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lunes, 14 de junio de 2021

Campo de trigo

 


Este Van Gogh es de 1888

Sebastien se había criado en  la finca familiar, con un padre maltratador, una madre ausente, no porque no la viera, sino porque contaba lo mismo que una silla en un rincón, y unos cuervos que vigilaban los campos desde que tenía memoria. Llegó la época de la siembra, como cada ciclo de renacimiento. El nuevo aparato, llamado radio, desde hacía poco adornaba el único mueble del comedor de su casa.  A través de la cajita mágica había escuchado poemas, y canciones, y noticias. A través de la cajita, su madre sonreía de tanto en tanto, y alguna vez, pocas, canturreaba y todo, algo nunca visto por Sebastien. Era un mundo enorme y desconocido lo que se abría ante él.

Por su experiencia, las crías de cerdos o patos se formaban tras uniones de animales, pero los retoños de trigo, o centeno, o cebada, se formaban por plantar su semilla en la tierra, esa tarea de la que dependían para su subsistencia. Tuvo una feroz lucha interna para decidir si sembraba trigo, con lo que su padre había cargado el saco que tenía que aventar, o si sembraba melodías. Acabó siendo muy justo, la mitad del campo lo sembró con cereales, y la otra mitad con notas musicales.  

Llegó el tiempo de ver crecer lo que luego sería su pan. La mitad de las tierras estaban floreciendo, las espigas iban tomando forma y volumen, pero la otra mitad estaba yerma. El padre le acusaba de haber escamoteado el grano para regalárselo  a un labriego cercano que tenía muchas bocas que alimentar. El joven le dijo que esperase, que ya saldría lo plantado, y podrían cosechar mejores frutos, pero pasaban las semanas y ahí seguía el campo sin nada que cosechar. Llegó la estación de la recogida del fruto del esfuerzo de todos los  campesinos, y una zona del campo empezó a agrietarse, dejando escapar sonidos armoniosos, como oleajes marinos, notas musicales que se combinaban en el aire formando sinfonías arrebatadoras, trinos de pájaros que nadie conocía, y cuando la luna llena dejó iluminado el campo completo, Sebastien vio cómo llegaban vecinos con carretillas de grano recién segado. 

Se sentaban y ofrecían sus cereales a cambio de escuchar la música de un campo especial, por escuchar en directo, sin cajitas mágicas, el canto de la Tierra.


martes, 1 de junio de 2021

Frida

 


Me perdí. Ignoro cuándo, en esta selva tropical del Yucatán. Mi viaje programado incluía varias excursiones, pero decidí inspeccionar por mi cuenta. Buscaba un “cenote” del que me habló un pintor mejicano, medio loco y bohemio. Estaba segura de poder hallarlo con sus indicaciones. Pasé un día de perros, con mosquitos, sensación de humedad y una temperatura que me encogía las ganas de seguir caminando. Decidida a regresar al hotel, en vista de mi fracaso arqueológico, me senté entre matorrales exuberantes y verdes como esmeraldas, así tocados por el sol en retirada. No sé si lo vi, o lo soñé, pero un puma se paseaba a corta distancia, mirando un colibrí. Tal vez la falta de agua me producía esas visiones que no puedo catalogar.

Mientras intentaba pensar qué hacer si el puma se acercaba a mí, ante lianas y plantas, entre los rayos de sol, que ya tímidos, iluminaban las sombras vegetales, vi una mujer de hiedra y verde, de selvática belleza sin artífico, de mirada incisiva como puñales, de madejas de dolor en sus pestañas. La llamé por su nombre, pero Frida estaba estática, como atada de alas y piernas, mirándome así, de frente, rezumando madreselva.

Pude hacer una llamada con la mínima señal de telefonía que llegó a mi móvil. Por eso escribo sobre Frida desde la habitación del hotel, sobre lo que para mí fue una aparición.  Su esencia, su alma, ya libre, revolea por las selvas prietas y lujuriosamente vivas de México, y quiere seguir contando cosas, desde su infinita capacidad de amar y de vencer al dolor .


sábado, 20 de junio de 2020

La sombra que se fue



Mi padre me había llevado a pasear por las Ramblas, cuando no eran ese parque temático que recorren los cruceristas, ni el Liceo se había restaurado. Bebí de la fuente Canaletas, sobre la que me explicó la leyenda que afirma que beber de ella implica no irse jamás de Barcelona. Como llevábamos pocos meses, los justos para que mis padres encontraran acomodo de instituto para mi hermana y para mí, me negué a creerlo. Entendía poco ese idioma, si bien me sonaba  a un francés extraño, y echaba de menos a mis amigas del colegio    de monjas de mi ciudad tierra adentro. Además seguía enojada, porque no me habían dejado comprar unos libros, como castigo por haber seguido leyendo de noche, con una linternita bajo la sábana.

Nos detuvimos ante un portal enorme, entre una niebla que me impedía definir los contornos de la puerta, ni precisar el número del inmueble. Apreté su mano, tirando, como si él fuera ajeno a la prisa que yo manifestaba por regresar a casa. Un tipo que parecía un vagabundo nos dejó entrar, y saludó a mi padre. Me miró como calibrando mi edad, o mi sexo, llevaba el pelo corto y mi inseparable tejano, pero más que incómoda me sentí valorada. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de túneles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.  La sombra del viento, de Ruiz Zafón.

Mi padre, y el guardián,  siempre supieron que había robado un libro, el que más almas tenía, porque era el que más personas habían leído. Lo que nunca supieron es que dejé uno mío,  Mariana Pineda, de Federico, y que jamás pude recuperar. La vida me permitió, años después, llegar al callejón, y a la casa. Pero el guardián se había convertido en un portero automático de una pensión sin nombre, o uno que no puedo decir, porque es el título del libro que robé, hace ya tantas y tantas vidas.  


jueves, 1 de agosto de 2019

Los tres tenores, en jueves

Siguiendo una propuesta de Dorotea  para este jueves, mi propuesta es para el número tres, que aquí, no son multitud :-), diría la princesa Diana de Inglaterra.


Julio de 1990, en las termas de Caracalla, en Roma 

Cuenta la leyenda que Puccini quiso hacer una ópera con un cuento chino, del Pekin, cuando Turandot, la pura, hija del emperador, ha de casarse con quien resuelva los acertijos que ella propone. Sin embargo, quien no acierte, será degollado por un hacha, rezaba el pregón. Así van pasando los pretendientes, de uno en uno, por palacio, como, igualmente, sus cabezas iban rodando de una en una. Sería muy bella, pero ganas de casarse tendría pocas. 
Un día, Calaf, un príncipe lejano y desconocido, rendido a su pies como tantos antes que él, enamorado de su semblante, logra adivinar los enigmas planeados por la exigente princesa.
  
-¿Qué es lo que nace cada noche, muere cada amanecer para renacer en el corazón?
- La esperanza, había contestado el joven
-¿Qué brilla, es ímpetu y ardor, como una llama, pero no es fuego? 
- La sangre, mi señora.
-¿Qué es como el hielo, pero te hace arder? El hielo que enciende tu llama 
- Eres tú, mi bella Turandot.

Ella rehúsa cumplir su palabra de desposarse con el vencedor, porque es extranjero, alude la princesa. El príncipe lejano, viéndola dudar, le propone un nuevo enigma, que ha de resolver ella. Si adivina su nombre, él morirá y ella quedará libre de su promesa. Los pregoneros buscan por todas partes quien conozca al joven. "Nessun dorma" (Nadie duerma),  iban gritando. Que no duerma nadie hasta saber el nombre. El joven, apostado en una escalera, contemplaba la luna y las estrellas, ansiando que llegue la mañana, seguro de su triunfo y con el alma henchida de dulces anhelos prendidos en las estrellas lejanas, que parecen poder ser tocadas..

Con el sol en el horizonte, Calaf le declara su amor. Ella insiste en que se vaya, pero él acaba confesando su nombre, dispuesto a morir. Ella, al fin,  conmovido su corazón de hielo, proclama que el verdadero nombre de su valiente príncipe, ha de ser Amor.

Como andamos medio de vacaciones, un texto sencillo, que no deja de tener moraleja, además de unas voces de ensueño. Estrenamos mes. Que sea gozoso y dulce. Deseo un feliz verano a todos, y mejores vacaciones a quienes las disfruten. Si ven que este blog va a medio gas, no teman, que nos leemos a la vuelta. :-)

domingo, 21 de julio de 2019

Ese bar Europe, de Montmâtre

Imagen de Aquí


El bar Europe es un lugar pequeño, recogido, y diría que obsoleto, que se alza bajo las escaleras de Montmatre. Entré porque el calor me venció. Había dos parroquianos, de turismo, igual que yo, imaginé por las pintas, seamos correctos, por las hechuras indumentarias. La camarera, supuse propietaria, era mayor, o así me pareció, pero amable. Ese bar tenía como adorno único una lámina de Van Gogh, lo que me pareció estupendo, ya que me encanta este autor y en especial este dibujo. Al salir de aseo, uno de los parroquianos, ruso creí, vociferaba con su acompañante ante la solitaria lámina. Dolor, se titula.

Subiendo las escaleras, miré hacia abajo. El bar, bistró en realidad, se veía con precisión, pero observé un brillo inusual en su rótulo. Quizás el anís o el calor me afectaba a la sesera. Llegué arriba, donde me quedé un rato, sin entrar en la Basílica.  Recorrí algunas callejas. El sol se batía en retirada, y el azar hizo que volviera a pasar por el mismo bistró, con necesidad de usar su lavabo.

La mujer de antes secaba unas copas tras el mostrador. Tosí, para llamar su atención y me miró con unos ojos de pasado cargados de nostalgia. Pedí un pastís Ricard, y cuando salí del baño, el tiempo era otro. No puedo definirlo de otra manera. Había bullicio, hombres sentados y hablando,  acaloradamente, y no sé cómo, mientras  degustaba mi bebida, sentada en una mesa y con los ojos como platos, tuve la certeza de estar asistiendo a una de las veladas de primeros de siglo veinte. A este lado del Sena, algunos pintores se hicieron cómplices, amigos, amantes, seguidores o protagonistas de una corriente artística, e ignoro la razón, yo estaba allí. Creí reconocer a Camille Pissarro, y tal vez a un joven Pablo Picasso, quien discutía con Modigliani,  y otros artistas que no supe reconocer. Cuando se abrió la puerta, un Vincent gesticulante entraba con Matisse. Sólo faltaba Degas o Toulouse-Lautrec, me dije. Parece que mi cuerpo no estaba allí, aunque yo sí.

Cuando me cansé de escucharles, sin poder decirles qué futuro tendrían, salí a la noche.  Le Chat Noir estaba abierto, se escuchaba el piano desde fuera. Vi a las parejas, vestidas de época, entrando en lo que luego sería Le Moulin Rouge, y me sorprendió el olor a gas de las farolas. Me recosté en un banco y me dormí. Al despertar estaba en este año del presente, agradecida del fresco de noche. Regresé, confusa, al hotel.

Hoy he regresado al bistró. Había un hombre de mediana edad. Las paredes estaban decoradas con láminas de Van Gogh, unas cinco o seis, pero sin rastro de "Dolor". He preguntado por la señora de ayer, y el tipo me ha respondido, por el aspecto  que yo recordaba, que tal vez fuera el fantasma de Sien (Christina Clasina María Hoornik). Parece ser que, según este propietario desde hace dos décadas, de vez en cuando, cuando se acerca el aniversario de su suicidio, le da por molestar a los clientes del bar Europe, legado de un tiempo huido. Cuando me decía esto, me dió por recordar. La imagen que yo vi no es ninguna de las tres copias que se exponen, ahora estoy segura de que es la copia perdida, de la que le habló a Theo, desde la Haya, en sus cartas. Tengo la certeza de que seguirá perdida para siempre, con su trenza hacia adelante y ningún decorado.

Recordamos a Charles Aznavour, en su tema La boheme. Pudimos brindar por los dos perdedores, por Vincent .y por Sien. Luego han entrado dos parejas de ingleses y me he despedido de Claude. Y con ello, de un tiempo que pude entrever, en un atardecer de Mayo, en París.


domingo, 7 de julio de 2019

Esa última cena

Imagen de Aquí, vale la pena leerlo
Tenía ganas de volver allí, porque la última vez que estuve en Milán no daba abasto a interiorizar tanta escultura, pintura, rincón, palacio e iglesia. Un poco menos agobiante que Florencia, pero también  con un exhaustivo recorrido por el renacimiento. Esta vez me hice con la entrada, que como sabemos, es de veinticinco personas por vez,  y está muy solicitada. La famosa última cena, que Leonardo realizó entre 1494-8, fue pintada a la entrada al refectorio de la congregación. Como podía darse con el genio, pintó la escena "al seco", temple y óleo sobre el yeso, directamente, y no “al fresco”, cosas suyas. Tal vez tuvo láminas metálicas de oro y plata, como testimonio de la voluntad del artista, pero el tiempo dejó claro que el deterioro empezaría pronto.  La restauración más reciente ha sido en 1999 donde varios métodos científicos han intentado restaurar lo posible, eliminando las pinturas aplicadas para restaurar el fresco.

Sí, he ido a visitar “La última cena", que no está pintada en la noche, sino que representa triadas de apóstoles a ambos lados de un Jesús nada laureado, y sin cáliz. Solito, qué solo se le ve. Claro, con alevosía y premeditación, imagino. Todos los apóstoles y él mismo dan la espalda a unas ventanas en las que se ve un paisaje de atardecer. Hombre, es grande, con un ancho de hasta ocho metros y de altura de unos cuatro. Impresionar, impresiona, más por lo que se ha dicho de esa obra magna y las posibles curiosidades despertadas tras el best-seller, me parece. Pero es verdad que no soy nada entendida.

Había cenado muy pronto, y no sé cómo, me dormí, tras un banco. Dejé que una cabezadita me tomara de la mano y sobre las nueve me desperté súbitamente. No he creído nada del libro de Dan Brown y sus teorías heréticas, pero teniendo la oportunidad de gritar y que me sacaran, la dejé pasar. Mandé un wasap a mi marido, avisando que no me esperase, y cuando hube constatado que los monjes se habían retirado, me puse a mirar con detenimiento. No soy alta, o sea, que las cervicales se me han quedado tibias, pero bueno, al regresar a Barcelona ya iré a la osteópata, me dije.


Súbitamente apareció un duendecillo, de debajo del mantel. Sin más.
-"Jajaja, salía riendo y bailando. Qué imaginación tenéis los del siglo veintiuno. - dijo-. Que si María Magdalena, ay pobre María, confundida con un San Juan tan tierno. O esos rasgos amenazantes tan elocuentes de un san Pedro, quien sería pilar de esa escuela de pensamiento y religión futura.  Jajaja, esa ausencia del cáliz, ay si superarías que Leonardo contempló pintarlo  y decidió que no, que no  quería hacer una representación de las misas y su trasmutación de pan y vino. Y qué me dices de las manos, qué señalan y qué no. ..

-"Lo que hablan son las manos, eso sí, -le dije-. Opino, como Goethe, que sólo un italiano podía pintar manos tan expresivas, tan charlatanas. Él sabía que sólo un alma caliente  podía pintar un cuadro como éste, pero dime ¿porqué las triadas?

- "Hija, qué incultura, me respondió, jugueteando con el nudo del mantel, - Mira la Primavera, de Boticelli, y en muchos otros cuadros de la época. Las figuras se entienden mejor si las agrupamos de tres en tres. Al lado derecho de Cristo están Juan, Judas y Pedro, fíjate, no se precisa de física cuántica para entenderlo".  Me molestó un poco, la verdad

- Me sorprende que me hables del fresco y no de lo que has visto en estos..¿quinientos años?. Creí que la pintura me diría más cosas, pero no. Me las estás diciendo tu, pero no me explicas los avatares de su preservación.

- " Pues yo creí que sabías usar internet, querida. Ahora te dejo, me voy a dar una vuelta por el lugar. Hago rondas diarias, ¿sabes?, mírate algo de esta obra, pero con la mente abierta, y si quieres, vuelves y charlamos. Pero no hables de mi presencia bajo las faldillas, es nuestro secreto. dijo haciendo el signo de silencio con su boca. Shhh, desapareció, raudo, tras una puerta, que yo encontré cerrada.

Grité, me dejaron salir, y dejé atrás la iglesia. Y al duendecillo jocoso que vaya usted a saber cuántas cosas nos podría explicar. De la historia del lugar, sin duda alguna, pero también de ese Leonardo adulto. Les dejo, tengo prisa,  tengo cita con la osteópata.  

domingo, 2 de junio de 2019

No me llamo Raquel, ni fui meretriz

Tomada de Aquí


Tan a gusto que estaba, y han conseguido saber mi apellido, y con ello, mi historia, después de tantos años. Una británica tenía que ser. Claro que trabajaba en un burdel, en Arlés, pero como limpiadora y no como meretriz. Era muy joven, dieciocho años, y la noche de antes de Navidad, Vincent vino con su oreja derecha ensangrentada, envuelta en un pañuelo. La policía estuvo preguntando por Gauguin, alojado en la casa amarilla de Van Goh, pero el francés prefirió abandonar la ciudad pocos días después.

Un perro me había mordido en el brazo izquierdo, y mis padres, campesinos, se habían endeudado por mis tratamientos, así que acepté limpiar allí por llevar un sueldo a mi casa. Había salvado mi vida por una vacuna experimental contra la rabia, de Pasteur, pero arruinó a mi familia y esa fue la razón de mi estancia allí.

Yo creo que fue Gauguin quien le cortó la oreja con una espada, porque sé que era un buen espadachín y como discutían mucho, en plena disputa bien podía haber cercenado la oreja a Vincent, si bien acordaron contarle a la policía que había sido una lesión autoprovocada. Hasta hoy se pensaba que la envolvió en un trapo y que la llevó a una prostituta llamada Raquel a su burdel favorito, pero no, era una ofrenda para mí, y no fui, ni entonces ni después, prostituta.  Las cicatrices de mi brazo, por las mordeduras del perro primero, y luego por la cauterización de la herida, me habían dejado con un aspecto horrible, y él, piadoso donde los haya, quería ofrecerme parte de su cuerpo para recomponer el mío. Sangrando profusamente le vi como a un niño, como postrado delante de una Virgen, con su ofrenda. Cuando yo me asusté, él se puso a llorar. La verdad no podría decirla, porque no la sé 

Tomado de Aquí

No, él nunca me amó, ni yo lo pretendía. Me había contado que de muy jovencito trabajó para una agencia de comercio, en La Haya primero y luego en Londres y que allí, bajo tanta lluvia, se había enamorado de Eugénie Loyer, hija de la dueña de su pensión. Lo que él no entendía, ni yo, es cómo, al cabo de un año, y en París, se sintió enamorado de un pintor, Jean-François Millet, lo que llevó a un  desengaño amoroso y una confusión mental que provocó su inmersión en la lectura de la Biblia. No negaba que estudió en Amsterdan para pastor, ni que fue enviado a una zona minera belga, de donde fue despedido por la cercanía que estableció con sus gentes. Desengañado de la religión, pero sin menguar su fe, se decidió a pintar, como forma de glorificar a Dios, según él, y le creí.

En febrero de 1888 había llegado a Arlés, a ese pueblecito al que quedó unido su leyenda, donde imaginaba su comuna de pintores y donde me conoció, porque, en su soledad, iba al burdel a desahogarse, de su cuerpo, sí, y conmigo, de su alma. Esperaba tanto de su proyecto, que, cuando llegó el artista tan genial e irascible como él, Paul Gauguin, estaba como loco de felicidad. Le escuchaba horas y horas hablar de sus proyectos. Sólo yo sé qué tan bravas estaban sus aguas, en esa etapa de nostalgia, cuando me enseñó el retrato de su madre y de una hermana leyendo una novela.

Le perdí la pista, porque se ingresó en una institución de  Auvers-sur-Oise, bajo la atención del doctor Paul Gachet, y luego supe que su hija Margarita fue una de  sus últimos modelos femeninos, sentada al piano. A mí nunca me retrató, porque jamás  se lo permití

Lloré su muerte, cuando me enteré de ella, y una meretriz, Susanne también la lloró. Ambas fuimos a una capilla cercana a orar por su alma. Al funeral no pudimos ir, porque nos quedaba muy lejos, casi en Paris. Ella creía que uno de sus últimos pensamientos habría sido para ella, porque hacer el amor con él eran como de verdad hacer el amor, como si te amara,  según me explicaba. Yo estoy segura de sería para Margarite, la hija del doctor Gachet, pero nunca le llevé la contraía. De hecho, nunca hablé, ni con mi marido, de mi amistad con Vincent, porque la vida siguió su curso. Olvidé mi trabajo en Arlés, me casé y estuve en la granja de mis padres, con mi esposo y dos hijos que tuvimos y morí de vejez acabada la II Guerra Mundial. Me he removido en mi tumba para dejar mi nombre limpio, ahora que se hizo pública la verdad.


Imagen tomada de Aquí, Margarite

martes, 28 de mayo de 2019

Torbellino loco

De mi paso por Meet Vincent Van Gogh

Me llamo Gastón y ese día veintisiete de Julio  de 1890 estaba veraneando con mi hermano, en los campos, con trigo, de Auvers - sur – Oise. Mi familia ocultó el incidente con  Van Gogh, como no podía ser de otra forma. Mi hermano René, de dieciséis años andaba con el revólver de otros veranos, como tantos otros días, disparando a todo lo que se movía. Yo quería a Vincent. Me caía muy bien, y como me gustaba más el arte que la caza o la pesca, charlaba con él muy feliz por haberle conocido y por comprobar la fuerza de sus pinceles, pero mi hermano era muy joven y demasiado atolondrado. Solía burlarse del loco de pelo rojo, aunque en su mundo y sus pupilas nada le importaba a Vincent menos pintar, captar, aprehender el fuego de los amarillos, la luz de los colores.

Ese día Vincent  había salido con sus aparejos de pintura a pintar el trigo y como luego se vio, tenía en su casa material recién comprado porque no iba a suicidarse, es evidente. Pero estaba de Dios, su gran creencia, su fe ciega en él, que sin duda le confortó, que nos encontrásemos, y nos dispusiéramos a beber y charlar con el tipo raro, como otros días. No sé cómo, el arma de René se disparó, le dio en el pecho.  Sí, estaban discutiendo, pero fue un accidente.

Salimos huyendo, por eso el arma nunca se encontró. Me enteré que le veló el Dr Gachet, tras limpiarle la herida, por lo que no me sorprendió acabar por enterarme que, en sesenta días ,Vincent había firmado setenta pinturas y cincuenta dibujos, pues yo sí conocía la afición del médico y de su hijo por la pintura, en especial por el estilo postimpresionista de mi amigo, aunque, por supuesto, nunca volví a  la soleada ciudad. He soñado con el incidente durante décadas y si bien intenté no seguir  las andanzas de su cuñada, me enterraron con la carga de no haber contado esa historia, mi historia, y a eso voy.

La noche estrellada la vi siendo ya un nonagenario, cuando en una subasta se barajaban cifras  galácticas. Lo supe de manera instantánea. Fue la premonición que tuvo Vincent en el asilo de Arlés


Ese torbellino, ese remolino en la noche, había nacido en su infancia, cuando le pusieron el nombre de otro Vincent muerto. Se había ido incrementando, como una corriente que quiere ser ráfaga, por sus paisajes de religión y su castidad.  Se transformó en ventolera por su mente ante los comedores de patatas ,  para luego, como  oleada, acabar habitando su mente, como un vórtice. Su carácter turbulento alimentaba su locura, pero también su piedad, como  hacia Gabrielle cuando le entregó su oreja. Esa turbulencia entre estrellas, como un revuelo ante el paisaje y su ciprés, era la tolvanera de su propia muerte, el ciclón que alimentaba su vida para poder pintar y seguir pintando. Con un Gauguin huido, un Theo lejano, comprendió, como un arrebato místico, que pintaba su propia muerte. Él era el  huracán, la tromba, el ramalazo de Dios hecho carne, que le destruiría. 


jueves, 2 de mayo de 2019

500 años sin Da Vinci

Retrato de Leonardo hecho por Francesco Melzi (después de 1510). Realizado en tiza roja en el papel Dimensiones 275 mm x 190 mm. Ubicación actual Biblioteca Real, Windsor.
Me llamo Melzi, y fui discípulo de da Vinci. Casi nadie me conoce. Bueno, ahora un poco, según leo en la prensa, porque fui yo quien realicé la Gioconda del Prado y a mí se debe que que podamos conservar mucho de su legado y de los códices del maestro.
Giorgio Vasari, un desconocido que sin embargo acuñó el término Renacimiento (“rinascita”), está considerado uno de los primeros historiadores del arte y se refiere a mí en la biografía que escribió de Leonardo a mediados del siglo XVI como “(…) bellisimo faanciullo molto amato da Leonardo”.
Esos apelativos se interpretaron como que mantuve alguna relación con Leonardo,  ya que le acompañé en algunos de sus viajes, y por el hecho de que desplazase a  Salai, su discípulo preferido hasta conocerme, pero no se engañen, tras la muerte, tal como día como hoy, de Leonardo, me casé y tuve diez hijos. Hoy quiero hablar de su estrabismo,  sí, era bizco intermitente, y de ahí las miradas de alguna de sus obras, la Gioconda entre otras.
Cuando se fue de Milán por la peste, que Leonardo relacionó con la hacinación, hizo planos para canalizaciones, pero acabó por trabajar en un encargo de Ludovico: Un caballo enorme, que no llegaría a llevar a cabo. En su etapa milanesa se forma "un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari y su inseparable Salai. ", y en 1500, tras veinte años, regresa a Florencia. Cuando le conocí era un cuarentón bien conservado aún y me miró. Le había pedido ser un discípulo más, y él me había dado la espalda, y había seguido caminando hacia Francesco de Giocondo. Justo antes de saludarle a él se volvió hacia mí, y mirándome descentradamente me dijo "te acepto, pero no me molestes". Así fue como, cada uno con su caballete y pinturas al óleo, moda reciente, hicimos retrato de la esposa, Lisa Gherardini. 
Tomado de la red El pais.com

Yo sí sé quién encargó el cuadro, y no fue su marido, sino el amante milanés de Lisa, pero nunca olvidaré cómo, Leonardo y yo, fuimos cargando con sendos cuadros en nuestra peregrinación hasta París. El rey Francisco  compró el suyo por cuatro mil piezas de oro. El mío acabó en el sótano del Prado, pero eso ya es otra historia.
Leonardo murió, como es bien sabido, en Cloux, un dos de mayo, y en su testamento me legó libros, manuscritos y dibujos, que hice retornar a Italia. Vasari pretende que Leonardo se confesara antes de morir, pero no es así. Con su estrabismo agudizado y su mano derecha lesionada, estaba para pocas renuncias de su comportamiento, para nulos arrepentimientos. Una y otra vez, mirándome a su manera e  intensamente, me pidió que le mostrará su dibujo del Vitruvio    y al fin expiró, sonriendo, mirando su obra, con un ojo o con el otro.

  

miércoles, 17 de abril de 2019

Cinco años sin Gabo



Reedito una entrada de hace cinco años,  Nos vemos en Macondo, la titulé

Hoy en Macondo andan de luto. Muchos de sus habitantes llevan rosa amarillas en los ojales, ante un revolotear de mariposas de la luz persiguiendo a un espíritu fresco y orgulloso en busca perpetua de la savia de Meme. El dentista de gránulos homeopáticos pudo escuchar las campanas a muerto, pero preguntando  por la calle de los turcos nadie le pudo confirmar quién era el tal Gabo, o por quien doblaban a duelo, en manos de un anciano que a base de chocolate conseguía levitar.

Melquíades lo había anunciado, en su caligrafía de arañitas en tendederos de ropa, pero el Coronel Aureliano Buendía,  José Arcadio y Rebeca no han querido volver al pueblo  tras enterarse de la infausta noticia. Remedios, esa descastada sin leche familiar, consiguió fugarse del convento, al tener el presentimiento de la muerte de alguien importante, y ha acudido a las exequias. La superiora del convento de la ciudad de las mil iglesias y sus palmones de Semana Santa, no pudo disuadirla de que la caída del cántaro de agua, ni la bajada a la tierra entre sábanas, de Remedios la bella, eran meras coincidencias.

Hoy Macondo está más triste que en la epidemia del insomnio, y menos húmedo que en los años de la lluvia inmisericorde. Aunque han llovido pajarillos, que andaban desorientados, a nadie le importó, porque una Úrsula del tamaño de un bebé, con sus 158 años, regresó nuevamente del camino que siguieron los gitanos del circo, con unos gritos de foquita acatarrada, pregonando que al fin, los pergaminos no reflejaban el final de una estirpe, sino el nacimiento de otra. Minúscula y activa, se aferró al cadáver caliente de un Melquíades reencarnado en un anciano normal, con voz de poeta, vestido con guayabera, y sin tufo a plomo, atanores ni piedra filosofal.

Ahora, que ambos sabían el camino del más acá, porque las tumbas figuraban en los mapas de la muerte, volvían a ser uno. El alter ego del sabio circense y mago, se adentraba en silencio bajo la piel de un tal Gabo, que le dotó de la puerta del otro lado del espejo.

Si me permiten, yo, que juego por jugar, me quedo pensativa, porque a ¿a quién llamaremos Gabo  con ese exceso de confianza?. Como de amigo, o de hermano. No le conocí, pero no me sale escribir Gabriel. Ni García Márquez.  Ni menos aún, usar el término de Nobel.

Descansa Gabo. Te sigo viendo desde los Ojos de perro azul de mi mirada.

Esa mañana, en esta “Crónica de una muerte anunciada’, mientras los acontecimientos cotidianos nos remiten a desenterrar ‘El amor en los tiempos del cólera’, todos nos unimos para escribir, huyendo de la desidia. ‘El coronel no tiene quien le escriba’ queda descartado, porque “Vivir para contarlo” nos lleva de la mano a temas atemporales, ‘Del amor y otros demonios’.
Hemos asistido al “El otoño del patriarca’, entre vientos de “La hojarasca”, donde los “Funerales de Mamá grande”, quedarán chicos, entre un “Relato de un naufragio”, y esas “Memorias de mis putas tristes”. Al final, este “Vivir para contarlo”, es la suma de “Doce cuentos peregrinos”, que nos acompañaron, a través de las palabras y del universo que creó,  por la senda de una literatura de cabecera. Permitiendo conjugar la realidad latinoamericana, en compás de fantasía, con la imaginación osada y la forma descriptiva de un mago de las palabras, armado, simplemente, de la varita mágica de una pluma irisada de pavo real.Descansa Gabo. Lloraremos tu partida, pero espéranos, que te seguimos leyendo, y el punto de lectura que uso huele a café colombiano. Un buen café aparcado mil veces cerca de un tomo desgastado, del cuarto libro que ha pasado por mis manos, de tu “Cien años de soledad”
Pronto toca releerlo, porque cada cierto tiempo me pide revivir, párrafo a párrafo, en mi mente. 
La última entrevista, para La vanguardia He dejado de escribir, 2006


sábado, 13 de abril de 2019

Un beso, ante el de Klimt

Tomada de Google

Ella quería pasar desapercibida, que en el día de subida, sólo el amor prevaleciera, sin dar alas a los visitantes del Belvedere, ni que el fotógrafo contratado en el mismo crucero por el Danubio les siguiera por él, porque bastante había cedido con Akihiro con que parte de sus familias asistieran a la ceremonia, como para soportar muchas muestras más de amor romanticoide y pasado de moda. Kichi, literalmente afortunada, como su nombre, era una mujer del siglo XXI, que odiaba sentirse palomita desvalida y digna  de proteger. 
Ante el cuadro, más grande de lo que creía, intentó pasar deprisa, a pesar del interés que le  suscitaba tal obra, pero fue captada por el fotógrafo, con la complicidad del recién estrenado esposo, siendo retenida para un beso en la mejilla.  
Pasaron los años, fueron a New York y admiraron a Adele, del mismo autor. Poco después nació la pequeña JIn, y ahora, cuando abre el álbum de su boda, es la imagen sobre la que se detiene por más tiempo. "Embrujo de un beso", se dice divertida, y si la nena duerme, da un beso en su mejilla, sonriendo, una vez más.
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Un poquito sobre el cuadro. 
Es sabido que Klimt estaba en decadencia cuando pintó El beso. De hecho, antesde pintar esa pieza, había recibido mordaces burlas en la primera década del siglo XX, por sus pinturas en el techo de la Universidad de Viena. Debido a los desnudos de estas obras, sus interpretaciones de la Filosofía, la Medicina y la Jurisprudencia habían sido consideradas pervertidas. Era 1907, y tal vez para recuperarse de la mala recepción, dudaba de sí mismo. Confesó en una carta: "O soy demasiado viejo, o demasiado nervioso o demasiado estúpido, algo debe estar mal. Al poco tiempo, un año después,comenzaría la pintura que sería su obra más popular. La Austrian Gallery mostraba El beso por primera vez, a pesar de que Klimt aún no había  rematado el trabajo. Su estado inacabado no detuvo al Museo Belvedere (o Galerie Belvedere) para añadirlo a su colección. 

Es un tesoro para Austria. La pose de los amantes representados refleja las formas naturales favoritas del movimiento Art Nouveau de Viena, pero añadiendo los llamativos mantos de la pareja, de una vistosidad impactante. Inspirado por los mosaicos bizantinos que había visto en sus viajes, Klimt mezclaba pan de oro en sus pinturas al óleo, para crear lo que se convertiría en su estilo característico, de arte dorado.  Algunos historiadores del arte han teorizado que los amantes serían el propio pintor su pareja por un largo tiempo, Emilie Flöge, a la que había representado previamente en un retrato. Él vivía con su madre y dos hermanas, modo de vida poco estridente. Podría ser una musa, o una dama de la alta sociedad, Adele Bloch-Bauer, quien ya había posado para un retrato. Otros han sugerido, por  el pelo rojo, que es "Red Hilda", otra modelo. Pero da igual. 

El Beso mide 180 por 180 centímetros, aunque normalmente truncan los lados derecho e izquierdo de la pintura para crear un rectángulo más estándar para una visualización.


Al volver a evaluar El Beso, en el 150 aniversario del nacimiento de Klimt, el periodista Adrian Brijbassi escribió, "El beso de Gustav Klimt supera las expectativas, a diferencia de esa pequeña y decepcionante Mona Lisa. Hacelo que se supone que una gran obra de arte debe hacer: Mantener tu mirada, hacer que admires sus cualidades estéticas al tratar de discernir lo que está más allá de sus aspectos superficiales". Por un feliz día del beso




domingo, 7 de abril de 2019

Esas Meninas

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Cuando llegaba ante el lienzo, no encontraba el  momento de marchar de allá.

Felipe conocía la historia de la realización de las Meninas en aquella sala del Real Alcázar, donde Diego disponía del taller. El perro Salomón parece muy manso en el lienzo, pero era juguetón y le gustaba  correr tras de Margarita, María Agustina e Isabel. Si estaba Nicolasito por allí, tenían que  vigilarle porque no hiciera perrerías a la mascota

Cada primero de año, cerrado el museo, las menudas de la familia real bajaban del lienzo e iban a ver a los chicos de Sorolla, quienes les invitaban a refrescarse los pies en la playa. Las niñas no se atrevían, hasta que, con un 2019 recién inaugurado, animadas por el enano, y con el perro de Goya, que no es sólo una cabeza, se metieron en el agua. El peso de los miriñaques y ropajes las lastraban, pero habían decido disfrutar del sol del levante español junto a los chicos y pasaron la mañana mojándose unos a otros. Cuando el hambre les visitó, empanadas, despeinadas y risueñas, tomaron frutas de varios bodegones. Las dos Majas de Goya  sonreían a su paso, y las tres Gracias de Rubens les miraron de refilón, sin dejar de juguetear bailando  desnudas. El Caballero de la mano en el pecho empezó, presto, una misiva a los reyes, quejándose de las infantas, pero al fin decidió no seguir con su queja, eran niños al fin. De hecho, calibró la idea de salir del cuadro y hacer una visita a la Maja desnuda. Siempre la había mirado desde lejos, pero nunca se atrevió a decirle cuán bella la encontraba, así que, rompiendo la misiva, se aproximó despacio al cuadro de su amor platónico y aprovechó para declararse, a la vestida, a la de la izquierda .

El día pasó rápidamente. Las figuras humanas, los perros y las frutas regresaron a sus lienzos y  antes de que abrieran en la mañana del día dos, todos estaban listos para pasar la inspección del primer vigilante. Sólo Felipe observó una mirada diferente en la infanta Margarita.. Con una luz especial, y el peinado mínimamente descolocado, tal vez sería el único que pudo ver en ellos un despertar de infancia. Los muchachos las esperarían, en esa playa sin tiempo de los buenos cuadros y los buenos ratos de la infancia


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https://historia-arte.com/articulos/secretos-meninas

viernes, 29 de marzo de 2019

Sueño en el museo

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las dos Giocondas


Ahora, recuperada la lozanía del primer lienzo, las dos Giocondas luchaban por su espacio. La joven, recién expuesta, le decía a la  mayor:
- ¿No estás cansada de sonreír en el Louvre? ¿por qué no nos retiramos  al Prado?.
La mayor contestó
- ¿Al Prado? quía, yo prefiero el mar.

Para no ceder entre París y Madrid, el consejero de El Prado propuso que ambas imágenes fueran expuestas en L´Hermitage durante tres meses. La joven, en la nueva ubicación,  se quejaba de la inmensidad nocturna del museo, y la mayor de las corrientes de aire del pasillo. Para colmo, apagaban por la noche el transformador de la luz de emergencia, porque los flahses de los japoneses calentaban sobremanera los cristales que las protegían. A las dos semanas,  ambas estaban hasta el gorro de miradas, de flashes, de gente y de estar tan quietecitas.

Querían poder ver otras dependencias, otras paredes, a otras personas, así que decidieron escapar al sótano de los restauradores. Pasaron por las salas de Egipto. Se detuvieron ante lo ignoto, jamás habían oído hablar de tales maravillas,  y envidiaron el estado de conservación de algunas momias, así que, siguiendo con la idea de visitar a sus restauradores, prestas, siguieron su paseo, con el mármol fresco en sus pies desnudos y la esperanza de encontrar alguna momia o lienzo por reparar ellas mismas.  Era medianoche, y llevaban siglos sin coger un pincel, ni una aguja, ni nada de nada, sólo sonriendo a un tal da Vinci, un pintor muy bueno, pero aburrido, y a su pupilo. Querían buscar a la Venus de otro florentino, por compartir experiencias.

Los ropajes les pesaban en exceso, así que se quedaron en enaguas, llegando donde los restauradores tenían, en sus anaqueles, filas inmensas de pigmentos, pinceles, lupas e hilos de diversos materiales.

En el suelo se apilaban bastidores sin lienzos, y rollos de telas pintadas escondían las maravillas que había que restaurar. Entre los restauradores estaba Cinzia Pasquali, quien ganó el concurso internacional para la restauración de una pieza prestada por la Galeria Uffizi y que se había deteriorado.

De pronto un profundo perfume inundó la sala y advirtieron que una sombra se acercaba entre aroma de incienso y pachulí. Ambas se escondieron tras un Adonis sin manos, y ante su asombro, apareció en el dintel de la puerta, muy cansado, el David de Miguel Ángel, quien había hecho el camino a pie, desde Florencia.

- Un poco cabezón- dijo la joven. La mayor no la oía, aunque también pensaba en proporciones, y su mirada estaba fija en otra zona.

Se dirigieron a la zona de trabajo de Cinzia y describieron la Venus de Botticelli, como una pelirroja un poco descocada, algo entrada en carnes y con cabello del todo imposible de dominar. Ellas tenían bien presente la postura forzada que tuvieron que mantener como modelos de Leonardo y no pudieron evitar una cierta envidia. Le sugirieron reparar un poco por aquí y otro por allá, un tinte, un buen maquillaje, en fin, mejorar el aspecto. Mientras la mayor orientaba los cambios, David seducía a la joven, quien llevaba demasiado tiempo sin un hombre de piedra cerca. Entre bromas y veras, se animaron a hacer tonterías por los rincones, ante la mayor, quien les acabó dejando en paz, porque ella también había sido más joven.

El vigilante diurno, al llegar al pasillo de las Giocondas sufrió un desmayo. Los cristales y los bastidores estaban en el suelo,  sin lienzos. Pulsó la alarma. Se congregaron otros vigilantes armados, se cerraron las puertas,y con los policías inspeccionando el sótano, exclamaron en aleluyas nerviosas al ver los dos cuadros y un David en un rincón.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Si es jueves, esto es París

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Siguiendo una iniciativa de Diario del último bufón

Horacio sujeta a Lucía por la mano, como otras veces, mientras vagan por las calles que recorrían hacía sí mismos. El pequeño Rocadamour se había quedado al fin dormido. Llevaba días  dormido, pero Lucía no había entendido que era un sueño excesivo.

Entran en la casa de su amigo,  mientras la luna se asomaba por encima de la torre Eiffel. El edificio, situado en la Plaza Saint-Germain Le Pres, es  donde se reúne el Club de la serpiente, y, como mil veces antes, van a mirar los dos cepillos de dientes enfrentados en ese vaso azul de las quimeras.

Horacio señala su reloj de pulsera, con la esfera partida en dos, un semicírculo para el más acá, y otro para el más allá.  Se dirige al espejo para decir «Asumido que a mí no me regalaron un reloj por mi cumpleaños, sino que yo fui el regalo para un reloj, quiero cruzar al otro lado del espejo, por dar vida a esos sueños que dejé en Buenos Aires y los que fabriqué para aquí”.

Lucía, con las mejillas sonrosadas por el esfuerzo de subir los diez pisos andando, recuerda los sonidos de algunas noches, y mirando a Horacio, a través de su figura en el espejo dice: “Pero por mucho que añores, Horacio, yo estoy aquí, en París, contigo, y mientras en esas noches, abrazados, murmura el surtidor de nuestro baño, alimentando nuestro sueños, sucede todo lo que  no nos atrevemos a vivir de día, pero de día estoy a tu lado”

Horacio señala los cepillos de dientes, uno rojo, y el otro azul. “Somos como estos cepillos, Lucía, estrecha e inevitablemente ligados por la corta  distancia que les dicta el vaso que comparten, nos miramos fijamente, como ellos, pero no podemos fundirnos en uno solo ”

Empieza a sonar una pieza de jazz, donde el querido cronopio de Luis Armstrong emite un flujo de música improvisada y de ritmo melodioso. La pareja deja de mirar hacia adelante y se enfrentan las miradas. “Nosotros tenemos brazos, -dice Luía-, no somos como los cepillos de dientes, que no pueden abrazarse”

Horacio la abraza, bajo la luz de una torpe bombilla huérfana de ese cuarto de baño de medio pelo de la buhardilla. “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja». Capítulo 7, de Rayuela

Lucía. - Ahora, que me has dibujado la sonrisa, llámame La Maga, Horacio, déjame que sea el fantasma que toda la vida te persiga, aquí o allá, para que podamos encontrarnos en el paraíso de la rayuela que adorna el patio interior de este edifico, que ha sido la jaula de nuestras pesadillas.

Han pasado unos días. El portero ha llamado a una ambulancia.  Edith Piaff llora “la vie en rose” por la escalera,  que huele a col y a croissant recién hecho. Nadie sabe quién saltó primero por la angosta ventana de la buhardilla. Sólo dos figuras quedaron inertes sobre la tiza blanca de un paraíso perdido, imposible de alcanzar a saltitos. Ni aquí, ni allá.

Mis disculpas por la longitud del texto, pero no supe acortarlo.