jueves, 14 de febrero de 2019

La fuerza del amor, en jueves


Siguiendo una iniciativa de Desgranando momentos, sobre la fuerza del amor.

Aún a sabiendas de que no había lugar para su regreso, su fidelidad a la vida, con sus aves y paisajes, pero sobre todo, con su amada,  hizo posible lo imposible. Una tarde de febrero se presentó en el dormitorio donde Amanda hacía su siesta. Descansaba entre vapores de eucalipto y varios pañuelos, impregnados de espliego, decoraban todos los rincones del cuarto. El aroma familiar le traía muchos recuerdos. Se sentó en la mecedora de mimbre donde tantas horas pasara, cuando estaba vivo, leyéndole Rayuela. Tomó un libro, que no leería, porque había venido a contemplarla. Miraba su dormir agitado y sus denodados intentos de vencer un asma tan caprichoso como tenaz.

Amanda dormía entre suaves estridores, soñando su propia muerte. Vestía, en el sueño, un camisón con ribetes de encaje en puños y cuello, y su cabello lucía trenzado a ambos lados de la cara, un peinado que nunca usaría. En el sueño, miraba la mecedora, que ocupara Alfonso, con su eterno batín canela y sus ojos verdes enmarcados en las gafas de pasta. Él hacía como que leía el libro, que tantas veces recitara en voz alta, para calmar su respiración agitada, y su corazón al galope. Ella había defendido la vida hasta que él la llamara, para descansar por siempre en la paz del respirar profundo y sosegado de un amor eterno. Y es que sólo Alfonso podría podría ofrecerle un amor sin fisuras, incluso hasta un poco más allá de la muerte.  

La cuidadora la encontró muerta, con una cara de felicidad difícil de interpretar. Sin saber por qué, le colocó un camisón que había pertenecido a la madre, y le sujetó el cabello en dos trenzas enmarcando el rostro. Un libro abierto dormía en la mecedora de mimbre, mientras un sol en retirada iluminaba el cuarto con aroma a vick vaporub. 

martes, 12 de febrero de 2019

Soneto en un páramo


El sol ha golpeado mi ventana 
con la pregunta, nuevamente urdida, 
de hasta dónde quedaron derretidas 
las nubes, más que rotas, desgarradas. 

Mi mente ha organizado, con presteza, 
una lista de dudas aclaradas, 
los guiños, las sonrisas, las miradas…
en un dulce racimo de certezas. 

Sin prisa, sin lujuria, sin pecado.
Mi salero y tu pan, nuestros aperos,
asolando temores silenciados. 

No hay mentiras, ni sombras, ni secretos,
porque la lluvia dejó purificado 
un páramo de amor, con un soneto.

Este poema lo publiqué en febrero 2014  Me permito seguir el hilo de la cometa

Si el corazón en un páramo perdido,
de ausente amor anda desamparado,
debe saber que, habiendo sido herido,
por otro amor podría ser curado

cuando el hielo se hubiera derretido,
con fe, con esperanza, con cuidado,
dejando que los ecos del pasado
entierren, reposando, lo vivido
.

domingo, 10 de febrero de 2019

Gato y ratón en la tarde


Por un tema logístico me han dejado a Lego, nuestro gato, por una tarde.  Desenrollaba el cable del ratón óptico y sin querer atrapé la cola del minino. Del salto que ambos dieron, el portátil cayó al suelo, haciéndose añicos mi red social de amigos, mi biblioteca de música y de imágenes, y mis cuadernos cuadriculados, cargados de poesías que no llegaron a su destino.

Matizo que sólo es un texto, y que gato y ratón están bien. El segundo seguramente ya no será "óptico", por el porrazo, y el primero seguro que no se comería a ese ratón, ni a ninguno, porque una vez llegó una mariposa de la luz a su boca, y el pobre vomitó. 

A este gato le gustaba vernos con el ordenador, y parece que le sigue gustando eso de subirse al teclado, que nota tibio y que cree suyo. También le gusta dejarse cargar como un saquito de patatas en el hombro de su actual amo. Desde esa altura otea mejor sus dominios, esté donde esté su humano.

jueves, 7 de febrero de 2019

La vida de los otros, en jueves


Siguiendo una iniciativa de jueves de Blog de Inma

Escuchado en un bar, regentado ahora por chinos, pero que se sigue llamando El Gaucho. Los argentinos, para mí, tienen el don de la palabra, son magos del verbo Tener amigos argentinos, o uruguayos, te lleva a sobresaltos del espíritu por esa forma grandilocuente que tienen de expresarse. Son son fantásticos. Gente de fútbol, bifes, tango, y mate.

Una.- Sí, soy argentina, aunque llevo 15 años fuera y se me haya ido el acento.

Otra.-  Con razón pedías mate amargo, el otro día.

Una.- Aunque claro, no tienen. Es como me gusta. Amargo. Llevo años tomándolo sola, bueno, sola no, con la compañía de un buen libro. A los españoles no les gusta, lo encuentran amargo.

Otra.- Yo le agrego un poquito de azúcar antes de poner la bombilla. Así el primero no es tan amargo y el último, sí. Y también lo tomo sola. No se te fue el acento del todo, querida, por ahí, se te escapa algo.

Una.- Tienes razón, no puedo con el "os" prefiero el "les"

Otra.  Bueno, quince años más y te vas a acostumbrar, jaja. Te has de integrar. Por trabajo ¿vio?. La vida, que es así

Una.- Este es el tercer país donde vivo, pero adquirir otras nacionalidades no te quita el 
sentimiento de pertenencia de la primera. No me avergüenza tener doble nacionalidad, me encanta seguir siendo argentina.

Otra.- Un medio amigo dice que ya renunció a ser argentino. Me pareció superfuerte su impostura, y digo impostura porque tenía un marcado acento, ¿viste?. Me dijo que no le gustan muchas cosas del país y que por ello renunció a su nacionalidad. Como ejemplo dice que detesta el fútbol, odia el tango por ser lamento del cornudo y que es vegetariano. No sé qué tendrá que ver

Una. -Eso digo yo, qué tendrá que ver…

Apuré el café, dejando a las damas sentadas ante un té, que seguramente les duraría un buen rato. ¿Acaso existe el mate dulce?, me pregunto. Conocidos  uruguayos, quienes no se separan del termo, para prepararse mates en cualquier lugar, no hacen más que reírse de mí y de mis caras ante eso de "hacer una mate". En primer lugar es que eso de compartir la bombilla me da repelús. En segundo lugar, es que no puedo con lo amargo, y es que cero que, por mucho que me lo juren, no me acabaría de gustar, ni en mil años.

martes, 5 de febrero de 2019

Soneto en un pasado




Se me atraganta el aire en la garganta
al verte pasear por la avenida.
No hay rejas materiales que me impidan
saludarte, como al sol que se levanta.

Sabor  a sal y sueño en las pestañas.
Sonidos de tu voz que aún anidan
entre mis despertares, que no olvidan,
tu dulce animación en las mañanas.

Con mano de azul y agua dibujabas,
en otras madrugadas, mi cintura,
como una flor, alegre e irisada.

Nos recuerdo, como unas miniaturas,
en busca de un refugio en esa cama
que vestimos de amor. Y de locura.



viernes, 1 de febrero de 2019

Cena fallida, o no, bajo la lluvia

Tomado de Google

La tele entonaba un anuncio de colonia, un pelín tardío, por cierto. La lluvia, machacona, hacía cosquillas a los cristales. Las alcachofas estaban viejas y el cuchillo no cortaba, pero Eva quería hacer una tortilla de alcachofas, para Luis. quien había insistido en celebrar el aniversario en casa. Levantó la cuarta copa de vino y confirmó que el cuchillo cortaba tan poco como recordaba. Sin saber cómo, su dedo notó un tajo y la puerta se abría, pocos instantes después, más temprano de lo habitual.  Empezó a esconder las pruebas del delito: la botella a la alacena, y el papel de cocina, empapado en sangre, a la basura. Se apretó la herida con un trozo de cinta aislante ante la imposibilidad de encontrar a tiempo esparadrapo y gasas. Sin poder disimular la alegría alquímica y ficticia del vino, recibió a Luis con un abrazo ceñido. Dentro de sus brazos se dejó acunar cual almohada cálida. Les alteró el humo de la sartén, que a falta de alcachofas para freír estaba hirviendo en solitario.

“Hoy vamos a comer albóndigas de lata, y con albahaca del balcón improvisamos una cena íntima “dijo, todavía nerviosa, tras apagar el fuego de la cocina.  De pronto, Luis comenzó a silbar una canción, estandarte de su relación, y se tomaron de la mano para bailar por la cocina. Se alternaron en recordar los detalles de los primeros alunizajes en la alameda del viejo verano, cuando el viaje de fin de curso de Luis le llevara a ese pueblo segoviano. Comieron con apetito la pizza que les llevaron.

Poco a poco fueron yendo, sin dejar de bailar, hacia la alcoba. Los cacharros quedaron amontonados en el fregadero, mientras degustaban un postre más dulce que el de la mejor cena de cualquier  afamado chef, y el repiqueteo de la luvia seguía con su enconada melodía. Habían sobrevivido a otro aniversario de boda.

jueves, 31 de enero de 2019

Cocinillas, para un jueves

Tomado de Google

Siguiendo una iniciativa de la bitácora, relato juevero, propongo una "crema de calabaza con pétalos de rosa", por supuesto, inexistente.

Mientras dormías aún, recogí del congelador los pétalos de aquellas rosas que me regalaste por mi cumpleaños. Salí luego al huerto y corté con alicates de dulzura dos hojas de calabaza rociadas por el hielo de este invierno en los paisajes y de esta primavera en flor de nuestros brazos.

Me esmeré en cortar en dados diminutos los pétalos y pistilos, dejé reposar el caldo de virutas de cuerno de unicornio y cabellos de cronopios, y ahora hago un sofrito de besos y copos de nieve, a fuego de levísima ignición, para que la base del caldo deje ir las propiedades y vitaminas de cada componente del desayuno.

Cuando, más tarde, me alzas en tus brazos, crujen las maderas con tus termitas derrotadas, se desbordan los aromas entre las paredes de azulejos de trencadís, y nuestro querido Dog mueve la cola, avisando que el hervor está punto de producir una inundación de besos por toda la cocina. 

El desayuno de amor invernal, entre cremas de vegetales henchidos de amor, nos lleva a apagar el fuego de los fogones, abriendo las espitas de nuestros corazones, sedientos de piel y olas en busca de un suave aterrizaje, que lama la playa de nuestros deseos cumplidos.