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lunes, 22 de abril de 2019

Cambios, grandes o pequeños


Se sentaron y pidieron los dos combinados de siempre. Bebieron en silencio, mirándose. Al terminar sus copas, como de costumbre, empezaron a hablar casi en susurros. Aunque todo parecía igual, aquella noche, había algo intangible pero diferente. Elena se había puesto un sujetador con relleno y su cruce de piernas en el taburete era un poco más provocador que otras veces. Cansada de comentar las películas , siendo la quinta vez que se encontraban, había llegado a introducir leves cambios en su rutina, para ver si por fin cambiaba algo, y dejaba de ser lo de siempre. 

Luis parecía no darse cuenta, y seguía mirándola, tan neutro como las otras veces, colando palabras vacías, que ahora ya era evidente que no bastaban. Si cuando la conoció le atrajo tanto, no acababa de entender por qué estaba yendo tan despacio. Su estrategia de conquista era la consabida, penetrar en su corazón a través de las palabras, pero esta vez, sus palabras sonaban, pero no traspasaban el muro que, no sabía muy bien por qué,  crecía poco a poco entre ellos. Había llegado el momento de decidirse. O bien seguía con la llama encendida, que ella mantenía, o daba por terminada la conquista con una excusa. En ese instante Elena miró la lámpara de lágrimas del Dry Martini y su pelo negro reflejó un maremoto de promesas. En ese momento Luis lo supo: Una extraña intuición le avisó de que o espabilaba, o la perdería. 

Tras tragar toda la saliva que pudo, se acercó más a Elena y acercó sus labios a los suyos, que no opusieron resistencia. Luis era el tipo serio que ella estaba esperando desde su primer novio de la facultad, y con sus ojos verdes en la tez morena le había encandilado. Quería perderse en ellos.  Él, con su continuo deambular por el lado correcto del sendero, había  encontrado la certeza de saber quién era, en la mirada dulce de esa mujer, quien tenía fe por los dos. Luis la tomó del hombro y salieron al frío de la noche, para iniciar su singular huida del hielo, por un particular camino hacia ningún lugar y hacia todos los lugares que en la imaginación puedan caber a un tiempo.

Derribaron los muros hechos de dudas y desencuentros, y dejaron que aquella noche se formase un oasis privado, con un beso. Ambos se encargaron de impedir que nada ni nadie pudiera resquebrajar jamás su particularidad.


sábado, 13 de abril de 2019

Un beso, ante el de Klimt

Tomada de Google

Ella quería pasar desapercibida, que en el día de subida, sólo el amor prevaleciera, sin dar alas a los visitantes del Belvedere, ni que el fotógrafo contratado en el mismo crucero por el Danubio les siguiera por él, porque bastante había cedido con Akihiro con que parte de sus familias asistieran a la ceremonia, como para soportar muchas muestras más de amor romanticoide y pasado de moda. Kichi, literalmente afortunada, como su nombre, era una mujer del siglo XXI, que odiaba sentirse palomita desvalida y digna  de proteger. 
Ante el cuadro, más grande de lo que creía, intentó pasar deprisa, a pesar del interés que le  suscitaba tal obra, pero fue captada por el fotógrafo, con la complicidad del recién estrenado esposo, siendo retenida para un beso en la mejilla.  
Pasaron los años, fueron a New York y admiraron a Adele, del mismo autor. Poco después nació la pequeña JIn, y ahora, cuando abre el álbum de su boda, es la imagen sobre la que se detiene por más tiempo. "Embrujo de un beso", se dice divertida, y si la nena duerme, da un beso en su mejilla, sonriendo, una vez más.
Imagen de Internet 

Un poquito sobre el cuadro. 
Es sabido que Klimt estaba en decadencia cuando pintó El beso. De hecho, antesde pintar esa pieza, había recibido mordaces burlas en la primera década del siglo XX, por sus pinturas en el techo de la Universidad de Viena. Debido a los desnudos de estas obras, sus interpretaciones de la Filosofía, la Medicina y la Jurisprudencia habían sido consideradas pervertidas. Era 1907, y tal vez para recuperarse de la mala recepción, dudaba de sí mismo. Confesó en una carta: "O soy demasiado viejo, o demasiado nervioso o demasiado estúpido, algo debe estar mal. Al poco tiempo, un año después,comenzaría la pintura que sería su obra más popular. La Austrian Gallery mostraba El beso por primera vez, a pesar de que Klimt aún no había  rematado el trabajo. Su estado inacabado no detuvo al Museo Belvedere (o Galerie Belvedere) para añadirlo a su colección. 

Es un tesoro para Austria. La pose de los amantes representados refleja las formas naturales favoritas del movimiento Art Nouveau de Viena, pero añadiendo los llamativos mantos de la pareja, de una vistosidad impactante. Inspirado por los mosaicos bizantinos que había visto en sus viajes, Klimt mezclaba pan de oro en sus pinturas al óleo, para crear lo que se convertiría en su estilo característico, de arte dorado.  Algunos historiadores del arte han teorizado que los amantes serían el propio pintor su pareja por un largo tiempo, Emilie Flöge, a la que había representado previamente en un retrato. Él vivía con su madre y dos hermanas, modo de vida poco estridente. Podría ser una musa, o una dama de la alta sociedad, Adele Bloch-Bauer, quien ya había posado para un retrato. Otros han sugerido, por  el pelo rojo, que es "Red Hilda", otra modelo. Pero da igual. 

El Beso mide 180 por 180 centímetros, aunque normalmente truncan los lados derecho e izquierdo de la pintura para crear un rectángulo más estándar para una visualización.


Al volver a evaluar El Beso, en el 150 aniversario del nacimiento de Klimt, el periodista Adrian Brijbassi escribió, "El beso de Gustav Klimt supera las expectativas, a diferencia de esa pequeña y decepcionante Mona Lisa. Hacelo que se supone que una gran obra de arte debe hacer: Mantener tu mirada, hacer que admires sus cualidades estéticas al tratar de discernir lo que está más allá de sus aspectos superficiales". Por un feliz día del beso