El segundo volumen de su
preciada colección cayó al suelo quedando abierto y bocabajo. Hasta ahora
los traslados los había encargado a una empresa curtida en mover bibliotecas. Esta
vez no había tenido suficiente dinero en su cuenta para delegar la odiosa tarea
de cambiar de ubicación su imponente cantidad libros y colecciones.
Cayetano, su hijo mayor, se había
ofrecido a embalar, pero era evidente que no estaba acostumbrado. Lo que peor
le sentó a Ramiro fue no poder reñirle como cuando era chico y ya trasteaba,
usando una silla, con la colección de Erotismo en la historia del arte.
Ahora golpearé la tumba
con los nudillos. No entiendo cómo has permitido que me quede emparedada,
sabiendo de mi claustrofobia. Ni llego a comprender qué cuajo tuviste para
iniciar una pared falsa en nuestro dormitorio, el único grande de la casa de
mis padres. Ni comprendo cómo has ido diciendo que te abandoné de la noche a la
mañana. ¿De verdad piensas que alguien te creyó?
Seguiré golpeando la pared donde
creo que cuelga la santa Cruz. No permitiré que reposes en paz ni una noche. Un
día alguien leerá, en morse, que te acuso de matarme.
En el congelador hay Manolo
para rato, se dijo. La discusión había sido por una nadería, pensó después,
cuando ya era tarde. En el fondo, ahora qué más daba si había sido él quien se
chivó de sus tejemanejes. Total, lo que esquilmaba de su empresa acababa en la
de sus dos buenos amigos, ineptos hasta decir basta. Pero cuando, tras salir de
la cárcel se lo encontró, y le fue con monsergas moralizantes, para luego
pedirle que le enchufara en algún trabajo, no puso contenerse.
Le sacudió con el trofeo. El de bronce, regalado por los dos amigos,
quienes jamás le visitaron en prisión.


















