  la zona que es para maletas o bicis o carritos de bebé. Pues bien. Busqué la zona de dificultades y estaba un hombre moro, vestido de forma identificable, y a su lado un niño de unos tres años. A su lado, estaba sentada una señora bastante mayor y una embarazada. Miré al padre y le señalé las etiquetas, en un gesto neutro, señalando con la muleta, a la espera de que se pusiera el niño en su falda. Nada pasó. El niño me miraba a mí y a su padre, alternativamente. Se levantó la señora mayor y yo me senté, procediendo a abrir el libro que llevaba en ese día, pero aún no había cogido el punto de lectura para ubicar mis ojos al texto cuando un señor, sujetado a una barra de las que van del suelo al techo del convoy, y  en árabe, le decía cosas al señor vestido de moro. Parecía increparle, y era fácil adivinar que recriminaba el mal ejemplo que daba al niño.

El viajero sentado  se estaría defendiendo no sé con qué argumentos, pero lo cierto es que el que iba de pie sujetado a la barra central, acabó su  parlamento diciendo en perfecto español…”cabrón”. Y entonces entró en escena un señor argentino o uruguayo recriminando al viajero de a pie  por insultar a un padre delante de un hijo. Ahí se inició una pequeña discusión entre los dos viajeros de a pie.   La señora mayor, cuyo asiento me cobijaba entonces, quiso poner paz. Y el trayecto de tres paradas tuvo pocas variaciones de viajeros. Subía y bajaba poca gente, hasta llegar a Maragall, donde se bajaban los tres hombres y ese niño, quien,  con un caramelo en la mano que le había dado el sudamericano, miraba a los tres adultos en el andén.

El metro siguió su camino, y yo me bajé en mi parada de metro, no sin antes tener que escuchar a la señora mayor, quien, al lado de la embarazada, comentaba para quien quisiera escuchar, en voz alta, y buscando mi aquiescencia, que si yo hubiera sido mora, seguramente me habría cedido el asiento, porque a sus mujeres  sí las respetan, o algo parecido. No entré en la discusión, ni el sudamericano estaba ya en el convoy, Nadie ratificó ese extremo, pero una señora de mediana edad, que se agarraba a la barra central en ese momento empezó a comentar lo que parece que encontraba como injusticia en el trato a favor hacia los moros. Milongas que me he cansado de rebatir, y en las que ya no entro. Me quedé absorta en el libro, a pesar de que escuchaba la conversación entre mujeres.  

La verdad es que la ignorancia es mala consejera para la convivencia. Pero tomé nota de que por encima de los avisos que invitan a la educación, es decir, en este caso, a ceder el asiento a quien lo necesita, hay una noción de humanidad que no puede intentar traducirse en símbolos.

Al bajar, por una puerta más lejos de mi asiento, constaté que unas jóvenes, habían viajado ajenas a esta disyuntiva intercultural. 




sábado, 26 de septiembre de 2015

Mercé y fuegos en Montjuich

Fotos de aguirrefotobcn


Las fiestas de La Merçe congregan a gente ávida de música, o de una cierta alegría impostada que nos regala la entrada del otoño, como un postre tardío y sabroso de un verano que va, sin dejar que despidamos las largas tardes estivales sin algún bombón en la boca que nos atempere el alma para el otoño recién estrenado.
La Plaza de Rei, con i latina, dejaba llover los coros del Liceu, en temas atemporales que llevarse a los labios de esos ratos de bóveda sin cuartel y con estrella de los momentos exquisitos, cuando ya la avenida Maria Cristina engalanaba el aire con promesas de agua con luces y artificios para la ocasión.

El metro iba ahíto de gentes como yo y como tú, sin más afán que pasar un rato para sentirse uno con todos y entre todos, y en muchos, en esos instantes en que el aire se llena de música y los cuerpos se mecen al son de una notas de Serrat, jazz o  rumba catalana. Y ahí me ví, saliendo de un vagón con estrechuras para la anchura de los que íbamos al encuentro de la noche bajo la falda de la montaña mágica de un Monjtuic coronado de luces que clamaban al cielo un día de quita y pon.

Los servicios del metro tenía prevista esa avalancha de disfrutadores de la noche, porque no dejaban pasar a los viajeros que querían salir de esa zona tomando ese medio de transporte subterráneo. En previsión de posibles estados de imposibilidad de tragaderas de los convoyes del subsuelo, y ahí llegué…buscando una salida en una especie de ratonera que se me imaginó el túnel de techo bajo que daba a la salida de la plaza España. Caminar al ritmo que impone la masa es una sensación extraña. Sin querer, se te antoja por pensar qué harías si hubiera un peligro y quisieras huir, así que prefieres caminar al son de todos, sintiendo ese techo más bajo de lo que en realidad es. 

La idea, la mía, y como supe luego, la de miles de personas más,  era ver un pilar veneciano me dejaba lugar a su pies para poner allí mis pies y mi mirada, pero era imposible atravesar la barrera de gentío, con su color variopinto, su lenguas de mil colores y su móviles en alto queriendo pescar el cielo de las promesas de pólvora y música.

Empujada por detrás, y sin posible huida por delante, caminar era imposible, así que, dejando que  la falda de mis vuelos quedara presa de un lugar entre miles…no, entre cientos de miles de barceloneses de bandera o de elección, dejé de agobiarme, para dejarme sentir el tronar de la alegría en la noche de asueto de una ciudad de mil caras.




Era como para ni intentar coger el metro para regresar a la casa de los silencios. Mejor era dejar que la gente fuera retirándose entre riadas de calles repletas de personas que buscábamos un lugar donde tomar cualquier cosa para dilatar el tiempo del retiro. Y entre muchos miles más, me senté en una terraza de la Avenida Tarragona, a ver cómo la noche se iba, aún guardados en las retinas los impactos de los truenos y las ganas de luz que precede al otoño en la ciudad de las quimeras .

  


jueves, 24 de septiembre de 2015

Fuegos para Mario



Hubiera deseado que Mario no hubiera ido tan tenaz en animarme a llegar a la zona costera desde donde se harían un par de exhibiciones de fuegos  artificiales.  La escollera de ese lado, que delimitaba una playa en calma, estaba casi vacía cuando llegamos. Ante la playa, en una zona ajardinada de césped en leve pendiente, tuve la tentación primera de sacar mi pareo y extenderlo sobre la alfombra aún verde en la caída de la tarde , y tenderme como un lagarto, a la noche estrellada en ciernes, que haría de telón de fondo a unos sonidos y luces tan atronadores como hipnotizantes. 

Faltaba media hora para dar comienzo a la demostración de pólvora y física, al baile de sonido con chiribitas en explosiones de magia sobre los tejados de la ciudad y el mar tan nuestro como cálido estaba calmo. Agotando los días de verano, algunas familias se habían a acercado al mar de nuestros pecados para que los críos gozaran de la magia de una guerra sin armas. Subí hasta la escollera, porque me pareció una óptima atalaya para contemplar esos fuegos de ardientes colores y gélidos reflejos sobre el mar profundo, y allí les vi.



Cinco hombres, y Mario, con sus trípodes, acechaban el horizonte, cambiando objetivos en sus máquinas, y no sé cómo, entrando en un baile lento de miradas por los visores, que me pareció de camaradería, aunque alguna mirada de soslayo cuestionaba el mar de los futuros logros. Uno de los figurantes cambió de ubicación al poco de llegar yo, y esas seis espaldas mirando a Montjuich iluminado, me hablaron de una cierta paciencia de pescador de sonrisas. 

En un banco de piedra, más que banco, una argamasa de hormigón de forma rectangular, me senté a contemplar la escena en la que, ante un cielo que se desbocaba de luces, cinco cazadores de fotos y Mario jugaban a ser el mejor fotógrafo de unas fiestas de ilusión. Pero ya no les miré. Embobada ante la magia de los artificios con juegos.

En poco más de veinte minutos se acabaron los truenos, se cerraron las espitas de las ráfagas de colores, y el silencio de asombro se rompió por aplausos tímidos de algunas de las personas que contemplaron el espectáculo. Pocos minutos de color que me dejaron la impresión de que Mario no había llegado a poner en marcha su reflex portentosa y potente, pero el cielo dibujó, con un dron en escena incluido, la magia de las expectativas a media voz. 

Me limité a dejarme llevar por la niña que habita en mí, que dejo que salga de paseo cuando puedo. A menudo ocurre cuando, cerca del mar, algún evento llama a los ojos de la límpida inocencia de las sorpresas de luz..