jueves, 28 de febrero de 2013

Música y vida, o loado sea bach



Pintura "Clase de piano". Vemeer.


La ducha me recibe con unos pases de agua y de notas musicales que refreno en mi garganta para no encender de enojo a los vecinos. La toalla abraza la piel por acabar de despertar a los sentidos y el aroma del café de cápsula deja ir, como ambrosía, un compás de promesas para el paladar.♪♪

Abro una ventana más, donde a menudo, por un plasma inerte se me antoja un saludo de a de veras, que me lleva a una loa de sinfonía que acaba por despertar a la mañana.♪♫

Salgo tarareando hacia el trabajo, con una provisión de grato aroma a cuarto con piano de caja, con metrónomo,  y peluca blanca como la alegría.

Mi día me lleva y me trae, como las frutas del mercado, hasta que en algún momento, por la ventana inexistente de las cosas, la vida de las notas musicales se acopla a unos instantes de asueto e islote perdido.♪♫♫

Sin nombre, sin presencia y sin más identificación que un simple apodo, siento que el aire queda quieto. Nada más que calma se acomoda en una página sin dueño. La amabilidad que sabe a café calmo con miel, sin arrebatos, disponiendo un bodegón para este cuadro.

Ese que contemplo cuando lo veo, pero que sé que forma parte de mi casa, como los cuadros que engalanan las paredes de los ratos tranquilos, sin requiebros.
Y en muchas ocasiones son los sones que me llegan del bodegón de los afectos impalpables, los últimos compases♪♫♫ que me llevan al paisaje de otros nuevos sueños, con Morfeo.

En 


domingo, 24 de febrero de 2013

Sueño de colores. Bufanda irisada

Regalo de parris.


Soñé en una bufanda, de mil colores, que abrigara el alma. Con una aguja muy gruesa, para manos inexpertas, me hice con siete ovillos. Uno por color y el blanco, porque lo usé como base, simbolizando la  amistad y es el que me sirvió para montar los puntos. Cupieron cincuenta a falta de mayores dimensiones en el artefacto con visos de asesino.

Seis madejas ya montadas en ovillos salieron de la caja de los sueños. Ovillos risueños, saltarines, y explosivamente listos para dejarse tejer rodaban o guardaban equilibrio a los pies de mi balancín de arrullos,  con Bach de fondo  y la luz entrando por la ventana a hurtadillas de la realidad.

El rojo, como el color de mi sangre y el olor a pólvora aterrizó en mis manos y con él tejí el afán de las tardes en paz y el alborozo de pieles.

El naranja quiso seguirlo, aliñando con su fragancia a luz mediterránea la cantinela de mis dedos novicios en el arte de tricotar.

El amarillo de los tulipanes en verano siguió su camino. Tan afanoso, tan terco, tan vivo como el sol del mediodía inundando la casa de ese intenso aroma a risa de limonero de patio andaluz.

Le siguió el verde, con la frescura de un césped gozoso de pies descalzos y ávido de agua y hierbabuena. Pero estaba juguetón con los rayos de sol que entraban de través por la tarde en retirada y quiso discutirse un poco con la hebra del amarillo, entrando en un baile agarrado sin medida que hizo que el ovillo  azul entrase circunspecto en el proyecto de bufanda., sin pedir permiso alguno. Sintiéndose con derecho propio.

Ahí, mis manos se entretuvieron con el aroma a mar de su tono. Con la calma azul de mis desvelos y con el sabor a cielo pintado de nubes de la mirada infantil tumbados en el campo.

Lo reconozco, el fragmento del entramado azul se ha dilatado,  Me llegaba un aroma a rosa azul y sabor a salitre y olas., que no pude controlar las dimensiones, ni los relojes.

La gran suerte es que el ovillo de color índigo esperaba paciente, por su costumbre de tener que armarse paciencia. Con es olor a   ruptura y rebelión, a libertad sexual y respeto para la mujer, puse unas notas en mi diario ficticio: Todos saben que los colores nunca han sido siete, pero este número, gusta mucho más que el seis. 

Mi despertar, envuelta en una bufanda de una medida a carpa de circo, ha sido de las mejores que pude soñar. 



Y si quieren que les cuente más...pues ya me lo dirán. 

Estoy en lenka-21.blogspot.com., donde podemos leernos. Ya que podéis participar y donde sois bienvenidos.

lunes, 18 de febrero de 2013

El premio deseado


Pasó por delante de una Administración de lotería y un cartel, que anunciaba un " bote" suculento, le hizo entrar. No creía en presentimientos ni en el azar, pero hoy era hoy y no mañana. Puso unas cruces aspadas sobre seis números de un papel: edades de sus hijos, números que asoció a cosas gratas y el trece, éste porque sí.

Planeó un hipotético reparto del bote, porque soñar es gratis. Contempló la mitad para su exmujer y con su parte rebuscó posibles  fuentes de placer que alegraran este tramo de su vida.

Concluyó que sin ella, nada valía la pena. Si él no podía hacerla feliz, el único premio que podría alegrarle era que ella sí lo fuera. Que aunque no estuviera a su lado, la supiera sonriendo, jugando, alimentándose de luz y de alegría. Manando vida como lluvia de Abril sobre los campos.

Sin pretenderlo, había seguido el hilo de una madeja cuyo volumen  no había sospechado. Se reconocía falible en el desarrollo de un personaje. Esa actuación en la película que hubo de contemplar desde fuera de la pantalla.

Le costó reconocerse en los personajes que se movían por el film. Ante el espejo se hubo de ir quitando capas de maquillaje y excusas. Quedaron a la vista actitudes de opereta y egos sobredimensionados, palabras en voz baja y  silencios devastadores, mareas de fondo bajo la mar en calma, y un abismo hecho a cucharaditas de café, a través de los años.

Del largo visionado se quedó con la única verdad que machaconamente pudo encontrar en todos y cada uno de los fotogramas. Por eso, cuando la vio llorar de nuevo, le entregó el boleto, escuchó su tristeza y hubiera dado la vida, sin dudarlo un segundo,  por verla feliz.



viernes, 15 de febrero de 2013

Lluvia de lodo sobre España



Cae la lluvia. Sólo sé que llueve sobre el camino.


Que la senda se hará intransitable en pocas horas, y que las azucenas empapadas no aguantarán el barro que se avecina, si no para de llover.

Que las mariquitas y las mariposas andan cautivas, a la espera de un sol, que vuelva tibio sobre los campos de las esperanzas, agostadas por esta lluvia de desvarío y lodo, que han convertido el sueño en pesadilla.

Que el pan no estará en la mesa si en los trigales de la fe no se siembra. Y no se siembra porque con esta lluvia de mentiras y cinismo,  las ganas de sonreír andan marchitas.

Cae la lluvia, que no alimenta ni nutre. Cae la lluvia y ya nos faltan los paraguas.

domingo, 10 de febrero de 2013

Repostería de fantasía.

                                   
                                         Foto de Esmeralda Sainz














Tengo entre manos la elaboración de masa madre cuya autoría es de una amiga italiana, de origen hebreo. Como algunas cosas que merecen la pena, tiene un tiempo para fraguar, desde los campos de trigo hasta que llega a la mesa, por lo que me permito cocinar una pócima de mayor grado de complicación por el mayor número de ingredientes.

Mi receta está al alcance de principiantes en el noble arte de la restauración y los manteles.

En la  alacena, con su cortinilla a cuadros blancos y azules, la tableta de chocolate reposa para mí. La tomo, con la suavidad y el mino que los frutos de la pasión requieren, y son los doscientos gramos de aroma a merienda con pan, pues una libra de envase equivalen a  cuatrocientos, y ya desapareció la mitad. La báscula no actúa, el instinto basta y sobra.

Al baño maría, se baña con la mantequilla y juntos hacen una pasta. Ese baño lo aceptan más por complacencia que por deseo de calor. 

Mientras remuevo la argamasa van charlando de sus cosas. La mantequilla, tan fresca de la nevera, anda quejándose al chocolate porque la ensucia, y éste de las manos heladas que quieren abrazarla, pero acaban entrelazándose en un tango arrabalero al ritmo de la espátula en un allegro vivace desatado. El recipiente queda aparcado y por el silencio, deduzco una emulsión perfecta.  

En el bol de los secretos de las noches dulces, bato cuatro huevos cuyas yemas bailongas juegan con el tenedor al pilla-pilla, mientras el azúcar espera con aire circunspecto. Estos huevos - dice el azúcar-, siempre resbalando. Ella, doña azúcar, es consciente de su importancia y los setenta gramos de blanca nieve los dejo deslizar confirmando cómo  eriza y se entremete con los colores anaranjados de puro ballet, en una danza del vientre que quiere salirse del recipiente por dos veces. La varilla está exultante con sus sonidos metálicos que alegran al canario y le provocan un trino.

El horno está pidiendo que lo alimenten y ese calorcillo por las piernas me resulta muy confortable pues la nieve ha hecho acto de presencia en la ciudad, y los tejanos abrigan poco para fríos de helar  las cañerías.

La harina espera en el estante, tan impoluta, tan fina ella, queriendo vestir de máscara veneciana todo lo que toca.

En la fuente de porcelana grande, como apoteosis final, mezclo  el conjunto de ambos bailes, dejando que los diminutos copos blancos de unos setenta gramos, al fin se  avengan a conjugar los verbos del mezclar y del fusionar entre mis manos, que notan la húmeda tibieza del aroma a chocolate y dulce sueño de algún  bizcocho infantil.

El molde es con forma rectangular, como la cámara de fotos, hondo como los afectos y engrasado por la risa de confirmar, que tal vez, por puro azar, tras unos diez minutos a fuego medio de un horno de pan sin miga, acabe saliendo un coulant de chocolate.





Adornaré la ración, si sale bien este postre, con rodajas de kiwis verdes como esmeraldas de luz  y una cenefa de siropo de abrazos blancos como la ternura.   


viernes, 8 de febrero de 2013

Tributo de mar para Manuela



Me ha despertado una luz con un punto más de claridad meridiana. Entre un naranja encendido y un azul en retirada.

Me pregunto si es Manuela, que llega como un aire de aleteo de mariposas, para alegrar el corazón de mil colores. Y me dispongo a preparar una canastilla que la acoja entre terciopelos lejanos de un rosa claro y lunar.

El mar, Manuela, fluye entre los continentes, se relame entre las playas y los acantilados, y lleva en su fragancia olores de meseta castellana o de costa catalana hasta Ipanema.

El mar, niña Manuela, lo he cocinado para ti con flores de azahar y cachaca, para hacer de esa poción dulce y afrutada, una canción de cuna para las noches sin luna, cuando el hambre o el pesar te hagan llorar. Te mecerá entre los brazos de un mar siempre en la puerta, pero siempre en el horizonte.

Ese que recorrerás tras un dedo de tu padre, ante un dibujo que te lleve a las raíces del profundo amor sin embajadas.

Ese que a él le ha trastocado al verte y poderte saludar, elevándote como ofrenda a la vida. Y a la mar.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Disfraz de menina


Dos disfraces esperaban, a punto de reestreno. Los relojes se  extraviaron entre un retozar de encajes,  de miriñaque y de pelucas por peinar. El espejo no cesaba de dibujar un baile de luz y de huecos,  curvas de piel acopladas y aromas a deseo en almíbar.
Cuando la sombra penetró por la ventana entreabierta, la espalda de Eva emitía reflejos lunares sobre la humedad de la piel, mientras Luis se dejaba cabalgar por las antorchas de una fortaleza levantada en armas.
La puñalada fue tan contundente, que ninguna sílaba rompió la danza de muerte y lluvia.
Cuando su cuerpo de lirio cayó, cual títere sin hilos sobre un pecho al galope, la sangre teñía los flancos de unas caderas aún entonando la sinfonía de la vida.