viernes, 19 de octubre de 2018

Estiércol y maltrato

Tomada de Google


El chaval ayudaba en la granja, sin dejar de ir al colegio, y la nena colaboraba en lo que con su corta edad podía. El padre les iba a buscar cada tarde, y, de manera independiente a que estuvieran jugando  o hablando con alguien, con un gesto de cabeza, imponía la orden de entrar en el coche.

En la cocina, desde la muerte de la madre, Alejandro y   María hacían los deberes cabizbajos  mientras el hombre trajinaba cacerolas e iba dando tragos de  una botella. La nena se salvaba casi siempre, pero él rara vez se iba a la cama sin haber recibido  algún golpe. El motivo se lo inventaba según el día.

Cuando han llegado al colegio, la señorita Gertrudis les ha preguntado por el padre, ya que solía ver su camioneta en las inmediaciones del centro. Alejandro, con esa envergadura tan desarrollada para sus doce años, ha contestado.

-Se ha ido- ha dicho sin mostrar la menor señal de preocupación.  Luego ha cogido por el hombro a María y han entrado en el edificio, como cada día, dejando a la hermana ante la puerta de su aula.

La visita de la asistencia social a la granja, en la tarde, ha sido reveladora. La ha recibido Alejandro. Animales y campo sin cuidar, y una montañita de estiércol con cientos de moscas merodeando le han hecho avisar a la policía local. El cadáver presentaba un fuerte impacto en el occipucio. Entre las bostas adheridas, un trozo de cerebro brillaba al sol.



miércoles, 17 de octubre de 2018

¿Problemas inexistentes?



Para Luis, esos ochenta quilos de toda la vida, quedan lejos. Me mira, con esos ojos cansados de preguntar hasta cuándo le van a seguir manteniendo ahí, adherido a una cama de hospital cuando todo está perdido.

-Suerte que no tuvimos hijos-me dice por enésima vez.
Y no sé si llorar o hacer ver como que no soy consciente de sus treinta y cinco quilos. En estos meses he usado todas las estrategias que conozco para intentar que no sufra más.

-Sí, para un niño sería muy triste verte con este aspecto, mejor más adelante, cuando te recuperes-digo, acariciando esa mano que fue fuerte y que ahora parece la de un cadáver, 

Sus ojos, hundidos desde hace meses, me producen una pena indecible. Observo su respiración, que poco a poco se ha ido haciendo más somera y más ruidosa, y a ratos me pregunto quién es ese extraño de color céreo. Miro las fotos de boda, con Luis exultante, y ruego porque pueda marcharse sin sufrir más. 

Los sueros, amigos ya inseparables, el gotero, fiel a la cama, las zapatillas de cuadros, que ya arrastra, y esas batas blancas abiertas por atrás, son su nueva indumentaria, su nueva vida. Si puede llamarse así. Ese cáncer terminal es una sentencia inapelable. La báscula, él y yo sí lo sabemos.

Y es que a algunos "católicos" les interesan las vidas que todavía no han nacido, y las de aquellos que quieren dejar de vivir. Cuando no tienen un problema en su ámbito personal dicen: "Ese problema no existe". De hecho ya pasó con otros temas, como el divorcio o el matrimonio homosexual. Situaciones que no requerían legislarse, pero que, sin embargo les vinieron de maravilla en sus vidas personales.

lunes, 15 de octubre de 2018

Varon Dandy


 
Tomado de Google

Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. Mateo 18.6

Lo espeluznante había quedado tatuado en su pituitaria. El aroma a Varon Dandy, tan usual hace décadas, aún le hacía revivir las noches en la cama, entre otras veinte, en la oscuridad del internado. No le había costado explicarle a su tutor sus miedos, su angustia, su hacerse el dormido, esperando que el padre Lucas se cansase, respirase hondo gimiendo bajito y se alejara luego, cerrando tras de sí la puerta del dormitorio. El padre Mateo achacó a su imaginación esos tocamientos nocturnos. Le quiso tranquilizar con el argumento de que los sueños son extraños.  Su padre sospechó de las prisas de dejar el colegio de la congregación, y accedió a sacarle, dejando inconclusa su educación secundaria.

Con los años, siendo un mecánico bien valorado en un taller de la Barceloneta, seguía sin entender que todo ese terror en tantos niños estuviera amparado por aquellos que preconizan la castidad, y que en teoría detestan el pecado de la carne. Seguía sin entender ese silencio y la ocultación de una situación que, lejos de ser puntual, ahora comprendía que no era nada extraña. Los evangelios son claros.  Autores y encubridores deberían ser juzgados y castigados. Tal vez la Iglesia se había convertido en un refugio para tendencias pervertidas, encontrando en su seno el filón para dar rienda suelta a sus demenciales tendencias.

Entregó las llaves del Audi a don Genaro, el anciano que usaba esa colonia, y que cada vez que aparecía por el taller le hacía temblar las piernas. Luego se sirvió un café, de la máquina, mientras veía alejarse el coche blanco por la calle Ginebra.

sábado, 13 de octubre de 2018

Ácaros en la ciudad

Tomado de Google

Ibrahim y Farit dormían en la antesala de la comisaría. Con quince y diecisiete años, pasado el miedo, respiraban a gusto en Barcelona. Ellos, junto con otros diez mil menores no acompañados que hay en la península, habían aterrizado en Europa. La mayoría procedían de Marruecos, algunos de Argelia. En el  Rif, los padres de ambos estaban contentos, se habían quitado una boca que comer y con un poco de suerte, los chicos pronto podrían enviar dinero desde España o desde otro país europeo.

Pere, de cuarenta años, les iba a buscar bocadillos y agua envasada, arreglando como podía unas mantas, en los suelos y sillas, para acoger en la noche a ese grupo de chavales de los que nadie parecía hacerse cargo. Cuando el picor fue insoportable, el diagnóstico de sarna    le dio un bofetón. 

-Estamos desinfectando la sala de espera, dé la vuelta - me dijo el mosso de la puerta.


Me estoy rascando. En la ducha me he frotado con fruición entre los dedos, pero a pesar de haber visto a toda una familia afectada, y haber vivido un problema similar en una residencia de ancianos, me sigue sonando muy lejano eso de “la sarna”. Así que no sé qué hago buscando información por internet. 
la sarna, tan lejana y tan cerca, sin embargo


martes, 9 de octubre de 2018

A quién le importa

Imagen de Google

Sus controles indicaban que todo iba bien, sin embargo su inquietud iba en aumento de semana en semana. Buscó, sin encontrar, el momento perfecto para explicarle que durante aquel fin de semana con su hermana, había salido de fiesta y había tenido un desliz. Podía estar embarazada de  Carlos con mayor probabilidad, se dijo en todo momento.

Al final, dejando pasar el tiempo, las contracciones del parto llegaron a ser tan frecuentes que la inminencia de dar a luz le permitía poca capacidad de reacción.

La niña, una mulatita preciosa, había nacido  al fin y Laura la abrazó entre aterrorizada y amorosa, mientras miraba a Carlos. Éste cortó el cordón umbilical y acarició la cara de ambas. No dijo nada. No preguntó. No mostró inquietud alguna, tras la primera sorpresa.

Laura esperaba alguna reacción de enojo, pero él estuvo en todo momento dedicado a atenderlas a ambas. Cariñoso y solícito, babeaba al mostrar la niña a los familiares y amigos que acudieron al hospital.  Si alguien tuvo preguntas, no las dejaron aflorar.

Cuando la nena cumplió los tres años, tras su primer escolarizada, preguntó a su padre por qué no era blanca y rubia como él o su mamá.

- Como nos queremos, nos da igual que te parezcas o no, y a ti no ha de importarte-dijo, mirando a Laura, quien doblaba ropa sobre la mesa del comedor.

Ambos sonrieron y la nena se puso a explicar cómo había sido su primer día de colegio, como una cotorra, para bailar luego, con una soltura y un ritmo innatos, la canción de moda que sonaba en la radio.

viernes, 5 de octubre de 2018

La luz, bendita luz

Cambrils

El impuesto al sol dejará de pagarse., dicen las malas lenguas. Esas de doble filo.  No sé si la bajada del IVA de los cines se reflejó en el precio de las centradas o no, pero ahora estoy segura que no se reflejará en las  facturas de la luz, salvo en aquellos ecologistas locos que por decencia y por el privilegio de vivir en España invirtieron en energía solar para sus hogares. Es que lo que nos ha pasado se explica y no se entiende.  Cuando leo que en California y otros lugares obligan a usar energías renovables, recuerdo que en este país tenemos sol, tal vez cada verano más excesivo, viento incesante y en alguna zonas casi enloquecedor, hablo del cierzo aragonés y en la tramontana catalana, y un mar de olas, que si no grandes, aunque las cántabras    y gallegas poco pueden envidiar, buenas son, y resulta que hemos de consumir, por narices, energía eléctrica que viene de los pantanos, poca y cara, o de centrales nucleares francesas.

Costa Dorada


Pienso en las puertas giratorias. Miro mi factura, y más la mitad son peajes. De lo que consumo, si pudiera demostrar ser más pobre que las ratas me descontarían un veinte por ciento. O siendo ya de pobreza extrema hasta un cuarenta por cierto, eso sí, haciendo malabarismos documentales de tal extremo, que ya son ganas de no cruzar datos y ratificar vía Hacienda. En Reus murió por pobreza energética una mujer hace dos años. Se le cortó la luz, y se iluminaba con velas. El resto es lógica pura.  Claro que en Europa penalizan la energía eléctrica no renovable, pero es que nosotros deberíamos tener superávit  de fuentes renovables. Las fósiles se agotarán,  y ya va siendo hora de dejar que patentes interesantes vean la luz de una bendita y luminosa vez.
Europa ante las renovables

Coma-ruga

Imágenes de Aguirrefoto


En las redes





El perfil de chico rubio y jovial le había cautivado. Por el nombre no podía reconocerle, pero era amigo de dos amigas suyas, así que aceptó la solicitud de amistad de Miguel Castellar, de dieciséis años. Cuando un señor de barba y chándal le cerró el paso en aquel portal, la inexperiencia le hizo pensar que era una confusión. El simpático chaval debía estar en el primer piso, bastaría gritar su nombre. El tipo reaccionó rápido. Con un brazo sujetaba su cuerpo. Con una mano apretaba su cara con una especie de trapo, mientras la empujaba contra una pared

Al sentir  esa cosa dura sobre su vientre, a través del tejano, el instinto le advirtió del peligro. Sus gritos no se oyeron.  Esa gasa que olía a aguarrás no la dejaba respirar, y pensó en una mosca atrapada en una red de araña.  La cremallera del pantalón no evitó que pusiera sacárselo a tirones.  Luego notó que algo hería su vagina, mientras una zarpa retiraba la tela de su suéter. Un dolor sordo se instauró en su conciencia. Lo siguiente que recordaba era saberse helada, semi desnuda y sucia. Su móvil había desaparecido. La señora que iba a cuidar al anciano por las noches la había encontrado, llorando, encogida, asustada. Se había portado maravillosamente con ella. No lograron dar con el tipo. Los engranajes funcionaron correctamente.  Médico,psicólogo, familia y policía científica  la arroparon.

Pasaron dos años. La chica que no volvería a sonreír recibió una solicitud de amistad. Era de un compañero de clase. En un arranque de memoria tomó el smartphone y lo estrelló contra la pared del instituto.