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lunes, 22 de junio de 2026

La ciudad de la luz

 



Entraron en el Jardín botánico, poco más podían hacer, la entrada para el Prado no se había reservado por un fallo técnico del sistema, y por la hora, era imposible que les dejaran entrar. El sueño de ver la copia de la Gioconda se venía abajo, nuevamente en su caso. El día previo, y con las entradas comprada correctamente, se entretuvieron tanto en El Escorial, que no llegaron a Madrid hasta muy pasada la hora asignada.

─No, si al final tendremos que ir a París, ─ dijo sonriendo Pablo─, bien cogida en su mano esa fina mano de Pilar

─ Pues me apunto, no te quepa duda─ dijo ella, Nos ponemos a mirar viajes baratos, y nos damos el gusto.

─ Pero qué temeraria eres, a veces me das más miedo que una pedrada en el ojo─ remató Pablo, mientras le pasaba el brazo por el hombro con una levísima presión.

Se miraron a los ojos ante el Velázquez tantas veces fotografiado del paseo. Se reconocieron de nuevo en la mirada del otro, como tardes pasadas en los diez años que llevaban juntos.

La opción del Jardín les apetecía, con el alarde de luces que anunciaban en la prensa. Esos de Madrid se venía arriba por la nominación de la ciudad a Patrimonio de la Humanidad, y habían previsto varios diseños luminosos en diferentes puntos de la capital. Lo habían comentado en el El café Gijón al mediodía, al ver la programación.

Allí, estaban pues, en la puerta, poco antes de anochecer. Ante un olivo milenario, recordaron el viaje que hicieran a las Canarias, por ese mar, el Atlántico tan distinto a su Mediterráneo. Atracando en el puerto de La Palma, les sorprendió ver el tamaño del ancla de proa, enorme, como sacada de un cuento de Liliput, recordaron a la vez.

Cuando el espectáculo de luces finalizó se abrazaron, como en ese puente de navío, bajo las estrellas. Con la diferencia de que ahora la contaminación lumínica no dejaba ver nada más allá del neón de los oropeles de una ciudad que quería ser el centro y la totalidad de una nación.

París, la ciudad de la luz, les esperaba, París, con su Gioconda original y su escultura de Eros y Psique.

lunes, 24 de enero de 2022

Pasión en tecnicolor

 


Era amiga de mi amigo, y me invitó a su casa. Era el lugar idóneo, sobre el sofá, sin dudarlo. De unas dimensiones más que generosas, ocupaba mucho más que la tele extragrande de la pared opuesta. El sol entraba por la parte derecha, y era un cuadro en blanco.

Le pregunté el motivo de esa tela sin nada pintado. Ella se echó a reír.

─ Estoy esperando a las musas, que andan juguetonas.

─ Pero no parece recién colgado, o yo veo mal, que pudiera ser.

─ No sé si ves mal, pero este cuadro lleva aquí el tiempo que llevo yo en el piso, cinco años hará en abril.

Me acerqué un poco más, quedando de pie ante el sofá y el cuadro que colgaba encima, (yo diría  que  en un estado virginal).

─ Voy perdiendo vista en el ojo izquierdo, igual es que veo menos de lo que hay

─ Imposible, no hay nada. Bueno─ dijo ella, quitándose la chaqueta─ sí, si te fijas hay una línea muy fina en lápiz, que divide en dos el lienzo, ¿ves? ─ y señalaba lo que, en efecto, era una línea casi recta, muy leve, de lápiz realmente de calibre finísimo.

─ Genial, tenías una idea pues. Y se escaparon las musas…o….  

─ No exactamente. Lleva conmigo quince años, y ha pasado por cuatro cuartos de estar. Las musas me sugirieron un díptico de un paisaje diurno, y el mismo nocturno. He estado haciendo bocetos, en mi estudio hay algunos. Luego te los enseño si quieres.

─ Estupendo- le dije.

La calefacción estaba muy alta, así que no me extrañó que se fuera quitando ropa, como hice yo. En ropa interior ambos, me hizo ayudarla a descolgar el lienzo, tamaño cama individual más o menos, y lo dejamos en el suelo de su estudio. La fiesta de los colores me llenó de un gozo infantil que no recordaba. Ella sonreía, bailaba y se contorsionaba mientras me iba tirando por encima latas de pintura acrílica. Me invitó a hacer lo mismo con ella, y con los pies íbamos dibujando sobre la tela. Cuando me besó, como sólo una mujer me ha besado en la vida, quedé desarmado, me rendí a su juego pasional. Rodamos por el suelo, en concreto por la tela, que, para mi sorpresa, cuando ambos quedamos agotados de hacer el amor una y otra vez, tenía un dibujo abstracto curioso y de verdad armónico. 

Cuando vi, tiempo después, que subastaban ese cuadro, de la pintora ya reconocida, no pude por menos que recordar la tarde y la noche de esa pasión en tecnicolor. No sé si ahora tenga un lienzo blanco sobre su sofá, tal vez esperándome. Quiero pensar que sí.

La imagen es de Aquí, pintado por un mono


miércoles, 19 de enero de 2022

La Camestortes, o esos niños tutelados



María la Camestortes ,  corta de mollera, rica en amores y pobre de solemnidad, vivía con su hijo en una fábrica abandonada, donde, sin embargo, conservaba una línea de electricidad. Escuchaba la radio, pendiente de todo lo que fuera bueno para su hijo. Desde que su Jesús María cumpliera cinco años, cada día del mundo le preparaba alitas de pollo asadas, porque en un programa de una nutricionista, había escuchado las bondades de tal alimento para que los niños crecieran fuertes y listos. A los seis, como primer plato, le empezó a preparar un batido de mariposas y saltamontes. Parecía que los asiáticos, tan listos y libres, comían tales cosas, y por supuesto, siendo gratis, qué mejor que darle al niño. Le quería fuerte, y listo, y libre, para que pudiera, un día, alejarse de ese pueblo que nunca la valoró, ni se apiadó de ellos cuando quedó preñada de uno de los señoritos de la región.

Su vida era sencilla, y amorosa hacia su chaval, con quien jugaba a mirar estrellas, o a imaginar formas y palabras en las nubes, o a correr en pos de insectos que cazaban para cocinarle.  Iba al pueblo a por las alitas, que una pollería le reservaba, así como las cabezas de pescado que le separaban en la pescadería del pueblo. Patatas chonchas, frutas y verdura medio pasadas cumplimentaban su dieta. Con los nuevos regidores, tras las elecciones, llegó su ruina. Una pareja de policías municipales se presentó en su casa, con la asistente social, y vieron lo que usaba por cocina, donde es cierto que el olor no era apetitoso, pero que mantenía limpia. 

No entendió nada, porque el niño, feliz con ella, se negaba a irse con esos extraños. Sus llantos se unieron a los de la Camestortes, quien suplicaba y rezaba a la vez, porque dejaran que su hijo se quedara en su casa, con su madre, pero todo fue inútil. Se llevaron al niño, para escolarizarle, dijeron, para que comiera decentemente, apostillaron, para que tuviera un techo y las comodidades que todo niño merece, sentenciaron.

Cuando la han encontrado muerta en un claro del bosque, rodeada de mariposas y saltamontes, con la piel en los huesos y la mirada extraviada y opaca como un pez fuera del agua, la han enterrado en la fosa común, sin informar a Jesús María. No fuera que recordase sus condiciones de vida antes de ser salvado.

Imgen de Aguirrefotox


sábado, 15 de enero de 2022

FAN FICTION


Este mes El tintero de oro, propone escribir con uno, o varios, personajes de ficción. Me aportación es la que sigue

Ella nunca hubiera supuesto cómo sería su día. Sancho había amanecido en Sol, una parada de metro y tren. Rodeado de pasillos, escaleras mecánicas, quioscos y materiales que desconocía, creía estar soñando. Así que cuando apareció ella se hincó de rodillas.

─ Por favor, bella dama, deme un guantazo, por Dios se lo pido

Carmen acababa de ser despedida de una tienda de telefonía.  Apenas sabía usar su propio smartphone, y se acabó por saber. Al ver al tipo rechoncho arrodillado y suplicante de tal acción, casi que le atiza sin pensarlo mucho, pero recapacitó.

─ Mire que no le conozco, por qué habría de pegarle, cacho loco.

─ Pero su cara me suena. ¿No es la bella Dulcinea del Toboso? He de despertar, que mi caballero me necesita.

Ella, que apenas había leído alguna novela, sí conocía el Quijote y se abstuvo de reír.

─ No sé cómo llegó aquí, pero estamos en el siglo XXI, y su caballero, Don Quijote ¿no?, tampoco existió. Yo soy Carmen López, y existo.

─ No puede ser. Ayer mismo le dejé batiéndose con unas aspas de molino, que confundió con un gigante malvado. Me habrán echado en el vino alguna pócima para este encantamiento. Porque la que no es real es usted, y este escenario será de una corrala donde haya una obra de teatro.

─ Pues igual sí, ─ dijo ella marchándose hacia la salida. Se rascaba la cabeza sopesando si esa marihuana mañanera le había sentado bien.

Palabras 247

 

 


sábado, 8 de enero de 2022

Una primera vez

 

 Imagen de Aquí

Esa primera vez fue todo un acúmulo de datos que no conseguía digerir. Tres pedales para los pies, dos palanquitas para indicar que se cambiaba el sentido de la marcha, a la derecha o a la izquierda, un botón para indicar que se paraba, y que iluminaba los cuatro intermitentes, otro resorte para activar el limpiaparabrisas, otros para las luces, una palanca larga de frenar con la mano. Tan agobiado le vio el profesor que le hizo respirar despacio, y sólo cuando le pareció medio calmado le animó a mover la llave y poner en marcha el coche. Recuerda los trompicones, caladas del motor, sudor en las manos, en las axilas y en los pies. Regresó a casa como quien regresa de una guerra, con dolor en todas las articulaciones, medio mareado y con un dolor de cabeza descomunal. Su primera práctica de coche había sido un éxito, porque había sobrevivido a tanto maremagnum.

Durmió mal, con unas pesadillas cargadas de palancas y peatones, con semáforos que se ponían en rojo al llegar él, con lugares de estacionamiento diminutos, y hasta con un policía municipal que le gritaba “es que hay que ser idiota”. Cuando le dieron el carnet, con aquella L en su espalda, se propuso ser un buen conductor, y lo fue.

Ahora Rufino le dice a su hijo que no se preocupe, que eso de conducir no es para tanto, que seguro que pillará el truquillo rápidamente. Pero no puede remediarlo. Recuerda otra primera vez más conflictiva, y que imagina le sucederá también pronto al chaval, ya tonteando con Amparo.

Ojalá fuera tan fácil como conducir un coche, se dice, ya divorciado, recordando cómo ella acabó por exponer, entre las razones que alegó, lo mal amante que fue.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Santi y Pau el pecas

 

Santi se había comprometido a besar a Gisela la bella, la chica de primero C, y a quien todos los chicos deseaban, ante la ignorancia de su belleza por parte de ella. Una de tantas apuestas absurdas. No parecía difícil. Bastaría con cruzarse con ella por el pasillo, justo al tocar la llamada del recreo. Bachiller ya no era como en la ESO, ahora les dejaban salir del recinto, durante la media hora que duraba el asueto.

Por la mañana del día señalado se lamentó de un grano infame que se había desarrollado en la noche. Justo en mitad de la frente. También se fijó en que la sombra sobre el labio superior estaba más oscura. Cogió una maquinilla de afeitar del padre e intentó rasurar esos pelitos negros, y muy finos, que nadie apostaría por que acabasen en bigote. La zona quedó muy irritada. Su madre le observó mientras desayunaba, sin sentarse, su vaso de leche con chocolate y, sin entrar en detalles, le ofreció una pomada, que rechazó.

Las clases, inglés a primera hora, y literatura catalana la segunda, pasaron sin pena ni gloria. Sólo pensaba en cómo hacerse el encontradizo al final del pasillo, en una esquina, justo antes de la escalera. Allí debía esconderse para sorprenderla. Se plantó en el lugar elegido, a esperar el aviso del recreo. Pere y Jaume pasaron ante él, guiñándole un ojo. El timbre sonó, y todos los alumnos se precipitaron hacia la escalera.

Gisela recogía su libreta. El compañero de pupitre le había hecho una zancadilla, tal vez sin querer. Entretanto “Pau el pecas”, con su envergadura de jugador de rugby chocaba con un Santi que se abalanzaba, dándose un beso en la barbilla. El topetazo fue de órdago. Santi se frotaba la frente, cuando Gisella, recolocando su falda, llegaba a la esquina señalada.  Él notó cómo su propia cara se convertía en una  amapola, al menos por el color. Ella no le prestó atención alguna y se perdió por el zaguán del centro, ante la frustración de Santi y las risitas de Pere y de Jaume.

Los tres amigos entraron a tomarse el bocadillo en el bar cercano. Los dos amigos se reían de Santi a mandíbula batiente. Poco antes de las once y media, Gisela entraba por la puerta del bar. Las mejillas de Santi, de nuevo le ardieron, y salió a la calle solo. Esperó a Gisela, y cuando se cruzó con ella le besó en los labios. La chica le miró de tal forma que era evidente que no estaba enfadada. 

Santi, días después, se hacía el encontradizo con ella muy a menudo y  “Pau el pecas” parecía hacerse el encontradizo con él. Lo cierto es que tanto Santi como Pau adoptaron la costumbre de ponerse desodorante, y hasta colonia. Faltaba dos trimestres todavía de ese primer curso de BAT, y todo estaba por descubrir.


Es un ejercico sobre adolescencia

martes, 14 de diciembre de 2021

El caganer, de un belén catalán

 

Imagen de Aquí, La historia del Caganer

La madre llevaba a la nena al colegio. Hacía frío, y al enfundar el gorro de invierno en la cabecita de Noelia, ya saliendo del portal, la cría se giró hacia Eva.

─Mamá, ¿y el caganer? No le he visto

─Pues yo tampoco le he visto, pero seguro que estará escondido tras alguna mata o tras el pozo, ya sabes que le avergüenza un poco.

─ Pero me gusta verle, con su gorro rojo

─ Es la barretina, ya sabes, roja y medio caída, no lo llames gorro, cielo.

─ Perro es un gorro ─discutía Noelia.

Así fueron caminando hasta la puerta del cole, donde Eva respiró. Esa niña no paraba de plantear cuestiones, y no acababan con un ¿y por qué? tras otro. Era muy curiosa y la madre se agotaba cada mañana, así que entró en la cafetería cercana al centro escolar, donde otras madres también respiraban de sus cachorros.

Mientras, en casa de Eva, un caganer estaba ubicado tras una oveja con patas se alambre. La Virgen María le había colocado allí, pero el personaje estaba dispuesto a cambiar a un lugar más destacado. La oveja lo agradeció, porque el caganer atufaba. El tipo acuclillado quería estar en primera fila y adelantar a todos. Al pasar por el río los patitos se quejaron, que no ensuciara el agua, por Dios, gritaron.  Un pastorcillo requería ayuda, pero al ver la postura del catalán, desistió de pedírsela.

La Virgen seguía durmiendo, y el Niño Jesús vio cómo un tipo de barretina se instalaba al lado de su cuna. Melchor, cercano, tomó su cetro real y sin desmontar del camello le atizó en la cocorota roja, provocando el llanto y quejido del tipo cagón, y con ello despertando a San José, en primera instancia, y a la Virgen, pobrecita, en segunda. El Niño Jesús, recién nacido pero muy listo ya tan pequeño, se estaba divirtiendo, y suplicó a su madre que dejara que el catalán se quedase cerca de su cuna. 

Eva llegó a casa y buscó al caganer, que estaba entre la cuna y las pezuñas del camello del Rey Melchor, y por supuesto, lo trasladó tras una tomatera de la huerta, la adquisición de ese año. La señora que tendía ropa arrugó la nariz, pero Eva no podía ver esos movimientos, ni escuchar al Niño que iba pidiendo por favor que no desterraran al monigote divertido.

Eva no creía en la magia de la Navidad así, así que cuando la nena se puso a reír, se sorprendió al ver al personajillo de nuevo entre la cuna y el Rey.

─ ¿Ves mamá?, el caganer está cerca del Niño Jesús. ¿ves cómo a Él sí le gusta? No le escondas.

Sabiendo que nadie estuvo en su casa, al final la madre dudó. A ver si ella misma dejó el caganer allí, cerquita del niño, para divertirle, o la magia navideña estaba empeñada en hacerse sentir.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Armándose un Belén

 


Imagen de Aquí

Eva supo que era un error. Sin ganas de volver a levantarse, pensó que ya armaría el Belén por la mañana.  La caja de personajes había quedado abierta, con parte de su contenido esparcido en el suelo, ante la mesa, esa sí despejada y a punto para el Nacimiento.

La Virgen María se puso a dar órdenes así que algunos pastores se empeñaron en poner el río y un puente, quien no quería actuar por esta vez, y que ya instalado se estuvo quejando toda la noche.  Los Reyes Magos buscaban sus camellos, que estaban en el fondo de la caja. No hacían más que molestar, “¿has visto mi camello?” preguntaban a cada personaje que encontraban. Unas ovejas de patas de alambre andaban buscando su lugar por la mesa, pero los dos pastores estaban discutiendo con la señora que tendía ropa, así que se pusieron en el agua del río, para mojarse las patas, dijeron. San José se dirigía a ellas y las convencía de salir, y ponerse cerca de un pozo que ya se había instalado. La Virgen no daba abasto. Cargando con el Niño Jesús iba de un lado para otro, intentando poner orden.

El corcho para hacer montañas y el musgo habían quedado en la cocina, en una caja de madera de frutas, y cuando el musgo intuyó lo que pasaba, se puso a reptar por el pasillo, para llegar al comedor y a la mesa del Nacimiento. Iba dejando un rastro húmedo, que la lavandera intentó secar, muy enfadada porque tendría otro trapo que lavar en el río, donde un patito solitario, ya sin ovejas, llamaba a su mamá pata.

El molino con motorcito estaba en la caja todavía, pesaba demasiado para subir escalando o saltando hasta la mesa, y andaba remugando “es que me dejáis solo, hostia”, pero entonces una casita para poner sobre el corcho, también se quejó, y con razón. El Ángel estaba ya en la mesa, pero se quejaba de que, si no se colocaba el establo, a ver dónde se iba a poner.

El establo, y los dos animales del mismo seguían en la caja, en el fondo, y se negaron a salir, que fuera Noelia la niña quien los colocara, que estaban hartos de esperar turno para subir, siendo los primeros que debían colocarse. Eran el centro de atención, que cómo se les había ignorado, que qué poca vergüenza. Claro, los camellos también se quejaron. Los habían puesto en el fondo de la caja porque abultaban con su altura, pero que eran muy importantes, mucho más que esos pastores que habían organizado el festival de armar un belén.

La Virgen, despeinada, con voz ronca de gritar, acabó organizando el Nacimiento. Hizo que todos se pusieran en una esquina de la mesa y el musgo y los trozos de corcho formaron la base del Nacimiento. El río se colocó luego, y sobre él un puente convencido de que, sin él, el pescador quedaba feo. Sobre el río hizo ponerse al patito, y a un hermanito que estaba escondido. La mamá pata no apareció. Se habría perdido, dijeron. El pozo, el molino, las ovejas, los pastores y el largo etcétera fueron ubicándose de manera normal.

Casi amanecía, la Virgen, San José y el niño ayudaban a colocar a ese ángel que, a pesar de sus alas, no sabía volar. La estrella del Oriente quedó en el suelo, sin chincheta no podía sujetarse en la pared, pero el Nacimiento estaba montado.

Había colegio, así que Noelia madrugó, y vio el Nacimiento montado.

─Mamá, mira, la Virgen está dormida, parece agotada, y San José se ha estirado con la cabeza en el lomo de la mula.

La madre creyó que la nena había montado ella solita ese bonito Nacimiento. Cuando la pequeña lo negó, Eva se quedó pensando:¿A ver si existe eso que llaman la  Magia de la Navidad?.

 


viernes, 3 de diciembre de 2021

A oscuras para él

 


Él tenía en su mente el plan perfecto. Había elegido con cuidado el atuendo para el salto. No era cosa de quedar como un mamarracho ese día, se había dicho, con ese humor agrio que ostentó siempre, y que no llegó a ser británico.

Haciendo buen uso de su memoria, dejó el texto de apegos y enseres bien casados.  Había donado cachivaches, ropa en buen uso, libros y algunas figuritas que algún día significaron algo. El reloj bueno se salvó de la quema, y unos gemelos que   usara en su boda, restos únicos de un naufragio de amor. Pocos enseres para pocos afectos resultó una ecuación sencilla. Llamó a su amiga, una de las pocas que aún podía llamar así, deseándole una feliz salida de año y óptima entrada del próximo.  

Engalanado con una sonrisa impostada, buen abrigo y gorra escocesa a juego, llegó temprano a la cena de navidad de la empresa, como era costumbre. Llegar tan pronto le permitía ver llegar a los otros, gente anodina de obligada compañía. En el restaurante le ofrecieron un aperitivo para que se le hiciera más corta la espera. Degustó unas ostras, de Galicia, España, le dijeron. Tomó tres por no abusar. Desde el coronavirus el olfato no le orientaba en nada, así que le extrañó sentir unos retortijones súbitos que le llevaron al wáter, con prisas acuciantes.

Llegaron los compañeros, cenaron, y sólo uno preguntó por él. Su jefe hizo notar que las ostras estaban en mal estado, y poco después tuvo que ir al aseo, encontrándolo cerrado. Costó mucho abrir la puerta atrancada por dentro, pero allí yacía Leonard.

La amiga se enteró de la muerte unos días después, ya enterrado. En su casa encontró la carta de despedida, con su letra imposible de falsificar. La intención de arrojarse al Sena no pudo llevarla a cabo, hasta en eso tuvo mala suerte, se dijo. Silvie, recordando las noches de charlas inacabables, tomó una figura solitaria del aparador que le había regalado muchos años atrás. En una ceremonia sencilla, al alba, dejó que la figura, un Leonard de cerámica, se hundiera en el río de la ciudad de la luz. A oscuras para él.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Una fotografía, un instante eterno

 

Imagen de Carlos Pérez Siquier, muerto hace un par de meses, y que no conocía.

Ando buscando una inspiración, tal vez a alguna musa despistada, que me dicte al oído, (como a veces ocurre), una idea que me subyugue, que me apasione, y sólo me deja un pedacito de instante. Algo pequeño en blanco y negro, de una España ya olvidada, aunque puede que no tanto.

Me atrapó la foto, con esos niños, uno de ellos con un descosido en el pantalón, jugando. Ajenos a todo y a todos. Impagable esa mujer de pueblo, protegiéndose del sol, o reflexionando mientras atiende a quien le ofrece un servicio. 

El fotógrafo ambulante pateaba callejas de tierra y caminos de acémilas. Su cámara fotográfica bien embalada, un trípode plegable y una muestra de su buen hacer eran todo su tesoro.  Su oficio había quien lo llevaba a cabo en locales, alquilados casi siempre, donde un decorado en la pared y unas sillas historiadas daban una sensación ficticia de glamour y opulencia para la posteridad. 

Así es muy fácil, se decía el andariego. Él entraba en las casas, y qué casas, míseras en general. Les plantaba quietos en la pared, tras esperar que se adecentasen y pusieran sus mejores galas. Montaba la cámara, y sujetaba bien la antorcha, pidiendo que se quedaran quietos. Los deslumbraba un instante, y al cabo de unos días regresaba con la foto hecha, enmarcada si así lo deseaban.

Las fotos huérfanas, sin nadie que las quisiera luego, se amontonaban a veces, y el fotógrafo las rompía antes de quemarlas. Sabía que la plata del daguerrotipo retenía el alma de quien  retrató. Y sólo rompiendo la imagen se deshacía el maleficio de quedar atrapadas, sin dueño, vagando por el viento en las noches de plenilunio. Nunca quiso que esos retratados le molestaran en ese deambular por los valles más perdido de las Hurdes. Llegó el día en el que una apendicitis  no tratada se lo llevó, y por ahí andan las almas en pena de una mujer de pueblo, dos niños y un gañán con la boina calada hasta las orejas. 

Son quienes poblaron mi sueño tras ver la foto, así que  puedo afirmar que existen, así, a esa edad, inmortalizados en una foto que nadie llegó a romper.


  

lunes, 15 de noviembre de 2021

La ciudad de la luz

 


Entraron en el Jardín botánico, poco más podían hacer, la entrada para el Prado no se había reservado por un fallo técnico del sistema, y por la hora, era imposible que les dejaran entrar. El sueño de ver la copia de la Gioconda se venía abajo, nuevamente en su caso. El día previo y con las entradas compradas correctamente, se entretuvieron tanto en El Escorial, que no llegaron a Madrid hasta muy pasada la hora asignada.

─No, si al final tendremos que ir a París, ─ dijo sonriendo Pablo─, bien cogida en su mano la mano de Pilar

─Pues me apunto, no te quepa duda─ dijo ella─, apretando su mano en la él. ─Nos ponemos a mirar viajes baratos, y nos damos el gusto ─añadió.

─Pero qué temeraria eres, a veces me das más miedo que una pedrada en el ojo─ remató Pablo, mientras le pasaba el brazo por el hombro con una levísima presión.

Se miraron a los ojos ante el Velázquez tantas veces fotografiado del paseo. Se reconocieron de nuevo en la mirada del otro, como tantas veces en los diez años que llevaban juntos.

La opción del Jardín les apetecía, con el alarde de luces que anunciaban en la prensa. Esos de Madrid se venían arriba por la nominación de la ciudad a Patrimonio de la Humanidad, y habían previsto varios diseños con luces en varios puntos de la capital. Lo habían comentado el El café Gijón al mediodía, al ver la programación.

Allí estaban pues, en la puerta, poco antes del anochecer. Ante un olivo milenario, recordaron el viaje que hicieran hacia las Canarias, por ese mar, el Atlántico tan distinto a su Mediterráneo. Atracando en el puerto de La Palma, les sorprendió ver el tamaño del ancla de proa, enorme, como sacada de un cuento de Liliput. Cuando el espectáculo acabó, se abrazaron, como en ese puente de navío, bajo las estrellas. Con la diferencia de que ahora la contaminación lumínica no dejaba ver nada más allá del neón de los oropeles de una ciudad que quería ser el centro y la totalidad de una nación.

Pero la ciudad de la luz, París, les esperaba, con su Gioconda, y su escultura de Eros y Psique.

Imagen de Aguirrefotox


martes, 9 de noviembre de 2021

Pesadillas infantiles

 


La estación azul había llegado. El verano había hecho su aparición con poco brío, de hurtadillas, como desganado. Tomás estaba tan deseoso de ponerse moreno que, sin esperar a que se instalara del todo esta estación, se calzó el bañador, se echó la toalla al hombro, y sin contar con que la temperatura era más primaveral que veraniega, se montó en la bici con las chanclas y el torso desnudo.

La tormenta le pilló a contrapié. Sin previo aviso, las nubes blancas sobre el cielo azul se transformaron en grises, densas y amenazantes. En el chiringuito de la playa llevaba toda la tarde el pequeños Sebastián, vigilado por su padre, quien iba colocando provisiones y latas de refresco en las estanterías. El chaval llevaba dos horas pintando el cartón de una caja de zapatos. Se esmeraba en intentar que unos cuadrados insípidos parecieran ventanas. La puerta la pintó carmesí, porque se le acabó la pintura azul, según dijo, y de hecho su padre le confirmó que era buena idea. Algunas casas de diversión estaban así pintadas, y con farolillos rojos además, así que Sebastián casi acababa su tarea, añadiendo faroles de ese color cuando oyó el primer trueno.

El padre, viendo que los rayos se veían sobre el mar, cada vez más cercanos, le hizo recoger sus bártulos a toda prisa, dejando en la playa la obra maestra del chico. Cuando un Tomás empapado aparcó su bici en el paseo marítimo, no dudó en agenciarse, como paraguas,  una casa roja. Las témperas producían churretones coralinos por el cuello y el torso del amante del sol. Las chancas le hacían resbalar por las maderas de una pasarela empapada. Buscando cobijo, se apoyó bajo una palmera de un oasis artificial de la playa, esperando a que esa tormenta de verano durase lo propio, es decir, pocos minutos, como así fue. Renunciando a broncearse, por ese día, regresó a por la bici, dejando en la papelera la caja roja. 

Sebastián estaba asomado en una ventana cuando vio a un hombre chorreando lo que pareciera una hemorragia desde la cabeza, y que se subía a una bicicleta negra y grande. Aterrorizado avisó a su padre de que alguien que debería estar muerto, por tanta pérdida de sangre, iba montado en una bici enorme. El padre no le creyó, como era lógico, pero el niño soñó con Tomás esa noche, y por muchas semanas, con un tipo carmesí desde la cabeza hasta el pecho. Aparecía pedaleando en sus sueños, y él huía y huía corriendo ante él,  por el paseo marítimo de Comarruga.  


domingo, 17 de octubre de 2021

Naúfrago varado

 


Ha pasado un año, pero sigue siendo una incógnita por qué lo hiciste, si lo hiciste. Dicen que cuando supiste que eras un náufrago en el islote que tuviste que fabricarte, no perdiste del todo la esperanza en que algo  pudiera salvarse de tu naufragio personal. Creíste plausible que, como un geranio a destiempo, los celos hacia Roberto, el usurpador, pudieran quedar atrás para ti. Rogaste porque Eva regresara a tus brazos. Te aferraste a la idea de que aun siendo un timorato crecido en un barrio del extrarradio, te habías cultivado entre bragas de seda y apartamentos de diseño. Figurarías de nuevo, tal vez incluso para ella, en el mercado de los solteros apetecibles, como un gato de angora refinado, que puede exhibirse en los salones de Sarriá.  Entraste en meses de recogimiento, te reíste con el contratante de los hermanos Marx, nuevamente adicto a las pelis antiguas. Te vestiste, superando tu reciente apego a los grises y negros, de rebelde sin causa, con un look de motorista venido a menos que encontrabas austero en el espejo, como cuando en tu infancia coqueteabas con ser el cowboy más serio de nuestro bloque de protección oficial.

Algo falló en tus engranajes, bien entrenados para defenderse, algo se te rompió cuando Eva se convirtió, ya definitivamente, en quimera. Tu vuelo fallido desde la cima del Pedraforca pudo ser accidental, y creo que, en definitiva, perseguías tu sueño de abrir las alas y huir de nuestro maldito barrio y sus miserias. Brindo por ti, amigo y vecino, cuando la hora de las “aventis” se nos escurrió entre los dedos, y los años, sin saber cómo. 

Las palabras marcadas en negrita son las elegidas para un texto, como ejercicio de un taller de escritura.

Palabras 274

Imagen de Aguirrefotox



lunes, 5 de octubre de 2020

Tarde, muy tarde

 

                                                                  Imagen de Aquí

─Ya estoy en casa─. Dijo el extraño. Un tipo con barba cana, y una mirada entre radiante y alucinada.

─Pero ¿usted quién es?, y deje de mirarme tan descaradamente, caradura. ─ respondió Elena, enfadada y poniéndose en jarras.

Luego tuvo un flash, y le vino a la memoria Luis, su primer marido, con quien no tuvo hijos.  Y antes de que el intruso dijera nada más, se llevó las manos a la boca, exclamando a duras penas el nombre ya olvidado.

─Ya estoy en casa─, repitió el viajero.

─ Muy tarde, Luis, ─ dijo ella, señalando una foto de ella misma y tres niños

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domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
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Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

martes, 30 de junio de 2020

El punto

Imagen de Aquí

Había nacido un  punto. Se subió sobre una i diminuta y desabrida,  y esta letra, ya contenta,  se dispuso a volar. Se colocó luego bajo una "oreja", y la frase se ofreció a cuestionar. Se elevó, poco después,  sobre una "ele" anoréxica y empezó a asombrarse, exultante. Encontró a un compañero, y se instalaron, resueltos y tomados del hombro, sobre una u perdida en la cigüeña de la torre. Posteriormente se asoció a una "coma" excesivamente leve, y le alargó el silencio.
Acabó tras dos amigos y ahora deja abierta la puerta abierta a...que con punto y seguido se mantenga el arrebato o,  a que, definitivamente, acabe el texto. Y se cierre el libro. 

Al final era lanzarse al vacío, tras el final de los  finales, o dejar una maroma, sujetando su pie al lomo de un libro en blanco, tal vez como invitación a empezar a escribir.

sábado, 20 de junio de 2020

La sombra que se fue



Mi padre me había llevado a pasear por las Ramblas, cuando no eran ese parque temático que recorren los cruceristas, ni el Liceo se había restaurado. Bebí de la fuente Canaletas, sobre la que me explicó la leyenda que afirma que beber de ella implica no irse jamás de Barcelona. Como llevábamos pocos meses, los justos para que mis padres encontraran acomodo de instituto para mi hermana y para mí, me negué a creerlo. Entendía poco ese idioma, si bien me sonaba  a un francés extraño, y echaba de menos a mis amigas del colegio    de monjas de mi ciudad tierra adentro. Además seguía enojada, porque no me habían dejado comprar unos libros, como castigo por haber seguido leyendo de noche, con una linternita bajo la sábana.

Nos detuvimos ante un portal enorme, entre una niebla que me impedía definir los contornos de la puerta, ni precisar el número del inmueble. Apreté su mano, tirando, como si él fuera ajeno a la prisa que yo manifestaba por regresar a casa. Un tipo que parecía un vagabundo nos dejó entrar, y saludó a mi padre. Me miró como calibrando mi edad, o mi sexo, llevaba el pelo corto y mi inseparable tejano, pero más que incómoda me sentí valorada. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.  La sombra del viento, de Ruiz Zafón.

Mi padre, y el guardián,  siempre supieron que había robado un libro, el que más almas tenía, porque era el que más personas habían leído. Lo que nunca supieron es que dejé uno mío,  Mariana Pineda, de Federico, y que jamás pude recuperar. La vida me permitió, años después, llegar al callejón, y a la casa. Pero el guardián se había convertido en un portero automático de una pensión sin nombre, o uno que no puedo decir, porque es el título del libro que robé, hace ya tantas y tantas vidas.  


martes, 16 de junio de 2020

La naturaleza humana

Imagen de Isabel M. 

Los humanos hacía tiempo que habían desaparecido de la zona, tras la lluvia ácida del accidente en la planta nuclear. Gorpof no quiso abandonar ni su casa, ni a su perro. En los treinta años que hacía que vivía solo, había recibido una única visita. La de un científico inglés que anduvo midiendo con su aparato la radiación, y que no se atrevió a compartir un té con él. Pero le preguntó si era feliz tan solo.

— Hombre, he pretendido construir un paisaje a mi medida, y el resultado me está compensando de la soledad, de momento. Las abejas de tres ojos polinizan estupendamente, como puede ver, y la radio me acompaña todos los días.  

Cuentan que el científico, quien había filmado al tipo y su jardín, hizo una tesis brillante, cum laude, y que un día regresó, sin protección alguna. Le había parecido un edén perfecto para  desintoxicarse de tanta estupidez humana.  

Imagen de Isabel M. 




martes, 12 de mayo de 2020

Caracoles de mayo


Mientras el sol salía por mi izquierda, por el este, la luna seguía  colgada de un azul espectacular. Parecía propiciar una mañana de anhelos por abrir.  Ayer llovió,  y los caracoles, ayer tarde y hoy de nuevo, iban en procesión esta mañana, en mi paseo, ahora que podemos pasear desde las seis de la mañana,  hora casi mágica.. 

Me acuclillé,  a duras penas, por verles desplazarse, de poco a poco, siguiendo la ruta de sus babas con mi mirada. Pensé en ella, a quien deseo lo mejor. Así de despacito se fue perdiendo la magia de las risas y la complicidad de los guiños. Así de despacito se fueron difuminando el verde de sus manos, el azul de sus cielos, las  estrellas de sus noches. Ante uno de los caracoles, ella se vería, como ellos,  saliendo hacia otro tiempo, tal vez hacia otra realidad que le esperaba.

sábado, 25 de abril de 2020

Creando a una editora




Le había  gustado mucho, de hecho, los finales agridulces no eran de su agrado, ese sí,  y era  tan bonito, que le gustaría que fuera un libro, para poder tenerlo y leerlo. Ese hatillo de folios mecanografiados en sus manos era como asistir  a un parto. Los hijos traen un pan bajo el brazo, dicen,  y  María hace tiempo que tiene una idea de negocio. Quiere ser editora, y ya he leído otros textos de sus posibles representados,  y nunca se rinde, así que, aun con un final en el queda en el aire el futuro confortable, será una ventaja no añorar  demasiado el mar. Los de secano, como ella, están,  acostumbrados a vivir sin él. Los finales medio imprecisos,  no sabe por qué, tienen una lectura esperanzadora, y es que María  sigue queriendo creer que si hay amor todo es posible, y ella se ha enamorado de una novela inédita.

El mar puede curar, con sol, salitre y espuma, todos los males del alma, y algunos del cuerpo. Ante las olas que lamen la playa desierta, su actitud es como un canto a la esperanza, en tiempos de confinamiento, donde dos seres se enamoran y viven su propia historia de amor. El murmullo del oleaje  como fondo, les une mucho más de lo que parece, ya que dos son almas libres. Ella, ante el mar, sujetando lo que ha decidido publicar cuando pueda,  rezuma amor, compenetración y esperanza. Esos parámetros para sobrellevar el confinamiento con ilusión y sin derrumbarse le son de especial valía. Le queda un suspiro latente y así, enamorada, de la lectura, y  del mar, ya tiene  quien le escriba y, tal vez en un futuro,  una rastra de hijos. Porque pase lo que pase, de todo se sale, se dice.

Después de lo pasado, el posible despido inminente tras la pandemia, será lo menos importante. Habrá otras opciones que le permitirán salir del bache hasta que su editorial vea la luz, pero ha descubierto algo que la mantendrá fuerte, la vida le ha dado una oportunidad, y ha decidido disfrutarla. Tiene en sus manos una historia que demuestra cómo una amistad por internet puede crecer hasta convertirse en un proyecto de vida. Mirando al mar, se queda añorando  los veranos en las playas de la infancia y el contacto físico con las personas amadas, sabiendo que todo regresará. Tiene una imaginación para ver y enlazar la belleza de lo leído, aún fresco en su cabeza, con las imágenes de ese bestseller que llegará a ser,  siendo consciente de que tiene la fuerza para saber que,  sean cuales sean las pruebas que le pongan, siempre saldrá a flote con esos textos que le enviarán los escritores, y donde  siempre dejan  una parte de ellos. Siempre,  y cada día, se deslizará por los textos como quien se lanza por un tobogán. Sabe que hay amor entre las palabras y ella,  y que saldrá adelante. Un acontecimiento, la llegada del manuscrito, es casi como una señal divina, que augura un nuevo mundo, una nueva oportunidad.

La vida en su más pura esencia; aquella que se abre camino, y aquella que sufre y pende de un frágil hilo, será editada por María, y reeditada. Está segura. "Nada se va, hasta que nos haya enseñado lo que necesitamos saber", se dice, cuando el sol asoma por el horizonte marino. Esa romántica historia, que hará pensar que dentro de todo, la vida presenta regalos, más allá de aquello que falta por contar, es el inicio de una nueva vida para ella. En la adversidad es donde uno se crece, lo sabe, y en esta ocasión podrá contar con  el apoyo y toda la fuerza de quien le ha de acompañar en el camino. Es consciente que la vida nunca es de color rosa, que siempre plantea dificultades para que nos mantengamos ocupados. Ese abrazo de la mujer con libro, está teñido de  esperanza, porque mientras ambos se acunan, será más fácil enfrentar lo que venga. ´

La  imagen a contraluz, es un canto a la esperanza, esperanza verde como ese mar que María añoraba aun siendo de secano. Se ha generado, por amor, un ecosistema que abarca todo que lo ocurre en este confinamiento y de lo que ocurrirá más allá. Ojalá perdure el amor por la lectura, y cuando pasen los años,  y llegue a ser una viejita con nietos, pueda contarles cómo salió adelante tras la pandemia de primeros de siglo XXI, se dice. El abrazo al recién nacido, aún desnudo, contiene la fuerza de que el amor todo lo puede en la vida. No importa cómo. Es posible que tenga que superar  los sustos iniciales de un nuevo proyecto. Confiará en Raúl, lector  empedernido y hermano de letras, y con el ingenio y olfato de ambos, este proyecto recién gestado ratificará que arriesgarse ante lo desconocido,  puede ser un paso hacia la felicidad.


Este texto está confeccionado con  los comentarios del post previo, así que gracias, amigos blogueros,   :-) .