viernes, 28 de marzo de 2014

Persiguiendo quimeras.

Autorretrato con paleta. 1906 de Picasso. En Mapfre de Madrid actualmente.

Llegué desde el aeropuerto con más cansancio que hambre, lo reconozco. No me había sorprendido que Pablo no me hubiera ido a buscar, porque ya sabía que andaba tras la firma del contrato de esa campaña de publicidad, que llevaba tiempo persiguiendo como un perdiguero.

La cama para mí sola -pensé. No pensé en llamarle. Ni me pareció extraño que tampoco lo hiciera él, para preguntar por el viaje con mi familia. Últimamente estábamos algo distanciados. Mucho trabajo y preocupaciones por su parte, y cierta desgana por mi parte en perseguir sus quimeras. 

Me agarré al asa de la nevera pero no pude asomarme más. Un folio con su letra estaba sujetado con el imán de Menorca, esa salamandra que compramos en Julio, tras una discusión tonta. La reconciliación fue muy dulce, y tras ella, nos sorprendimos cogidos de la mano, buscando un erizo de mar, rosáceo, que no pudimos hallar.

El mensaje era conciso. “No pienses en un infarto, querida. Me has demostrado tantas veces lo nada que te importan mis proyectos, que he acabado por creer que en verdad no tengo talento. Seré feliz si tú llegas a serlo. No llames al SAMUR, porque no me encontrarán vivo. Un último beso. Pablo.”

No podía ser. Dónde estaba. Miré en el cuarto de invitados, a pesar de que encajaba más con su estilo haberse echado en la cama, para que yo lo viera enseguida. Y no. Había dormido sola en la cama inmensa. Me puse a mirar en el aseo auxiliar, en el armario empotrado, y hasta salí a la terraza con el albornoz aún. No estaba.
Empecé a creer que era una broma. De mal gusto, pero una broma. Miré bajo el somier, esperando que saliera a confirmar que era una broma, pero sólo unas pelusas incipientes me salieron a dar la bienvenida.

Llamé a su amigo Rubén. No podía decirle más que la verdad. La intención era preguntar de forma disimulada si sabía algo, pero no pude aguantar el llanto y, entre hipos, le dije que estaba asustada, y muy preocupada.

Se brindó a venir en un momento, dejándome el consejo de que me tranquilizase, que tomara algo si tenía por casa, me hiciera un té y le esperase. No tardó, pero se me hizo largo, con una jaqueca a la vista, y aquella ansiedad que me devoraba.
Al verme en albornoz me acompañó al dormitorio, cerrando la puerta cuidadosamente, para que yo me vistiera. Pero empecé a abrir los cajones de su mesita de noche.

No puedo decir qué buscaba, porque no lo sé. Los nudillos contra la puerta me recordaron que debía vestirme. Cuando nos sentamos en la sala, Rubén había hecho café en la Melita, y un olor a sábado iba impregnado la casa, porque calentaba en el microondas el agua con una bolsita de té, y traía unos croissants en una bolsa de papel, oliendo a despertar.

Repasamos juntos lo que sabíamos de los dos días últimos de Pablo. Ambos ignorábamos si había formalizado el acuerdo con el marchante.
Leímos la nota pausadamente, y no puedo culparle por mirarme de un modo interrogante. 
No-dije. -Yo no estoy saliendo con nadie. 
Era absurdo. Nuestra relación era muy sincera y abierta en ese sentido.

Pablo en más de una ocasión había tenido modelos para sus obras. Algunas mujeres muy bellas y bien proporcionadas, habían venido a casa. El tema de posibles celos por mi parte, o por la suya, era un tema totalmente fuera de lugar. 

Lo que yo quería saber es dónde estaba. Vivo o muerto, pero dónde. Y le quería vivo. Deseaba tanto que fuera una broma, o un ataque de necesidad de que yo estuviera por él, como tanto le gustaba, que me agarré a la certeza de que dos noches sin mí se le habían hecho muy largas, y era una forma de pedirme que no me alejara de él.

Que no contestara al móvil podía indicar que no podía contestar. Me planteé si no podría estar secuestrado. Rubén pacientemente iba desmontando mis posibles explicaciones. Él llegó a la conclusión de que Pablo había escrito la nota con la intención de dejarse morir en el piso, pero que cambió de opinión posteriormente.

Me convenció de que seguramente era una pérdida de tiempo, pero él preguntaría en los hospitales, si habían ingresado a un hombre por intento de autólisis en las últimas horas.

Sobre el cuantas horas atrás, teníamos dudas. Mi teléfono marcaba una comunicación con él el viernes a las diez con veinte de la mañana. Y eran las doce del sábado. Ese era el margen. Algo más de un día, tiempo más que razonable, para poder preguntar por él.

Me dejó en el convencimiento de que antes de la noche Pablo habría dado señales de vida, o simplemente abriría la puerta. Me dio una pastilla blanca para estar más relajada y me aconsejó no salir de casa, y llevar el móvil encima.

Llamé a mi suegra. No quise decir nada. A la espera de que ella me dijera a mí. Pero nos limitamos a quedar en que ese domingo no iríamos a comer a su casa, porque Pablo necesitaba descansar. Yo comenté de mis sobrinos y de mi viaje, y ella de su artrosis, sus medicaciones, y las visitas a los especialistas que tenía pendientes.

Recuerdo que empecé a tener sueño, pero miraba la cama, y me entraba tan congoja, que me estiré en el sofá, con la intención de descansar unos minutos, para después deshacer la maleta.

Me despertó el móvil. Estaba tan segura de que era Pablo, que cuando la pantallita se iluminó, creí que había soñado. Pero su nota seguía en la mesita. En equilibrio, y a punto de caerse, porque la había releído docenas de veces, antes de quedarme realmente grogui.

Me hubiera gustado tanto poder decir que Pablo estaba en casa…pero no era así. ¿O sí?. Rubén estuvo muy atento conmigo, y me comunicó que nadie había sido atendido con ese nombre en ningún hospital de la ciudad, que estuviera tranquila al respecto.
Pero vamos a ver. ¿Cómo iba a estarlo, si una nota de suicido me había estado esperando en la nevera a mi regreso de un viaje?. ¿Qué había hecho yo para provocar esa nota? 

Recordaba momentos en que habíamos discutido, claro, por temas económicos, o por razones domésticas. Incluso me avergoncé de haberle desanimado a que fuera a Uganda, para hacer una especie de ejercicio espiritual de luz, que pretendía necesario para poder buscar la inspiración ante una luz, que en Barcelona no encontraba entonces. Me vinieron remordimientos de todo tipo. Me sentí ruin, ordinaria, insensible, materialista…y yo qué sé. Culpable de haber envilecido su vida. 

Sin dejar de llorar bajé al parquing. El coche estaba allí, pero nadie en él. El motor llevaba tiempo apagado, porque la chapa del capó estaba helada. Como yo.

Cuando me cansé de agarrar el teléfono, y parecía que los ojos ya no me dejaban ver, regresé al piso. Al meter la llave tuve la corazonada de que Pablo estaba dentro, y hasta un leve olor a él parecía venir de la puerta.
Pero todo estaba oscuro. Había caído la noche mientras yo había estado encantada y absorta, apoyando la espalda en la rueda delantera de un Polo blanco.

Quería hacer algo. La policía no parecía que pudiera ayudarme, pero tal vez sí, así que llamé. Me informaron que una desaparición puede formularse, aunque no hayan pasado  dos días desde que no se sabe nada de alguien.  No podía seguir encerrada. La maleta estaba deshecha, la casa impoluta, y todo en orden. Incluso los papeles, y el estudio de Pablo, estaban en orden. Milagrosamente.

Cuando confirmé que tenía el móvil recién cargado, cogí un bolígrafo y dejé una nota, en la nevera, sujeta con el mismo imán de salamandra. Sólo puse “No te muevas Pablo. Quédate. Todo puede arreglarse.”

Conduje por las calles del Eixample. ¿Con qué objetivo?... no puedo precisarlo. Sé que algo me movía a dar vueltas por sitios por donde habíamos estado en bastantes ocasiones. Pero no entré en lugar alguno. Rubén iba llamando cada ciertas horas, y se ofrecía para lo que fuese.

A las seis de la mañana del domingo, con ninguna necesidad de dormir, pero agotada, aparqué en la finca y subí al piso. Esa vez no esperaba ver a nadie allí. Ni las sucesivas veces, que a centenares, se fueron sucediendo.

El tiempo de la rabia fue cediendo al de una tristeza, que sin un cadáver, nadie podía ubicar en lugar alguno.

Pablo se había ido. De la vida. O de mi lado. La realidad era la misma para mí. Él no estaba. Y a nivel legal, mi marido seguía vivo, pero quedaba yo sola para atender a las cuestiones de pagos, y movimientos de tipo social, etc.

Su madre tuvo la fortuna de morirse a primeros del año siguiente, por lo que fue una persona menos a sufrir por su ausencia. Le convencí de una estancia en Uganda con un grupo vanguardista, y ella acabó por irse a la tumba sin saber que su hijo estaba desaparecido.

No era muy conocido como pintor, ya lo sé. Pero su marchante no pudo, o no quiso ayudarme, o ayudarle. Al año ya no atendía mis llamadas. Tampoco las atendía el interventor del Banco donde teníamos cuentas, así que suprimí todos los gastos posibles, y con el salario de educadora de parvulario, estuve tirando entre los ratos de tristeza, de llanto y de esperanzas.

Ayer recibí una llamada desde Brasil. Una voz de mujer me comunicaba que Pablo estaba muy enfermo.

Tuve la tentación de decir mil cosas, pero me limité a  contestar:-“No se preocupe, que iré para allá. Dígale que voy para allá”.

He seguido con mi vida normal, simplemente a la espera de la comunicación de su muerte, por algún medio ajeno al móvil, que tiré por la ventana. Con tener reconocida mi condición de viuda, estafada durante este año de pesadilla, dejaré atrás una quimera:la de que nuestro amor pudiera ser real, entre lienzos pintados con esbozos de genialidad. 

Si han llegado hasta aquí, mi agradecimiento, por su paciencia en la lectura, ya que deseo que ésta, haya sido recompensada en parte. 


viernes, 21 de marzo de 2014

De rondón, la primavera.

Bodegón con flores oreja de ratón y rosas. Van Gogh

El calor iba alimentando las floraciones, depositando astenia en las pantorrillas, pañuelos en los estornudos, y una rebelión sobre los instintos.

Las nubes, juguetonas, empezando a retozar por el cielo, sin dar pistas de cuándo descargarían. Los jerseys jugando con los termómetros, y acercando a la memoria, dónde reposan los paraguas indecisos.

Cuando aterrizaron las primeras gotas , rotundas, entre ese viento oliendo a tierra mojada, se despeinaron sus pensamientos, recordando que la primavera llamaba a la puerta.

Con precisión suiza, la estación de las flores volvía a abrir las emociones a flor de piel, sobre todos los corazones. Hasta sobre los más los ateridos. Por desenvolver




Cosas de perros lazarillos

Imagen de Google
Estaba sentado y tenso. Parecía adulto y educado, mientras olisqueaba el aire entre gemidos. Una ambulancia cargaba a un hombre, atropellado en un paso de cebra. Le sujeté por el arnés especial de lazarillo, y tras consultar con un Policía Municipal, me permitieron llevármelo. Tenía un chip bajo la oreja izquierda. Las llamadas del maltrecho peatón, blandiendo un bastón blanco, fueron ahogadas por la sirena estridente, quedando el animal tembloroso pegado a mi pierna derecha.

Me imaginé el miedo del  hombre en la ambulancia, sin la referencia del perro. No podía entender que no dejaran subir en ella al animal. Me parecía cruel e injustificado, pero no quise seguir discutiendo. Es un labrador color canela, y estaba muy nervioso. Se fue tranquilizando a base de caricias, acabando por aceptar el agua que le ofrecí en mi mano. De aquellas veces en que uno se alegra de llevar un botellín en el bolso.

Di gustoso mis datos, quedando en que contactarían conmigo, para la entrega del animal. Acepté regresarlo donde y cuando me dijesen, llevándomelo a mi casa, a la espera de que desde la policía, la familia, el mismo dueño, o la ONCE, me llamaran en breve.

Al caer  la noche, ante el silencio de mi móvil, y las imprecisas indicaciones de la policía, decidí llevarlo al veterinario. No había ficha de ese invidente en la Organización Nacional de Ciegos de España. El propietario, un tal señor Pablo Pérez Toscana no tenía un perro lazarillo, pero a esas alturas de la tarde, era innegable que el arnés lo llevaba un perro invidente. Había tropezado de las formas más imposibles de creer, en las zonas más despejadas. Tenía un oído extraordinario, eso sí, pero como confirmó la veterinaria, su ceguera era absoluta.

Me puse unas gafas de sol, personándonos ambos temprano en la mañana. El señor Pablo, hospitalizado en la sala de trauma, es un tipo encantador. Convinimos en que Fénix se quedaría conmigo, hasta que pudieran servirse el uno al otro nuevamente de lazarillos. Se ha mostrado agradecido, porque no tiene familia aquí, pero no les quepa duda, de que soy yo quien está  agradecido, por estos días de convivir con este animal, peludo y tierno.

El temor a que me descubran, me ha hecho ser muy habilidoso en fingir ser ciego, pero disimulando que mi amigo no puede ver por mí. Me gusta tanto ir con los ojos cerrados, que tengo un bastón. El cloc, cloc de la bola por las aceras, me permite cruzar muy seguro las calles, cuando dejo en casa a Fénix.

Mañana le darán el alta a Pablo, y como hemos ido confirmando durante nuestras visitas durante estas dos semanas, se maneja bien con una sola muleta. 

Lo que me tiene apenado, es que me estoy encariñando del animal. Su ceguera no le impide ser muy útil, al contrario. Aún le asusta un poco el sonido del timbre de la puerta, o los graves de alguna pieza de  ópera que dejo con  el volumen un poco alto, pero cada vez hago más cosas con los ojos cerrados. Sin tropezar con él, ni con los objetos de mi casa.

Me dispongo a echar el ojo a un cachorro de labrador que vea perfectamente, para que me ayude a ir por la calle, y por la vida, porque sentir a Fenix tan cerca, me ha llenado de una necesidad que ignoraba: la de ver doblemente.


viernes, 14 de marzo de 2014

Muñecas olvidadas al olvido

Obra muy característica de Jaume Queralt, ya fallecido. Conozco esas muñecas 

Las muñecas yacían en un sofá con más polvo que años devorados al olvido. Estaban, tal vez, esperando un regreso imposible, pues María, la anciana que quedó vagando por la casa callada, no permite que las toquen. Cuando entré en la casa por vez primera me erizaron el vello de las espalda, casi tanto como la mirada de la anciana desgreñada.

El sobrino me explica que, en su vagar ausente entre fantasmas, no deja que toquen esas tres muñecas, ni el piano, ni la cama donde descansan otras muñecas congeladas, y en posturas imposibles. La colcha de ganchillo de cuadrados me recuerda otras colchas de ganchillo. De esas de flores. Ésta alguna vez fue de color palo de rosa, y ahora brinda a mi mirada un asalmonado deslucido. Hay una cámara de fotos de los sesenta secuestrada en un estante de ese cuarto infantil.

Hoy, cuando han llegado los chicos de la ambulancia, para llevarla al centro, en sus ojos había una lucecilla de realidad. O lo soñé. 

martes, 11 de marzo de 2014

Duelo sin fronteras

Rosa negra, de Halfeti, Turquía.


Hay fechas que sería bueno que fueran cifras sin más.

Los 18.000 japoneses fallecidos, por un fenómeno de la naturaleza, y los 191 madrileños, arrojados de la vida por una aberración en la condición humana, nos llevan de la mano hasta recuerdos que no podemos olvidar. 

Las dentelladas del destino, se ensañaron para muchos en un día como hoy. De hace tres y diez años. En paisajes, y circunstancias diferentes, pero con un mismo fin para ellos

En un minuto de silencio, cada víctima nos recuerda que la vida es un paso de baile, cuya última nota, no sabemos cuándo sonará. Mientras los sesenta segundos se acoplan a los latidos, resuenan los sonidos de la consternación.





Mis respetos a tanta víctima de un día cualquiera, que acabó siendo una pesadilla de la que no podemos despertar.

sábado, 8 de marzo de 2014

Noche con jazz

Óleo (Google),  De Sarah Jenkins Cool-jazz

- Sigue escribiendo, tú sigue el hilo.- le dije (había leído un borrador con ganas de crecer)
- Te dejo música-, me dijo, poniendo un CD de jazz, de John Coltrane.

En esa media hora las notas deambularon por las paredes, llenando la oscuridad de melodía. Derramaban notas de saxo y trompeta entre las teclas de sueños, esos  de fantasía confitada entre caricias de la noche. 

Sin partitura, él siguió dibujando en el aire notas de compases inventados, acabando por escribir un beso de miel y té, que pudo engarzar en un papel. Ese que quedó sobre el escritorio, huérfano hasta la madrugada.

Las siluetas de los besos de corcheas, quedaron sujetas al lápiz de las manos, alimentando la dulzura de una noche con jazz.

viernes, 7 de marzo de 2014

Día 8. Mujeres bajo la luna

Foto de bosquimana. Foto de Google

Los materiales estaban por doquier. Cada uno con una composición química. Cada órgano con una finalidad. El plan perfecto para un salto cualitativo estaba en marcha. 

En la cuna de un continente oscuro, las fuerzas de la evolución danzaban, bajo una piel de mujer.

Por adaptación al medio, o por necesidad de subir escalones para no quedar pegada al suelo, Eva fue adquiriendo la redondez de la luna. Sin ser esfera, sino sinuosamente curvada.

Adoptó las suaves formas de las olas, o de los campos de cereales al viento, para poder sentir el trémulo mecerse de las hojas, y de las olas. Sin ser débil, sino flexible.

Incorporó la adhesión de las enredaderas, para poder fijar raíces. Sin renunciar a poder dejarlas morir, sino pudiendo mudar de suelo.

Adquirió la mirada de un ciervo y la suavidad de una pluma, para poder ser caricia y canción de cuna. Sin perder la dureza de diamante, sino usándola para resistir las inclemencias.

Llegó a enfrentarse al rojo ardor del fuego  y la blanca frialdad de la nieve, para ser calor o sombra. Sin quemarse, o ser de hielo, sino fundiendo las emociones en el devenir de los tiempos.

Las mujeres, descendientes de Eva, como esculturas imperfectas de mil materiales, hemos de estar orgullosas de ser complejas. Lo necesitamos para seguir avanzando, sin desfallecer.

Las zancadillas siguen merodeando, como las fieras, bajo la noche estrellada, de un continente, ahora infinito.


Óleo de Omar Ortiz
Felicidades a todas las mujeres. Por ser.



lunes, 3 de marzo de 2014

La fiesta sigue en el viento

Antes de que viento arrancase su vaivén de fantasía


Tres confetis esperaban en un rincón de la avenida. Se habían unido tras caer de unas solapas. El que parecía mordido, e imperfecto, comentaba con el verde que qué barbaridad de multitud. Ambos habían salido de una bolsa, llevados por un niño disfrazado de pirata, y estaban fatigados de un vuelo rasante, que acabó sobre los espectadores de una acera cuajada de gente maquillada.

La serpentina rosa, desatada, colgaba de un rosal, tomando el sol, dejando que el papel se columpiara al son de una trompeta que ya acalló su  voz, hace dos días.

La funda de un caramelo de regaliz y menta estaba alicaído. Tan flaco y tan olito cerca de la papelera, que no llegó a abordar.

Los pétalos de un geranio rojo se sentían desvalidos, sobre una lámina de un banco de madera.

El viento empezó a soplar someramente. Se puso  a hacer cosquillas a las ramas de la mimosa que vive tras la reja. El arbolillo comenzó a derramar granos de amarillo por la acera, empezando entonces la animación. Miré la escena de puesta en marcha de la ventolera.

Los confetis voladores se dispusieron a bailar con la serpentina, haciendo garabatos en el aire. Cuando pasaron sobre el banco, se les unieron los pétalos. Y tras ellos, el papel del caramelo. Vi el fondo de colores hacia el cielo, en un baile de fusión  en remolino.

Con el cabello en franca indisciplina,  las alas de las faldas en volandas, y  un poco de esfuerzo en cada paso, el viento de tramontana me ha dejado un ritmo de aire a carnaval en la mirada.