miércoles, 16 de septiembre de 2020

Insumisos en tiempos de Covid-19


Imagen de El comercio
Siguiendo la iniciativa de Molí del Canyer, sobre la insumisión, mi aportación es la siguiente:

Nunca pensé que el concepto de insumisión lo tendría tan cerca. Era el concepto de no hacer la mili , hace décadas. Los insumisos. Esos hombres jóvenes eran declarados prófugos, por no acudir a la llamada del ejército, obligatoria. Poca broma con ese término, según mis recuerdos. 

Sin embargo, ahora que empezaron a obligarnos a llevar la mascarilla, por no contagiar de un virus nuevo, se usa nuevamente. Si sentíamos bien, pero estábamos contagiados, era una manera de no contagiar, y no dudé en su uso. Me compré de tela con filtros cambiables, de farmacia, azules y blancos, y de tela sin filtros. Los azules y blancos los uso al revés, porque lo blanco tiene como hilillos diminutos de celulosa, imagino, y me producen tos. Claro, la gente se giraba y me miraba mal. Las gafas de sol se quedan enteladas, con un vaho producido por uno mismo, aire que respiramos tras expulsarlo, si bien es nuestro propio dióxido de carbono. 

Con la pandemia hemos descubierto que hay gente que tiene de solidaridad a nivel de un cero patatero, y cuya capacidad de ponerse en el lugar de los demás en nula. Abanderados por un cantante , hijo de una muerta por el virus, se congregaron unos miles de tipos en Madrid. Poca gente, porque en otros lugares de Europa hay movimientos de insumisión a las normativas anti covid   mucho más extendidos y activos. Lo que me molesta es el término in-sumiso, porque no me creo sumisa, sino responsable.

Palabras:250

martes, 15 de septiembre de 2020

El que avisa no es traidor

Imagen de Aquí
Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. No hubo manera de que dejara de repetir una y otra vez “que el arma es de verdad”. Al quitarnos los disfraces descubrimos que tanto el furibundo Rambo, como el Freddy Kruguer de la tarde eran reales. Ella siguió avisando hasta que el juez dictó su levantamiento de cadáver y el de otros cinco mujeres-policías de la rúa del Carnaval. .


domingo, 13 de septiembre de 2020

Dolce far Niente


Buenos días. He llegado ayer por la mañana a este camping con bungalows, piscina y vistas al mar.  Mi esposa anda trajinando, hablando en voz alta, con sus cosas, para convencerme de acercarnos a la playa, con la excusa de comprar en un supermercado. A mí la playa ni fú ni fá.  Ella ha hecho la reserva, se ha encargado de todo, y ahora quiero que disfrute, conmigo, de ese Dolce far niente. Que bien ganado lo tenemos. Ahí estoy, mirando el horizonte, descansando, antes de emprender la compra, sin echar de menos a los nietos. 
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Han pasado catorce días, y mañana nos vamos. Hemos descansado bastante. Llovió un día, más bien diluvió, y echó a perder el libro que mi esposa trajo para leer y que quedó en la terraza. Nos picaron los mosquitos, uno, al que llaman “tigre”, le dejó el tobillo hecho un balón de fútbol. A mí la picadura en el cuello me dejó sin poder moverlo unos días. Tuvimos que ir a urgencias por ella, pero luego hemos dormido bien y sin mosquitos, con las ventanas cerradas. Un calor horrible, con ese bochorno de la costa, pero el aire acondicionado funcionaba de maravilla.  Me he resfriado, por dormir con poca ropa, pero me tomo un jarabe para la tos y paracetamol, y ya casi no tengo que llevar el pañuelo todo el día en el bolsillo. La nariz roja me durará un poquito aún. Lo vecinos, franceses, cenaban a las siete, pero no se dormían pronto, no. Los cuatro niños no paraban de hacer ruido, de día y de noche. Su perro no consiguió adaptarse tampoco, así que sus ladridos se han escuchado a todas horas. Los tapones para los oídos han funcionado a medias. 

Mi ebook se ha roto, me senté encima, con toda la potencia que llevaba para sentarme repantigado, pero encontré una novela en francés, que medio entiendo. Me picó una medusa, el único día que logramos ir a la playa, pero nada de importancia. No diré en qué parte, eso no. La insolación de mi esposa no tuvo mayores consecuencias, pobrecita mía, se fue a hacer un camino de ronda, por el litoral, con un sol de conciencia, y la tuve que ir a buscar a otro pueblo, donde me esperaba derrengada y roja como un langostino a la plancha. 

Bendito aire libre, serenidad  del mar, pajaritos en los árboles, y tranquilidad soñada. El dolce far niente no ha sido tan niente, ni tan dulce, pero regreso a Barcelona con las pilas cargadas. Ahora estaré más entrenado para los ruidos infantiles de mis nietos, y de su perro. Otro año nos apuntamos a un safari fotográfico, tal vez.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La nena, un monstruo para un jueves

Imagen del blog de Neogeminis.
Neogéminis nos propone esta vez un tema apasionante: los monstruos,  y mi aportación es la esta:

Recogerla fue nuestro sueño cumplido. Una nena sana, de tres años, en esa casa de acogida, nos esperaba con los bracitos abiertos, pidiendo upa. En casa todo fue fenomenal, si bien era muy exigente desde el primer día, pero lo achacamos a la necesidad de sentirse segura, y a que quería probarnos, en amor, o en paciencia. Su madre había intentado matarla.

En el parvulario nos llamaban cada dos por tres. Pegaba, escupía, tiraba del pelo..., pero no la vieron haciendo esas perrerías hasta muy tarde. Ella sonreía, con su cartita de niña buena rubia e inocente. El psicólogo del centro se dio de baja poco después de atenderla y aceptamos cambiarla de colegio. Disimulaba muy bien, como comprobamos cuando, poco después, con cuatro años, mi marido tiró de ella, por miedo a que la atropellasen, y ella se hizo la muerta. La llevamos al hospital, pero no tenía nada a pesar de los llantos desgarradores que daba ante el médico, quien, de entrada, llamó a Fiscalía de menores, sospechando maltrato. La nena afirmaba que la tiró hacia un coche. Aclarado el tema, no sin largas explicaciones, nos la llevamos a casa. Aquella noche llamó su madre biológica. No sé cómo supo de nosotros, quizás alguien del hospital le dijo.  Me explicó que ella quería la nena, pero que la había dado en adopción porque no podía con ella. Mientras yo escuchaba, la nena me miraba, con una mirada que me produjo sudor frío.

Esa noche alguien metió el secador de pelo en el baño, y mi marido se electrocutó en la bañera. La nena dijo que la había despertado yo, con mis gritos, pero puedo jurarle, Sr Juez, que estaba en la puerta, sonriendo con esa maléfica sonrisa. Cuando me puso una trampa para tropezar por la escalera decidí hacer lo mejor para todos. Y sí, sea diablo o monstruo, ya descansa en paz. Con los dos padres, el biológico, y mi marido.

Su madre pronto saldrá del psiquiátrico, por el intento de asesinato de la nena en un horno. Yo, por asesinato consumado, me consumiré en esta prisión donde todas las reclusas me llaman Monstruo

Palabras 356

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viernes, 4 de septiembre de 2020

La vuelta al instituto


Imagen de blog Bic naranja

Martina estaba desesperada. Llevaba tanto tiempo sin ver a Pablo, que ya no sabía ni cómo soportar las ganas de salir corriendo a su encuentro, así que volviera de las largas vacaciones que el joven había tenido. Tan largas, que, en ese pueblo cántabro, había conocido a una tal Maribel. La tablet esperaba que ella la cogiera, y la pusiera en marcha. La vuelta al instituto estaba cada día más cerca. Y con un poco de suerte, el contacto, tras tantas clases por internet, les depararía a todos la ocasión de estar juntos de nuevo. Los empollones, los divertidos, los tímidos y los abusones seguramente volverían a pisar las mismas aulas. Y entre ellos, estaría Pablo. Martina habían elucubrado qué pasaba en ese pueblo costero, había imaginado que ella estaba con él, que dormían juntos y miraban estrellas tumbados en un campo verde. Había descrito los paisajes y las situaciones que inventaba, a pesar de que Pablo acabó casi mudo en sus conversaciones por chat o por videoconferencia.

Llegó la tarde previa al inicio de clase. Sacó la tablet del cajón por confirmar cómo estaba de carga, y ya de paso, recordar un poco lo que habían estudiado en ese primero de bachiller tan extraño. Para su sorpresa, al encenderla, empezaron a salir los paisajes, las situaciones, los abrazos, los apasionados besos que imaginara. Todo estaba en ese aparato blanco que, con un botón de encendido, le permitía revivir lo que ya sintiera estos meses. Animada y feliz, preparó su mochila, sus compases y bolígrafos, su pendrive y su peluchito de pompón sonriente. No podía ser, el wasap del instituto parpadeó, casi a las diez de la noche. La directora del centro tenía Covid, y hasta nuevo aviso, las clases no se reiniciarían de manera presencial.

Pablo siguió chateando con Maribel, su meta era poder ir a verla en Navidad y le importaba tres pitos la vuelta al cole.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Relato de profes, en jueves

Imagen tomada del blog de Dorotea 
Esta semana, la anfitriona es Dorotea, de lazos y raíces y propone escribir de profes inolvidables, por la razón que sea.  Este texto es ficción por completo, ya que he tenido profesores inolvidables, por supuesto. Maniáticos, exigentes, lunáticos, estupendos  y hasta muy curiosos, pero he optado por remitirme a una historia inventada. Mi aportación es la siguiente


Don Álvaro tenía cuarenta y cinco años y para Elena era un viejo. De hecho, le sorprendió saber que tenía un hijo pequeño, ya que pensaba que tan mayor ya no se tienen hijos. Tenía de especial, para ella, su manera de moverse en clase, alejada de otros profes, estáticos en la tarima.

Nunca notó que se dirigiera a ella con especial atención, y además, era malísima en física, asignatura que no era su preferida, y que aprobó por los pelos. A ella le encantaba la literatura y el francés, ambas asignaturas capitaneadas por mujeres jóvenes, novedosas en sus maneras didácticas y que le animaban a escribir.   Los años pasaron. Elena acabó filología hispánica, encontró un novio y empezó a dar clases en un colegio privado. Allí estaba Álvaro, con bastantes canas, pero más interesante que antaño.  Resultó que él sabía de ella, que había seguido más o menos su trayectoria estudiantil y personal.

Cuando se quedaron solos en la sala de profesores, la mirada de él era de fuego y pasión, parecía que quería derretirla con sus ojos, más vivos de lo que ella recordaba.  Se había divorciado de su esposa poco después de ese cuarto de secundaria y vivía solo. Sigue estando por su hijo, casi mayor de edad y dice no haberla olvidado jamás. Se llevan treinta años, y son felices. Cada uno en su materia, combinando física y versos cada mañana, y dejando que quienes piensan mal hagan lo que quieran, porque cuando el amor llamó a sus puertas,   supieron abrirla, quisieron abrirla, sin atender a nada más. Elena ya nunca le ve viejo, y sólo alguna vez, en la intimidad más dulce, le llama "profe", con la mirada de miel y ambrosía.


jueves, 27 de agosto de 2020

Un relato: 8 años, 13 argumentos, en jueves

Imagen del blog de demiurgo

Este jueves El demiurgo nos propone, coincidiendo con sus ocho años de blog, que usemos una de las trece propuestas que adjunta. Me ha gustado la número 5.
5) Entre la vigilia y el sueño, un personaje es tentado para usar una máscara con un poder oscuro. Esta es mi aportación.

El viaje a las pirámides de Teotihuacan me había dejado inquieta, sudada y agotada. La cultura azteca, violenta, pero tan elaborada, me había fascinado. Me costó muchísimo convencer a un vendedor ambulante, de un color de piel oscuro y cuarteado. No había forma de que me vendiera una máscara de arcilla que reposaba en su taburete. Me llamó la atención por unas mazorcas de maíz talladas, a modo de penacho, sobre una cara con rasgos indígenas.

En el autobús, el guía me dijo que tuviera cuidado, porque lo que había conseguido comprar en un regateo agotador, le parecía una obra original, y no una réplica, como tantas otras. Sopesó el objeto, y me sugirió que la abandonase cuando pudiera. Por supuesto la mantuve en la mochila. En el hotel la apoyé en la ventana. Estaba agotada y creo que me quedé dormida nada más apoyar la cabeza en la almohada. Tal vez soñé que la máscara adquiría movimiento y que se me plantaba en mi propia cara. Sea real o soñado, me vi siendo un guerrero vencido, que iba subiendo los escalones de la Gran Pirámide del Sol. Cuando llegué arriba quise despertar, salir de la angustia de ver al sacerdote con un puñal ceremonial sobre mi pecho, pero fue mi propio grito quien me despertó a las tres de la mañana. Sentía humedad en mi costado y un dolor agudo.

La sangre era un simple reguero que salía de debajo de mi pezón izquierdo. A mi lado yacía un cuchillo de obsidiana con empuñadura de metales preciosos.

El médico del hotel no sabía con qué me había cortado. Por suerte era un corte superficial. Regresé en el primer vuelo que salió de Ciudad de México y ahora descanso en la sala del psiquiátrico, donde esperan entender qué me posee en las noches, cuando, llevada por la curiosidad, saco el puñal y la máscara del escondite, de ese doble fondo del armario.

Palabras: 321

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miércoles, 19 de agosto de 2020

Steampunk en jueves

Imagen del blog de Mag


Siguiendo la iniciativa de Magda, La trastienda del pecado, mi aportación es la que sigue.

Nunca se pudo saber la causa directa del accidente. Unos dijeron que los protocolos estaban mal diseñados, otros que hubo un fallo humano en su aplicación. Otros más creyeron que los movimientos de las placas tectónicas, inestables ya en la segunda  mitad del siglo XXI, fueron el desencadenante de una serie de   fallos en cadena, como fichas de dominó. Algunos pocos lo achacaron a la voluntad de Dios. Lo cierto es que hace treinta años, en el 2120, los supervivientes de las explosiones en las centrales nucleares se dieron maña para armar artefactos cerrados, con todos los sistemas de ventilación y  de desinfección de agua que pudieron, así como réplicas de cereales y verduras, en invernaderos verticales.

Vivo en lo que era mi ciudad, de treinta mil habitantes, de los que sobrevivimos unos cinco mil en su momento. Nuestra nave es un Ariel 320-D, de dimensiones superiores a un rascacielos pequeño, y con muy poca potencia de movimientos. Todos los Ariels se desplazan. No queda más remedio, porque los que seguimos vivos necesitamos encontrar lugares donde hacer acopio de semillas y de agua. Además, los humanos no queremos abandonar el sueño de fundar una nueva ciudad.  

Mis padres, fallecidos como casi todos los adultos, me contaban cuentos de pequeña. En ellos, y en los pocos recuerdos que conservo, la Tierra era un planeta seguro y lleno de vida, pero los árboles que nos encontramos siguen amarillos o negros, y la radioactividad, según los técnicos, sigue siendo muy peligrosa. Parece ser que al principio nos topamos con varios refugios habitados, aunque en tres década, ya casi era imposible que pudiéramos encontrar alguno más. Pero ha sucedido. Un tipo de barba poblada y larga apareció en la puerta disimulada de una colina artificial. El brazo del Ariel pudo abrirla. El tipo dice llamarse Germán. Como sólo he visto a los varones de mi nave, bueno, yo y todas las hembras que conozco, su llegada ha sido para nosotras un espectáculo, y un manojo de nervios, de miedo y de novedad para mí.

Somos trescientas mujeres en edad de procrear, si bien algunas ya lo han hecho, con miembros del grupo, pero treinta seguimos sin hijos. Nadie nos obliga a nada, somos una democracia, pero está mal visto que no queramos tener relaciones sexuales, visto el descenso continuo de habitantes, muchos con piezas biónicas incorporadas, yo incluida. También explican que los varones necesitan de esas relaciones para no incurrir en discusiones o peleas, que son un problema en este espacio cerrado.

A mí me ha gustado Germán. Su voz es diferente, y su mirada también, tal vez por haber vivido bajo tierra tanto tiempo.  Dice haber leído muchos libros. Cuando se ha ofrecido a leerme algunos de los pocos que ha traído al Ariel, no he podido evitar recordar las lecturas en voz alta de mi infancia. Y he vuelto a soñar.

Palabras: 476

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