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jueves, 24 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perroIII

Imagen de aquí

La mujer de la limpieza, ya en casa, me quita el arnés y casi me saca un ojo. Lleva las uñas pintadas de azul y creo que son artificiales. Y largas. Al menos me quita el bozal sin hacerme daño. Qué gusto. Me pone más agua en el cacharro, un bol metálico que me marea cuando el sol le da de pleno, saca el pienso del armario y pone más en el otro recipiente, también de acero inoxidable. Enseguida se coloca una bata de cuadros y se pone a hacer "sus cositas". 

La aspiradora resuena por el recibidor y el comedor. Me escondo bajo tu cama, Laura. Cuando llega con una fregona, que va metiendo con poco cuidado bajo el somier,  tengo que salir de mi escondite y me acabo colocando en la ventana, apoyándome en el respaldo del sillón  con orejeras. Desde allí vigilo la calle. Ni rastro tuyo. El olor a planchado  me entretiene, y por el agotamiento de la noche en vilo me quedo dormido en el sillón. En sueños persigo una mariposa blanca, juguetona, que me esquiva con gracia. Sé que no quiero cogerla, y menos comérmela. Una vez me tragué una mosca y casi vomito, pero la emoción de perseguirla me fascina. De pronto suena una canción latina estridente. Me despierto. Escucho.

—Bien, todo bien.       Sí, ya saqué a Bruno de paseo.      Sí, mujer, tranquila.         No, no es molestia, lo he hecho con gusto.     Vale.        La espero pues. 

Tu voz al fin. Suspiro. Ella ha dicho mi nombre. Eso implica que has preguntado por mí. Eso es que vuelves pronto. Eso es que vienes. Me emociono. La ilusión me desborda pero la tranquilidad también. Noto el cansancio de la tensión y subo a tu cama. Por encima del suavizante huele a ti.

—¿Dónde vas caballerete?
—Pues ya lo ves, a ponerme en su cama, a descansar, que he pasado un miedo de aquí te espero, pienso mirándola.
—Baja, perro malo, que acabo de cambiar la colcha…será posible… qué perro más malo. No quiero bajar. Estoy exhausto. Quedo en duermevela. Creo que ronco porque la señora asoma la cabeza y me mira, sin reñirme esta vez. Sonríe. Me desconecto un poco.

Son las dos cuando escucho tu cafetera destartalada de coche viejo. Monto guardia en la puerta, muevo la cola, quiero ladrar, pero me contengo, gimoteo bajito. Pronto abres la puerta. Llegas y te abrazo, y me abrazas. Se me escapan gotas de orina. Te obligo a que te quedes conmigo agachada un ratito. Meto mi morro entre sus manos. Sonríes, me acaricias la cabeza. Te emocionas y los ojos te brillan un instante.

—Hola mi chico guapo. Ya está, ya estoy aquí, cacho guapo, me dices. 

Te dejo levantar, te sigo hasta el cuarto de plancha. Saludas a Lupe, me acaricias de nuevo, dejas el dinero de la señora y ésta acaba por irse. Yo soy feliz y como con apetito los crispis de colores. 

Las 17 horas. Te sientas a escribir en el estudio. Estás a punto de leerme lo que has escrito, pero al mirarme decides que salgamos y cierras el portátil. Pelas una manzana para tu merienda. En la cocina  me das la piel cortada a trozos, la vida es bella.  Te escucho ducharte luego. Huelo tu champú. Susurras una canción de amor. Te vistes, me siento a mirarte.  El reloj marca algo que debe querer decir que es mi hora de pasear. Te calzas, me preparas. Estás a punto de coger la gabardina azul. Todo es un mundo mágico y hermoso a tu lado hasta que, preparados para salir de paseo, suena tu teléfono y empiezas llorar. 

Dices varias veces las palabras "Papá", y "Hospital". Estás temblorosa. Te resbalas por la pared para dejarte caer al suelo, deshecha. Sollozas y yo me rompo por dentro, Laura. Ignoro qué es papá, No comprendo qué ha pasado que te afecta tanto. Intento lamerte, pero me rechazas. Deja de importarme salir o no. Solo existes tú. Vulnerable, indefensa, pequeña. Me estiro a tu lado. Te miro, moviendo mi cabeza un poco, por captar qué puede estar doliéndote. Te miro, Laura, pero  no sé qué hacer.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perro II

Imagen de aquí


Miércoles 9 horas. No sé si ha pasado un día, o sólo una noche.  El sol ilumina ya la cocina, donde mi cacharro de agua sigue como lo dejaste, Laura. Miro por la ventana y busco, entre los olores de la calle, el tuyo. Luego agudizo mi oído, por descubrir el sonido de tu Mini. No hay quien confunda ese ruido como de tos permanente, porque siempre te olvidas de llevarlo a tapar un agujero del tubo de escape.
Se oye el llavín de la puerta, y emprendo una carrera por el  pasillo, y me tropiezo con la pata del paragüero, y al fin llego a la moqueta justo a tiempo para ver a esa señora que viene a casa y deja olor a lejía y suavizante. Me decepciono, aunque sabía que no eras tú.

—Hola Bruno, Voy a sacarte a pasear. Ya sé que tu amita no pudo, a ver... busquemos la correa…
—Al menos me sacará, porque tengo pis desde hace horas, pienso.
Le muestro con el hocico el lugar de mi correa. Se hace un lío con las cuerdas, me pone el arnés tan mal que no puedo caminar. Una pata me la ha metido por el cuello. Rectifica.
—Cada cosa en su lugar por favor,¿no lo ves mujer?. Igual mi mirada ha sido útil. Me coloca bien el aparato del cuerpo al fin. Luego el de la boca. Con lo poco que me gusta a mí el bozal. Que ni sé para qué me lo ponen, si yo no muerdo ni he mordido nunca.
—Bueno, Bruno, calma. Ahora cogemos el botellín de agua y nos vamos al parque.  
—No pluralices, que yo no cojo nada. Pero vale, a ver si salimos y puedo husmear tu aroma de una vez, pienso.

Salimos, dejo que ella lleve el paso, porque por mí estaríamos corriendo hacia la zona donde mi olfato me dice que has cogido el coche. ¡Vaya!, me paro en seco. El árbol del parquing lo ha orinado ese rottweiler del barrio. Dejaré mi marca, y que se jorobe, me digo. Levanto mi pata todo lo que puedo. Me duele la cadera. Disimulo, aunque cojeo un par de pasos.

—Bien Bruno, ya tenemos un pipí. Ahora tiro un poco de agua por encima, dice. Me salpica con el agua, que me da en un ojo, y un poco se me mete por una oreja. Me sacudo fuertemente y se asusta.
—Pero ¿qué te pasa, bonito?, ¿te has mojado?, ¿hay una mosca por aquí?

Da igual, ella pregunta sin dar tiempo a responder. La ignoraré, me digo. Quiere llevarme al parque cercano pero yo quiero ir siguiendo tu olor. Giramos hacia la calle donde seguro que has estado, lo huelo. La mujer se incomoda, se resiste, pero al fin me sigue. Sí, el Mini ha estado aquí, en un hueco que ahora ocupa un Kia pequeño. Queda el levísimo aroma de tu colonia y de tu pelo, pero de ti ni rastro, como es normal. Defeco. Me da enorme vergüenza, así que le doy la espalda por no ver qué cara pone. La bolsa azul la despliega con impericia y torpeza.  Con un mohín de asco recoge y tira luego a la papelera la bolsita de marras. Yo quiero volver a casa. Huelo a que una perrita muy linda está cerca, pero ahora no tengo ganas de dialogar con ella. Ni de jugar. Insisto en ir a casa. La mujer parece incómoda por mis tirones de correa pero se resigna. ¿Y si has vuelto, Laura?, me ilusiono. Tiro de la correa ante las quejas de la mujer. 

—Vale, como quieras. Nos volvemos, Bruno, no se hable más. Ya has hecho "tus cositas".
—He hecho qué cositas. ¿He jugado?, ¿He perseguido a algún gato?, ¿Me he revolcado por encima de un rastro de lombriz?. Es absurdo. No vale la pena, me digo, volvamos y ya está.

martes, 22 de octubre de 2019

Bruno, el viejo perro.

Imagen de Aquí


Se hace tarde y te sigo buscando, hasta ahora sin éxito. He pensado que no estuvieras en el estudio, escribiendo, y no te hayas percatado de mi presencia, como otras veces, cuando me siento a tu lado.

—Cuando,  a veces, me dejas apoyar mi cabeza en tus rodillas, soy feliz, recuerda el can.
—Pero es que me das calor, Bruno. Te pones muy pesado.
—Anda ya,  si disfrutas leyendo tus textos en voz alta, no lo niegues. Hago como que te entiendo. Siempre. De hecho soy el primero que sabe lo que vas escribiendo. Deberías  contratarme de escuchador y crítico, a pesar de que te despierto a lametones que odias y te rompo alguna cosa con mi rabo.
—Jaja, no te vengas tan parriba, que eres un chucho. Guapo, eso sí, dice Laura, mientras me zarandea los mofletes, y yo me dejo querer. Qué tacto el tuyo, qué gusto tu aroma, recuerda el viejo perro.

No, no estás en el estudio. Tú igual no lo sabes, pero puedo ver tus letras en los papeles que, en ocasiones, imprimes, y que sin entender en absoluto, disfruto de tenerlos ante mi vista porque me hacen recordarte así, concentrada ante el portátil, meditabunda a veces, sonriente otras, pero siempre feliz ante estas teclas. Sí, yo también las presiono, con cuidado, y veo en la cosa esa blanca que llamas pantalla que aparecen simbolitos.  Lo raro es que tú te enfadas, así que casi nunca lo hago ya.

El dormitorio está arreglado. Qué pena, al menos podría acercarme a ti a través de tus pantuflas, o del pijama, que sueles dejar tirados por el suelo. Pero no. Ayer te vi con un vaso alto, con hielos que sonaban, tomando un trago de un alcohol, que apestaba, por cierto. Eso hizo que te pusieras como eufórica y empezaste  hacer una maleta, pero con prisas. Estaba claro que no era un viaje planificado con Nicolás. No has imprimido lo último que  escribiste, pero dejaste encendido el portátil y veo líneas de letras, cada vez más alargadas, hasta escaparse como un hilo continuo de cometa, que desde mi punto de vista está viajando por las paredes del piso, que baja luego hasta el sótano que no tenemos, y me pongo a perseguir tu estela.  

Me froto la cara, me concentro,  y en un parpadeo, alcanzo a identificar tus huellas de  zapatos sin tacón, el halo de tu fular mal apretado, las alas de tu gabardina azul  sin diques. Y tu agobio, tu tristeza, y dos lágrimas perdidas en la moqueta del recibidor.

He llegado al sótano que no tenemos y allí encuentro las palabras en tinta que ayer desembocaron en tormenta, en catarata sin filtro, y que escaparon de la página de Word. Pero tú no estás. Me sumerjo en una frialdad que me es desconocida y busco tu presencia más allá de la calle, a través de la puerta. Llega el reflejo lunar tras las cortinas, pero nada cambia. Mi hambre o mi sed se vuelven esquivas y me duermo ante la puerta, esperando que regreses.