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domingo, 7 de julio de 2019

Esa última cena

Imagen de Aquí, vale la pena leerlo
Tenía ganas de volver allí, porque la última vez que estuve en Milán no daba abasto a interiorizar tanta escultura, pintura, rincón, palacio e iglesia. Un poco menos agobiante que Florencia, pero también  con un exhaustivo recorrido por el renacimiento. Esta vez me hice con la entrada, que como sabemos, es de veinticinco personas por vez,  y está muy solicitada. La famosa última cena, que Leonardo realizó entre 1494-8, fue pintada a la entrada al refectorio de la congregación. Como podía darse con el genio, pintó la escena "al seco", temple y óleo sobre el yeso, directamente, y no “al fresco”, cosas suyas. Tal vez tuvo láminas metálicas de oro y plata, como testimonio de la voluntad del artista, pero el tiempo dejó claro que el deterioro empezaría pronto.  La restauración más reciente ha sido en 1999 donde varios métodos científicos han intentado restaurar lo posible, eliminando las pinturas aplicadas para restaurar el fresco.

Sí, he ido a visitar “La última cena", que no está pintada en la noche, sino que representa triadas de apóstoles a ambos lados de un Jesús nada laureado, y sin cáliz. Solito, qué solo se le ve. Claro, con alevosía y premeditación, imagino. Todos los apóstoles y él mismo dan la espalda a unas ventanas en las que se ve un paisaje de atardecer. Hombre, es grande, con un ancho de hasta ocho metros y de altura de unos cuatro. Impresionar, impresiona, más por lo que se ha dicho de esa obra magna y las posibles curiosidades despertadas tras el best-seller, me parece. Pero es verdad que no soy nada entendida.

Había cenado muy pronto, y no sé cómo, me dormí, tras un banco. Dejé que una cabezadita me tomara de la mano y sobre las nueve me desperté súbitamente. No he creído nada del libro de Dan Brown y sus teorías heréticas, pero teniendo la oportunidad de gritar y que me sacaran, la dejé pasar. Mandé un wasap a mi marido, avisando que no me esperase, y cuando hube constatado que los monjes se habían retirado, me puse a mirar con detenimiento. No soy alta, o sea, que las cervicales se me han quedado tibias, pero bueno, al regresar a Barcelona ya iré a la osteópata, me dije.


Súbitamente apareció un duendecillo, de debajo del mantel. Sin más.
-"Jajaja, salía riendo y bailando. Qué imaginación tenéis los del siglo veintiuno. - dijo-. Que si María Magdalena, ay pobre María, confundida con un San Juan tan tierno. O esos rasgos amenazantes tan elocuentes de un san Pedro, quien sería pilar de esa escuela de pensamiento y religión futura.  Jajaja, esa ausencia del cáliz, ay si superarías que Leonardo contempló pintarlo  y decidió que no, que no  quería hacer una representación de las misas y su trasmutación de pan y vino. Y qué me dices de las manos, qué señalan y qué no. ..

-"Lo que hablan son las manos, eso sí, -le dije-. Opino, como Goethe, que sólo un italiano podía pintar manos tan expresivas, tan charlatanas. Él sabía que sólo un alma caliente  podía pintar un cuadro como éste, pero dime ¿porqué las triadas?

- "Hija, qué incultura, me respondió, jugueteando con el nudo del mantel, - Mira la Primavera, de Boticelli, y en muchos otros cuadros de la época. Las figuras se entienden mejor si las agrupamos de tres en tres. Al lado derecho de Cristo están Juan, Judas y Pedro, fíjate, no se precisa de física cuántica para entenderlo".  Me molestó un poco, la verdad

- Me sorprende que me hables del fresco y no de lo que has visto en estos..¿quinientos años?. Creí que la pintura me diría más cosas, pero no. Me las estás diciendo tu, pero no me explicas los avatares de su preservación.

- " Pues yo creí que sabías usar internet, querida. Ahora te dejo, me voy a dar una vuelta por el lugar. Hago rondas diarias, ¿sabes?, mírate algo de esta obra, pero con la mente abierta, y si quieres, vuelves y charlamos. Pero no hables de mi presencia bajo las faldillas, es nuestro secreto. dijo haciendo el signo de silencio con su boca. Shhh, desapareció, raudo, tras una puerta, que yo encontré cerrada.

Grité, me dejaron salir, y dejé atrás la iglesia. Y al duendecillo jocoso que vaya usted a saber cuántas cosas nos podría explicar. De la historia del lugar, sin duda alguna, pero también de ese Leonardo adulto. Les dejo, tengo prisa,  tengo cita con la osteópata.