domingo, 28 de noviembre de 2021

Tu letra, mariposas en volandas

                                


Me siento a leer de nuevo,

en ese sillón giratorio tan tuyo,

algún papel teñido en tinta china.

Esta vez, de color negro, de plumilla.

 

Cada vez con menos frecuencia,

pero me siguen llegando cartas,

anónimas, a nuestra editorial,

y ahí voy,  viéndote  en  las letras.

 

A veces, entre tus párrafos,

y con los trazos de tu picuda letra

tan ilegible siempre, veo tus hombros

encorvados sobre el blanco folio.

 

Recuerdo el brillo de tus ojos

entre el tintero  y los tomos abiertos,

extendidos a mamporros

en un maremágnum de escritorio.

 

Me llega el olor de aftershave.

Entretejido con el del cuero,

de esa silla regateada en  el Rastro.

Resigo, vista y dedo, tu entintada huella.

 

Con cada "te" que dibujas,

intuyo tu silueta concentrada.

Con cada " o" que pronuncias,

tus ojos mirándome sin pausa.

  

Con cada tilde tu guiño en mi cintura.

En los huecos de las oes tu risa amable.

Bajo el rabito de las comas, tus poemas.

A veces creo que soñé tu presencia.

 

Vuelvo a escuchar tus desprecios

por los bolígrafos y rottrings.

Y aún puedo enumerar los cuidados,

exquisitos, que prodigas a tus plumas.

 

Cuando recuerdo que los espejismos

son posibles, entre la tinta negra

y la blanca luminosidad del DINA4,

me atrapa la magia oculta en las palabras.

 

Tú y yo sabemos que el correo

sólo trae mensajes, sin alma atrás.

Nos prometimos más que fonemas,

Tal vez por ello, sigues estando en tus textos.

Imagen de Aguirrefotox


Estaré fuera una semana, son mini-vacaciones para mí, como un preludio nadideño que quiero disfrutar. Nos leemos  a mi vuelta. Sean felices, es gratis. Se ha ido Almudena Grandes, qué pérdida inmensa.

 




miércoles, 24 de noviembre de 2021

El pasillo, en jueves



Siguiendo la iniciativa de Molí del Canyer. sobre pasillos, mi aportación es la que sigue, pelín larga, pero no supe recortar más.

Por un alquiler irrisorio habían alquilado el chalet de Sarriá. Por una vez, la suerte les venía de cara a la joven pareja con un niño.   Joaquín sonreía al ver que la empresa de Barcelona era potente y de fiar, con un sueldo estupendo. Eva le siguió a la ciudad condal, enamorada y segura de que tenían ante ellos una nueva etapa, esta vez de bonanza.

La casa era enorme, pero no por ello dejaron de visitarla con el de inmobiliaria. Fue amor a primera vista, les gustó todo de ella, aunque el precio influyó decisivamente.

Nadie les había dicho que hubiera nada tras la puerta de ese final de la segunda planta, y al instalarse, dieron por hecho que sería un trastero, ya que la buhardilla no se había habilitado, e incluso creyeron que alguna paloma había anidado allí, a tenor de los sonidos que alguna vez escucharon. No les dieron llave alguna para esa puerta, la única con cerrojo en toda la casa, y por meses se olvidaron de ella. Un día, un cerrajero curtido acudió a resolver el tema de la puerta cerrada, pero tras mirar por el ojo de la cerradura, salió corriendo, dando mil excusas. Eva, al ver cómo huía, se aseguró que el pequeño Dani estaba durmiendo en su habitación, y haciendo palanca con la tenaza de la chimenea, consiguió abrirla.

Era un pasillo, con telarañas desde el techo hasta una altura de un metro, más o menos. El polvo, al entrar ella, se avino a revolotear, dando al espacio un aspecto fantasmagórico. Eva no se amilanó, puso un trapo en la escoba y se adentró. Al instante la puerta quedó cerrada, si bien ella no notó corriente de aire alguna. Al poco, era un sentirse dentro de un remolino que la succionaba. Luchó, pero no podía hacer nada. Se aferró a la escoba, como a un agarradero que la pudiera mantener en este plano, en esa casa, pero la propia escoba parecía un timón que pudiera acelerar el movimiento centrípeto.  Eva sentía cómo la carne se le pegaba más y más a los huesos, para que más tarde, segundos tal vez, un dolor en la cabeza fue in crescendo, llegando a ser como un taladro en su mente. Se escogía a pasos agigantados, hasta desaparecer, dejando una escoba en el suelo, alicaída y lánguida.

Al llegar Joaquín, el llanto del niño le alertó de que algo andaba mal. Encontró una escoba en un pasillo recién descubierto, pero ni rastro de Eva. Los policías recabaron información y concluyeron que esa mujer había huido. La foto de ella estuvo como pasquín por las farolas del barrio durante semanas, pero nunca se volvió a saber de Eva, ni de las tres inquilinas previas.

Palabras: 457

lunes, 22 de noviembre de 2021

Recordándote

 


Me sorprende el alba pensando,

en lo mucho que no quiero pensar

y en lo mucho que llegué a sentir.

Sintiéndote.

 

Me atrapa la vista de un cielo

con nubes viajeras y esponjosas

como las palabras que te dije.

Hablándote.

 

Me serena la brisa que eriza

mi camisa de seda mientras 

voy en volandas, hacia mi casa.

Aún recordándote.

 

Me demora recopilar

lo mucho que te he escribí, y escribo

sobre lo mucho que no llegué a decirte.

Aún escribiéndote.

 

Me reconforta tomar chocolate

de la jícara de los recuerdos blancos,

pan recién hecho y fruta en flor.

Olvidándote.

Imagen de Aguirrefotox


Pronto estará a la venta el primer, seguramente, único poemario de mi autoría. Les paso la carátula, y pronto el link dónde adquirirlo. Por supuesto, recoge bastantes poemas de mi blog, pero muchos son de mi adolescencia y juventud.

Feliz semana, con poesía y besos, con gratos instantes y aromas a prenavidad



domingo, 21 de noviembre de 2021

Harto de ser peonza, y bajo la almohada



Harto de ser peonza

El bueno de Juan tuvo un final que no merecía. Sus hijos no consiguieron darle un adiós bonito. Superó un cáncer de colon, la muerte de su amada Lola y una tristeza irredenta.

Los hijos le cuidaban. El primero, haciendo mohines, se lo llevaba a su apartamento de soltero un fin de semana sí y otro no. La segunda decía ir a diario a ayudar en lo cotidiano, y sí, algunas tardes se acercaba. La tercera le dejaba con los niños los fines de semana restantes. Harto de ser una peonza, partió, con un “Ahí os quedáis”, tomando el puñado multicolor de pastillas.

Bajo la almohada

Pero es su letra, no me cupo ninguna duda. Con esas tes con el palo tan bajo, y esas aes tan suyas, por extraño que fuera, sabía que me había dejado el folio bajo la almohada, como tantas otras veces. Con un poema magnífico. Ha sido nuestro sistema de comunicación desde que aceptó el trabajo de noche. Le propuse otros sistemas, pero se resistió siempre. Ahora me alegro. Pude guardarlos a salvo del polvo y el olvido.
Cuando vaya a verle en su nicho, le daré las gracias, como cuando estaba en vida, aunque ya no le podré besar.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Vete, gorrión, le dijeron

 


 

 Y ella se fue

 

Vete, le dijeron.

Y lo hizo.

Dicen que nunca

se ha de echar la vista atrás,

pero es mentira.

 

Cerraba los ojos y ahí

en la esquinita

de sus pestañas

seguía el ayer vivido.

Su voz gritando,

el yo de ella encogido.

Su puño crispado

los pies de ella dormidos.

Su desdén altivo.

Su portazo grave,

el soñar de ella vencido.

 

Claro que mira atrás,

por puro miedo

a volver a hacer

de  marioneta obediente.

De acomodar sus gestos

a las partituras de él.

A esconder que teme

la noche y las madrugadas

si él llega bebido,

si le da por querer sexo

por ella  no consentido.

 

Abraza a la nena dulce,

la que ya no grita en sueños.

La que le inyectó la fuerza

para poder, algún día

mirarla sin vergüenza,

sabiéndose ella misma.

Con defectos y virtudes

pero con la frente alta

al mirarse en el espejo.  

 

Te lo dije,

¿Creías que le harías cambiar?

Qué ilusa, paloma herida.

Y sabe que es verdad,

que creyó que el amor

todo lo arregla.

No se cambia, ahora lo sabe

y mira las fotografías

de una joven que fue ciega

y sorda, hasta quedarse muda.


El espejo refleja una sonrisa.

Las amigas reecontradas,

el balcón con su alegría,

los ojos con otro lustre,

todo canta que está viva.

Ojalá ya esté cercana

la ausencia de pesadillas.


viernes, 19 de noviembre de 2021

Una fotografía, un instante eterno

 

Imagen de Carlos Pérez Siquier, muerto hace un par de meses, y que no conocía.

Ando buscando una inspiración, tal vez a alguna musa despistada, que me dicte al oído, (como a veces ocurre), una idea que me subyugue, que me apasione, y sólo me deja un pedacito de instante. Algo pequeño en blanco y negro, de una España ya olvidada, aunque puede que no tanto.

Me atrapó la foto, con esos niños, uno de ellos con un descosido en el pantalón, jugando. Ajenos a todo y a todos. Impagable esa mujer de pueblo, protegiéndose del sol, o reflexionando mientras atiende a quien le ofrece un servicio. 

El fotógrafo ambulante pateaba callejas de tierra y caminos de acémilas. Su cámara fotográfica bien embalada, un trípode plegable y una muestra de su buen hacer eran todo su tesoro.  Su oficio había quien lo llevaba a cabo en locales, alquilados casi siempre, donde un decorado en la pared y unas sillas historiadas daban una sensación ficticia de glamour y opulencia para la posteridad. 

Así es muy fácil, se decía el andariego. Él entraba en las casas, y qué casas, míseras en general. Les plantaba quietos en la pared, tras esperar que se adecentasen y pusieran sus mejores galas. Montaba la cámara, y sujetaba bien la antorcha, pidiendo que se quedaran quietos. Los deslumbraba un instante, y al cabo de unos días regresaba con la foto hecha, enmarcada si así lo deseaban.

Las fotos huérfanas, sin nadie que las quisiera luego, se amontonaban a veces, y el fotógrafo las rompía antes de quemarlas. Sabía que la plata del daguerrotipo retenía el alma de quien  retrató. Y sólo rompiendo la imagen se deshacía el maleficio de quedar atrapadas, sin dueño, vagando por el viento en las noches de plenilunio. Nunca quiso que esos retratados le molestaran en ese deambular por los valles más perdido de las Hurdes. Llegó el día en el que una apendicitis  no tratada se lo llevó, y por ahí andan las almas en pena de una mujer de pueblo, dos niños y un gañán con la boina calada hasta las orejas. 

Son quienes poblaron mi sueño tras ver la foto, así que  puedo afirmar que existen, así, a esa edad, inmortalizados en una foto que nadie llegó a romper.


  

jueves, 18 de noviembre de 2021

Cambio de sexo, en jueves

 


Agradezco todas las muestras de cariño y solidaridad que recibí en la despedida de mi tía M. Rosa. Esta blogosfera es así de cálida y poco digital, hay afecto detrás de los nombres y enormes personas. GRACIAS                      

Este jueves Dorotea nos invita a cambiar de sexo en nuestra voz. Para mí no es nuevo, si bien reconozco sentirme más cómoda como mujer cuando escribo. Imagino la otra voz, (nunca sabré si de manera adecuada), porque somos poliédricos. Mi aportación es la que sigue

Mujer anfibia alejándose

Cómo decirte que tu piel, 

anfibia, de mujer, me conquistó.

Que me dejé caer por el tobogán

de los sueños más lejanos.

Funambulista sin red,

y sin cargas de pasados.

 

Cómo explicar que tu sonrisa

fue mi cielo sin telarañas.

Que tu humor me hizo cosquillas

más allá de mi piel cuarteada,

y que me desnudé, como un bobo,

como un necio, en mi mirada

 

¿Cómo interpretaste tú,

mi musa de blancas manos,

mi quimera de amor deseada,

que yo te amé como un loco,

y que me fundí contigo

sin guardar absolutamente nada?.

 

¿Qué valor diste a mi entrega,

viendo que eras mi pecado,

mi condena y mi redención?

Mi delirio en aras de tu placer.

El afán por ser quien te llenara

me llevó  casi  a un  amanecer.

 

Me perdí, sin brújula alguna,

por los recovecos de tus anhelos,

por el delta salado de tu pubis,

por las esquinas de mis recuerdos,

total,  para que digas, cualquier día,

que tu corazon estaba  ya alquilado.

Carboncillo de Modesto Trigo Trigo

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Se ha ido tía M.Rosa

 


Se ha ido la tía Rosa, y ahora el firmamento tendrá otra estrella, una más,, reluciente y serena, que pueda mirar  alguien en las noches de verano en su finca. Sólo allí entendí la inmensidad del Universo y sus incontables estrellas. Se ha ido una memoria viva, sin cuya ayuda habría sido imposible acabar cuadrando el conjunto de un árbol más que extenso. Sin dudar sabía, hasta por los rasgos, de qué rama era una fotografía, y yo me quedaba asombrada, admirada, anhelante de poder tener esa memoria de elefante a su edad.

Madre inmensa, esposa dedicada, hermana irremplazable, tía cálida y arrulladora. Mi brindis va por ti. Y sin estar allí, estoy contigo.


martes, 16 de noviembre de 2021

Deteniendo el tiempo

 


He detenido el tiempo con mis manos.

Como un niño travieso y temerario.

Me quedo aquí, prendida de tu talle,

aquí, en el instante preciso de tus besos.

 

Detuve por ti las manecillas,

descompuestas de amor, y de caricias.

Asombradas, envidiosas, expectantes,

las vi pararse con mohínes de codicia.

 

El sol declinaba alzar el vuelo.

Sin prisa, sin urgencia, sin reclamos,

la luna se mecía en el alfeizar,

bendiciendo en silencio nuestro abrazo

 

Un encuentro soñado una y mil veces.

Un suspirar de pieles sin censuras,

ni por tu parte, dejando a la razón de lado

ni por la mía, abriendo el corazón dormido.

 

Sonó una moto por la calle.

Rota la magia, emergimos del mar.

Ese que nos rodeó en la tibia aurora,

y dejó prendidas mis luces, como nunca.

Imagen de Aguirrefotox

 

 

lunes, 15 de noviembre de 2021

La ciudad de la luz

 


Entraron en el Jardín botánico, poco más podían hacer, la entrada para el Prado no se había reservado por un fallo técnico del sistema, y por la hora, era imposible que les dejaran entrar. El sueño de ver la copia de la Gioconda se venía abajo, nuevamente en su caso. El día previo y con las entradas compradas correctamente, se entretuvieron tanto en El Escorial, que no llegaron a Madrid hasta muy pasada la hora asignada.

─No, si al final tendremos que ir a París, ─ dijo sonriendo Pablo─, bien cogida en su mano la mano de Pilar

─Pues me apunto, no te quepa duda─ dijo ella─, apretando su mano en la él. ─Nos ponemos a mirar viajes baratos, y nos damos el gusto ─añadió.

─Pero qué temeraria eres, a veces me das más miedo que una pedrada en el ojo─ remató Pablo, mientras le pasaba el brazo por el hombro con una levísima presión.

Se miraron a los ojos ante el Velázquez tantas veces fotografiado del paseo. Se reconocieron de nuevo en la mirada del otro, como tantas veces en los diez años que llevaban juntos.

La opción del Jardín les apetecía, con el alarde de luces que anunciaban en la prensa. Esos de Madrid se venían arriba por la nominación de la ciudad a Patrimonio de la Humanidad, y habían previsto varios diseños con luces en varios puntos de la capital. Lo habían comentado el El café Gijón al mediodía, al ver la programación.

Allí estaban pues, en la puerta, poco antes del anochecer. Ante un olivo milenario, recordaron el viaje que hicieran hacia las Canarias, por ese mar, el Atlántico tan distinto a su Mediterráneo. Atracando en el puerto de La Palma, les sorprendió ver el tamaño del ancla de proa, enorme, como sacada de un cuento de Liliput. Cuando el espectáculo acabó, se abrazaron, como en ese puente de navío, bajo las estrellas. Con la diferencia de que ahora la contaminación lumínica no dejaba ver nada más allá del neón de los oropeles de una ciudad que quería ser el centro y la totalidad de una nación.

Pero la ciudad de la luz, París, les esperaba, con su Gioconda, y su escultura de Eros y Psique.

Imagen de Aguirrefotox


sábado, 13 de noviembre de 2021

Sin pan ni Reyes

 


 

Miro sus manos blancas

haciendo cola con la mujer,

esa del carrito de la compra.

Seguramente su madre,

la que perdió la vergüenza,

y resignada acepta caridad

 

Abundan las familias sin pan,

con poquísima esperanza,

con el dolor de no poder seguir

el ritmo de vida que llevaban,

Que tampoco era de ricos.

Un virus o una crisis mundial,

al final qué poco importa.

 

Se van quedando por el camino.

Los de siempre, los don nadie.

Los que aprietan los dientes

rodando en la noria del hámster

que les tocó siendo pobres.

Y no saldrán, no lo conseguirán.

no dejarán de ser piezas banales.

Quizás víctimas colaterales.

 

El "gran recapte", se anuncia

El "banco de alimentos", nos dicen.

E imagino una carta,

a los Reyes del Oriente,

esperanzada y gozosa.

“He sido bueno”, encabeza

y con letra de niño chico

Enumera, sonriendo, juguetes

que yo sé que no llevarán.

viernes, 12 de noviembre de 2021

La mujer del ascensor

 




El Ateneu ofrecía un curso de narrativa cuyo horario me iba bien. Me apunté. Al tercer día monté en el ascensor viejo. Precioso, nada que ver con el otro tan prosaico y relamido.

Estando en él, con su traqueteo de levísimos tirones, creí haber dado una cabezadita, sentada en su terciopelo verde, pero ahora dudo que durmiera. Cuando una compañera comentó, asustada, que notó ese aroma intenso a almendras amargas, y vio el reflejo de una mujer con aspecto de los años veinte, quedó patente que yo no era la única que sintió esa presencia. De la docena de integrantes del curso, un grupo entre muchos, dos personas la habíamos notado. Luego supe que habían sido muchos más antes que nosotros.

Entré en la biblioteca y leí cuanto material sobre el edificio pude recabar. Supe que allí falleció una poetisa joven, cuya ligereza de cascos era la comidilla del lugar. Si fue por un ataque al corazón, como decían las crónicas, o por envenenamiento de alguna mujer celosa, como pienso junto con un articulista de la Vanguardia de la época, no podré saberlo, pero ya se va corriendo la voz: por el ascensor del Ateneu vaga el alma en pena de una mujer. 

Mi psiquiatra insiste en que esas leyendas urbanas no tienen una base sólida, y que son habladurías. Pone de ejemplo la mujer de la curva. Lástima que a mí esa inexistente dama me provocara un accidente del que me costó años recuperarme.

                                  


Palabras: 245

Viernes, y ahí que vamos

 


El rumor de la lluvia

danzarina y caprichosa

me trae el olor a amaneceres

de cafés con leche

a medio tomar,

De paseos con el chucho,

de barro en mis zapatos

y de sueños tendidos al sol.

 

Aparco planes con luz y tirantes,

me agencio un chubasquero azul,

rebobino un sueño que casi olvido,

y me descubro en tus brazos,

huérfanos de caricias,

abriendo ventanas a trompazos.

sembrando soles sin margaritas,

caracolas y pan moreno.

 

Comento textos y versos.

Veo imágenes y hasta videos.

Me asombra el latir del talento,

de quienes se exponen

desnudos entre sus letras,

Como en una playa nudista

sin más ley que ser quien se es,

así, y que sea lo que Dios quiera.

 

Como estoy haciendo ahora

saliendo al día, con lo que venga.

Mis letras en bandolera,

naciendo en viernes,

como este mismo que indica

el portátil apoyado en la mesita.

jueves, 11 de noviembre de 2021

La tarde tonta

 


Siento que se me escapan las horas

como burbujas de un refresco.

Como si la tarde entera

estuviera preñada de minutos vacíos,

que no conseguiré llenar.

 

Ni siquiera cuento los días,

ni miro el calendario donde anoté

la hora de llegada de tu tren.

Que imagino con retraso,

como siempre.

 

Me paro en la esquina del recuerdo.

Me detengo ante las caracolas de mar,

del que vimos aquella tarde de abril.

Tan tranquilamente amable.  

Tan sigiloso y tan nuestro.

 

Permito que mis pies caminen lentos

por la orilla de esa arena mojada

que guardó el instante en que miramos

el horizonte infinito y lejano

de nuestros sueños.

 

Desando el camino, vuelvo al coche,

dejo que las mariposas saluden

al sol, escondido entre nubes

y engalano la tarde con versos

desganados,y marinos, y esquivos.

Imagen de Aguirrefotox


miércoles, 10 de noviembre de 2021

Un perdón con reparos, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Mónica, Neogéminissobre perdón y venganza, mi aportación es la que sigue. Parte del texto lo he tomado de uno mío de hace unos dos años, creo.

El perdón como tal no sé si es lo que pude ofrecerle a José, mi mejor amigo cuando éramos chavales. Me animó a tirarme con una liana al río, donde había poca profundidad. Mi mala suerte hizo que el golpe monumental en la cabeza me dejara sin vista, dijeron los médicos, pero creo que sigue siendo mentira.

En mi barrio me tiene por invidente y se empeñan en ayudarme, a pesar de que no lo necesito. Lo que más me molesta es cuando quiero cruzar una calle y me agarran por el codo, pretendiendo acompañarme en mi trayecto. Es cierto que llevo bastón blanco, y podría ser desconcertante. 

Un día me había sentado en un banco, con un vaso vacío de plástico a un lado y al otro mi bastón. Cuando escuché el tintineo de monedas en lo que creyeron un recipiente para caridad me apresuré a quejarme.

Señor, perdone, pero no soy ciego, ni necesito limosna dije airado.

La voz de un hombre joven me sorprendió por el enfado.

Venga ya, no tenga tanto orgullo, y acepte la ayuda, desgraciado respondió, mientras recogía las monedas.

Ahora el tema se ha agravado un poco. Para evitar que me consideren maleducado, fui a la asociación de vecinos y pedí a los presentes que me enseñaran algún objeto, de uno en uno, con el objetivo de que comprendieran que yo podía ver lo que ponían ante mí: yo iba nombrando

Un lápiz, un periódico una tarjeta de autobús. 

Mi sorpresa fue que los presentes comenzaron con unos oh, y unos ah, cada vez que nombraba el objeto. De hecho, redoblaron las muestras de cariño hacia mí, y ahora hasta me admiran. No aceptan mi verdad. Me creen ciego, y, además, clarividente. Sólo un chaval cree en mí, y cada tarde me acompaña a ver el atardecer, en un banco de la playa. Yo no consigo darme cuenta del momento mágico exacto de la puesta de sol, pero lo reconozco, sin problemas, a través de las yemas de mis dedos, sobre el rostro del niño.

Palabras. 338

martes, 9 de noviembre de 2021

Pesadillas infantiles

 


La estación azul había llegado. El verano había hecho su aparición con poco brío, de hurtadillas, como desganado. Tomás estaba tan deseoso de ponerse moreno que, sin esperar a que se instalara del todo esta estación, se calzó el bañador, se echó la toalla al hombro, y sin contar con que la temperatura era más primaveral que veraniega, se montó en la bici con las chanclas y el torso desnudo.

La tormenta le pilló a contrapié. Sin previo aviso, las nubes blancas sobre el cielo azul se transformaron en grises, densas y amenazantes. En el chiringuito de la playa llevaba toda la tarde el pequeños Sebastián, vigilado por su padre, quien iba colocando provisiones y latas de refresco en las estanterías. El chaval llevaba dos horas pintando el cartón de una caja de zapatos. Se esmeraba en intentar que unos cuadrados insípidos parecieran ventanas. La puerta la pintó carmesí, porque se le acabó la pintura azul, según dijo, y de hecho su padre le confirmó que era buena idea. Algunas casas de diversión estaban así pintadas, y con farolillos rojos además, así que Sebastián casi acababa su tarea, añadiendo faroles de ese color cuando oyó el primer trueno.

El padre, viendo que los rayos se veían sobre el mar, cada vez más cercanos, le hizo recoger sus bártulos a toda prisa, dejando en la playa la obra maestra del chico. Cuando un Tomás empapado aparcó su bici en el paseo marítimo, no dudó en agenciarse, como paraguas,  una casa roja. Las témperas producían churretones coralinos por el cuello y el torso del amante del sol. Las chancas le hacían resbalar por las maderas de una pasarela empapada. Buscando cobijo, se apoyó bajo una palmera de un oasis artificial de la playa, esperando a que esa tormenta de verano durase lo propio, es decir, pocos minutos, como así fue. Renunciando a broncearse, por ese día, regresó a por la bici, dejando en la papelera la caja roja. 

Sebastián estaba asomado en una ventana cuando vio a un hombre chorreando lo que pareciera una hemorragia desde la cabeza, y que se subía a una bicicleta negra y grande. Aterrorizado avisó a su padre de que alguien que debería estar muerto, por tanta pérdida de sangre, iba montado en una bici enorme. El padre no le creyó, como era lógico, pero el niño soñó con Tomás esa noche, y por muchas semanas, con un tipo carmesí desde la cabeza hasta el pecho. Aparecía pedaleando en sus sueños, y él huía y huía corriendo ante él,  por el paseo marítimo de Comarruga.  


domingo, 7 de noviembre de 2021

Zanahorias para el conejo y recambios para el corazón

 


Cogí semillas de zanahorias y me puse a sembrar. Es laborioso. Ya me advirtieron, pero el conejo blanco que me regalaron para el número de magia resultó ser un glotón.

Ahora no cabe en mi chistera, ni en ninguna manga de mi disfraz de chino, pero tampoco soy capaz de cocinarlo.


Recambios para el corazón

Sin poder superar su muerte siguió yendo cada tarde. A las cinco, como siempre, caminaba hasta la fuente del bosquecillo. Siguiendo la costumbre, se sentaba en un poyo de piedra, extraía de una bolsa dos manzanas y se comía la suya. La otra quedaba apoyada junto a la fuente. Sacaba luego la radio de bolsillo y sintonizaba la emisora de música clásica.

Cuando un día se acercó Serafina la coja, conversaron. Sabía de su reciente viudedad, más esperable que la suya propia.  Nunca superó la pérdida de su Josefa, pero con el tiempo aprendió a vivir sin ella, descubriendo que Serafina también le hacía feliz.

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jueves, 4 de noviembre de 2021

Se alquila soñador

 


Siguiendo la propuesta de Mag sobre oficios curiosos, mi aportación es la que sigue.

Esto pasó hace tres años. Coincidimos en un tren. El vestía de azul marino, y yo de gris. Ambos teníamos por delante tres horas de viaje. Sé que antes era frecuente entablar conversaciones en los viajes, pero hoy en día, con los smartphones, y en mi caso, el e-book, se ha convertido en una rareza. Esa vez tenía también la lectura en mi mano, cuando lentamente me deslicé por sus palabras. Cruzó las piernas, girándose hacia mí.

Señora, me dijo, ¿puedo explicarle el sueño que he tenido?, siento ser un pesado y le pido disculpas de antemano, pero lo tengo en la garganta, como un huevo que quiere explotar.

Su mirada me conquistó, porque era de una transparencia limpia que apenas se ve en los adultos. Me picó la curiosidad, así que apagué el aparato, a sabiendas de que ese gesto era una declaración de intenciones.

Casi que me alegro que me lo proponga, ─ le dije─, ya que yo no sueño, o no recuerdo jamás lo que he soñado, que viene a ser lo mismo.

Sonreímos ambos, y me explicó un sueño. Parecía un lugar con un puente, e imaginé que era el Ponte Beccio, y con esa imagen recién atrapada recordé Florencia entera. Fue extraño porque a medida que el tipo   azul marino me relataba una persecución por las callejas, que desembocaba en la biblioteca florentina, yo iba teniendo en mi mente la historia entera. A esa mujer que le perseguía vestida de Vampiresa la imaginé perfectamente, parecía loca. Noté cómo le tironeaba del brazo y le robaba un talismán de un bolsillo.  Revivía su sueño, escuchándole anhelante por seguir la historia.

Tras reconocer que no sabía qué significa su sueño, pero agradeciendo que hubiera tenido la generosidad de compartirlo, fui al vagón de la cafetería sin invitarle a que me acompañara.  

Al regresar a mi asiento el  tipo no estaba. Deduje que estaría en el aseso. Sería una cabezadita, pero soñé exactamente el sueño del tipo, salvo que yo era la mujer disfrazada y él llevaba una gabardina larga que ondeaba con la carrera.  Me despertó el sonido de megafonía. Avisaban de la próxima parada, Zaragoza Delicias. El tipo jamás regresó al tren. Desde entonces tomo trenes, esperando a un tipo que no tenga su mirada. Esperando que alguien me escuche, porque tengo “un huevo en la garganta a punto de explotar”. Soñar siempre lo mismo es agotador

Palabras. 403, no supe recortarlo más :-)