Juan quería permanecer en el mundo de los afectos, aun carente de calor nocturno. Entró en una red social y una tarde comenzó a comunicarse en mensajes privados con una mujer amarrada a la foto de una flor de lis. No era su estilo, pero se le despertaron las ganas de mantener contactos con mujeres, de esa forma anónima, y exclusivamente en forma virtual.
Los meses pasaron, dejando aterrizar a otras usuarias, por el mismo sendero de sus inmensas ganas de comunicarse y su nula capacidad para un cuerpo a cuerpo. Descubrió que darse de alta en una dirección de mail para cada una, era una forma de dar visos de realidad a las relaciones virtuales. Por supuesto, usaba con ellas frases caducadas y de segunda mano, pero parecían funcionar. Como mucho compraba una tarjeta sim y daba su número de teléfono recién estrenado a alguna, pero cuando la relación virtual desaparecía, tiraba la tarjeta y daba de baja la cuenta abierta para ella. Como a veces los cálculos de movimientos se tuercen, por factores imprevistos, llegó a la red un día una mujer, que se prestó a escucharle en las reflexiones gestadas en su soledad.
Los relojes sufrieron una avería, los trayectos neurológicos se trenzaron como cables mal dispuestos, y la mente analítica de Juan tropezó con su deseo de adentrarse en lo imponderable. Cometió un error, uno sólo. Le dio sus datos y quedaron en verse. En un céntrico café, con más curiosidad que deseo de cambiar nada en su forma de operar, se vio sentado, esperando, con un diario deportivo en la mano. Descubrió, sorprendido, que lo virtual se había escapado del tablero: una dama avanzaba por la diagonal blanca. de su mirada. Entre una densa neblina resonó, inequívoca, la frase que él solía pronunciar ante los tableros: jaque mate. La mujer que acudió se dio la vuelta hasta desaparecer por la Diagonal.
No supo correr tras ella, ni tenía dato alguno, pues el móvil por el que hablaban estaba fuera de servicio, y la dirección de mail no existía. La desesperación le duró poco, porque en el fondo comprendió que era un jugador como él. Ahora la imagina jugando en partidas de mayor nivel de dificultad, y sólo desea que esa alumna aplicada no se cruce nunca más en el damero de su vida, en ninguno de los sesenta y tres cuadrados de baldosas que le rodean.
Es casi la reedición de un post de 2013, pero me pareció adecuado por la efemérides de hoy.
Cincuenta años de internet. Sus inicios