sábado, 31 de marzo de 2012

Gestando un cambio

Tomado de Google. No hace referencia a  la ciudad de León.

No había signos externos. Tal vez, apurando un poco la primera impresión, unas ojeras algo marcadas. Sin otros cambios significativos en cintura, pecho o abdomen.


Algo, indefinible, pero incuestionable se estaba gestando en su interior. Tal vez una gran idea. Tal vez una melodía…bien saben los suyos que desde pequeña cuando algo le interesa, le absorbe y apenas se fija entonces en lo que le rodea.


Anduvo el fin de semana abstraída, poco comunicativa, con escaso apetito y un aire entre sabio despistado o místico en ciernes. Se la oía en la noche su poco dormir y sus paseos por la habitación.
Se levantó el lunes con la determinación escrita en su mirada. Se puso a buscar por internet. Llegó a bajarse el temario de los contenidos. Incluía temas que ella no había considerado, como temperatura de cocción interna y puntos de rajado. Otros sobre características física de diversos aparatos y utensilios e incluso esquemas de realización de un cucurucho, y de un recogido capilar en moño. Cuando se descargó el último tema, que versaba sobre el mundo del tejido en general y de la mantaleta en particular, sonrió.


Oyeron la impresora en su tarea de brindarle el material donde enfocar su nueva vocación. Al verla en la cocina, con un dosier en la mano, y diciendo alegre que tenía mucha hambre, todos respiraron tranquilos. Era esa misma muchacha decidida que anunció que estudiaría derecho, y que lo acabó en tres años de forma impecable.


La joven abogada en paro, estaba decidida a seguir su estrenada vocación. Opositar a castañera en la Plaza Mayor de León.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Torre de Babel

La chica de la lencería me miraba. Y yo la miré en su rotonda. Paré para romper el dolor de verla, vendiendo, impúdicamente, unos minutos de evasión.

Mis cálculos de edad, historia o posibilidades de romper el hechizo que la atrapaba se quedaron huecos al preguntarle qué hacía allí y por qué. En un español con acento del Este me repitió un precio por completo y diez menos por felación. No usamos esas palabras, pero tampoco nos entendimos.

Mi hija adolescente no me esperaba en casa, pero sentí un enorme arrebato por pisar el acelerador y pensar que pronto esa chica estará en otra rotonda, y quizá olvidaré la necesidad de salvarla de sí misma.

martes, 27 de marzo de 2012

Cuentos para no dormir


Salí a pasear temprano, aprovechando la excelente temperatura. Al llegar al riachuelo me encontré con un lobo adormilado, con el pelo revuelto y sucio, la lengua parcialmente visible y su abdomen tenso como la piel de un tambor.
Al preguntar qué le pasaba me confesó, entrecortadamente, que dimitía de su trabajo. Cuando aceptó el papel del cuento de la Caperucita, no calculó lo indigesta y dura que estaba la abuelita en cuestión.

Le dejé reposar para que no tuviera tentación de refrescarse en las frías aguas, por un corte de digestión, una vez me hubo asegurado que la carta de dimisión la había depositado en un buzón de Correos de las afueras del pueblo.

Cuando me encontré, unos metros más adelante con una viejecita, cargada con un cesto de manzanas, me acerqué para saludarla. Me explicó que una madrastra de alguien le colocó en el cesto, esa misma mañana, una fruta roja, hermosa, brillante y lozana pero envenenada, para ofrecer a una bella muchacha. Y ya empecé a sospechar de la veracidad de mis encuentros.

Pero lo que hizo que me despertara, dudando de mi personalidad, fue confirmar que la anciana se parecía enormemente a una engreída imagen del espejo de un cuento que leía cuando era pequeña, y los sueños llegaban con la leche templada.

Cuentos para no dormir.

viernes, 23 de marzo de 2012

Uno y uno.


Asoma la nariz tras el telón. De un abrazo gris y de un laxo azul, te deja atrapado a una reja de silencio y oscuridad. Por un rato. Y en el siguiente, algo intangible parece coser alas a tus hombros, para permitir proclamarte liberado de la prisión del uno y siempre uno es sólo uno.

En ese instante de tiempo, con la medida de los minuteros a su antojo, el corazón se va tiñendo de escarlata o negro azabache, al impulso y el ritmo de una melodía que uno queda exento de orquestar.

Asoma de rondón una tibieza, que uno en su ignorancia quisiera retener, sin darse cuenta que uno y uno son sólo uno más uno. Que jamás habrá dos almas latiendo al unísono en un mismo corazón. Ni falta que hace. 

Los días dejan pasar los obsesivos pensamientos, los despertares tempranos, la concentración alterada y los suspiros intempestivos. Que uno, como un adicto, se niega a reconocer.

Se aclimata la razón al calendario, se aposentan las pulsaciones al tempo de la partitura, se acumula espera y confianza, y se conquista certeza y sosiego. Que uno, agradecido echaba en falta.

Y algunas veces, en una amalgama de alquimia, complicidad y pura suerte, el amor se queda para siempre habitando el corazón marcado de un mismo nombre. De aquel que abrió el telón por primera vez, inaugurando el teatro.

Aunque no importa en qué representación se desarrolla la escena. Porque cada vez que el libreto se abre, el amor sale a escena iluminando el escenario, dejándonos mudos ante su inmensa belleza. Que hasta uno mismo, es incapaz de musicar.


martes, 20 de marzo de 2012

Cuando deje de llover

Cuando acabe de llover en la ciudad, y el sabor de la lluvia se haya evaporado entre los mechones de sol tibio, te llamaré.

Te preguntaré si quieres compartir la llave de una cabina de un cine de una capital de provincia. Donde cada día, en sesiones de tarde y noche podamos hacer rodar mil rollos de celuloide, como alfombras rojas tendidas en la avenida de los pases de estreno para promoción.

Vestido tú de prestidigitador y yo de reina de la noche, compondremos a la carta, un universo de luces neón, besos censurados y aplausos infantiles de platea.

Cuando cese de llover en la ciudad y el relámpago de una tormenta en retirada deje el aire pintado de una inverosímil luz azul.

domingo, 18 de marzo de 2012

Diseñar la mañana

Estaba diseñando su amanecer con un carboncillo, una sanguina y las manos lavadas con el agua de rosas del último sueño que recordaba, chutando una pelota en la playa. Se puso a ello con el mismo empeño que ponía en apurar los minutos de la noche, esos momentos donde los sueños quieren entrar de puntillas, y uno es incapaz de distinguir la realidad del mundo onírico. En ambos momentos de duermevela dejaba que los segundos se deformasen a su libre albedrío, dejando que trajeran con ellos lo que tuvieran a bien llevar consigo.

Vio la luz clareando por los cristales, los haces de luz tímidos aún removiendo las incisiones de la persiana. Se concentró en los sonidos que llegaban de la calle, en las señales de su cuerpo iniciando un desperezarse lento cuando oyó la rodilla, con ese "crick" tan sonoro como otros previos, pero con una intención incisiva que no le había conocido antes.

Al intentar colocarse bajo la manta, el dolor era intenso y el diseño del inicio del día quedó aparcado. Cuando iba por la tercera vez del mismo ejercicio, con poco alivio pero con el mismo sonido en cada extensión, él estaba sentado en la silla, observando con su voz templada, que la inflamación era notable.

Se pusieron a diseñar entonces, una mañana con llamadas telefónicas, una excursión al congelador y una visita al centro de salud. Como siempre, cada jornada comenzaba improvisando el día.

La vida entra en escena, al margen del guión.

jueves, 15 de marzo de 2012

Trama de tafetán


En una terraza del puerto tomaron un té que les entretuvo la charla, les despejó las ideas, les acompañó las manos y les sirvió de excusa para saborear sus miradas y sus silencios. La tarde anunciaba nubes. Los relojes andaban desorientados y sus piernas acabaron acompasando el ritmo por una empinada calle.

El foulard gris perla colgaba del sillón, sus zapatos dormían cerca del armario y ella apuraba un baño con los auriculares puestos, los ojos cerrados y tarareando una canción. El leía el diario tumbado en la cama, levantando sus gafas a cada rato. La vio salir del aseo con una toalla a modo de túnica, la piel reluciente y un susurro de melodía por sonrisa.

La tarde se desvistió despacio. La noche no tenía prisa. Las manos inventaron un braille para la ocasión, los labios diseñaron recorridos preludiados, la piel descubrió nuevos tonos de luz desde los ventanales y la noche fue llegando entre estaciones de tren habitadas y apeaderos por encontrar.

Cuando la sed pudo más que otra caricia la noche cerrada les esperaba, al otro lado de la puerta, con una ciudad insomne que les acogió en sus brazos. Cenaron con más hambre de la habitual, encontraron más llevaderas las imperfecciones y encontraron delicioso cada plato de esa taberna marinera a punto de cerrar.

Apuraron el aire teñido de salitre, con trama de tafetán, para regresar a la habitación, tomados de la cintura, ante la atenta mirada de unos balcones y un gato.

viernes, 9 de marzo de 2012

Viñedo y melodía.


La música inundaba el viñedo, a esa hora maldita en que el día se precipita al sueño de la noche con zapatillas de algodón.

Tras kilómetros por entre viñas, sol, risas y melodías, la luz ya jugaba con las sombras en la piel y las colinas, en su pelo y en el leve relieve de sus hombros. También en el reloj de muñeca de una repisa de hotel.

En ese auto años cincuenta, descapotable, granate y ligero como pompa de jabón, se detuvieron en el arcén. La vista alcanzaba una viña sin límites, con unas uvas oscuras, entre azul, violeta y sueños nocturnos.

Sólo querían caminar entre los surcos sin dejar de oír la melodía, tomados de la mano. Pero al alejarse, la música se escapaba por las ventanas del aire. Él buscaba formas de conseguir que la música fuera audible más allá de unos metros, y con una navaja suiza cortó unos racimos, maduros, pesados, húmedos y relucientes.

Consiguió sentarlos a horcajadas en la palanca de cambios, sobre la radio de dial manual y, por aquellas casualidades de la física, de alguna forma difícil de explicar, la noche se confabuló con ellos, dejando que el silencio se tiñera de unos compases sin final.

Pasearon bajo la noche incipiente sin decir nada. Con la certeza de que ese tema sonaría una y otra vez, para atemperar sus corazones ante una puesta de sol, en el Languedoc francés.

viernes, 2 de marzo de 2012

Not disturb

Tomado de Lecturalia

Se aventuraron a un festejo de cuerpos con voluntad de alquimista, deseo de adolescentes y ánimo de conquista del far west. Se les escapó la noche persiguiendo quimeras y alcanzando nuevas posiciones de partidas en un bucle agotador.

Entre zumos de mango y papaya, risas y despertares en lagos insondables de recuerdos enroscados, la luz fue clareando tras las cortinas de ese hostal de medio pelo. Con olor a rápido olvido. A efímero encuentro. A tiempo perdido.

Sólo cuando a ella se le escapó el mechón de la sien, revelando un viejo y enorme cansancio, ambos entendieron que lo mejor era despedirse, ya que no podrían fingir que no sintieran el frío lacerante de los anhelos rotos.

Disimulando el mutuo desengaño, quedaron en seguir con su amistad en la oficina, donde los escarceos no volverían a ser plausibles. Ni las risas cómplices cautivas. Ni las miradas inquietas. Ni la desazón de verse a escondidas. Ni los besos de sal y arena en el almacén de material de oficina, con su encajonado de hombros entre suspiros.

En un abrazo sin deseo se besaron, por besarse. Cada uno desde el lugar lejano donde se encontraban, fuera de esta dimensión de tres coordenadas a la deriva.
En la puerta, acomodando de nuevo en la parte interna Not disturb con su mano, y repasando las costuras de las medias, ella se despidió con dos besos, uno por mejilla, quizás con un gesto de un mínimo afecto.

La pasión había descendido a niveles de calle y acera. A nivel de realidad presa.