viernes, 29 de abril de 2016

Segundo tren

Imagen en foto, de Aguirrefoto

José, Pepe para los amigos, se sentaba a media mañana en un banco del andén dos, aunque sólo viajaba a Madrid los domingos para ir al Retiro. Allí pasaba los festivos mientras iba vaciando de a poquito una bolsa del pan sentado. Lo iba troceando menudo entre semana. Lo hacía mientras añoraba el trajín por la cocina de María. Días de fiesta entreteniendo la ausencia de la  mujer de su vida,  con el grato afán de algarabía de ese derroche de vida. A través de niños y parejas, turistas y barquitas sin prisa por naufragar, se daba casi en olvidar el zarpazo de esa ausencia incompresible, para regresar a Torrejón en la tarde, a por su cena solitaria.

El día en que entró en la estación una mujer de su edad, con un libro en una mano  y un bocadillo en la otra, vistiendo una mirada primaveral y un apetito de saberse viva, supo que había llegado su segundo tren, y decidió,sin calcular por una vez, seguir a su intuición y no dejarlo pasar.


sábado, 16 de abril de 2016

Poetas oliendo a mar

El bar tiene mil cachivaches, un piano añejo, una barra de madera y unos clientes especiales.

En parte, como es fácil de imaginar, porque el propietario tiene un concepto de la hostelería que va más allá de unos pinchos de tortilla o de diseño, y en parte, porque su ubicación en la zona bohemia de la ciudad, hace que ni haga falta tener màquina de café, pero  sí en cambio grandes  cantidades de paciencia y de amor al arte, o de por amor al arte.

Cada sábado, en la zona de atrás, sin obligar a clientes a que dejen espacio, los poetas que se reúnen allá, hacen un corro con sus sillas. A veces conectan el altavoz, y esos días la música de fondo del bar se deja muda, para que las musas revoloteen sobre los peinados de oidores y rapsodas. Sobre la pàtina de decadencia y la de proyectos por estrenar. Sobre las piernas de quienes sostiene el mundo con sus visión poética de la vida y de muerte.

Esos días de sábado, sanadores diría yo, y que no son de sabadete ni con camisa limpia ni con polvos de estrellas, la noche se viste por ese rato que antecede a la luna de los sueños,  de algunas voces.

Las voces  cobran vida en las manos del rapsoda que comparte espacio con la mujer atractiva que ejerce de tal. Cobran vida en las miradas de soslayo a los escotes de las poetas que escriben de unas esencias de poesía con vainilla. Cobran vida en los ojos del poeta que late y se transparenta  bajo el casco de moto, o las zapatillas de marca.

Las voces empujan los corazones, los elevan, o los hacen caer en remolinos de amapolas bajo la luna. Esa luna que hace su entrada sobre el cielo de la ciudad de las fantasías. Porque una noche a la semana, los locos poetas de un bareto de imposible etiquetado, se reúnen a aullar a a la luna de los sueños y  de la sangre.  A la luna de los lobos y sirenas que saben a mar.

jueves, 14 de abril de 2016

Piensa en que no hay gato y desaparecerá


-¿Has visto?, Qué cojo va, ¿no?
-Le habrá enganchado la pata esa  maldita puerta del bar
-Espera Fly, que se acerca. Le preguntaremos.

El gorrión de la pata colgona daba saltitos, por acercarse a un fragmento de croissant que había quedado junto a una piedra  tocando al estanque

-Eh, tú, gorrión…sí, tú... acércate
-¿Qué quieres pez rojo malhumorado?
- Saber qué te ha pasado, hombre, nada más
- ¿En mi pata derecha?. Pues un mordisco
- No lo puedo entender, ¿quién te mordió?
- Un gato negro, peludo, gordo y salvaje al que jamás había visto.
- Pues será uno que estuvo el otro día mirándonos, ¿verdad Fly?
- Ni idea. Este nuestro estuvo a punto de tirarse al agua para cazarnos. Metía sus manos, con las garras a punto, y tuvimos que escondernos bajo un nenúfar. Y a ti… ¿qué te hizo?
-No me fijé en que acechaba tras unas hojas bajas del matorral. Estaba tranquilamente comiendo migas de un bocata de jamón, cuando sin más ni más, sin escuchar nada antes, sentí un dolor en la pata. Tiré de ella y el gato me dejó ir, pero creí quedarme sin mi preciada pata para siempre.
- Y yo venga a advertirte de la puerta del bar, y ahora resulta que hay un peligro mucho mayor.
- ¿Sabéis de quién es?, dijo el gorrión cojo
- Nosotros desde dentro del agua vemos sólo regular, pero juraría que una musa delgada y, de pelo corto, estuvo hace unos días jugando con un gato. Creí que era a rayas, como el de Alicia, pero ahora no podría jurarlo.
-Si sabemos de qué musa, podemos hablar con el escritor y que haga que su personaje se deshaga del gato, ¿no crees Fly?.
-Lo que yo  creo es que puede ser el personaje de un cuento que esa musa dicta al oído de un escritor, y si es así, tenemos gato para rato.
- Pues lo que yo creo- dijo el gorrión cojo- es que no es un personaje, porque tiene dientes de verdad. Podríamos decir a Antonia, del bar, que ponga una trampa para gatos, le cace y le lleven a un refugio para gatos sin dueño, porque yo no puedo perder otra pata.
- Ni nosotros la cabeza, que necesitamos para pensar.

Se despidieron. Un gato se acurrucaba entonces sobre el regazo de la musa Victoria, mientras el señor de gafas seguía buscando un personaje con gato negro que había perdido entre un relato de casonas y otro de conciertos en terrazas







jueves, 7 de abril de 2016

Ateneu para hermanos de letras


En el patio interior del Ateneu, hay musas que dormitan y viven junto a los peces de colores del pequeño estanque interior.

Les gusta sentarse sobre las flores para escuchar cómo los escritores se quejan de unos personajes desalmados y egoístas. Les oyen quejarse del precio del café y de las aspirinas. Quejarse de editores que sobrevuelan promesas que nunca cumplen y condiciones de avaricia y explotación del talento ajeno. Quejarse de las facturas de la librería. Quejarse de las compañías que escatiman besos a cambios de buenos versos.

Cuando nadie queda en el patio y el silencio se deja ver, hablan entre ellas. Son musas de edad indefinible, entre quienes igual encuentras hoy una con miriñaque que otra con short plateado, pero todas ellas charlan con los peces. Y todas saben volar sin artificio de escobas ni de patinetes quiméricos. Hasta sin alas…ellas vuelan y parlotean.

A los escritores de la planta segunda, en la biblioteca de regia estancia, llegan restos de susurros de ellas, y de las flores, y de los peces, en forma de fonemas. Llegan a veces finales de cuento bastardos, y hasta cuentos de final feliz enteros que parecía sobrevolar sobre los anaqueles de libros para aterrizar en el  lápiz de un hombre de pelo cano, o una chica de jean azul.

Del silencioso claustro llega también el aroma a agua y a campanillas. En ocasiones, cuando uno se sienta junto a la ventana, justo cuando apoyas el lápiz en un papel, notas cómo un ejercito de palabras se disponen en orden de batallón, en el alfeizar,  para empezar a romper filas luego, y ponerse a jugar después. 

Se las percibe  haciéndose tropezar entre ellas, se las oye reír. Se dan codazos los adverbios con los adjetivos. Se tronchan de la risa las tildes, y hasta las mayúsculas pierden el aplomo cuando los artículos determinados se ponen a jugar al corro de la patata girando alrededor de una goma de borrar Milan.


En ocasiones, uno deja de escuchar el chibarri de las palabras a su aire, cuando pone el punto final de su cuento inventado en una silla de Brcelona.

lunes, 4 de abril de 2016

haikus de mar


Trencadis y azul, 
el mar mece las redes, 
de gozo y luz



Palmera triste, 
la arena te contempla, 
mientas te peinas





azul y sombra, 
enamorando a dioses 
de mar en calma