Emprendo la jornada con el registro de tu voz aún resonado desde la
calle, entre el sedán y las margaritas que adornan el zaguán.
Tu voz se transforma, y me transforma cuando
modulas con ella el único sonido que mi corazón corrobora como cierto. No
inventado, ni impostado. Ese que con tu “ciao amor”, justo antes de salir por
la verja y justo después de enviarme un beso con tu mano danzarina, acomodan mis
ojos a la luz que asoma entre las casas y el sauce que nuestro vecino adorna.
Te veo entonces, con la mano a la altura del
pecho, dejando ir un beso más tras tu sonrisa. Y ese beso revolotea en el aire
mientras las luces de las farolas se apagan, y pone el punto y seguido de mi
día.
El margen del reloj, acomodado a mi voz que
tararea, me permite hacer los gestos cotidianos para echarme al mundo.
Acompasados, los minutos se acoplan al cajón de
la ropa interior , llevando a mis dedos los fragmentos de tus manos por la
orografía de mi piel.
Con el sujetador acoto mis colinas, que aún
rescatan el olor de tu colonia, y con las medias recorro los caminos recorridos
por ti, sabiendo que mi epidermis anda cautiva de tus manos de chelista.
Con el foulard a su albedrío, cierro la puerta,
y ya cercana la hora de enfrentarme al tráfico y los vaivenes del trabajo,
sonrío al salir de la cochera.
El día lo daremos por acabado, cuando entre
ensaladas y colores de alegres vegetales, llegue la hora de preparar la cena y
nos dejemos caer en la tentación de caer en ella.
Sin pecado y sin medida.