domingo, 5 de julio de 2020

La piedad

Imagen tomada de Bic naranja


Subí al metro, cuando aún no se había ordenado el uso de mascarilla en este medio de transporte. Tenía que ir a Correos, a trabajar las cuatro horas que mi contrato eventual me pautaba. Los periódicos, la radio y la tele seguían comunicando, de día en día, el número en aumento de muertos por este virus nuevo, caprichoso y cruel.  Los hospitales, al borde el colapso, eran evitados, incluso cuando los ciudadanos tenían síntomas preocupantes.
  

Era imposible no fijarse en ella, aguantando a ese hombre, seguramente su hijo, perdida en su dolor y la incógnita de dónde acudir. Nadie parecía darse cuenta de su desamparo. Me ofrecí a sujetar a ese cuerpo inerte, o a pedir ayuda. La mujer estaba ausente, en un universo lejano. Cuando contestaron por el aparato, queriendo saber por qué había pulsado el botón de auxilio, sólo se me ocurrió decir que nos había entrado en el vagón un virus enorme de indiferencia.  

Alexey Kondakov ha usado  el lienzo de LA Piedad de  William Bouguereau para su composición

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jueves, 2 de julio de 2020

La escalera, en jueves

Imagen de Santo Domingo, de Plasencia

Siguiendo la  propuesta de María José, con una escalera como protagonista, mi aportación es esta.

Paquito miraba hacia arriba, calculando cuándo podría ir solo por la calle. Cuándo le dejarían que se organizara el tiempo, y así hacer los deberes a su ritmo.  Cuándo sería mayor para que no le persiguiera su madre cada noche con ese “lávate los dientes”. Cuándo le dejarían de controlar su hora de dormir, o de comer. O de salir con quién quisiera, a jugar, y cuándo regresar a casa. 

Un día le dejaron elegir película en la tele, otro día le pidieron opinión sobre el destino de vacaciones. Fue pasando el tiempo, y un día tuvo que elegir los estudios a cursar, y otro día hubo de evaluar a esa mocita morena  que le hacía “ojitos” en la cafetería de la Universidad. Así, poco a poco, iba subiendo, peldaño a peldaño, el camino ascendente hacia la independencia, hacia la madurez, y hacia la libertad.

Don Francisco había cumplido los ochenta años. Había recorrido el piso superior, y visitado cada rincón, de cada dependencia. Se había asomado a todas las ventanas, y llegado, con la vista y con las piernas, a lugares que escapaban de sus previsiones previas.  Había escudriñado desvanes y sótanos, mares y puertos. Se había perdido bajo faldas cercanas y extrañas, tras esperanzas maltrechas y por estrenar, entre decisiones de envergadura y opciones del día a día. Sentía que las rodillas le pesaban una barbaridad, y los hombros, y las entrañas.

Mientras iba bajando esas escaleras de un antiguo  convento, despacio, y sujetado a la barandilla,  vio  a un joven que le recodara a un espejo de antaño, quien las subía. Se miraron a los ojos, a mitad del camino, de bajada para uno, de subida para el otro.

-Quién pudiera subir, como tú- dijo don Francisco, sonriendo.
-Quién hubiera visto lo que usted ya vio -dijo Paco, apeado del nombre infantil definitivamente.


martes, 30 de junio de 2020

El punto

Imagen de Aquí

Había nacido un  punto. Se subió sobre una i diminuta y desabrida,  y esta letra, ya contenta,  se dispuso a volar. Se colocó luego bajo una "oreja", y la frase se ofreció a cuestionar. Se elevó, poco después,  sobre una "ele" anoréxica y empezó a asombrarse, exultante. Encontró a un compañero, y se instalaron, resueltos y tomados del hombro, sobre una u perdida en la cigüeña de la torre. Posteriormente se asoció a una "coma" excesivamente leve, y le alargó el silencio.
Acabó tras dos amigos y ahora deja abierta la puerta abierta a...que con punto y seguido se mantenga el arrebato o,  a que, definitivamente, acabe el texto. Y se cierre el libro. 

Al final era lanzarse al vacío, tras el final de los  finales, o dejar una maroma, sujetando su pie al lomo de un libro en blanco, tal vez como invitación a empezar a escribir.

jueves, 25 de junio de 2020

Mudanzas en jueves


Imagen del blog de Molí del Canyer

Siguiendo la propuesta de Molí del Canyer, mudanzas, mi aportación es esta: 

Era lo mejor, levar  anclas y mudarse  a otra provincia. El coleccionista  había trabajado en su pequeña tienda por más de  veinte años. Había tenido la oportunidad de conocer a bastantes vendedores, la mayoría particulares y casi todos con expectativas excedidas sobre el valor de sus monedas. La numismática  le había permitido conocer a  muchas mujeres que llevaban a tasar las monedas a  escondidas de sus maridos, y a otras que eran solteras, a menudo con mercancía de orígenes oscuros. 

Al  reabrir su tienda, tras el confinamiento, la última mujer soltera que se puso a tiro, quien llevaba una moneda muy valiosa, para pagarse un viaje sola a Cancún, le había resultado tentadora, como la tres anteriores. Su estrategia había sido la misma. Su cuerpo, bien gozado gracias al burundanga,   estuvo unos días en el congelador, como las otras clientas. Había descubierto un lugar, cerca de la playa dels Capellans, más que oportuno para hacerlas desaparecer.  Lola pesaban demasiado, pero logró enterrarla, con la distancia de separación de dos metros entre ellas, y con la mascarilla puesta. Cuando una mujer de unos setenta años preguntó por la moneda que Lola le había pretendido vender, entendió que un día u otro se le tenía que acabar suerte, era hora de hacer el petate y mudarse.

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sábado, 20 de junio de 2020

La sombra que se fue



Mi padre me había llevado a pasear por las Ramblas, cuando no eran ese parque temático que recorren los cruceristas, ni el Liceo se había restaurado. Bebí de la fuente Canaletas, sobre la que me explicó la leyenda que afirma que beber de ella implica no irse jamás de Barcelona. Como llevábamos pocos meses, los justos para que mis padres encontraran acomodo de instituto para mi hermana y para mí, me negué a creerlo. Entendía poco ese idioma, si bien me sonaba  a un francés extraño, y echaba de menos a mis amigas del colegio    de monjas de mi ciudad tierra adentro. Además seguía enojada, porque no me habían dejado comprar unos libros, como castigo por haber seguido leyendo de noche, con una linternita bajo la sábana.

Nos detuvimos ante un portal enorme, entre una niebla que me impedía definir los contornos de la puerta, ni precisar el número del inmueble. Apreté su mano, tirando, como si él fuera ajeno a la prisa que yo manifestaba por regresar a casa. Un tipo que parecía un vagabundo nos dejó entrar, y saludó a mi padre. Me miró como calibrando mi edad, o mi sexo, llevaba el pelo corto y mi inseparable tejano, pero más que incómoda me sentí valorada. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.  La sombra del viento, de Ruiz Zafón.

Mi padre, y el guardián,  siempre supieron que había robado un libro, el que más almas tenía, porque era el que más personas habían leído. Lo que nunca supieron es que dejé uno mío,  Mariana Pineda, de Federico, y que jamás pude recuperar. La vida me permitió, años después, llegar al callejón, y a la casa. Pero el guardián se había convertido en un portero automático de una pensión sin nombre, o uno que no puedo decir, porque es el título del libro que robé, hace ya tantas y tantas vidas.  


jueves, 18 de junio de 2020

Fragmentos de novelas, en jueves

Imagen collage Neogéminis

Siguiendo propuesta  de Neogéminis para este jueves, sobre el uso o inspiración de algún fragmento de novela, que ha tenido la paciencia de armar en un collage. He optado por el último.

Era Octubre.  Le despertó  el frío de la noche invernal, con su sonido a viento colándose entre las rendijas de las persianas y de los  ojos tibios de ella. Se puso un delantal. Era legendaria su fama de desaliñado. Y es  que, por una vez,  ahora que al fin el cartero le había comunicado la llegada de una carta para él, quería llevarle el desayuno a la cama, limpio y pulido, como el  coronel que una vez lució gallardo. Se puso a recitar el salmo que usaba para acertar el tiempo de  los huevos pasados por agua, y volvió a mirarla, allí, dormida, ajada por los verdugones de la vida y las  promesas pospuestas mil veces. El gallo, desde el corral, se dispuso a cantar, con el aliento de los últimos alimentos que los viejos escatimaron de su propia dieta. Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas.

Amaneció despacio. Sigilosamente. Casi de contrabando. Ella se desperezaba. Él se  atrevió a alzarla en sus brazos, con la poca fuerza de sus músculos gastados. María se dejó hacer, con la pregunta en su mirada y el ánimo reverdecido. Crujieron  las maderas, con tus termitas derrotadas. Se desbordaron los aromas de nostalgia, entre las paredes de azulejos desconchados. El gallo de marras apareció en la puerta del cuarto deslucido, como alarmado. Si el cartero no había errado, y era lo más probable, el coronel al fin tenía quien le escribiera.

Palabras totales: 258
Imagen de Internet


martes, 16 de junio de 2020

La naturaleza humana

Imagen de Isabel M. 

Los humanos hacía tiempo que habían desaparecido de la zona, tras la lluvia ácida del accidente en la planta nuclear. Gorpof no quiso abandonar ni su casa, ni a su perro. En los treinta años que hacía que vivía solo, había recibido una única visita. La de un científico inglés que anduvo midiendo con su aparato la radiación, y que no se atrevió a compartir un té con él. Pero le preguntó si era feliz tan solo.

— Hombre, he pretendido construir un paisaje a mi medida, y el resultado me está compensando de la soledad, de momento. Las abejas de tres ojos polinizan estupendamente, como puede ver, y la radio me acompaña todos los días.  

Cuentan que el científico, quien había filmado al tipo y su jardín, hizo una tesis brillante, cum laude, y que un día regresó, sin protección alguna. Le había parecido un edén perfecto para  desintoxicarse de tanta estupidez humana.  

Imagen de Isabel M. 




domingo, 14 de junio de 2020

Estrenando

Imagen de Alibaba

Siempre como nuevos. Están como recién salidos de una revista. He adquirido una habilidad de desinfección, que ya quisieran para sí muchos hospitales.  Cuando regresan de jugar a fútbol, a Luis y a Julian, les hago desnudar y les meto en la máquina. Tiene dos programas, aunque el extrafuerte no lo he probado aún. Les animo luego a expulsar las palabrotas y el estrés de los deberes. Los mellizos duermen como angelitos. Parece que les estreno cada día. Me falta probar con el gato y con los zapatos, pero de esta semana no pasa.

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