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miércoles, 13 de julio de 2022

No nací en el Mediterráneo

 


Para adquirirlo, aquí

Yo no nací en el Mediterráneo. Lo conocí a los nueve años en Benidorm, una ciudad horrible llenita ahora de rascacielos pero que no recuerdo tan fea. Tal vez no lo era tanto o mis recuerdos me despistan. Me impresionó el mar, porque el río de mi ciudad era mi escenario de cada verano, nadando y jugando. Es un río muy bonito y ancho, y a ratos profundo, porque se habían ahogado algunos chavales en o que llamaban “pozas”. Claro, el mar fue para mi vista como ese río multiplicado por mil. Me pareció tan inmenso y adorable, con el sonido de las olitas y los juegos para esquivar las olas, o torearlas, que ya condicionó mi apego al mar nuestro, al mío. Luego desarrollé esa querencia por el motivo más tonto. Me trajeron a Ripollet a mis doce años y desde mis trece veraneaba en Comarruga, en un apartamento muy pequeño, pero cerca del mar.

Estaba tan cerca que íbamos con el bañador y una toalla al hombro. Pluralizo porque iba con mi hermana, o hermanas mayores. Luego ya llevábamos a mis hermanos pequeños. Mi primer amorcete fue en esas playas, donde años después plantaron unos “oasis” de palmeras, cada cien metros más o menos y ya tuvimos sombra gratis. Hasta entonces había unos toldos que se pagaban por toda la temporada. 

Hay un oasis que es el mío, y lo considero mío porque creció conmigo. Y yo ante el mar. Por eso, la canción del Mediterráneo es mi canción bandera. No reniego de otros mares, y sé que lo de las mareas tiene mucho encanto, pero mi mar es este nuestro. Porque el Mediterráneo es quien me acogió y acoge, quien me calma, quien me arropa, quien me estimula e inspira mil versos y alegorías.

Porque este mar, sin niñez sino adolescencia en sus playas, me ha hecho ser lo que soy, una mujer con vistas al mar.


martes, 10 de mayo de 2022

La manzana de Adán


 Para taller de narrativa

Eva soñaba despierta muchas veces, casi siempre con hombres, pero nunca con su marido. Solían ser de edad similar a la suya, y con mucho pelo negro, como la misma Eva. Esa mañana, en el metro, un tipo con un libro en la mano estaba sentado enfrente de ella. Cruzaron las miradas, pero con la avalancha de pasajeros en Paseo de Gracia, se levantó un muro de minifaldas y shorts, de bañadores de turistas y de parasoles como lanzas. Eva llevaba una manzana para media mañana, porque siempre salía sin desayunar, y así, al menos, aguantaba bien hasta el mediodía.

Con el traqueteo y el aroma a vainilla de la chica frente a ella se quedó en duermevela, y se le cayó  de la mano la humilde manzana verdosa, para aterrizar, rodando, al lado de una mochila multicolor. La fruta iba creciendo de estación en estación, aunque parecía que nadie se percataba salvo ella, quien no pudo recogerla a tiempo y ahora le era inabarcable. En la Barceloneta medía más de un metro de alta. Con el golpe de una sillita plegable se despertó sobresaltada. El tipo de enfrente le ofrecía una manzana roja, brillante y húmeda. Sin pensarlo se la aceptó, sintiendo el sabor de un posible pecado, de la mano de Adán, o como se llamase el tipo de pelo negro y ojos verdes.

 


sábado, 8 de enero de 2022

Una primera vez

 

 Imagen de Aquí

Esa primera vez fue todo un acúmulo de datos que no conseguía digerir. Tres pedales para los pies, dos palanquitas para indicar que se cambiaba el sentido de la marcha, a la derecha o a la izquierda, un botón para indicar que se paraba, y que iluminaba los cuatro intermitentes, otro resorte para activar el limpiaparabrisas, otros para las luces, una palanca larga de frenar con la mano. Tan agobiado le vio el profesor que le hizo respirar despacio, y sólo cuando le pareció medio calmado le animó a mover la llave y poner en marcha el coche. Recuerda los trompicones, caladas del motor, sudor en las manos, en las axilas y en los pies. Regresó a casa como quien regresa de una guerra, con dolor en todas las articulaciones, medio mareado y con un dolor de cabeza descomunal. Su primera práctica de coche había sido un éxito, porque había sobrevivido a tanto maremagnum.

Durmió mal, con unas pesadillas cargadas de palancas y peatones, con semáforos que se ponían en rojo al llegar él, con lugares de estacionamiento diminutos, y hasta con un policía municipal que le gritaba “es que hay que ser idiota”. Cuando le dieron el carnet, con aquella L en su espalda, se propuso ser un buen conductor, y lo fue.

Ahora Rufino le dice a su hijo que no se preocupe, que eso de conducir no es para tanto, que seguro que pillará el truquillo rápidamente. Pero no puede remediarlo. Recuerda otra primera vez más conflictiva, y que imagina le sucederá también pronto al chaval, ya tonteando con Amparo.

Ojalá fuera tan fácil como conducir un coche, se dice, ya divorciado, recordando cómo ella acabó por exponer, entre las razones que alegó, lo mal amante que fue.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Santi y Pau el pecas

 

Santi se había comprometido a besar a Gisela la bella, la chica de primero C, y a quien todos los chicos deseaban, ante la ignorancia de su belleza por parte de ella. Una de tantas apuestas absurdas. No parecía difícil. Bastaría con cruzarse con ella por el pasillo, justo al tocar la llamada del recreo. Bachiller ya no era como en la ESO, ahora les dejaban salir del recinto, durante la media hora que duraba el asueto.

Por la mañana del día señalado se lamentó de un grano infame que se había desarrollado en la noche. Justo en mitad de la frente. También se fijó en que la sombra sobre el labio superior estaba más oscura. Cogió una maquinilla de afeitar del padre e intentó rasurar esos pelitos negros, y muy finos, que nadie apostaría por que acabasen en bigote. La zona quedó muy irritada. Su madre le observó mientras desayunaba, sin sentarse, su vaso de leche con chocolate y, sin entrar en detalles, le ofreció una pomada, que rechazó.

Las clases, inglés a primera hora, y literatura catalana la segunda, pasaron sin pena ni gloria. Sólo pensaba en cómo hacerse el encontradizo al final del pasillo, en una esquina, justo antes de la escalera. Allí debía esconderse para sorprenderla. Se plantó en el lugar elegido, a esperar el aviso del recreo. Pere y Jaume pasaron ante él, guiñándole un ojo. El timbre sonó, y todos los alumnos se precipitaron hacia la escalera.

Gisela recogía su libreta. El compañero de pupitre le había hecho una zancadilla, tal vez sin querer. Entretanto “Pau el pecas”, con su envergadura de jugador de rugby chocaba con un Santi que se abalanzaba, dándose un beso en la barbilla. El topetazo fue de órdago. Santi se frotaba la frente, cuando Gisella, recolocando su falda, llegaba a la esquina señalada.  Él notó cómo su propia cara se convertía en una  amapola, al menos por el color. Ella no le prestó atención alguna y se perdió por el zaguán del centro, ante la frustración de Santi y las risitas de Pere y de Jaume.

Los tres amigos entraron a tomarse el bocadillo en el bar cercano. Los dos amigos se reían de Santi a mandíbula batiente. Poco antes de las once y media, Gisela entraba por la puerta del bar. Las mejillas de Santi, de nuevo le ardieron, y salió a la calle solo. Esperó a Gisela, y cuando se cruzó con ella le besó en los labios. La chica le miró de tal forma que era evidente que no estaba enfadada. 

Santi, días después, se hacía el encontradizo con ella muy a menudo y  “Pau el pecas” parecía hacerse el encontradizo con él. Lo cierto es que tanto Santi como Pau adoptaron la costumbre de ponerse desodorante, y hasta colonia. Faltaba dos trimestres todavía de ese primer curso de BAT, y todo estaba por descubrir.


Es un ejercico sobre adolescencia

lunes, 15 de noviembre de 2021

La ciudad de la luz

 


Entraron en el Jardín botánico, poco más podían hacer, la entrada para el Prado no se había reservado por un fallo técnico del sistema, y por la hora, era imposible que les dejaran entrar. El sueño de ver la copia de la Gioconda se venía abajo, nuevamente en su caso. El día previo y con las entradas compradas correctamente, se entretuvieron tanto en El Escorial, que no llegaron a Madrid hasta muy pasada la hora asignada.

─No, si al final tendremos que ir a París, ─ dijo sonriendo Pablo─, bien cogida en su mano la mano de Pilar

─Pues me apunto, no te quepa duda─ dijo ella─, apretando su mano en la él. ─Nos ponemos a mirar viajes baratos, y nos damos el gusto ─añadió.

─Pero qué temeraria eres, a veces me das más miedo que una pedrada en el ojo─ remató Pablo, mientras le pasaba el brazo por el hombro con una levísima presión.

Se miraron a los ojos ante el Velázquez tantas veces fotografiado del paseo. Se reconocieron de nuevo en la mirada del otro, como tantas veces en los diez años que llevaban juntos.

La opción del Jardín les apetecía, con el alarde de luces que anunciaban en la prensa. Esos de Madrid se venían arriba por la nominación de la ciudad a Patrimonio de la Humanidad, y habían previsto varios diseños con luces en varios puntos de la capital. Lo habían comentado el El café Gijón al mediodía, al ver la programación.

Allí estaban pues, en la puerta, poco antes del anochecer. Ante un olivo milenario, recordaron el viaje que hicieran hacia las Canarias, por ese mar, el Atlántico tan distinto a su Mediterráneo. Atracando en el puerto de La Palma, les sorprendió ver el tamaño del ancla de proa, enorme, como sacada de un cuento de Liliput. Cuando el espectáculo acabó, se abrazaron, como en ese puente de navío, bajo las estrellas. Con la diferencia de que ahora la contaminación lumínica no dejaba ver nada más allá del neón de los oropeles de una ciudad que quería ser el centro y la totalidad de una nación.

Pero la ciudad de la luz, París, les esperaba, con su Gioconda, y su escultura de Eros y Psique.

Imagen de Aguirrefotox


martes, 9 de noviembre de 2021

Pesadillas infantiles

 


La estación azul había llegado. El verano había hecho su aparición con poco brío, de hurtadillas, como desganado. Tomás estaba tan deseoso de ponerse moreno que, sin esperar a que se instalara del todo esta estación, se calzó el bañador, se echó la toalla al hombro, y sin contar con que la temperatura era más primaveral que veraniega, se montó en la bici con las chanclas y el torso desnudo.

La tormenta le pilló a contrapié. Sin previo aviso, las nubes blancas sobre el cielo azul se transformaron en grises, densas y amenazantes. En el chiringuito de la playa llevaba toda la tarde el pequeños Sebastián, vigilado por su padre, quien iba colocando provisiones y latas de refresco en las estanterías. El chaval llevaba dos horas pintando el cartón de una caja de zapatos. Se esmeraba en intentar que unos cuadrados insípidos parecieran ventanas. La puerta la pintó carmesí, porque se le acabó la pintura azul, según dijo, y de hecho su padre le confirmó que era buena idea. Algunas casas de diversión estaban así pintadas, y con farolillos rojos además, así que Sebastián casi acababa su tarea, añadiendo faroles de ese color cuando oyó el primer trueno.

El padre, viendo que los rayos se veían sobre el mar, cada vez más cercanos, le hizo recoger sus bártulos a toda prisa, dejando en la playa la obra maestra del chico. Cuando un Tomás empapado aparcó su bici en el paseo marítimo, no dudó en agenciarse, como paraguas,  una casa roja. Las témperas producían churretones coralinos por el cuello y el torso del amante del sol. Las chancas le hacían resbalar por las maderas de una pasarela empapada. Buscando cobijo, se apoyó bajo una palmera de un oasis artificial de la playa, esperando a que esa tormenta de verano durase lo propio, es decir, pocos minutos, como así fue. Renunciando a broncearse, por ese día, regresó a por la bici, dejando en la papelera la caja roja. 

Sebastián estaba asomado en una ventana cuando vio a un hombre chorreando lo que pareciera una hemorragia desde la cabeza, y que se subía a una bicicleta negra y grande. Aterrorizado avisó a su padre de que alguien que debería estar muerto, por tanta pérdida de sangre, iba montado en una bici enorme. El padre no le creyó, como era lógico, pero el niño soñó con Tomás esa noche, y por muchas semanas, con un tipo carmesí desde la cabeza hasta el pecho. Aparecía pedaleando en sus sueños, y él huía y huía corriendo ante él,  por el paseo marítimo de Comarruga.  


domingo, 17 de octubre de 2021

Naúfrago varado

 


Ha pasado un año, pero sigue siendo una incógnita por qué lo hiciste, si lo hiciste. Dicen que cuando supiste que eras un náufrago en el islote que tuviste que fabricarte, no perdiste del todo la esperanza en que algo  pudiera salvarse de tu naufragio personal. Creíste plausible que, como un geranio a destiempo, los celos hacia Roberto, el usurpador, pudieran quedar atrás para ti. Rogaste porque Eva regresara a tus brazos. Te aferraste a la idea de que aun siendo un timorato crecido en un barrio del extrarradio, te habías cultivado entre bragas de seda y apartamentos de diseño. Figurarías de nuevo, tal vez incluso para ella, en el mercado de los solteros apetecibles, como un gato de angora refinado, que puede exhibirse en los salones de Sarriá.  Entraste en meses de recogimiento, te reíste con el contratante de los hermanos Marx, nuevamente adicto a las pelis antiguas. Te vestiste, superando tu reciente apego a los grises y negros, de rebelde sin causa, con un look de motorista venido a menos que encontrabas austero en el espejo, como cuando en tu infancia coqueteabas con ser el cowboy más serio de nuestro bloque de protección oficial.

Algo falló en tus engranajes, bien entrenados para defenderse, algo se te rompió cuando Eva se convirtió, ya definitivamente, en quimera. Tu vuelo fallido desde la cima del Pedraforca pudo ser accidental, y creo que, en definitiva, perseguías tu sueño de abrir las alas y huir de nuestro maldito barrio y sus miserias. Brindo por ti, amigo y vecino, cuando la hora de las “aventis” se nos escurrió entre los dedos, y los años, sin saber cómo. 

Las palabras marcadas en negrita son las elegidas para un texto, como ejercicio de un taller de escritura.

Palabras 274

Imagen de Aguirrefotox