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martes, 14 de junio de 2022

LA FLOR

 


Qué perfecta es la naturaleza
qué petalos se elevaban al sol
dejando a luz engalanada
Qué verde subyace en mi mirada
estableciendo el conjunto.
Qué pincel atrapará la cadencia
de sus aromas al aire
enmarcando su belleza.

Pintura de José Cerdá

miércoles, 18 de mayo de 2022

Día de los museos

 


Rescato un post que ahora creo que va como anillo al dedo.

Ahora, recuperada la lozanía del primer lienzo, las dos Giocondas luchaban por su espacio. La joven, recién expuesta, le decía a la  mayor:
- ¿No estás cansada de sonreír en el Louvre? ¿por qué no nos retiramos  al Prado?. Vente conmigo.
La mayor contestó - ¿Al Prado? quía, yo prefiero París.

Para no ceder entre París y Madrid, el consejero de El Prado propuso que ambas imágenes fueran expuestas en L´Hermitage durante tres meses. La joven, en la nueva ubicación,  se quejaba de la inmensidad nocturna del museo, y la mayor de las corrientes de aire del pasillo. Para colmo, apagaban por la noche el transformador de la luz de emergencia, porque los flahses de los japoneses calentaban sobremanera los cristales que las protegían. A las dos semanas,  ambas estaban hasta el gorro de miradas, de flashes, de gente y de estar tan quietecitas.

Querían poder ver otras dependencias, otras paredes, a otras personas, así que decidieron escapar al sótano de los restauradores. Pasaron por las salas de Egipto. Se detuvieron ante lo ignoto para ellas. Jamás habían oído hablar de tales maravillas,  y envidiaron el estado de conservación de algunas momias, así que, siguiendo con la idea de visitar a sus restauradores, prestas, siguieron su paseo, con el mármol fresco en sus pies desnudos con la esperanza de encontrar alguna momia o lienzo por reparar por ellas mismas.  Era medianoche, y llevaban siglos sin coger un pincel, ni una aguja, ni nada de nada, sólo sonriendo a un tal da Vinci, un pintor muy bueno, pero aburrido, y a su pupilo. Querían buscar a la Venus de otro florentino, por compartir experiencias.

Los ropajes les pesaban en exceso, así que se quedaron en enaguas, llegando donde los restauradores tenían, en sus anaqueles, filas inmensas de pigmentos, pinceles, lupas e hilos de diversos materiales.

En el suelo se apilaban bastidores sin lienzos, y rollos de telas pintadas escondían las maravillas que había que restaurar. Entre los restauradores estaba Cinzia Pasquali, quien ganó el concurso internacional para la restauración de una pieza prestada por la Galeria Uffizi y que se había deteriorado.

De pronto un profundo perfume inundó la sala y advirtieron que una sombra se acercaba entre aroma de incienso y pachulí. Ambas se escondieron tras un Adonis sin manos, y ante su asombro, apareció en el dintel de la puerta, muy cansado, el David de Miguel Ángel, quien había hecho el camino a pie, desde Florencia.

- Un poco cabezón- dijo la joven. La mayor no la oía, aunque también pensaba en proporciones, y su mirada estaba fija en otra zona.

Se dirigieron a la zona de trabajo de Cinzia y describieron la Venus de Botticelli, como una pelirroja un poco descocada, algo entrada en carnes y con cabello del todo imposible de dominar. Ellas tenían bien presente la postura forzada que tuvieron que mantener como modelos de Leonardo y no pudieron evitar una cierta envidia. Le sugirieron reparar un poco por aquí y otro por allá, un tinte, un buen maquillaje, en fin, mejorar el aspecto. Mientras la mayor orientaba los cambios, David seducía a la joven, quien llevaba demasiado tiempo sin un hombre de piedra cerca. Entre bromas y veras, se animaron a hacer tonterías por los rincones, ante la mayor, quien les acabó dejando en paz, porque ella también había sido más joven.

El vigilante diurno, al llegar al pasillo de las Giocondas sufrió un desmayo. Los cristales y los bastidores estaban en el suelo,  sin lienzos. Pulsó la alarma. Se congregaron otros vigilantes armados, se cerraron las puertas,y con los policías inspeccionando el sótano, exclamaron en aleluyas nerviosas al ver los dos cuadros y un David en un rincón.


sábado, 11 de enero de 2020

El resplandor

Imagen de La Vanguardia

Desde hace días me quedo dormida en el sillón, ante la tele. Me desperté, en el sillón de marras, y como siempre, me levanté, para apagar las luces el comedor y encender la luz del pasillo. No encendió, "se habrá fundido la bombilla", me dije. Miré hacia el comedor justo a tiempo de ver cómo una sombra emergía del sillón. No sé cómo, me tomó por el cuello, y en ese momento,  asustada y confusa, me desperté. En el sillón. Y me levanté para apagar las luces, y luego encender el pasillo para irme a dormir. Pero no encendió.

Me ha fascinado un post sobre esa peli inquietante que dirigiera  Stanley Kubrick (1928-1999) y me animé a jugar con el miedo. El post de marras.



miércoles, 20 de febrero de 2019

Si es jueves, esto es París

Imagen de Google

Siguiendo una iniciativa de Diario del último bufón

Horacio sujeta a Lucía por la mano, como otras veces, mientras vagan por las calles que recorrían hacía sí mismos. El pequeño Rocadamour se había quedado al fin dormido. Llevaba días  dormido, pero Lucía no había entendido que era un sueño excesivo.

Entran en la casa de su amigo,  mientras la luna se asomaba por encima de la torre Eiffel. El edificio, situado en la Plaza Saint-Germain Le Pres, es  donde se reúne el Club de la serpiente, y, como mil veces antes, van a mirar los dos cepillos de dientes enfrentados en ese vaso azul de las quimeras.

Horacio señala su reloj de pulsera, con la esfera partida en dos, un semicírculo para el más acá, y otro para el más allá.  Se dirige al espejo para decir «Asumido que a mí no me regalaron un reloj por mi cumpleaños, sino que yo fui el regalo para un reloj, quiero cruzar al otro lado del espejo, por dar vida a esos sueños que dejé en Buenos Aires y los que fabriqué para aquí”.

Lucía, con las mejillas sonrosadas por el esfuerzo de subir los diez pisos andando, recuerda los sonidos de algunas noches, y mirando a Horacio, a través de su figura en el espejo dice: “Pero por mucho que añores, Horacio, yo estoy aquí, en París, contigo, y mientras en esas noches, abrazados, murmura el surtidor de nuestro baño, alimentando nuestro sueños, sucede todo lo que  no nos atrevemos a vivir de día, pero de día estoy a tu lado”

Horacio señala los cepillos de dientes, uno rojo, y el otro azul. “Somos como estos cepillos, Lucía, estrecha e inevitablemente ligados por la corta  distancia que les dicta el vaso que comparten, nos miramos fijamente, como ellos, pero no podemos fundirnos en uno solo ”

Empieza a sonar una pieza de jazz, donde el querido cronopio de Luis Armstrong emite un flujo de música improvisada y de ritmo melodioso. La pareja deja de mirar hacia adelante y se enfrentan las miradas. “Nosotros tenemos brazos, -dice Luía-, no somos como los cepillos de dientes, que no pueden abrazarse”

Horacio la abraza, bajo la luz de una torpe bombilla huérfana de ese cuarto de baño de medio pelo de la buhardilla. “Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja». Capítulo 7, de Rayuela

Lucía. - Ahora, que me has dibujado la sonrisa, llámame La Maga, Horacio, déjame que sea el fantasma que toda la vida te persiga, aquí o allá, para que podamos encontrarnos en el paraíso de la rayuela que adorna el patio interior de este edifico, que ha sido la jaula de nuestras pesadillas.

Han pasado unos días. El portero ha llamado a una ambulancia.  Edith Piaff llora “la vie en rose” por la escalera,  que huele a col y a croissant recién hecho. Nadie sabe quién saltó primero por la angosta ventana de la buhardilla. Sólo dos figuras quedaron inertes sobre la tiza blanca de un paraíso perdido, imposible de alcanzar a saltitos. Ni aquí, ni allá.

Mis disculpas por la longitud del texto, pero no supe acortarlo.

lunes, 18 de febrero de 2019

Ramillete de cuentos en flor


Ha llegado a mis manos hace unos días. Son cuentos breves que, como el título ya indica, recogen historias de la calle, de cualquier calle, de un pueblo grande o una ciudad pequeña. Tiene dos diamantes, entre perlas como puños. De lectura fácil, con algunos vocablos más colombianos  que universales, pero muy comprensibles, es un regalo perfecto para la vista, para el corazón lector y para  amantes de un género grande, a pesar de la extensión.

Por los cuentos titulados Mirar y no tocar y Una vez, nada más, ya vale la pena de gozar de la alegría de leer a este autor, amigo del otro lado del mar. Joyas oníricas, de detalles exquisitos, sensaciones escritas con precisión de cirujano y un amor hacia la palabra que nos deja la miel en los labios de estar queriendo más y más.

Un gusto de fin de semana, Entre el delta del Ebro y este libro, la vida sigue brillando, y con  ganas.


Para conseguirlo, en Amazon, sea en formato papel o para Kindle. Su blog, Vení, te cuento. Gracias Guillermo por este ramillete de verdaderos cuentos en flor.