Translate

Mostrando entradas con la etiqueta Rayuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rayuela. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de febrero de 2019

Si es jueves, esto es París

Imagen de Google

Siguiendo una iniciativa de Diario del último bufón

Horacio sujeta a Lucía por la mano, como otras veces, mientras vagan por las calles que recorrían hacía sí mismos. El pequeño Rocadamour se había quedado al fin dormido. Llevaba días  dormido, pero Lucía no había entendido que era un sueño excesivo.

Entran en la casa de su amigo,  mientras la luna se asomaba por encima de la torre Eiffel. El edificio, situado en la Plaza Saint-Germain Le Pres, es  donde se reúne el Club de la serpiente, y, como mil veces antes, van a mirar los dos cepillos de dientes enfrentados en ese vaso azul de las quimeras.

Horacio señala su reloj de pulsera, con la esfera partida en dos, un semicírculo para el más acá, y otro para el más allá.  Se dirige al espejo para decir «Asumido que a mí no me regalaron un reloj por mi cumpleaños, sino que yo fui el regalo para un reloj, quiero cruzar al otro lado del espejo, por dar vida a esos sueños que dejé en Buenos Aires y los que fabriqué para aquí”.

Lucía, con las mejillas sonrosadas por el esfuerzo de subir los diez pisos andando, recuerda los sonidos de algunas noches, y mirando a Horacio, a través de su figura en el espejo dice: “Pero por mucho que añores, Horacio, yo estoy aquí, en París, contigo, y mientras en esas noches, abrazados, murmura el surtidor de nuestro baño, alimentando nuestro sueños, sucede todo lo que  no nos atrevemos a vivir de día, pero de día estoy a tu lado”

Horacio señala los cepillos de dientes, uno rojo, y el otro azul. “Somos como estos cepillos, Lucía, estrecha e inevitablemente ligados por la corta  distancia que les dicta el vaso que comparten, nos miramos fijamente, como ellos, pero no podemos fundirnos en uno solo ”

Empieza a sonar una pieza de jazz, donde el querido cronopio de Luis Armstrong emite un flujo de música improvisada y de ritmo melodioso. La pareja deja de mirar hacia adelante y se enfrentan las miradas. “Nosotros tenemos brazos, -dice Luía-, no somos como los cepillos de dientes, que no pueden abrazarse”

Horacio la abraza, bajo la luz de una torpe bombilla huérfana de ese cuarto de baño de medio pelo de la buhardilla. “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja». Capítulo 7, de Rayuela

Lucía. - Ahora, que me has dibujado la sonrisa, llámame La Maga, Horacio, déjame que sea el fantasma que toda la vida te persiga, aquí o allá, para que podamos encontrarnos en el paraíso de la rayuela que adorna el patio interior de este edifico, que ha sido la jaula de nuestras pesadillas.

Han pasado unos días. El portero ha llamado a una ambulancia.  Edith Piaff llora “la vie en rose” por la escalera,  que huele a col y a croissant recién hecho. Nadie sabe quién saltó primero por la angosta ventana de la buhardilla. Sólo dos figuras quedaron inertes sobre la tiza blanca de un paraíso perdido, imposible de alcanzar a saltitos. Ni aquí, ni allá.

Mis disculpas por la longitud del texto, pero no supe acortarlo.