Me haces pensar en los símbolos del bachillerato. El infinito, en alfa, omega. Así como en las realidades tangentes, las integrales y las derivadas de unas clases de mates. Mi espinazo acaba de sufrir un escalofrío al rememorar ese tiempo. Qué malos ratos de discusiones eternas con el boli, con el cuaderno y el cartabón. Con la escuadra y el compás. El pincho perforaba bien pero la varilla de lápiz, qué redondas tan raras me salían, qué forma de romperse el grafito. Un día, en mi casa, en uno de esos espasmos que le daba de repente a la puntita redonda de grafito, éste se quebró, saltó desde el papel, y trazando una parábola perfecta, fue a caer en el vaso de leche merendada. Qué risas nos regaló.
No, si yo leía bien y hasta cantaba entonando, pero esos artefactos me trasladaban a un mundo confuso, repleto de incógnitas por despejar, resultados “irresueltos” y ecuaciones de difícil planteamiento, y de dudosa aplicación. Es por eso que, entre problema y problema, entre "x" y "z", con la x me transportaba a las aspas del molino de un Quijote leído en las Teresianas, la z, de forma instantánea, me recordaba la película del Zorro, y hasta las ecuaciones, con su “y” me sugerían pura y llanamente un tirachinas. Ni se me daban los “menos”, ni los “por”, así que en matemáticas, creaba mundos paralelos en mitad de un paralelepípedo, o tomaba un octaedro regular y lo transformaba en uno mucho mejor. Pensaba en periscopios y, habiendo leído a Verne, la esfera, con su volumen, me recordaba a una escafandra.
Luego sonaba el timbre de fin de clase y despertaba, recordando aventuras con incógnitas insondables, hasta la siguiente clase.