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miércoles, 19 de enero de 2022

La Camestortes, o esos niños tutelados



María la Camestortes ,  corta de mollera, rica en amores y pobre de solemnidad, vivía con su hijo en una fábrica abandonada, donde, sin embargo, conservaba una línea de electricidad. Escuchaba la radio, pendiente de todo lo que fuera bueno para su hijo. Desde que su Jesús María cumpliera cinco años, cada día del mundo le preparaba alitas de pollo asadas, porque en un programa de una nutricionista, había escuchado las bondades de tal alimento para que los niños crecieran fuertes y listos. A los seis, como primer plato, le empezó a preparar un batido de mariposas y saltamontes. Parecía que los asiáticos, tan listos y libres, comían tales cosas, y por supuesto, siendo gratis, qué mejor que darle al niño. Le quería fuerte, y listo, y libre, para que pudiera, un día, alejarse de ese pueblo que nunca la valoró, ni se apiadó de ellos cuando quedó preñada de uno de los señoritos de la región.

Su vida era sencilla, y amorosa hacia su chaval, con quien jugaba a mirar estrellas, o a imaginar formas y palabras en las nubes, o a correr en pos de insectos que cazaban para cocinarle.  Iba al pueblo a por las alitas, que una pollería le reservaba, así como las cabezas de pescado que le separaban en la pescadería del pueblo. Patatas chonchas, frutas y verdura medio pasadas cumplimentaban su dieta. Con los nuevos regidores, tras las elecciones, llegó su ruina. Una pareja de policías municipales se presentó en su casa, con la asistente social, y vieron lo que usaba por cocina, donde es cierto que el olor no era apetitoso, pero que mantenía limpia. 

No entendió nada, porque el niño, feliz con ella, se negaba a irse con esos extraños. Sus llantos se unieron a los de la Camestortes, quien suplicaba y rezaba a la vez, porque dejaran que su hijo se quedara en su casa, con su madre, pero todo fue inútil. Se llevaron al niño, para escolarizarle, dijeron, para que comiera decentemente, apostillaron, para que tuviera un techo y las comodidades que todo niño merece, sentenciaron.

Cuando la han encontrado muerta en un claro del bosque, rodeada de mariposas y saltamontes, con la piel en los huesos y la mirada extraviada y opaca como un pez fuera del agua, la han enterrado en la fosa común, sin informar a Jesús María. No fuera que recordase sus condiciones de vida antes de ser salvado.

Imgen de Aguirrefotox


viernes, 14 de enero de 2022

Hacer algo, para Ginebra

 



Como propósitos de año nuevo, Ginebra, en su blog Varietés, propone sumarse en alguna de tres opciones. La de algo que hacer me pareció muy buena idea

Era lo mejor, abrir la puerta, calzarse al niño que permitió habitar en su corazón, y con un cazamariposas, intentar conquistar y retener la ilusión.

Caminaba confiado, con un gorro similar a uno de su infancia, con botas de no resbalar y la mirada puesta en el sendero. Éste se abría hasta un riachuelo, que cruzaría por un tronco que algún caminante pusiera previamente. Se sentó en él, dejando los pies colgando, lo que le recordó a una tarde de primavera, como ahora, con quince años y enamorado del lunar de una mejilla. La de Eva Domínguez Alcántara, compañera de clase, quien acabado el curso se fue con su familia a una ciudad de difícil pronunciación, Puigcerdà.

Con su móvil, buscó ese nombre. Estaba en Facebook. Le pidió amistad creyendo muy poco en estas redes sociales. Llegó la tarde, merendó el bocata que llevara, y cuál sería su sorpresa al ver que ella, Eva, le aceptaba, con un mensaje cálido y la propuesta de poder verse cuando fuera posible.

En casa, con la ilusión prendida en una tela de cazamariposas, se dispuso a dormir, deseando soñar con esa niña, la única que de verdad le robó el corazón.