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Imagen de Aguirrefoto |
Viajar solo era su pasión. Nada de ir con un amigo. Menos aún con pariente alguno. Eso de cacarear unos cortos, pero intensos viajes en su caso, era para gente que alardeaba por las redes sociales de poder darse pequeños caprichos. Él, precisamente, huía de dar información sobre sus salidas.
Aprovechó una oferta invernal. Con sus pasos amortiguados por las botas de montaña, anduvo callejeando, al azar. Cruzó velados puentes, colonizados por la densa niebla. Bordeó estrechos canales, atravesó plazas desiertas y al fin acabó apoyado sobre el pozo tapiado de una plazuela. No se cruzó con nadie, mientras la noche se teñía de un algodón gris, cada vez más denso. Veía a duras penas la punta de sus botas. Recordó una frase. "Miremos arriba hacia las estrellas y no abajo hacia nuestros pies." de Stephen Hawding , y sonrió.
En el laberinto ciego de una niebla densa, miraba a su alrededor, sin lograr distinguir la silueta de ninguna esquina. Se acomodó, a la espera de que mejorase la visibilidad. En un estado de duerme vela creyó fundirse con la niebla. Fue lo último que pudo recordar. Desde entonces, una sombra con anorak y botas marrones vaga, mirando al cielo, en los brumosos
inviernos venecianos. Por el campus, desde hace tiempo, corre el rumor de que el viejo y antipático profesor de física de la Complutense se tomó un año sabático muy largo.
Mi pequeño homenaje a una estrella con luz propia que se fue