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jueves, 2 de agosto de 2018

Viaje con Federico. Relato juevero

Imagen de Google


Voy en el tren de Madrid a Granada del día dieciséis de julio del 36. Un hombre de pelo negro, que identifico sin dificultad como Federico G Lorca, por haber asistido a una charla que impartió en el Teatro Principal Palace de Barcelona, en las Navidades pasadas, se sienta mi lado, tras pedir permiso.

En su vagón cama le cuesta dormir, y toma asiento junto a mí, de madrugada, en esos bancos de segunda, tal vez para huir del fuego que le asoma por sus ojos cuando dice que va a celebrar el santo a su casa de la huerta de San Vicente.  Le digo que yo huyo de Madrid, hacia Granada, porque mi madre enferma ha sido activista de la república y que temo por ella.

      -No se preocupe, me dice, su madre estará a salvo. Si es mayor no se atreverán a                 hacerle nada.

-Y usted por qué regresa a su casa, con el peligro que corre, ya sabe que la Falange puede hacerle detener, le dije 

-No se atreverán. No cometerán el error de detenerme ni hacerme nada, soy demasiado famoso para quedar como salvajes, además espero que mi amigo pueda reunirse conmigo para huir juntos. No quiero vivir en una España que se desangrará.  

-No estoy segura, le contesto, estos rebeldes moros con ese loco al mando, capaces de no perdonar a nadie haber sido fiel al ideario republicano.

-Mi caso es diferente, señora. Por favor no me ponga triste, que ando ilusionado con mi amigo rubio, mi amor soñado. Se llama  Juan. 
Veo que saca un billete de papel de un bolsillo, y una pluma. Pienso que se pondrá a escribir de un momento a otro.

-Qué maravilla, le digo, encontrar el amor es el mejor motivo para querer vivir. Ojalá puedan irse juntos, pero, sin querer ofenderle, ¿usted no cree que su amor secreto puede pesar negativamente en una posible detención?

-No creo que se atrevan, además mi familia es una familia de bien. La suya también, ahora que lo pienso. Ojalá acepten que nuestro amor es sincero, y le dejen venir conmigo, me dice, ya poniéndose de pie. Se despidió de mí con prisas, tal vez por las musas. 


Le vi alejarse a su vagón, con el papel en la mano, donde ya había garabateado algo. Ya en mi casa, con mi madre a salvo, de momento, me enteré que había sido detenido. Pensé en ese poema póstumo a su amor. Conocí los sonetos oscuros dedicados a Juan, pero el poema del papelito, no vería la luz.