viernes, 27 de agosto de 2021

Con Demiurgo, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Demiurgo para este jueves, mi aportación, usando una de sus imágenes para tal convocatoria, es la que sigue

Sonia había terminado los estudios de diseñadora gráfica con más pasión y esfuerzo que vocación definida. Le gustaba la belleza. Y el arte.  Su madre había sido muy clara, le pagaba los estudios siempre y cuando aprobara todo. Ese Madrid vital es muy caro, pero había conseguido compartir piso con dos amigas, estudiantes como ella, pero que eran ayudadas por sus padres en su totalidad. Sonia encontró dos casas para a ver limpieza, y dos servicios de canguraje para niños, así que con ello tenía para pagar su parte de alquiler. 

El trabajo de becaria en una revista de moda era su gran oportunidad. En la oficina observaba a las compañeras con cierta envidia. O eran buena actrices, o eran muy felices, se decía cada día. Pablo colaboraba con la revista y era un fotógrafo sensacional. Estuvo con él un par de veces en su casa, y cuando era razonable que estuvieran en la suya, no tuvo otra ocurrencia que usar las llaves de una de las casas en las que trabajaba para hacerse pasar por su propietaria.

A las tres de la mañana, tras una sesión de sexo glorioso, le despidió, alegando un dolor de cabeza súbito y migrañoso. Pablo aceptó irse, y Sonia se puso el delantal que usaba allí y se puso a limpiar las manchas de mojito de la alfombra.

Le pareció escuchar el timbre de la puerta. Imaginó entonces al amante mirando por la mirilla. Luego, al llegar a su casa, hizo un collage de la posible escena. Sin haber dormido, en la oficina, le mandó un mail a Pablo. Esa relación sembrada en la mentira, tenía los días contados. O no.

 

Palabras:277


viernes, 20 de agosto de 2021

!Chas!...yo estaba allí. En jueves

  

Imagen de https://www.esquire.com/es/actualidad/cine


Siguiendo la propuesta de Mag, La trastienda del pecado, mi participación es la que sigue.

Cuando Norma Jeane abrió los ojos, con ese cansancio infinito, y ese túnel con la luz al final, ¡Chas!, yo estaba allí. Cada mañana llegaba a los ocho para hacer por ella esas cosas que se le resistían, esas cositas domésticas que veía como montañas inabordables desde su mente inquieta, pero poco dada a la realidad y tan predispuesta a echar el vuelo. Ese día tuve un presentimiento, y acudí a las siete. Tal vez mi presencia cambió su vida y la del cine de la época. Corría el año 1962 y, sin mí, la musa de Hollywood habría pasado a la historia, con la madurez espléndida de sus años dorados y ese cuerpo que luego, como todos sabemos, fue perdiendo tersura y curvas inquietantes.

Aquella mañana, muerta de miedo la puse boca abajo. Con su cabeza colgando de la cama,  le metí dos dedos en la boca. Vomitó un líquido amarillento y con un olor ácido muy desagradable. Luego le fui dando pequeñas cachetadas, mientras la llamaba a gritos.

Llamé a una ambulancia y a su tercer exesposo, Arthur Miller. Éste me pidió que no avisara a nadie más. El equipo médico que vino haciendo sonar la sirena, le hizo tomar, por la fuerza, carbón activado, y la colocaron una vía, con un suero que describieron como “fisiológico”. Al llegar Arthur me eché a llorar. Mi musa real y personal, casi consigue su objetivo.

Le dolía la vida, le arañaba el corazón la ausencia de amor infantil, y tanta lucha por salir de su círculo de miseria era una lucha perdida de antemano. Porque era titánica. El resto es historia. Desapareció de la vida pública. Con los avances en la medicina conseguí un cambio de sexo y pudimos escondernos en una granja de Minnesota. Sin pretensiones de fama, y menos de pasar a los anales del séptimo arte, hemos sido felices.  Como es sabido, al final nos encontraron. A mí no supieron ponerme nombre, y esa foto de Marilyn entrada en carnes, y con setenta años, se hizo viral, lo que la sumió en una nueva depresión.

Cundo ella murió, el año pasado, perdí ni norte y mi sur. Realmente perdí la razón única de mi existencia. Hoy haré lo que hizo ella hace ya tantas décadas. Quiero reposar en sus brazos por siempre jamás. Yo, su mucama, me iré de este mundo con la pregunta que nunca he sabido responder. ¿Qué hubiera sido si Marilyn Monroe hubiera muerto esa noche de aciago  recuerdo?

Palabras 416

jueves, 12 de agosto de 2021

Mirada de colores, en jueves


Siguiendo la iniciativa de Dorotea , Ojos que nos ven, mi aportación es la que sigue

Los niños me mareaban. Es verdad, pero me gustaban. Él, o ella, se acercaban sigilosos, con cara de expectación y rubor en las mejillas, y yo sentía un cosquilleo de felicidad . Les costaba guiñar un ojo, y yo me dejaba acomodar bajo su frente. Me consideraban magia. Ya ves tú, unos cristalitos de colores sin más fundamento, pero él tenía cinco años, y ella cuatro, y todo les resultaba fascinante, mágico y maravilloso.

Yo me dejaba hacer. Con tan poquitos cristales no podía formar unas figuras extraordinarias, pero claro, a ellos les bastaba y sobraba para sentirse felices por un instante. Lo que no sabían es que yo intentaba siempre que se formasen más y más diseños. Ni sabían que yo los miraba a ellos cuando me dejaban apoyado en horizontal. Era, y soy, un simple cristal transparente, así que los veía perfectamente cuando jugaban a esconderse, o cuando jugaban con una pelota suave. La nena quería que su muñeca mirase a través de mí, y le explicaba lo que veía, según ella.” Como flores que se van cambiando”, le decía.  Yo supe desde siempre que la muñeca no la entendía, pero me temo que no le importaba. El niño me usaba de catalejo. Me colocaba en su carita e imagina islas en la lejanía. O elefantes en una sabana. Alguna vez me  usó como palo, pero llevaba meses con ellos sin mayores problemas.

Un día quedé a merced de un cachorro de perro. Madre mía, me clavó sus dientecitos como agujas y quedé con agujeritos por todas partes. No sé cómo, acabó por romperme, y ví cómo mis cristalitos de colores de dispersaban por el suelo. No riñeron al perro, sino al niño, por dejarme en una mesita tan baja. Con una escoba, empujándome implacable, llegué en un cubo junto a cosas inservibles. 

Ahora vivo en un descampado, que llaman vertedero, y mis cristalitos siguen reverberando al sol. Yo sueño con que alguien me encuentre y repare, para seguir mirando a los niños, desde mi mirada poliédrica, irisada y juguetona.

Palabras:339

sábado, 7 de agosto de 2021

Lago en verano

 


Imagen de Bic naranja

Cuando me ascendieron a comisario, el día en el que cumplía cuarenta, poco podía pensar que mi primer caso fuera una suicida. No quise ver el cuerpo hasta saber un mínimo de datos. El forense tardaría una hora como mínimo.

Una señora duerme en el agua había dicho la nena que dio la voz de alarma.

Dijeron que se alojó con un nombre que resultó falso, que la recepcionista de esa tarde estaba estresada y no le pidió el pasaporte, ni una tarjeta bancaria. Contaron que llevaba tres días hospedada, y que salió poco de su habitación durante la estancia. Las señoras de la habitación contigua chismorrearon que creían haber visto a un hombre que entraba en la habitación de la finada, si bien en el interrogatorio manifestaron demasiadas contracciones y dudas sobre el hecho.

Olga Smith, nombre con el que se registró, parecía ser del este de Alemania por su acento. Los informáticos pudieron confirmar que la última llamada recibida era de un teléfono prepago y que el resto de comunicaciones eran a una docena de números, ninguno de alguien que pudiera decir nada importante. No tenía familia alguna, según se dedujo. Tampoco amigos, o novio, o esposo, o amante. 

Cuando miré su rostro me quedé helado. Era Helena, la rubia de mi verano en Madrid en un postgrado de la Complutense. La imaginé sentada en la cama, con la ventana abierta, contemplando el precioso paisaje suizo con el lago reverberando destellos de un sol estival. Le supuse una vida solitaria. Recordaba perfectamente que hablaba poco, por miedo, según me dijo, a “La Stasi”, donde su padre trabajara durante décadas. Siempre pensé que era producto de su fantasía, aunque no pude conseguir localizarla cuando me dejó.

Recordé su mirada ensimismada, su español de academia y sus muslos de alabastro. Lo último que supe de ella, hace veinte años, es que se fue precípitadamente, rompiéndome el corazón.  Ahora, al verla inerte, volvieron a mi mente las noches de luna y vinos, de caricias rompiendo los miedos de ella y mi propia impericia. No comenté a nadie que la conocía, si es que la conocí alguna vez.

Una tumba con un nombre ajeno, sin nadie que la acompañara, salvo yo, guarda su secreto para siempre. Qué soledad de entierro, qué tristeza, me dije. Y mi vida siguió.


miércoles, 4 de agosto de 2021

Humos y penumbras para un jueves

 


Siguiendo la propuesta de Neogéminis, sobre penumbras y humos, mi aportación es la que sigue, agradeciendo a Dagmar la imagen que formé en mi mente con sus palabras. 

Mi padre había conseguido su edén particular. Al fin.  Llevando en su carpeta esas patentes tan inverosímiles como “la tapa caliente de wáter”, huyendo de una esposa masoquista y tres hijos que cuestionaban la viabilidad de sus quimeras, así como sus delirios de grandeza, y con esa labia que Dios le dio, había comprado veinte mil hectáreas de selva amazónica colombiana.  Cuatro años después, un pastor de la Iglesia del Séptimo Cielo y de Adviento Florido había contactado con mi madre. O íbamos a rescatarle, o un enjambre de hormigas culonas acabarían con él. Sólo yo hablaba español, así que me tocó ser el ángel de la guarda de un padre, al que amé, cómo no, pero que era responsable de tanto dolor en mi casa como recuerdo desde siempre, desde niña.

Entre humos y penumbras, sobre un jergón de paja con olor a rata muerta, fui a liberarle de las garras del olvido, de las fauces de su desvarío, de sus nubes de alcohol con fantasías versallescas. Vi una sombra menguada de esa planta regia de mis recuerdos. Me topé con la frustración de no poder abandonarle, me discutí con la rabia de verle así de estropeado, como reloj arrumbado en un rincón umbrío, sabiendo que era el resultado esperable de su vida de fanfarrón, usando la paciencia, el dinero y el amor de su esposa adicta al victimismo.

Al rato de mirarle, sin convencerle, me picaron los ojos. Se había declarado un pequeño incendio en la hacienda. Conseguí llevarle en un jeep asmático hasta el poblado y allí, con dos, o cinco cervezas, logré venderle la idea de poner un zoo en nuestra propiedad familiar, en Zug, el cantón más rico de Suiza. Un hidroavión que tuvimos que pagar había hecho su trabajo. En el aeropuerto, con dos diazepanes que le metí en su café, los aduaneros le encañonaron.  Tuve  que usar mis encantos, y todo el dinero que quedaba de la venta a contramano de su finca, para que algún abogado consiguiera salvarle de la cárcel. El revólver estaba cargado (para defenderse en la selva, me dijo, pero muy tarde). Ahora, en el centro de Reposo, hace fuegos para recordar el humo de su paraíso perdido.

 

Palabras 359