Translate

Mostrando entradas con la etiqueta hormigas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hormigas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de octubre de 2019

Revelación en la infancia

Imagen de Internet de aquí

La vieron con su bocadillo, ensimismada en unas amapolas que estaban cerca, entre las malas hierbas de las afueras del parque. Sus hermanas y el abuelo, él con un pañuelo a modo de boina, con esos cuatros cardinales de nudos en acción,  y ellas con los otros bocadillos de chorizo y sentadas, como ella, en unas piedras. Los bancos del parque eran pocos y de láminas de madera y ésta estaba astillada, así que, hasta que los reparasen, el verano pintaba en canchos de granito que usaban de asientos.

La nena, rubia y delgada, con las rodillas  decoradas con pequeñas heridas de caídas previas jugando a policías y ladrones, de pronto de percató de las hormigas, que, a cientos, se iban arrimando a las migas de pan del  espacio familiar. Levantó la vista y vio más y más hormigas, subiendo por el tronco del pino cercano, cargadas de pequeñas pajitas que llevaban a un hormiguero que no había visto, porque de haberlo codificado, estaría comiendo de pie y lejos.  Del salto, el bocadillo voló por el aire, para regocijo de las hermanas y otros niños que andaban cerca, mientras ella echada  a correr, gritando socorro, pies en polvorosa. No iría muy lejos. Se quedaría agachada en algún rincón, existente o improvisado, aterrada y a la espera de que el pulso volviera a su ritmo habitual. Era típico cada verano. Nadie se había asustado más que ella.

Con sus ocho años era conocido su pánico al caos, a no saber cómo o porqué los animales se movían en loco afán. Las abejas también le producían pavor, y las avispas, y las lagartijas, y los renacuajos…para ella vivir  era estar en paz, sabiendo que lo que la rodeaba estaba tranquilo, y que no había amenazas a su alrededor. Un día, sin embargo, sentada en la entrada de la casa de una tía beata, que ponía agua en el plato donde tenía el bote de miel, porque las hormigas no se alimentasen de ella, tuvo una revelación.  

Miró la ordenada fila de hormiguitas laboriosas, en fila india perfecta siguiendo la esquina entre el suelo y la pared, que subía y bajaba de la calle a la casa de la tía. Basilia. Eran hormigas pequeñas, casi rubias. Miró su dedo índice de la mano derecha y constató la diferencia abismal de tamaño entre ella y las hormigas. Estaba sola, como muchas tardes, y así, sentada, en calma, contemplando a las homiguitas disciplinadas, se atrevió a pisar con su dedito a una, que quedó aplastada, y presumiblemente muerta.  No volvió a temer a ningún animalillo, menos a las cucarachas y a los perros, pero un día la vida le daría la oportunidad  de confirmar que también ellos eran mucho más pequeños que su zapato o que su voluntad. Pero eso ya es otra historia