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viernes, 5 de abril de 2019

Mi ceguera

Imagen de Aguirrefotox

Mi historia no es interesante. En el barrio donde vivo todos creen que soy ciego. Ha ido pasando el tiempo y no he conseguido convencer a la gente de que no es así, se empeñan en ayudarme, a pesar de que no necesito ayuda.

Esa disposición me molesta, sobre todo cuando quiero cruzar la calle, y me pone nervioso. Me agarran por el codo y pretenden acompañarme en mi trayectoria. Llevo el bastón blanco, es verdad, pero eso no presupone que sea ciego. Han llegado a poner monedas en mi vaso de un café con leche de cartón del Mcdonals, sí, como lo oyen, bueno, si no tiene problemas de audición.  Una tontería, pero que me ofendió. Un día me había sentado en un banco, con el vaso vacío a un lado y al otro mi bastón. Cuando escuché el tintineo me apresuré a quejarme. "Señor, perdone, pero no soy ciego, ni necesito limosna", le dije. La voz de un hombre joven me sorprendió. " Venga, no tenga tanto orgullo, y acepte la ayuda, cacho maleducado", respondió. Me levanté y me fui, por supuesto

Ahora el tema se ha agravado un poco. Para evitar que me consideren loco, o maleducado, fui a la asociación de vecinos y pedí a los presentes que me enseñaran algún objeto, de uno en uno, con el objetivo de que comprendieran que yo podía ver lo que ponían ante mí.


Por supuesto, yo  iba nombrando. Un  lápiz, un periódico, una  tarjeta de autobús. Mi sorpresa fue que los presentes, no más de unos doce vecinos, comenzaron con unos oh,  y unos ah, cada vez que decía el objeto. De hecho redoblaron las muestras de cariño hacia mí, y la admiración hacia mi persona. No aceptaban mi verdad y empecé a ser considerado ciego, y además, clarividente. No se me ocurren más estrategias para demostrar que puedo ver. Tan sólo un chaval cree en mí, y cada tarde me acompaña a ver el atardecer, en un banco de la playa. Yo no consigo darme cuenta del momento mágico de la puesta de sol, pero lo reconozco, sin problemas,  a través de las yemas de mis dedos, sobre el rostro del niño.