lunes, 14 de junio de 2021

Campo de trigo

 


Este Van Gogh es de 1888

Sebastien se había criado en  la finca familiar, con un padre maltratador, una madre ausente, no porque no la viera, sino porque contaba lo mismo que una silla en un rincón, y unos cuervos que vigilaban los campos desde que tenía memoria. Llegó la época de la siembra, como cada ciclo de renacimiento. El nuevo aparato, llamado radio, desde hacía poco adornaba el único mueble del comedor de su casa.  A través de la cajita mágica había escuchado poemas, y canciones, y noticias. A través de la cajita, su madre sonreía de tanto en tanto, y alguna vez, pocas, canturreaba y todo, algo nunca visto por Sebastien. Era un mundo enorme y desconocido lo que se abría ante él.

Por su experiencia, las crías de cerdos o patos se formaban tras uniones de animales, pero los retoños de trigo, o centeno, o cebada, se formaban por plantar su semilla en la tierra, esa tarea de la que dependían para su subsistencia. Tuvo una feroz lucha interna para decidir si sembraba trigo, con lo que su padre había cargado el saco que tenía que aventar, o si sembraba melodías. Acabó siendo muy justo, la mitad del campo lo sembró con cereales, y la otra mitad con notas musicales.  

Llegó el tiempo de ver crecer lo que luego sería su pan. La mitad de las tierras estaban floreciendo, las espigas iban tomando forma y volumen, pero la otra mitad estaba yerma. El padre le acusaba de haber escamoteado el grano para regalárselo  a un labriego cercano que tenía muchas bocas que alimentar. El joven le dijo que esperase, que ya saldría lo plantado, y podrían cosechar mejores frutos, pero pasaban las semanas y ahí seguía el campo sin nada que cosechar. Llegó la estación de la recogida del fruto del esfuerzo de todos los  campesinos, y una zona del campo empezó a agrietarse, dejando escapar sonidos armoniosos, como oleajes marinos, notas musicales que se combinaban en el aire formando sinfonías arrebatadoras, trinos de pájaros que nadie conocía, y cuando la luna llena dejó iluminado el campo completo, Sebastien vio cómo llegaban vecinos con carretillas de grano recién segado. 

Se sentaban y ofrecían sus cereales a cambio de escuchar la música de un campo especial, por escuchar en directo, sin cajitas mágicas, el canto de la Tierra.


jueves, 10 de junio de 2021

Al cine, en jueves

 


Siguiendo la iniciativa cinéfila de Neogeminis, ofreciendo diversas opciones, he elegido un poco de todo. Mi aportación es la que sigue


La radio anunciaba el final de la segunda guerra mundial cuando William había finalizado la estancia en aquel hotel tan inquietante, donde un joven, enfermo mental donde los haya, tenía momificada a la madre. Supo del huésped aterrorizado, la dulce Samanta, en la ducha, y puso pies en polvorosa.

Desde el único bar que permaneció abierto a pesar del conflicto, llamó a Margot. La línea telefónica se mantuvo abierta gracias a ingenieros de la CIA, que tenían en el lugar una célula de espionaje de disidentes, esos comunistas rojos que apoyaran a la URSS.  Ella dejaba atrás al marido enajenado que esgrimió un cuchillo en aquella mansión deshabitada de Florida. Al recibir la llamada de su viejo amigo no lo pensó dos veces, se arregló lo mejor que pudo y partió hacia el bar.

William había tenido tiempo para deshojar margaritas, y apostaba ahora por conquistar a Margot, ya divorciada y libre.

Tras dos copas de dray martinis, agitado, no revuelto, se acercaron más, temblando de impaciencia. La excusa perfecta, se dijo él, ofreciéndole un pitillo. El gesto adecuado, se dijo ella, aceptando. Mirándose a los ojos, intentando adivinar qué les deparaba el porvenir en la ciudad destrozada, apenas hacía falta el encendedor. Lo usaron, sin embargo, para disimular con el humo posterior, cómo, sin tocarse, se desnudaban lentamente

Ni él seguiría siendo vendedor de Biblias, ni ella la esposa de un loco de atar.

 

Palabras 229


lunes, 7 de junio de 2021

El artilugio

 


Si no, me habría vuelto loco. Las instrucciones estaban en diversos idiomas, pero en ninguno que conociera. La máquina auto transportadora me había gustado tanto, que puesta en vertical en mi sala no pude contener mis ganas de viajar. En mi afán por llegar a la cumbre de ese volcán, me metí en el artilugio y toqué, sobre un mapa, la zona donde quería ir . Me desperté ante un mar verde, con dinosaurios enormes ante mí. Creí enloquecer. Al fin acerté a ver un adhesivo del lateral del artefacto, similar a un urinario portátil. Era una máquina del tiempo.

jueves, 3 de junio de 2021

La pelirroja, o Lorca para un jueves

 


Siguiendo la propuesta de  La trastienda del pecado, como homenaje a Lorca, mi aportación es la que sigue

Fue este abril. Una tímida lluvia asolaba la ciudad, dejándola entre nostálgica y cansina. El paseo vespertino me alimentaba las ganas de ver colores, y me senté en el banco de una plazuela, con esa escultura de un poeta con alondra.  La plaza de Santa Ana solía ser un lugar donde leer, pero esa tarde, con la lluvia silenciosa, me quedé sentado, con el paraguas en la mano, mirando a los transeúntes, con su quehacer y su trajín de gran urbe,

Una pareja de jóvenes llamó mi atención. Ella era colores en bandolera, con una rebeca amarilla y una melena pelirroja al viento. Iban cogidos de la mano hasta detenerse.  Se guarecieron en la marquesina de una parada de autobús, y les observé, para pasar el rato.  Ella miraba al chico como una enorme luz que fuera luciérnaga de otra, en un campo de miradas rotas. Él desgranaba el deseo como una margarita. Le imaginé calibrando lugares posibles de pasión. Yo me iba enamorando de la chica, con sus pecas, su luz de amapola entre campos de cemento, y sus manos que apostillaban las palabras. Cuando llegó el bus no pude evitar subir en él. Yo era un enamorado cincuentón en pos de un sueño imposible. Me limité a mirarlos, con esos arrumacos de adolescencia sin límites, recordando mi propia juventud, cuando Eloísa se tronchó de la risa cuando le pedí salir juntos. Aquella lejana primavera, escribí el desgarro de mi corazón, en las páginas de mi libreta de papel cuadriculado.

"Mirando sus ojos me parece que bebo su sangre lentamente, me parece que muero quedamente, cuando ella me mira desde el minarete de su belleza, me parece que mi corazón anda buscando un lugar donde enterrarse".

Echando la vista atrás, esa tarde comprendí, mejor que nunca, que Eloísa no era para mí. Hoy he vuelto a ver a la chica pelirroja. Iba sola, sujetando carpetas y libros. Ha esperado el autobús y la he visto alejarse, como una llama de posibles pecados, dejando a su alrededor un espacio de admiración, que ya nunca podré ocupar. Ni quiero, en este junio que empieza.

 

Palabras: 347


martes, 1 de junio de 2021

Frida

 


Me perdí. Ignoro cuándo, en esta selva tropical del Yucatán. Mi viaje programado incluía varias excursiones, pero decidí inspeccionar por mi cuenta. Buscaba un “cenote” del que me habló un pintor mejicano, medio loco y bohemio. Estaba segura de poder hallarlo con sus indicaciones. Pasé un día de perros, con mosquitos, sensación de humedad y una temperatura que me encogía las ganas de seguir caminando. Decidida a regresar al hotel, en vista de mi fracaso arqueológico, me senté entre matorrales exuberantes y verdes como esmeraldas, así tocados por el sol en retirada. No sé si lo vi, o lo soñé, pero un puma se paseaba a corta distancia, mirando un colibrí. Tal vez la falta de agua me producía esas visiones que no puedo catalogar.

Mientras intentaba pensar qué hacer si el puma se acercaba a mí, ante lianas y plantas, entre los rayos de sol, que ya tímidos, iluminaban las sombras vegetales, vi una mujer de hiedra y verde, de selvática belleza sin artífico, de mirada incisiva como puñales, de madejas de dolor en sus pestañas. La llamé por su nombre, pero Frida estaba estática, como atada de alas y piernas, mirándome así, de frente, rezumando madreselva.

Pude hacer una llamada con la mínima señal de telefonía que llegó a mi móvil. Por eso escribo sobre Frida desde la habitación del hotel, sobre lo que para mí fue una aparición.  Su esencia, su alma, ya libre, revolea por las selvas prietas y lujuriosamente vivas de México, y quiere seguir contando cosas, desde su infinita capacidad de amar y de vencer al dolor .


domingo, 30 de mayo de 2021

Trampas



La rata sonrió en aquel momento. En un año había encontrado veinte trampas con trocitos de queso. Como comida faltaba y tiempo sobraba, había logrado esquivar todas, menos esa. Aquella tarde sentía su abdomen lleno, como la piel de un tambor. Cuando vio al ratoncito atrapado por la cola, le salvó, sin dudarlo. Él la miró con los ojitos ahítos de agradecimiento. A partir de ese momento la vida le sonreiría, se dijo la ratita.

Al poco tiempo, con diez cachorros agarrados a sus pezones, el ratón se mudó a otra casa de campo. Sólo regresaba para robar queso, sin saludar siquiera.

sábado, 22 de mayo de 2021

Normalidad



El ruido del tiroteo consiguió animarles de nuevo. Llevaban desde hacía un año en estado de aletargamiento, con mil precauciones y miedos. La prometida libertad se acercaba. Los jueces de atletismo sacaron sus pistolas y las engrasaron.

Según lo acordado, se asomaron a las ventanas. Llegada la hora, cada uno siguiendo su propio reloj, el tiroteo se oyó hasta el último rincón de la ciudad. Los jóvenes, algunos ante una línea de salida imaginaria, renacieron de sus cenizas de golpe, como en un despertar aplazado, inundando las calles. El estado de alarma había acabado.

jueves, 20 de mayo de 2021

En la sabana, en jueves



Siguiendo la iniciativa de Dorotea, sobre impresiones naturales, mi aportación es la que sigue

Soy alta, lo sé, lo que me da una perspectiva de la sabana más que amplia. Desde mi altura puedo distinguir a los posibles predadores con más o menos antelación. Mi novio, en ese rato de pasión, me dejó embarazada, sin que yo supusiera muy bien cómo iba eso de ser madre.    Pasó más de un año, y un día noté los apremios de un parto inminente. No puedo agacharme, ni sentarme, así que cuando cayó mi hijo desde una altura considerable pensé que se haría daño, pero no. Pronto se puso de pie, ante mi asombro, y caminó hacia mis ubres.

Mi cría un día dejó de mamar, y vi los problemas que tenía para beber del río. Abrió sus patitas en exceso, bajó su cabeza, lentamente, y acabó en el río, lleno de barro ya, ante la mirada de un cocodrilo joven, que, al oír el chapoteo se acercó. Estaba aterrorizada pensando en que le atacaría, pero no, se limitó a ver cómo yo le ayudaba a ponerse en pie. Los años pasaron, otras crías llegaron a mi vida, seguí comiendo los frutos o espinas de lo alto de los árboles y un día vi una jirafa hablando con un cocodrilo enorme. Se me despertó el instinto maternal, y le empujé para separarle del reptil, pero cuando me miró supe que era mi primer hijo. Poco más tarde le vi peleando, con los cuellos, con un contrincante. Quería montar a una hembra joven, como un día fui yo.  

Desde mi atalaya, me pongo a pensar, ahora,  llegando a la vejez, en la vida, sus ciclos, sus estaciones, y encontrando que ya he cumplido mi misión aquí, voy buscando una manada de leones que pueda ponerme fin.


Palabras: 288