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sábado, 20 de septiembre de 2025

La prisión de los olvidos.

De Lecturalia

He dibujado tu cara, con más pena que gloria. 
Con un carboncillo que dormía en un plumier olvidado.
He hecho un boceto y he mirado mis manos. 
Mis dedos artrósicos me traicionan 
o los  recuerdos se me  confunden entre los verdugones de los años.

Una cara que ahora encuentro ajena, 
me mira desde  un bloc  
Arranco el mamarracho, 
quedando pedacitos en la espiral metálica.  
Esa espiral, tan superior,  con su vertical visión del mundo. 
La que divide la realidad de lo que sucedió.
Hago un esfuerzo para arrancar con precisión 
los fragmentos perforados de este intento de dibujo. 
Para desincrustar con ellos los últimos retazos de ese recuerdo confuso.

Quedo exhausto y pensativo 
con un dolor derramando  escarcha 
entre las falanges y esa instantánea de dos jóvenes 
asomados a una noche cuajada de estrellas.

Yace en la mesa de la cocina una bola de  papel, 
junto a la caja de calmantes y frente a un plato de loza.
Los recuerdos van derramándose 
entre los azulejos hasta desaparecer, en esta prisión de los olvidos.




Mañana, en el café de la esquina, intentaré volver a recordarte, a recuperar las líneas de tu torso mientras cocinabas cantando... esa canción, sí esa. Que ahora no recuerdo. 



domingo, 14 de julio de 2019

Barquitos de papel

Imagen tomada de Aquí

Había llovido, como un sonido sin tregua. Como una fiesta del cielo. Como una lluvia de Abril. El dial de una radio lejana traía unos compases de un tiempo dejado atrás. De unas canciones de juventud y arrumacos. De una infancia tardía. De un velero bergantín.

Un ser grandioso dejó que su mano fuese el mar, para que en ella la magia de unos barquitos de papel tomaran cuerpo. En el océano de las inquietudes, esos salvavidas de papel eran una nuez donde navegar sin miedo, hacia el muelle de otros destinos más calmos, donde poder descansar.

De uno en uno fueron llegando las naves. Al rincón de los espejos de un mar en calma chicha. Cada una traía una historia de latidos que explicar. Cuando estuvieron reunidos, charlaron sobre las manos que les habían confeccionado, y de cada pliegue que les hicieran en su satinada piel de imprenta.

Se contaban entre ellos sobre palabras de tinta. Aquellas que los dedos de unas manos habían escrito. En folios de insomnios, entre escenas de tormentas, rayos que rasgaban las noches y paraguas que no se abrían.

Los poetas podrían haber reutilizado sus papeles desechados, cargados de poemas caducados. Sin embargo, de hoja en hoja, y de barco en barco a la deriva, habían formado un mar de letras sin sopa, un mar de estrellas sin cielo, un ejército de versos sin soldaditos de plomo que arrastrar.

Alcancé a ver cómo la calma vencía a la aflicción de las palabras perdidas, y era hermoso, ahora, ver navegar a ese ejército de versos no publicados, en un cráter de luna imposible, hecho de lágrimas suicidas, vertidas en cualquier mar.



martes, 25 de junio de 2019

Un puente del ayer al hoy

Imagen de Aguirrefotox

Anclando la cabeza en tu antebrazo, empezaste a dibujarme. Tus dedos recorrieron mis labios, ya huérfanos de carmín. Seguiste el trazo de mi mentón alto, y por el aire, sin tocarme,  tu mano fue perfilando mis parpados, cerrados. Rodeaste  mis lóbulos, paciente, esas orejas que anhelaban tus versos desbocados, las melodías de tu boca, el dulce despertar de las palabras.

Las manos se tocaron, chocando en las esquinas de laberintos de pasados. Las pieles fueron levantando anhelos que creímos olvidados, y la tarde se fue desgranando en caracolas, en olas de suspiros, en luces con gemidos, dejando aparcadas las farolas de tantos años perdidos. 

Con el carnet caducado, tomamos la ruta sesenta y seis del este al oeste del ocaso. Saltaron mil esquirlas por los aires, dinamitando las compuertas. Los diques de mis labios, desbordados, los frenos de tu afán, desoxidados. Sentimos las hormigas del deseo, recorriéndonos los pies, de sur a norte. La pálida luna, incluso, hizo extraños aspavientos cuando las amapolas soñadoras emprendieron el vuelo, al dejarnos resbalar por las auroras, desembaladas sin prisas, y con acierto. 

Se hizo el silencio. Ese grato y gozoso silencio. Calmados, se apaciguaron nuestros pulsos, y salimos de la mar y su oleaje, mojados, para volver a escuchar, de nuevo, los coches de la avenida, el perro del segundo, la  radio de los cuarenta principales de vaya a saber qué piso. Habíamos creado un oasis sin cocotero, o un puente entre  dos décadas de ausencias. Quién sabe si un pasaporte hacia un mañana.

jueves, 31 de enero de 2019

Cocinillas, para un jueves

Tomado de Google

Siguiendo una iniciativa de la bitácora, relato juevero, propongo una "crema de calabaza con pétalos de rosa", por supuesto, inexistente.

Mientras dormías aún, recogí del congelador los pétalos de aquellas rosas que me regalaste por mi cumpleaños. Salí luego al huerto y corté con alicates de dulzura dos hojas de calabaza rociadas por el hielo de este invierno en los paisajes y de esta primavera en flor de nuestros brazos.

Me esmeré en cortar en dados diminutos los pétalos y pistilos, dejé reposar el caldo de virutas de cuerno de unicornio y cabellos de cronopios, y ahora hago un sofrito de besos y copos de nieve, a fuego de levísima ignición, para que la base del caldo deje ir las propiedades y vitaminas de cada componente del desayuno.

Cuando, más tarde, me alzas en tus brazos, crujen las maderas con tus termitas derrotadas, se desbordan los aromas entre las paredes de azulejos de trencadís, y nuestro querido Dog mueve la cola, avisando que el hervor está punto de producir una inundación de besos por toda la cocina. 

El desayuno de amor invernal, entre cremas de vegetales henchidos de amor, nos lleva a apagar el fuego de los fogones, abriendo las espitas de nuestros corazones, sedientos de piel y olas en busca de un suave aterrizaje, que lama la playa de nuestros deseos cumplidos.





sábado, 24 de noviembre de 2018

Ahora, y ¿por qué no?


Imagen tomada de Google

Ahora que has transitado los lugares que creíste más acertados. Que has evitado charcos de delirio y trampas de grandeza. Que has sobrevivido al vacío, y te has intentado mantener atado al suelo, descubres que los últimos puñetazos del ring de la vida, han podido contigo. Has caído. Quieres darte vuelta sobre las costuras, como un calcetín, porque sabes que el tejido de tu esencia sigue intacto, pero no es fácil, ni permite prisas.

Ahora, que el corazón sigue latiendo, y las neuronas bailando el vals de las noches vacías, sólo puedes pensar en llenarlas de nuevo, en abrumar al olvido, y a la soledad persistente, con tus ganas de seguir en pie, dirigiendo tus pasos a algún lugar donde no importe de donde se venga ni hacia dónde se vaya. Habrá más noches en las que pensarás ser feliz por estar acompañado, sin entender, una vez más, que el son al que bailas, al final, es el ritmo que marca tu respiración entrecortada, tu pulso, alterado casi siempre, por las prisas en encontrar algún resquicio de luz, alguna señal que te ayude a recuperar los pasos perdidos, a encauzar de nuevo el timón de tu deriva y la libertad de gozar del aire en tu rostro, en la aurora de otro día, irrepetible.

Ahora que un nuevo amanecer ha surgido, entre la nada espesa del calendario, para avisarte de que, a pesar de todo, merece la pena seguir caminando y abrir los ojos. Ahora, que has de volver a inventar el destino, la jugada, la postura y el acierto de ser dueño de este día. Ahora, que en tu locura de creerte invencible, te ves capaz de mirar de frente a todas las derrotas pasadas.

Ahora que te ves con fuerzas para  luchar contra todo lo que apuesta por echarte de la partida, por marchitar tus sueños y esperanzas, nuevamente. Ahora que sabes que no bajarás la testuz por penúltima vez, que no hay atajos ni artificios de farmacopea para llegar hasta dentro de ti mismo, y sientes la necesidad de recuperar las ganas de seguir en pie, a pesar de las zancadillas del destino. 

Ahora puedes emprender el viaje más duro de tu vida. No está en mapa alguno, ni hay agencia de viaje que te ofrezca ese estado de gracia que buscaste. En ese devenir del tiempo, acompasado, de las estaciones de nuestra alma, es donde está el "tempo" acorde a tu armonía interior,  y nadie puede darte ese billete, ni necesitas maleta para emprenderlo. Basta con que te abroches el cinturón, por si vienen curvas. Otras curvas.

Mi homenaje a Freddie Mercury. Hoy hace 27 años que murió

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Poema perdido

Imagen de Aguirrefotox

Pedro sabía que aun en el cesto de la basura, ese poema de rimas con confeti, de frases con azúcar y de guiños a las musas, pervivía en su memoria, por más que hubiera perdido la inspiración, la sopa le hubiera salido más sosa de lo habitual y un calambre en la pantorrilla le hiciera cojear por el pasillo. 

Necesitaba ganar un premio de verdad, uno importante y de renombre, que nutriera su sed de abrirse al mundo de las palabras, su hambre de saberse  poseedor de la gran verdad, componiendo versos inverosímiles, redondos e incuestionables. Necesitaba ser su propia musa, con sus propios ritmos y aleteos alrededor de sus oídos. Necesitaba un espejo encantado, un rincón de brillantes luces, un recodo con luciérnagas bailarinas, una mesita de luz con chocolate, una silla de luna y oropeles, un lugar donde quedarse a componer sin distracciones.

Buscó por todas partes. Incluso bajo la montañita de ropa por lavar. Entre sábanas y calzoncillos, servilletas y calcetines, era imposible distinguir los sonetos de los pareados, las camisetas de las alegorías y el cajetín de detergente, de las rimas asonantes. Ante la puerta abierta de la lavadora se sintió mareado. Al intuir un centrifugado, con unos movimientos similares a ese centrifugado de mil revoluciones por minuto, se sintió revolucionado el propio escritor, o revolucionario, o tal vez como un simple beodo bajo un farol. Se sentó en el suelo. En ese estado desquiciado se rindió  a la evidencia. No era  poeta,  y el plazo para el premio Manuel Alcántara había finalizado hacía un mes. La papelera del portátil había producido, por su cuenta, la mágica desaparición del único poema memorable de tan despistado poeta en ciernes. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

Ríos de palabras

Tomado de Google


El laureado novelista había envejecido. Año tras año había llenado su universo de bellezas subliminales, de alegorías invisibles y de metáforas inmejorables. Un día le preguntaron:¿en qué te has inspirado? En su demencia senil no consiguió expresarse. Sólo él sabía que su mundo, de perfumes, de laberintos, de pieles y de ecos primordiales, carecía de lógica cartesiana alguna, por lo que no necesitaba justificarse. Tampoco recordaba cuál era la pregunta que quería contestar.

Se sentó con lápiz y papel, ante el mar. Las olas rompían en millones de estrellas, que jugaban con sus recuerdos y con las palabras usadas, para arrastrarlos por siempre al mar. Sin volver la vista atrás, empezó a dibujar fonemas y quimeras. Jugaba con las palabras, mimándolas, acariciándolas. Las iba tiñendo de colores, pero éstas, traviesas, empezaban a bailar en prodigiosas combinaciones y fuegos de artificio sin cuartel. Se entremezclaban y recombinaban, enloquecidas, formando madejas cada vez más intricadas, hasta que acabaron por pesarle sobre el pecho, como si una inmensa bola de papel arrugado fuese una esfera de plomo sobre su corazón

Atrapado bajo toneladas de metáforas y metonimias, apenas respirando y con la sensación de un ahogo postrero, desterrado ya del brillante mundo de las expresiones majestuosas o genialidades literarias, cerró los ojos. Poco a poco, notó que no estaba solo. En esa aparente oscuridad, que le iba tragando, surgieron bellas y sencillas expresiones, significados literales y frases directas. Con la imagen en su retina, de una mujer que creía recordar pronunció un “te quiero” , y se dejó llevar por una corriente de palabras, que como un río de agua limpia, le llevaban al  más allá.




viernes, 26 de octubre de 2018

Niña, si tú supieras

Imagen de Aguirrefotox, estatua humana de Ramblas

Ah, si supieras, niña de esos ojos centrados en las páginas del libro.  Si tú me vieses con tu mirada apasionada, pero a la vez confiada, pausada, y a ratos reflexiva. Ah, si te alcanzase, siquiera, una fracción infinitesimal de la desazón que me carcome al verte. Si notases cómo desmantelas de toda lógica, por mi edad y por mi historia, todas las consignas de mis  emociones, y todas las normas que me propuse cumplir.

Ah si entendieras qué desbocadamente he anhelado tu paso acompasado cada tarde, tu sonrisa queda, tu dulce verbo cómplice, que presumo melodioso, al verte desde lejos ante un lomo dormido en tu regazo.

Si supieras, si quisieras, si te dijera. Si con la trenzada emoción de mis palabras, tus oídos entendieran, se desarbolaría el cosmos en el  lunar de tu mejilla cuando sonríes, allí, tan lejos de mi mirada. Tan ausente, y para mí tan viva y tan presente. Tal vez los planetas te dirán que existo, que renazco del hielo cada día, sólo por verte.


jueves, 25 de octubre de 2018

Nostalgia de un silencio



Rojo fuego tu lencería sobre el fondo blanco de mi cama. Mar de edredones, enredo de piernas, motitas de plumas  volando, pícaras brisas marinas pujando por entrar por las esquirlas de las persianas,  farsa con aroma a queso fresco con miel de romero como cena, aquella noche votamos a hacer el amor, sin convicción, pero con ganas. Duramos poco, pero qué nos importaba.

Dejo ahora que repose mi fuero interior, no sea que no llegue jamás el momento verdadero de recordarte, y me pierda en el pasado sin abrir, o en el futuro por pensar. Rojo fuego tu lencería  sobre el fondo negro, de un mar ahíto  de anémonas viajeras en la noche del momento, esa que, aun vestida de un fingido estruendo, el tiempo silenció.

viernes, 18 de mayo de 2018

Caracolas y farolas



Ella oyó la llamada de una farola del parque, y él los cantos de una caracola de mar. Cualquiera diría que era una conversación entre amigos Quedaron en encontrarse, sobre una piedra del rompeolas. Derrocharon las palabras, alumbraron las posturas, inventaron nuevos gestos de algarabía. Descubrieron las risas en estéreo, sonando a brisa, a ecos nunca escuchados, a luz sin prisas. Acabaron con un beso, primero en ambas mejillas, luego las manos hablaron, con diccionario de seda. Rescataron los naufragios de otros sueños, las caracolas marinas disecadas, las sirenas de los bosques ya perdidas, y los volcanes sin fuego de anteriores travesías. Cayó la tarde. Despidieron a las lunas de los suspiros, a las semanas de preludio, a las muertas noches frías, dejándose caer en la playa de las certezas perdidas.

Desabrochando anhelos de sal con terciopelo, de arroyos con helechos, de aroma a profecía, les encontró la noche, descorchando la alegría.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Sonrisas de post-realidad

Imagen de Daniel Rueda

Le ofrecieron la luna y ella puso en su falda una sonrisa. Buscó escenarios, paseando por la ciudad de las consignas y se detuvo ante dos ventanas ciegas de un blanco edificio, de la calle Siesta, cercana a la Plaza de las mentiras por desentrañar.


Estuvo ahí posando hasta que un tipo le preguntó el porqué de su sonrisa. En ese momento ella dejó sus manos libres y la falda se puso a ondear ante un viento de dudas, pero el fotógrafo había captado e inmortalizado a la mujer sonriente, la de la post-realidad

Siguiendo una iniciativa de 
https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/09/29/viernes-creativo-escribe-una-historia-206/

domingo, 13 de noviembre de 2016

Bajo el mar de los silencios


Estas imágenes son del Aquarium de Barcelona, donde estuve hace poco, y que he recordado. Por el silencio.


El silencio, aunque no sea tal para los peces, para nosotros es atronador. Cuando un ser querido se va, queda ese vacío, silencioso, que invade los rincones del alma tras dejarte los lugares de más trasiego tan yermos como eriales.


Se van. A veces los seres más queridos se van. Cuando llega la hora, la puntual parca se los lleva. A veces con ruidos de goteros, a veces con ruidos de caídas de laderas, o de hierros en las carreteras.


Qué fácil decir que era su destino, qué simple oír que era su hora y que nos dejan pero se quedan. Así. En ese silencio que cuesta de llenar con sonidos ajenos a su voz, o a su risa. El silencio poblado de flashes, de fotos, de instantes que uno sabe que no regresarán jamás. Y ese jamás no se puede comprender, ni aceptar. 
Nos enloquece. Nos rompe. Nos aniquila. 
Nos subleva. Nos pone a prueba. Nos irrita.  


En el silencio del fondo del mar, 
corales y pececillos buscan aliento, 
para llenar el espacio de impostados goces 
para seguir viviendo. 
De sonrisas tan forzadas que duelen las mandíbulas. 
De palabras de teórica aceptación que nunca es aceptar.
De instantes prendidos por siempre entre las clavículas.
De llanto contenido, siempre por desalambrar.



La vida sigue, claro, siempre sigue, aún en el silencio del fondo el mar.

viernes, 29 de abril de 2016

Segundo tren

Imagen en foto, de Aguirrefoto

José, Pepe para los amigos, se sentaba a media mañana en un banco del andén dos, aunque sólo viajaba a Madrid los domingos para ir al Retiro. Allí pasaba los festivos mientras iba vaciando de a poquito una bolsa del pan sentado. Lo iba troceando menudo entre semana. Lo hacía mientras añoraba el trajín por la cocina de María. Días de fiesta entreteniendo la ausencia de la  mujer de su vida,  con el grato afán de algarabía de ese derroche de vida. A través de niños y parejas, turistas y barquitas sin prisa por naufragar, se daba casi en olvidar el zarpazo de esa ausencia incompresible, para regresar a Torrejón en la tarde, a por su cena solitaria.

El día en que entró en la estación una mujer de su edad, con un libro en una mano  y un bocadillo en la otra, vistiendo una mirada primaveral y un apetito de saberse viva, supo que había llegado su segundo tren, y decidió,sin calcular por una vez, seguir a su intuición y no dejarlo pasar.


jueves, 7 de abril de 2016

Ateneu para hermanos de letras


En el patio interior del Ateneu, hay musas que dormitan y viven junto a los peces de colores del pequeño estanque interior.

Les gusta sentarse sobre las flores para escuchar cómo los escritores se quejan de unos personajes desalmados y egoístas. Les oyen quejarse del precio del café y de las aspirinas. Quejarse de editores que sobrevuelan promesas que nunca cumplen y condiciones de avaricia y explotación del talento ajeno. Quejarse de las facturas de la librería. Quejarse de las compañías que escatiman besos a cambios de buenos versos.

Cuando nadie queda en el patio y el silencio se deja ver, hablan entre ellas. Son musas de edad indefinible, entre quienes igual encuentras hoy una con miriñaque que otra con short plateado, pero todas ellas charlan con los peces. Y todas saben volar sin artificio de escobas ni de patinetes quiméricos. Hasta sin alas…ellas vuelan y parlotean.

A los escritores de la planta segunda, en la biblioteca de regia estancia, llegan restos de susurros de ellas, y de las flores, y de los peces, en forma de fonemas. Llegan a veces finales de cuento bastardos, y hasta cuentos de final feliz enteros que parecía sobrevolar sobre los anaqueles de libros para aterrizar en el  lápiz de un hombre de pelo cano, o una chica de jean azul.

Del silencioso claustro llega también el aroma a agua y a campanillas. En ocasiones, cuando uno se sienta junto a la ventana, justo cuando apoyas el lápiz en un papel, notas cómo un ejercito de palabras se disponen en orden de batallón, en el alfeizar,  para empezar a romper filas luego, y ponerse a jugar después. 

Se las percibe  haciéndose tropezar entre ellas, se las oye reír. Se dan codazos los adverbios con los adjetivos. Se tronchan de la risa las tildes, y hasta las mayúsculas pierden el aplomo cuando los artículos determinados se ponen a jugar al corro de la patata girando alrededor de una goma de borrar Milan.


En ocasiones, uno deja de escuchar el chibarri de las palabras a su aire, cuando pone el punto final de su cuento inventado en una silla de Brcelona.

martes, 22 de marzo de 2016

Atentado a Europa


Al igual estamos  en guerra,
y no lo sabemos
porque entenderlo 
sería enfrentarnos al miedo.

Sabemos y creemos
que muchos musulmanes
son pacíficos,
y sólo una minoría de fanáticos
extienden las fronteras del terror.

Son los fanáticos 
quienes masacran a los cristianos
o a grupos tribales africanos.

Son los  fanáticos
quienes con saña
expanden en terror
por  todo el continente, 
en una marea sin rompeolas.

Son los fanáticos
quienes ponen bombas, 
o secuestran, o decapitan, 
o toman de una en otra las mezquitas.

Son los fanáticos 
que dominan el Islam, 
con tanto odio contra Occidente, 
quienes causan dolor en todas partes.

Solamente los fanáticos
insisten en la difusión de la lapidación,
u horcas para violadas o gais,
y enseñar a sus crías a matar
o a ser terroristas suicidas.

Sólo son fanáticos,
pero igualmente temo
por la mayoría silenciosa  
tan callada ante la guerra en Europa.

Londres Madrid..dolor.
París, ciudad de la luz,
símbolo de un estilo de vida,
de unos valores ... dolor.

Bruselas, capital de Bélgica
capital del Estado islámico en Europa,
la sede  de la Unión Europea ... dolor.

Son sólo fanáticos. Lo sé.
Se puede decir que más fuerte
pero no con más claridad.

Religiones y daños 
el fanatismo y el daño,
y si un Creador lo permite
Mejor obviarlo. 
Réquiem  por El. Por todos

Imagen Aguirrefoto

lunes, 29 de febrero de 2016

Besos y caracola


Juan la despidió con un beso largo en un abrazo de vértigo. El avión despegó  con una explosión ruidosa, tal vez preludiando una estrepitosa sensación de  ausencia.

Él se dio en guardar los besos con destinatario ausente.

Primero guardó los más cálidos en los lugares de mayor uso. En el recibidor, sobre el sofà, sobre la colcha...Luego sobre los respaldos de las sillas, y dentro de los cajones de su ropa, y en el estante de la ducha, y en el armarito de sus afeites, y en su mesita de noche, y en el cajón del chocolate del frigorífico...

Cuando abrió el congelador para seguir guardando besos, confirmó que los meses habían ido pasando, y que ya había  atesorado para ella miles de besos alados, de mil colores y mil texturas.

Diminutos y leves, humedecidos y exaltados, de apoyo para noches frías y de frescor para siestas de Julio. Había besos de floración y de luto. Besos de parar relojes y de escasos segundos. Besos de sal de lágrimas y besos de mar de luna.

Una noche soñó con ella, una y otra vez. Y los besos fueron creciendo, indisciplinándose de las rejas de sus cárceles, hasta inundar el suelo,  hasta derramarse bajo la puerta, hasta conquistar las escaleres, y bajarlas en cascada de besos.

Se colaron por el hueco del ascensor inundando ese espacio. Ahuyentando a las cucarachas y a las pelusas del olvido. Escaparon por la acera, como ejército de hormigas en busca de un hormiguero. Desfilaron por la acera, se colaron por las bocas de desagüe, siguieron por las alcantarillas, derivaron al mar de las ausencias y veleros de viento en popa, hasta arribar a una playa griega, entrando en una caracola, que dejaron inundada de besos de amor y gritos de ternura. 

Una mujer que rescataba a unos niños de una lancha, tropezó con su angustia, con la rabia de ese rosario de gente huyendo y empapados de dolor. Tropezó con sus miedos, sus añoranzas y con esa caracola rubia y grande, reluciente  y golosa, húmeda y tentadora.

La acercó a su oreja derecha, y justo en ese instante, un hombre de Barcelona despertaba sintiendo la piel anfibia de una mujer de mar, que, junto a su almohada, venía cargada de besos sin sal.  

sábado, 20 de febrero de 2016

¿Quién es usted?

- ¿Quién es usted?        
- Paco, tu marido
- Desde cuándo   
- desde hace cincuenta años
- ¿Por qué me da la mano?   
- porque te quiero
- ¿Ah sí?Ah...y desde cuándo       
 - desde que eras niña


- ¿Quien era ese hombre con barbas?     
- Paquito, tu hijo
- ¿Y por qué lleva barba?
- la ha llevado siempre. Le gustará.
- Ah. Muy guapo ese hombre 
- Sí, salió muy guapo, y muy bueno.

- ¿Dónde me lleva?
-  a pasear por el jardín
- Un hombre muy mayor para ser mi hijo, serà hijo de otra
- No, es nuestro hijo mayor, tenemos otros dos
- Me hace broma. Soy muy joven para tener hijos. ¿Quién dice que es usted?
- Soy tu marido. Ya te llevo a comer, Adela

En la residencia de los recuerdos extraviados, la anciana de la ciento quince, en cada visita conoce de nuevo a la misma gente, una y otra vez

lunes, 7 de diciembre de 2015

Música maestro

"Clase de piano", Veemer

Dejo que la ventana abra paso al nuevo día, con mis pestañas aún plagadas de hilachas de rastros de mis sueños.

La ducha me recibe con unos pases de agua y de notas musicales que refreno en mi garganta para no encender de enojo a los vecinos. La toalla abraza la piel por acabar de despertar a los sentidos y el aroma del café de cápsula deja ir, como ambrosía, un compás de promesas para el paladar.♪♪

Abro una ventana más, donde a menudo, por un plasma inerte se me antoja un saludo de a de veras, que me lleva a una loa de sinfonía que acaba por despertar a la mañana.♪♫

Salgo tarareando hacia el trabajo, con una provisión de grato aroma a cuarto con piano de caja, con metrónomo,  y peluca blanca como la alegría.

Mi día me lleva y me trae, como las frutas del mercado, hasta que en algún momento, por la ventana inexistente de las cosas, la vida de las notas musicales se acopla a unos instantes de asueto e islote perdido.♪♫♫

Sin nombre, sin presencia y sin más identificación que un simple apodo, siento que el aire queda quieto. Nada más que calma se acomoda en una página sin dueño. La amabilidad que sabe a café calmo con miel, sin arrebatos, disponiendo un bodegón para este cuadro.

Ese que contemplo cuando lo veo, pero que sé que forma parte de mi casa, como los cuadros que engalanan las paredes de los ratos tranquilos, sin requiebros.
Y en muchas ocasiones son los sones que me llegan del bodegón de los afectos impalpables, los últimos compases♪♫♫ que me llevan al paisaje de otros nuevos sueños, con Morfeo

domingo, 6 de diciembre de 2015

Coulant de chocolate

Tomado de Google
Tengo entre manos la elaboración de masa madre cuya autoría es de una amiga italiana, de origen judaico. Como algunas cosas que merecen la pena, tiene un tiempo para fraguar, desde los campos de trigo hasta que llega a la mesa, por lo que me permito, sin que sirva de precedente, cocinar una pócima de mayor grado de complicación y mayor número de ingredientes que otras veces.

Mi receta, sin embargo, está al alcance de principiantes en el noble arte de la restauración y los manteles.

En la  alacena, con su cortinilla a cuadros blancos y azules, la tableta de chocolate reposa para mí. La tomo, con la suavidad y el mino que los frutos de la pasión requieren, y son los doscientos gramos de aroma a merienda con pan. De la libra del envase, que equivalen a cuatrocientos gramos, ya hice desaparecer la mitad en ataques nocturnos de apetito de dulce y querencia a chocolate, pero la mitad me bastará

Al baño maría, dejo que el rectángulo marón se bañe con mantequilla, y juntos hacen una pasta densa. Ese baño cojnunto lo aceptan más por complacencia que por deseo de calor. Mientras remuevo la argamasa van charlando de sus cosas. La mantequilla, tan fresca de la nevera, anda quejándose al chocolate porque la ensucia, y éste de las manos heladas que quieren abrazarla, pero acaban entrelazándose en un tango arrabalero al ritmo de la espátula en un allegro desatado. El recipiente queda aparcado y por el silencio, deduzco una emulsión perfecta.  

En el bol de los secretos de las noches dulces, bato cuatro huevos cuyas yemas bailongas juegan con el tenedor al pilla-pilla, mientras el azúcar espera con aire circunspecto. Estos huevos – dice el azúcar-, siempre resbalando. Ella es consciente de su importancia, y los setenta gramos de blanca nieve los dejo deslizar, confirmando cómo  eriza y se entremete con los colores anaranjados de puro ballet, en una danza del vientre que quiere salirse del recipiente por dos veces. La varilla está exultante con sus sonidos metálicos que alegran al canario y le provocan un trino.

El horno está pidiendo que lo alimenten y ese calorcillo por las piernas me resulta muy confortable pues la nieve ha hecho acto de presencia en la ciudad, y los tejanos abrigan poco para fríos de helar  las cañerías.

La harina espera en el estante, tan impoluta, tan fina ella, queriendo vestir de máscara veneciana todo lo que toca.

En la fuente de porcelana grande, como apoteosis final, mezclo  el conjunto de ambos bailes, dejando que los diminutos copos blancos de unos setenta gramos, al fin se avengan a conjugar los verbos del mezclar y del fusionar entre mis manos, que notan la húmeda tibieza del aroma a chocolate y dulce sueño de algún  bizcocho infantil.

El molde es con forma rectangular, como la cámara de fotos, hondo como los afectos y engrasado por la risa de confirmar, que tal vez, por puro azar, tras unos diez minutos a fuego medio de un horno de pan sin miga, acabe saliendo un coulant de chocolate.

Adornaré la ración, si sale bien este postre, con fresas, rojas como rubíes de luz  y pintaré una cenefa de sirope de abrazos blancos como la ternura.