Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Isabel La cabrera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isabel La cabrera. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de junio de 2019

Isabel " La cabrera", en versión libre


En el contexto de la guerra de Cuba y su fracaso para España, intento rendir un homenaje a una pequeña gran mujer y a tantos supervivientes de esa derrota.

Juan Fernández Palomero había sido reclutado para el servicio militar del ultramar. Al ser hijo de campesinos no había podido pagar para evitarlo. Era noviembre del año 1895 y les habían hecho una despedida por todo lo alto. Su batallón partía de Badajoz hacia Cádiz , dejando atrás a novias, a madres y tal vez a un futuro. Les habían embarcado en un vapor, y llegaban a La Habana con más miedo que fe en ganar unas batallas  imposibles.  Los mosquitos se les comían, el clima era insoportable, las marchas agotadoras y el rancho incomible. Intentaban deglutir esas galletas que "Ni las mastica un tiburón, ni las digiere un grullo", como había escrito el médico del campo, justificando cómo hacían mella las enfermedades en esos jóvenes. 

Los meses fueron derritiendo los sueños, borrando las esperanzas, consumiendo las carnes y dejando cicatrices, en el cuerpo, y en el alma. El joven había sobrevivido, como otros, haciendo de tripas corazón, apretando los dientes y sudando fiebres, y en los ratos sin batallas, pensando en la mocita de ojos negros de su pueblo, y en los guisos de su casa. Llegó el ansiado día del retorno, tres años más tarde. En su caso, con quince quilos de menos y una humillación de más. Él, y lo que quedaba de su batallón, con aspecto de vagabundos, recababan en Vigo, donde  les trataron bien. Se había corrido la voz de que regresaban enfermos y de que eran contagiosos, así que no les sorprendió enterarse que en muchos apeaderos no les dejarían parar. Cargados en un tren, casi como ganado, hasta llegar a Salamanca no les dieron de comer. Las horas pasaban y la sed iba haciendo mella en los desastrados. El tren de los fracasos se  detuvo a las afueras de Plasencia, lugar donde Juan pudo sonreír al fin.    

Isabel Perez Martin tenía cuarenta y ocho años años, ocho hijos y aún había de parir un último a la edad insólita de los cincuenta. Su oficio era de lechera, lo  que le obligaba a caminar mucho, para trajinar y vender la leche de sus cabras. Una tarde, cerca de las vías del tren, escuchó quejidos,  peticiones de agua, y llantos sordos. El aire olía a desamparo. Sin dudarlo, se acercó   y les ofreció los cántaros que llevaba. Juan creyó ver en sus ojos, pequeñillos y profundos, la mirada inquieta de su madre. La mujer, vivaracha, se restregó las lágrimas con el dorso de su mano y se acomodó el moño, dejando que una onda se marcara sobre su frente. Respiró hondo, ahuyentando la tristeza, y, contemplando el número de repatriados, regresó a su calle. Animó a otras mujeres a que llevaran comida, o agua con anís, o vendas de sábanas rotas, o mantas, o una mano amiga. Lo que fuera, porque esos hombres necesitaban el calor humano que se les había escamoteado.


Anochecía bajo las estrellas, y Juan soñaba con su madre, quien en sueños, le acariciaba el hombro. Entretanto, una mujer de pueblo, sintiendo un latido de sus entrañas, le despertaba, mostrándole unas migas con chorizo que olían a regreso. La odisea de uno acababa,  o más o menos, mientras el halo de coraje se iba formando alrededor de unas mujeres, animadas sin duda, por la ternura de ser madres, y por el ánimo de una espléndida mujer.







PD. Una prima insiste en que esto no es una biografía. Para biografías futuras es bueno saber que aunque los nietos vivos la recuerdan siempre sentada en el balcón de la calle Ancha, no sería muy menuda, sino más bien grande. A mí me gusta la valentía y el coraje en los humildes, aunque ella llegara a tener unas ocho fincas, trabajando como una mula, imagino. Por ella. Por las valientes.