miércoles, 22 de enero de 2020

Vaciando los bolsillos, en jueves

Imagen del blog de Mar

Siguiendo una convocatoria de Mar, este jueves vaciamos bolsillos. Esta es mi aportación:


Me encantaría decir que en mi bolsillo guardo los besos que di y los que me dieron. O esas  caricias que mantuvieron mi piel al borde del abismo,  y sin red. O aquellas palabras, esos versos pendiendo de los labios de quien me abrió el corazón de parte a parte.  Pero no. Mi bolso es pequeño. Cositas en los bolsillos pocas encentraré. Es invierno y llevo chaqueta, y algo habrá De ser verano, me encontraría sin bolsillos, ya que la ropa que suelo usar no tiene.

Hago un recuento, extendiendo esos hallazgos en la mesa. La lista es cortita, si bien pensé que sería más corta aún.
1 La facturilla del supermercado. Al final me compré esos bombones. Parecía que me tiraban los bracitos como un niño a su madre,
2 El billete de tren, de ida y vuelta a Barcelona.  Hay jueves en los que los colores se vuelven más risueños,  charlando con un amigo, ante un café bien charladito, y luego, con unas mujeres bastante locas, leemos las propuesta de ejercicio de ese taller que no es taller ni es más que un encuentro de amigas.
3 La tapa de un boli Bic. Otra vez tomé un bolígrafo, y lo regresé, quedándome con el capuchón azul con punta. La firma de un papel en un mostrador público.
4 Una moneda de cinco céntimos de un café de máquina. Los hay peores. También mejores. Es la lotería de las máquinas de bebidas calientes.

Nada más. Qué cosecha más pobre, me digo, qué poquito resto de mí quedaría si no hubiera vuelto a casa.


domingo, 19 de enero de 2020

Fuegos reales.

Imagen de El Periódico


Vemos todo muy lejano. Los incendios australianos, la subida posible de los mares, el deshielo del Ártico o la ferocidad de los eventos meteorológicos habituales nos parecen ajenos a nosotros. Un día hacía calor, por lo que salí en la mañana, como muchas otras, con Bruno, mi viejo perdiguero sordo, pensando en qué día más extraño se me antojaba, porque no había sonidos de pájaro alguno, ni el corretear de algún animalejo despistado que otras veces me hicieran sonreír. Decidí descansar un poco. Me suelo sentar en un pino, viejo y grande. Mi cantimplora me regaló agua fresca y bebí un poco, ofreciendo a Bruno en el cuenco de mi mano, como siempre. En ese silencio sepulcral  levanté los ojos hacía las copas de los árboles y sentí un escalofrío. Bruno estaba inquieto, gruñía en voz baja. Tal vez un saltamontes, me dije.  El cielo  empezó a ponerse gris y el calor iba subiendo a una velocidad infernal. El olor acre de un fuego lejano invadía el ambiente. El perro quería que regresáramos, estaba claro, pero el camino de regreso estaba en llamas. Me asusté bastante.

Llamé a urgencias, a pesar de que la cobertura era pobre. Creo que apenas me escucharon decir dónde, más o menos, me encontraba. Seguía con mi espalda apoyada en el viejo pino,  mientras mis manos temblaban y el perro daba vueltas arriba y abajo, ladrando al aire. El fuego,  que creí lejano, se había acercado deprisa, tal vez por el viento que soplaba, y que me hubo parecido reconfortante  cuando salí de casa. Sopesé subir a una  loma, pero una voz. interior, o del árbol, me convenció de permanecer allí. Bruno hacía el gesto de huir pero se quedaba a mi lado, ladrando. Un color dorado iba tiñendo el escenario,  con un crepitar de ramitas abatidas por el fuego que constituían unos ruiditos como de  roedores locos. 

Apenas podía respirar, y sin soler hacer eso de rezar, pedí al destino  que alguien llegase a rescatarme de ese espectáculo hipnótico pero dantesco. Escuché las sirenas. Luego, unos chorros de agua se extendían ante mi vista, creando diversos arco iris en el aire. Por último no sé si perdí el conocimiento. Me hallaron acunada a los pies de mi pino viejo, con el perro avisando de mi ubicación. Me incorporé y miré a mi alrededor. El perro estaba inquieto pero feliz. No supimos determinar si mis ojos lloraban por el humo, o por la tristeza de ver que, a pesar de que mi pino se había salvado, la montaña había quedado silenciosa, humeante, vacía y desolada. Abatidos, llegamos a casa. Nuestro árbol nos esperaría cuando, con el tiempo, el paisaje se recuperase. Había sobrevivido,  por esta vez. 

viernes, 17 de enero de 2020

Sin queja alguna, pero no

Imagen de Aguirrefotox


Me vi con un frac, que ni tengo ni quiero, de pie, como ante un espectáculo de la calle. Sonaba una melodía, en un CD, imagino, donde un órgano entonaba una conocida melodía. Miraba  hacia adelante notando un cierto rumor  tras de mí. Mis manos, a la espalda, me sudaban un poco, y tenía la tentación de mirar atrás, pero me contenía. Al poco, la música cesó, pero los rumores se hicieron más y más altos, y entendí algunos “qué guapa”, lo que preocupó un poco. No sé por qué me vio a la cabeza el disfraz de embarazada que usé el  carnaval del año pasado. El sonido se reanudó.

Me giré un poco y vi avanzar a una mujer de vestido blanco. Tal vez, bajo un velo, era Lola, aunque no podía jugarlo. Iba del brazo  de un hombre mayor y acabó poniéndose  a mi lado. Tras unas palabras que leyera un hombre, y que parecían sinceras y animosas, alguien decía mi nombre. Comprendí la situación, porque,  en efecto, Lola, era quien estaba bajo el velo blanco. Sonreía, como una niña traviesa, lo que me gustó y me preocupó a partes iguales. 

Cuando, mirándome  a los ojos, el hombre  me preguntó, quise recomponerme, y comprender lo que pasaba: me estaba casando, con Lola, a quien en realidad sí que amaba, pero  era tal la nebulosa en que la que me encontraba, y sentí tantas miradas puestas en mí, incluyendo la de Lola,  que no acerté a decir que no. 

Y aquí me tienen, al mes de la boda, pidiendo el divorcio. Eso sí, de mutuo acuerdo. ¡Si ya sabía yo que con sus cuatro perros en casa la historia no podía acabar bien!.  Mi alergia al pelo de can y su amor por ellos no casaban bien.

jueves, 16 de enero de 2020

Comicidad en jueves

Imagen del blog de Dorotea

Siguiendo una iniciativa de Dorotea, ahora sí, de comicidad :-), esta es mi aportación.

Lisboa era  una ciudad que quería visitar, desde siempre, sobre todo por revivir algunos escenarios de Pessoa y Saramago. Y sí, allí que fuimos. Todo muy bien. Con ganas de atravesar el Tajo e ir  al otro lado del río, al barrio de Barreiro. El río es mucho más ancho de lo que creía. Recomiendo ir, además. Una ciudad muy plácida, aunque ojo, que el tranvía 28 baja, pero no sube :-).
Cogimos el metro y llegamos a la estación de ferry, creímos. Siendo la sonoridad de la palabra "Muelle" tan similar, no dudamos en acercarnos a una  taquilla, de tren. Sin inmutarnos en exceso, miramos los destinos anunciados en una pantalla y elegimos.

El viajecito a Cascais fue tan inesperado como grato, salvo a la hora de comer.  Resultó ser un pueblo pescador lindísimo, donde pasear era muy apetecible y donde comimos.  Hombre, me dije, dónde encontrar mejor sitio para comer sardinas, imaginando el espeto y todo. En mi vida había tenido delante una sardina ni tan grande, ni tan llena de escamas, ni con tantas tripas. Avisados de no comer, o pagar, lo que crees que te ponen de pica pica para esperar los platos, acabé comiendo y disfrutando de  los tres platillos que había en la mesa cuando nos sentamos.  Aún ando escupiendo escamas, alguna vez J

miércoles, 15 de enero de 2020

Tan largo el olvido

Imagen de Aquirrefotox

Paula se fue, con la mejor amiga de Luis. Él tras maldecirla a ella, y al instante en el que la viera por primera vez, tuvo la catarsis de liberar adrenalina y rabia, desconsuelo y llantos. Con el tiempo, acabó por olvidar, por volver a respirar sin que le faltara el aire. Aceptó  regresar a la que pareciera una vida yerma hasta encontrarla en su camino y dejarla entrar en su corazón. Consiguió hacer desaparecer los besos, las caricias, las sonrisas, las miradas incendiadas, los silencios y las risas.  
Reconquistó el placer de salir con los amigos, de ir a ver fútbol, y de ser un tonto entre los tontos que vegetan por la ciudad de las soledades. Conquistó  sus cajones vacíos, el espacio en el lavabo, el gusto por cocinar para uno solo y no tener horarios, el goce de la libertad de no dar explicaciones ni pactar con nadie. Como una paloma libre. Como un velero a merced del viento  Y cuando conoció a otra posible musa de sus textos, y a la que pudiera ser su nueva compañera de complicidades y guiños, en el momento exacto más inoportuno, el teléfono vibró.  Una trémula sensación le recorrió el cuerpo cuando el móvil anunció a Paula. Dudó unos instantes entre contestar o no. Más tarde, en el contestador, un hilo de voz, desde el otro lado de la línea que separa distancias y tiempos pudo escuchar -¿Podemos hablar?

domingo, 12 de enero de 2020

En la mañana

Imagen de Aquí

Las sirenas de policía y de bomberos me han despertado justo antes de amanecer.  Previamente, un sonido explosivo había entrado en mi subconsciente, imagino, porque soñaba que un cascote atravesaba mi costado. Vi una peli de miedo  mientras la tormenta descargaba sus truenos en la noche, y, estando sola, pensé si no era mejor dejar de mirar Netflix  y leer, como siempre, antes de dormir, pero me quedé dormida con la tele puesta. 
Me he sentido diferente a cualquier otro día. Al mirar mi cama he visto mi cuerpo, atravesado por un hierro que cobijaba un cascote de cemento y ladrillos rojos. Mientras, la radio del vecino hablaba de un accidente en mi calle, al parecer por la explosión de una bombona de butano. 

sábado, 11 de enero de 2020

El resplandor

Imagen de La Vanguardia

Desde hace días me quedo dormida en el sillón, ante la tele. Me desperté, en el sillón de marras, y como siempre, me levanté, para apagar las luces el comedor y encender la luz del pasillo. No encendió, "se habrá fundido la bombilla", me dije. Miré hacia el comedor justo a tiempo de ver cómo una sombra emergía del sillón. No sé cómo, me tomó por el cuello, y en ese momento,  asustada y confusa, me desperté. En el sillón. Y me levanté para apagar las luces, y luego encender el pasillo para irme a dormir. Pero no encendió.

Me ha fascinado un post sobre esa peli inquietante que dirigiera  Stanley Kubrick (1928-1999) y me animé a jugar con el miedo. El post de marras.



viernes, 10 de enero de 2020

Perros sin amo

Imagen de La Vanguardia

Fuimos tres perros perdidos que nos habíamos reunido para hacer menos sola la soledad. La gente creía que vagábamos de allá para acá, sin rumbo fijo, pero no era así. Nos movíamos  por zonas, conociendo las rutinas y costumbres de quienes vivían en cada lugar. Estábamos al caso de los horarios de la gente. Por ejemplo, sabíamos que el madrugador del sastre de la esquina era un tipo que nos miraba con desprecio y miedo a partes iguales, así que no le  molestábamos. Sobre las nueve o un poco antes, salían a la calle muchas mujeres con niños y carritos de bebés, así que estábamos quietecitos, por no asustar a nadie. Los niños con mochila tendían a acercarse para acariciarnos, pero sus madres montaban un espectáculo tal que desistimos pronto de acercarnos a sus manitas curiosas.

La dependienta de la panadería no sé si nos esperaba o siempre era casualidad, pero nos ofrecía, dejando en el suelo, sobre un papel de diario, unos mendrugos de pan casi cada día. La dueña sin embargo, oronda y con una bata verde con flores era una antipática. La habíamos visto sacar de paseo a un dálmata ufano y cursi, que siempre hacía como que estaba por discutir con nosotros, pero luego era un gallina, Cobarde como ninguno, si le enfrentábamos, metía el rabo entre sus patas como un chihuahua.

Nos gustaba ver a una joven que siempre iba tarde a donde quiera que fuese, que ahora sé que es una oficina del centro. La acompañábamos hasta la parada, viendo cómo se acababa de abrochar el abrigo, o una rebeca blanca en verano. Subía al bus corriendo, y la veíamos luego acomodarse donde pudiese. Cuando regresaba, sobre las siete, nos miraba y hacía ademanes cariñosos mientras, algunas veces, nos ofrecía restos de bocadillo que le sobraría, imaginábamos.

Mis dos amigos desaparecieron, tal vez un coche de policía tuvo algo que ver. Empecé a esperar a la chica del bus. La seguía hasta su casa, tranquilo, alegre y modoso, sin molestarla. Un día de marzo llovía a cántaros, pero aun empapado, no quise dejar de seguirla. Me dejó entrar en el portal de su casa por primera vez, y subimos por las escaleras hasta una puerta. Yo no hice gesto alguno de entrar. Me senté sin dar muestras de nerviosismo. Me hizo entrar y me secó con una toalla que olía estupendamente. 

Somos felices, yo al menos mucho más que viviendo con la incertidumbre de qué comer. Ella me explica sus sueños de amor no correspondido. No sé si entiendo lo que me dice, pero estoy a su lado, dejando que el tiempo cure sus heridas.

Pensando en Amapola Azzul, no sé por qué.