jueves, 16 de septiembre de 2021

Improvisando, en jueves

Siguiendo la propuesta de Noegéminis, sobre eso de improvisar, mi aportación es la que sigue

Llamaste contento. Esa zona desértica de Argelia siempre con problema de cobertura ya la tenía más que conocida. Improvisabas una escapada a París. La línea telefónica iba y venía, quedando muda poco después. Yo aplaudí en silencio, tampoco me podrías escuchar, según confirmé.

Nos lo merecíamos. Nos lo habíamos ganado a pulso. Poder dejar atrás mi trabajo estresante, y tus entrenamientos, ya tan cercana la fecha del próximo Paris Dakar.  Miré el armario, no era cosa de dejarnos prendas de abrigo. Busqué en Google cómo disfrutar de algunos museos, el Louvre en primer lugar, el Orsay, por supuesto, y cómo no, el palacio de Versalles. Pedí cita en peluqueía y depilación. Actualicé mi ropa interior, todo deprisa y corriendo, pero era nuestro décimo aniversario de boda, que no llevamos a cabo, pero siempre nos dio igual, y bien valía renovar armario, y votos, ya puestos. Teníamos un día escaso para plantarnos en el aeropuerto.

Imaginé que habías apalabrado algún hotel bonito, tal vez en Montparnasse. Me llegó un SMS de tu escudería. Llegabas en la noche, y allí estaría yo, esperándote en el Prat.

Te abracé, ceñidamente, y te besé con ruido y ganas en tu cara, mientras me colgada de tu cuello, agradecida, amantísima, y hasta excitada, (no reconocerlo sería absurdo). Me sorprendió tu semblante, entre divertido y curioso.

¿Pudiste preparar mi maleta? preguntaste

Serán dos minutos, la mía ya la tengo lista.

¿Y dónde vas?

A Paris, ¿no?

Al ver su cara comprendí que, en la llamada, había datos que no entendí, o no escuché, así que disimulé un poquito.

Aprovecharé que tú vas por trabajo y yo iré a hacer turismo.

Fantástico, dijiste algún día podemos comer o cenar juntos

─ Será estupendo rematé yo.

En la noche estuvimos bien, aprovechando tu tiempo conmigo.

Yo improvisé un viaje relámpago con mi amiga Isabela, quien se apuntaba a un bombardero y así pasé el décimo aniversario de boda, cenando  en un romántico bote por el Sena, con un amiga.

Palabras: 334

 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Los sueños, que sueños son

 

Imagen de Bic naranja

Eva Cercedilla se dejó caer por el tobogán de los sueños anegados una noche, en la que cambió como calcetín dado la vuelta. Había conquistado la esquina de los sueños de Raúl, quien, a veces, desde la marquesina de un paseo marítimo de Cadaqués, le enviaba besos en Arial o en Calibrí.

Eran besos viajeros, dejados caer como hojas de otoño, sin mayor intención que seguir el curso de lo natural de cada estación.  Los otros besos, los de verdad, los robados, o conquistados, los que le dejaban colgado de unos labios en flor, eran para Gisela Masip Villalegre, la chica que desde el instituto abrió la veda a las hormonas desmandadas de Raúl, y de algún muchacho más.

A mil quilómetros de distancia de ese pueblo con mar cuajado de veleros y chiribitas de luz de luna, ella escribía versos de un amor desaforado, sin más afán que dejar salir de su corazón de golosina los latidos enamorados en su taquicardia al galope cuando recibía algún mensaje del otro lado de la península. Raúl calculó mal el impacto, el peso, la puntería certera en el corazón de ella. Siguió esquivando comunicaciones con vídeo, posponiendo encuentros en un futuro que se elongaba como un chicle de fresa infantil. En un comienzo de la relación, el futuro se llamaba “cuando apruebe primero”, y hace poco, “tras la graduación y la entrega de tesina”.

Eva había rechazado a los moscones que atraía su cabezo rubio como un trigo por cosechar, y esos ojos que sabían ver más allá de la piel del otro. En su playa de A Coruña hacia planes de tomar un tren, y por años, quedaron en planes, pero hace días, sin avisar ni a su familia, se plantó en la estación, dispuesta a ver a Raúl, sí o sí.

Se durmió pronto con el traqueteo propio del ferrocarril, y soñó en comida, de hecho eran vagones de comida,  y que al despertar tomó como presagio de que le esperaba el hombre que la llenaría.

Llegó a Cadaqués a las trece horas, y contactó enseguida con él, imaginando su sorpresa y dicha. La realidad es que estaba en Barcelona, con Gisela, en el piso que compartían durante el curso escolar. Y así se lo dijo, aseverando que nunca había soñado con poder estar por ella. Que había sido una estupenda conversadora, pero que nada más.

Eva tomó una habitación en el hotel costero y pasó toda la noche en vela, entre llantinas inconsolables y desaprendiendo ese amor que ella había inventado sin base sustentadora. Por la mañana, tras un desayuno con pescado, reconoció haber pasado de un amor desprendido (sin esperar nada), a un amor desaprendido. Y así, sin más dolor que un tiempo invertido en nada, coqueteó con un turista ante la escultura de Dalí, más provocadora de lo que nunca pensó ser.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

La gratitud, en jueves

 



Siguiendo la propuesta de Dorotea, sobre la gratitud, esta es mi aportación

Paseamos por las callejuelas, batiendo récords de perderse. Sonreías, y yo intentaba mostraste parajes de otra visita previa. Ante mi vista los desconchados, las grapas enormes sustentando las plantas de casi todos los edificios, y que intentaba que no vieras, porque era tu primer viaje a la ciudad de las góndolas. Esa senectud tan poco elegante calándome en los huesos, me llevó a rememorar ese amor desprendido, sin necesitar ni esperar del otro. De alguna forma me sentí como una bola de árbol navideño sin sustento, un pajarillo mirando un nido que ya no está.

Me casaré y vendré de luna de miel aquí. Será mi condición para casarme soltaste a bocajarro ante San Marcos.

¿Y ya sabes con quién?

Me da igual dijiste pero vendré aquí con quien sea mi marido.

Me hizo gracias tu inocente alegría, me llenó de ternura esa ilusión al ver la ciudad de tus sueños.

Inmersas en esa iluminación tan pobre y escasa, que nos llevó más de tres veces a un canal sin puente, (con tantos que hay), la lluvia nos pilló tras unos truenos, desbaratando el romanticismo que tú querías llevarte.

El tipo que nos ofreció su paraguas, quedando él sin cobertura, nos recordó a Paul Belmondo de mayor. Nunca podré agradecer a nadie un gesto tan caballeroso con dos turistas perdidas, empapadas y con el Google maps averiado bajo la luvia. Consiguió que hasta la tormenta fuera hilvanada en el romanticismo que tú esperabas, y que yo sabía que se va a pique.


Palabras 243



domingo, 5 de septiembre de 2021

Saliendo a la avenida de la vida

 


Entre besos de Klimt y un blanco y negro de Casablanca, los vi desde mi guarida. Tras quedarme atrapada en un charco de alquitranada textura, sin más deseo que invernar tras ese verano cargado con balas de bellezas y recuerdos caducados, había encontrado una oquedad con vistas a la calle.

Perros y niños, flores y autobuses paseaban ante mi mirada, casi siempre perdida en nostalgias sin nombre. Mis ojos siguieron a dos niños con pelota, gritando consignas de un fútbol    que parecía presto a renacer junto a los colegios e institutos. Los perdí en la esquina del supermercado. Con la sonrisa levísima aún enfundada en mi boca, la pareja apareció de la nada.  Qué gozo de amor en vena, qué ilusiones en sus brazos, inexpertos tal vez los de la chica, qué belleza de química amorosa.

Ese beso de él me trajo a la memoria tardes de lluvia y caracolas, cuando la primavera seguía viva bajo mi falda y las ilusiones costaban una fracción de segundo. Cansada de rumiar lo perdido, me levanté y salí a la avenida, fresca de nuevo, degustando el aire de un domingo que se abría a mis ojos para ser vivido, y así, con esa fe en el presente, me puse a escribir.  


Me uno a Bic naranja, cuya imagen me motivó y caló. Esa astenia post-vacacional estaba queriendo atraparme, pero será que no :-) Ojalá todos hayamos tenido un tiempo de descanso reparador.

viernes, 27 de agosto de 2021

Con Demiurgo, en jueves

 


Siguiendo la propuesta de Demiurgo para este jueves, mi aportación, usando una de sus imágenes para tal convocatoria, es la que sigue

Sonia había terminado los estudios de diseñadora gráfica con más pasión y esfuerzo que vocación definida. Le gustaba la belleza. Y el arte.  Su madre había sido muy clara, le pagaba los estudios siempre y cuando aprobara todo. Ese Madrid vital es muy caro, pero había conseguido compartir piso con dos amigas, estudiantes como ella, pero que eran ayudadas por sus padres en su totalidad. Sonia encontró dos casas para a ver limpieza, y dos servicios de canguraje para niños, así que con ello tenía para pagar su parte de alquiler. 

El trabajo de becaria en una revista de moda era su gran oportunidad. En la oficina observaba a las compañeras con cierta envidia. O eran buena actrices, o eran muy felices, se decía cada día. Pablo colaboraba con la revista y era un fotógrafo sensacional. Estuvo con él un par de veces en su casa, y cuando era razonable que estuvieran en la suya, no tuvo otra ocurrencia que usar las llaves de una de las casas en las que trabajaba para hacerse pasar por su propietaria.

A las tres de la mañana, tras una sesión de sexo glorioso, le despidió, alegando un dolor de cabeza súbito y migrañoso. Pablo aceptó irse, y Sonia se puso el delantal que usaba allí y se puso a limpiar las manchas de mojito de la alfombra.

Le pareció escuchar el timbre de la puerta. Imaginó entonces al amante mirando por la mirilla. Luego, al llegar a su casa, hizo un collage de la posible escena. Sin haber dormido, en la oficina, le mandó un mail a Pablo. Esa relación sembrada en la mentira, tenía los días contados. O no.

 

Palabras:277


viernes, 20 de agosto de 2021

!Chas!...yo estaba allí. En jueves

  

Imagen de https://www.esquire.com/es/actualidad/cine


Siguiendo la propuesta de Mag, La trastienda del pecado, mi participación es la que sigue.

Cuando Norma Jeane abrió los ojos, con ese cansancio infinito, y ese túnel con la luz al final, ¡Chas!, yo estaba allí. Cada mañana llegaba a los ocho para hacer por ella esas cosas que se le resistían, esas cositas domésticas que veía como montañas inabordables desde su mente inquieta, pero poco dada a la realidad y tan predispuesta a echar el vuelo. Ese día tuve un presentimiento, y acudí a las siete. Tal vez mi presencia cambió su vida y la del cine de la época. Corría el año 1962 y, sin mí, la musa de Hollywood habría pasado a la historia, con la madurez espléndida de sus años dorados y ese cuerpo que luego, como todos sabemos, fue perdiendo tersura y curvas inquietantes.

Aquella mañana, muerta de miedo la puse boca abajo. Con su cabeza colgando de la cama,  le metí dos dedos en la boca. Vomitó un líquido amarillento y con un olor ácido muy desagradable. Luego le fui dando pequeñas cachetadas, mientras la llamaba a gritos.

Llamé a una ambulancia y a su tercer exesposo, Arthur Miller. Éste me pidió que no avisara a nadie más. El equipo médico que vino haciendo sonar la sirena, le hizo tomar, por la fuerza, carbón activado, y la colocaron una vía, con un suero que describieron como “fisiológico”. Al llegar Arthur me eché a llorar. Mi musa real y personal, casi consigue su objetivo.

Le dolía la vida, le arañaba el corazón la ausencia de amor infantil, y tanta lucha por salir de su círculo de miseria era una lucha perdida de antemano. Porque era titánica. El resto es historia. Desapareció de la vida pública. Con los avances en la medicina conseguí un cambio de sexo y pudimos escondernos en una granja de Minnesota. Sin pretensiones de fama, y menos de pasar a los anales del séptimo arte, hemos sido felices.  Como es sabido, al final nos encontraron. A mí no supieron ponerme nombre, y esa foto de Marilyn entrada en carnes, y con setenta años, se hizo viral, lo que la sumió en una nueva depresión.

Cundo ella murió, el año pasado, perdí ni norte y mi sur. Realmente perdí la razón única de mi existencia. Hoy haré lo que hizo ella hace ya tantas décadas. Quiero reposar en sus brazos por siempre jamás. Yo, su mucama, me iré de este mundo con la pregunta que nunca he sabido responder. ¿Qué hubiera sido si Marilyn Monroe hubiera muerto esa noche de aciago  recuerdo?

Palabras 416

jueves, 12 de agosto de 2021

Mirada de colores, en jueves


Siguiendo la iniciativa de Dorotea , Ojos que nos ven, mi aportación es la que sigue

Los niños me mareaban. Es verdad, pero me gustaban. Él, o ella, se acercaban sigilosos, con cara de expectación y rubor en las mejillas, y yo sentía un cosquilleo de felicidad . Les costaba guiñar un ojo, y yo me dejaba acomodar bajo su frente. Me consideraban magia. Ya ves tú, unos cristalitos de colores sin más fundamento, pero él tenía cinco años, y ella cuatro, y todo les resultaba fascinante, mágico y maravilloso.

Yo me dejaba hacer. Con tan poquitos cristales no podía formar unas figuras extraordinarias, pero claro, a ellos les bastaba y sobraba para sentirse felices por un instante. Lo que no sabían es que yo intentaba siempre que se formasen más y más diseños. Ni sabían que yo los miraba a ellos cuando me dejaban apoyado en horizontal. Era, y soy, un simple cristal transparente, así que los veía perfectamente cuando jugaban a esconderse, o cuando jugaban con una pelota suave. La nena quería que su muñeca mirase a través de mí, y le explicaba lo que veía, según ella.” Como flores que se van cambiando”, le decía.  Yo supe desde siempre que la muñeca no la entendía, pero me temo que no le importaba. El niño me usaba de catalejo. Me colocaba en su carita e imagina islas en la lejanía. O elefantes en una sabana. Alguna vez me  usó como palo, pero llevaba meses con ellos sin mayores problemas.

Un día quedé a merced de un cachorro de perro. Madre mía, me clavó sus dientecitos como agujas y quedé con agujeritos por todas partes. No sé cómo, acabó por romperme, y ví cómo mis cristalitos de colores de dispersaban por el suelo. No riñeron al perro, sino al niño, por dejarme en una mesita tan baja. Con una escoba, empujándome implacable, llegué en un cubo junto a cosas inservibles. 

Ahora vivo en un descampado, que llaman vertedero, y mis cristalitos siguen reverberando al sol. Yo sueño con que alguien me encuentre y repare, para seguir mirando a los niños, desde mi mirada poliédrica, irisada y juguetona.

Palabras:339

sábado, 7 de agosto de 2021

Lago en verano

 


Imagen de Bic naranja

Cuando me ascendieron a comisario, el día en el que cumplía cuarenta, poco podía pensar que mi primer caso fuera una suicida. No quise ver el cuerpo hasta saber un mínimo de datos. El forense tardaría una hora como mínimo.

Una señora duerme en el agua había dicho la nena que dio la voz de alarma.

Dijeron que se alojó con un nombre que resultó falso, que la recepcionista de esa tarde estaba estresada y no le pidió el pasaporte, ni una tarjeta bancaria. Contaron que llevaba tres días hospedada, y que salió poco de su habitación durante la estancia. Las señoras de la habitación contigua chismorrearon que creían haber visto a un hombre que entraba en la habitación de la finada, si bien en el interrogatorio manifestaron demasiadas contracciones y dudas sobre el hecho.

Olga Smith, nombre con el que se registró, parecía ser del este de Alemania por su acento. Los informáticos pudieron confirmar que la última llamada recibida era de un teléfono prepago y que el resto de comunicaciones eran a una docena de números, ninguno de alguien que pudiera decir nada importante. No tenía familia alguna, según se dedujo. Tampoco amigos, o novio, o esposo, o amante. 

Cuando miré su rostro me quedé helado. Era Helena, la rubia de mi verano en Madrid en un postgrado de la Complutense. La imaginé sentada en la cama, con la ventana abierta, contemplando el precioso paisaje suizo con el lago reverberando destellos de un sol estival. Le supuse una vida solitaria. Recordaba perfectamente que hablaba poco, por miedo, según me dijo, a “La Stasi”, donde su padre trabajara durante décadas. Siempre pensé que era producto de su fantasía, aunque no pude conseguir localizarla cuando me dejó.

Recordé su mirada ensimismada, su español de academia y sus muslos de alabastro. Lo último que supe de ella, hace veinte años, es que se fue precípitadamente, rompiéndome el corazón.  Ahora, al verla inerte, volvieron a mi mente las noches de luna y vinos, de caricias rompiendo los miedos de ella y mi propia impericia. No comenté a nadie que la conocía, si es que la conocí alguna vez.

Una tumba con un nombre ajeno, sin nadie que la acompañara, salvo yo, guarda su secreto para siempre. Qué soledad de entierro, qué tristeza, me dije. Y mi vida siguió.