Como un tigre diminuto, y con zarpas de mentirijillas, sigues mirando desde los brazos un mundo que te es ajeno. Que vas descubriendo entre juegos y experimentos. Con la curiosidad de ser un cachorro. Hasta que la veterinaria te explica, a su manera, lo duro que es vivir. Ay Lego, qué susto nos diste cuando la puerta te pilló la cola. Te encantaba hacer de Iindiana Jones esquivando los portazos.
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miércoles, 19 de febrero de 2020
viernes, 10 de enero de 2020
Perros sin amo
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Imagen de La Vanguardia |
Fuimos tres perros perdidos que nos habíamos reunido para hacer menos sola la soledad. La gente creía que vagábamos de
allá para acá, sin rumbo fijo, pero no era así. Nos movíamos por zonas, conociendo
las rutinas y costumbres de quienes vivían en cada lugar. Estábamos al caso de los horarios
de la gente. Por ejemplo, sabíamos que el madrugador del sastre de la
esquina era un tipo que nos miraba con desprecio y miedo a partes iguales, así
que no le molestábamos. Sobre las nueve
o un poco antes, salían a la calle muchas mujeres con niños y carritos de
bebés, así que estábamos quietecitos, por no asustar a nadie. Los niños con
mochila tendían a acercarse para acariciarnos, pero sus madres montaban un espectáculo
tal que desistimos pronto de acercarnos a sus manitas curiosas.
La dependienta de la
panadería no sé si nos esperaba o siempre era casualidad, pero nos ofrecía,
dejando en el suelo, sobre un papel de diario, unos mendrugos de pan casi cada
día. La dueña sin embargo, oronda y con una bata verde con flores era una
antipática. La habíamos visto sacar de paseo a un dálmata ufano y cursi, que
siempre hacía como que estaba por discutir con nosotros, pero luego era un
gallina, Cobarde como ninguno, si le enfrentábamos, metía el rabo entre sus
patas como un chihuahua.
Nos gustaba ver a una
joven que siempre iba tarde a donde quiera que fuese, que ahora sé que es una
oficina del centro. La acompañábamos hasta la parada, viendo cómo se acababa de
abrochar el abrigo, o una rebeca blanca en verano. Subía al bus corriendo, y la
veíamos luego acomodarse donde pudiese. Cuando regresaba, sobre las siete, nos
miraba y hacía ademanes cariñosos mientras, algunas veces, nos ofrecía restos
de bocadillo que le sobraría, imaginábamos.
Mis dos amigos desaparecieron, tal vez un coche de policía tuvo algo que ver. Empecé a esperar a la chica del bus. La seguía hasta su casa, tranquilo, alegre
y modoso, sin molestarla. Un día de marzo llovía a cántaros, pero aun empapado,
no quise dejar de seguirla. Me dejó entrar en el portal de su casa por primera
vez, y subimos por las escaleras hasta una puerta. Yo no hice gesto alguno de
entrar. Me senté sin dar muestras de nerviosismo. Me hizo entrar y me secó con
una toalla que olía estupendamente.
Somos felices, yo al menos mucho más que viviendo con la incertidumbre de qué comer. Ella me explica sus sueños de amor no correspondido. No sé si entiendo lo que me dice, pero estoy a su lado, dejando que el tiempo cure sus heridas.
Pensando en Amapola Azzul, no sé por qué.
jueves, 24 de octubre de 2019
Bruno, el viejo perroIII
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Imagen de aquí |
La mujer de la limpieza, ya en casa, me quita el arnés y casi me saca un
ojo. Lleva las uñas pintadas de azul y creo que son artificiales. Y largas. Al menos me quita el bozal sin hacerme daño. Qué gusto. Me pone más agua
en el cacharro, un bol metálico que me marea cuando el sol le da de pleno, saca
el pienso del armario y pone más en el otro recipiente, también de acero
inoxidable. Enseguida se coloca una bata de cuadros y se pone a hacer "sus
cositas".
La aspiradora resuena por el recibidor y el comedor. Me escondo bajo tu cama, Laura.
Cuando llega con una fregona, que va metiendo con poco cuidado bajo el somier, tengo que salir de mi escondite y me acabo
colocando en la ventana, apoyándome en el respaldo del sillón con orejeras. Desde allí
vigilo la calle. Ni rastro tuyo. El olor a planchado me entretiene, y por el agotamiento de la
noche en vilo me quedo dormido en el sillón. En sueños persigo una mariposa blanca, juguetona, que me esquiva con
gracia. Sé que no quiero cogerla, y menos comérmela. Una vez me tragué una mosca y casi vomito,
pero la emoción de perseguirla me fascina. De pronto suena una canción latina estridente. Me despierto. Escucho.
—Bien, todo bien.
Sí, ya saqué a Bruno de paseo.
Sí, mujer, tranquila. No, no es molestia, lo he hecho con
gusto. Vale. La espero pues.
Tu voz al fin. Suspiro. Ella ha dicho mi nombre. Eso implica que has preguntado por mí. Eso es que vuelves pronto. Eso es que vienes. Me emociono. La ilusión me desborda pero la tranquilidad también. Noto el cansancio de la tensión y subo a tu cama. Por encima del suavizante huele a ti.
—¿Dónde vas caballerete?
—Pues ya lo ves, a ponerme en su cama, a descansar, que he
pasado un miedo de aquí te espero, pienso mirándola.
—Baja, perro malo, que acabo de cambiar la colcha…será
posible… qué perro más malo. No quiero bajar. Estoy exhausto. Quedo en duermevela. Creo que ronco porque la señora asoma la cabeza y me mira, sin reñirme esta vez. Sonríe. Me desconecto un poco.
Son las dos cuando escucho tu cafetera destartalada de coche viejo. Monto guardia en la puerta, muevo la cola, quiero ladrar, pero me contengo, gimoteo bajito. Pronto abres la puerta. Llegas y te abrazo, y me abrazas. Se me escapan gotas de orina. Te obligo a que te quedes conmigo agachada un ratito. Meto mi morro entre sus manos. Sonríes, me acaricias la
cabeza. Te emocionas y los ojos te brillan un instante.
—Hola mi chico guapo. Ya está, ya estoy aquí, cacho guapo, me dices.
Te dejo levantar, te sigo hasta el cuarto de plancha. Saludas a Lupe, me acaricias de nuevo, dejas el dinero de la señora y ésta acaba por irse. Yo soy feliz y como con apetito los crispis de colores.
Las 17 horas. Te sientas a escribir en el estudio. Estás a punto de leerme lo que has escrito, pero al mirarme decides que salgamos y cierras el portátil. Pelas una manzana para tu merienda. En la cocina me das la piel cortada a trozos, la vida es bella. Te escucho ducharte luego. Huelo tu champú. Susurras una canción de amor. Te vistes, me siento a mirarte. El reloj marca algo que debe querer decir que es mi hora de pasear. Te calzas, me preparas. Estás a punto de coger la gabardina azul. Todo es un mundo mágico y hermoso a tu lado hasta que, preparados para salir de paseo, suena tu teléfono y empiezas llorar.
Dices varias veces las palabras "Papá", y "Hospital". Estás temblorosa. Te resbalas por la pared para dejarte caer al suelo, deshecha. Sollozas y yo me rompo por dentro, Laura. Ignoro qué es papá, No comprendo qué ha pasado que te afecta tanto. Intento lamerte, pero me rechazas. Deja de importarme salir o no. Solo existes tú. Vulnerable, indefensa, pequeña. Me estiro a tu lado. Te miro, moviendo mi cabeza un poco, por captar qué puede estar doliéndote. Te miro, Laura, pero no sé qué hacer.
Te dejo levantar, te sigo hasta el cuarto de plancha. Saludas a Lupe, me acaricias de nuevo, dejas el dinero de la señora y ésta acaba por irse. Yo soy feliz y como con apetito los crispis de colores.
Las 17 horas. Te sientas a escribir en el estudio. Estás a punto de leerme lo que has escrito, pero al mirarme decides que salgamos y cierras el portátil. Pelas una manzana para tu merienda. En la cocina me das la piel cortada a trozos, la vida es bella. Te escucho ducharte luego. Huelo tu champú. Susurras una canción de amor. Te vistes, me siento a mirarte. El reloj marca algo que debe querer decir que es mi hora de pasear. Te calzas, me preparas. Estás a punto de coger la gabardina azul. Todo es un mundo mágico y hermoso a tu lado hasta que, preparados para salir de paseo, suena tu teléfono y empiezas llorar.
Dices varias veces las palabras "Papá", y "Hospital". Estás temblorosa. Te resbalas por la pared para dejarte caer al suelo, deshecha. Sollozas y yo me rompo por dentro, Laura. Ignoro qué es papá, No comprendo qué ha pasado que te afecta tanto. Intento lamerte, pero me rechazas. Deja de importarme salir o no. Solo existes tú. Vulnerable, indefensa, pequeña. Me estiro a tu lado. Te miro, moviendo mi cabeza un poco, por captar qué puede estar doliéndote. Te miro, Laura, pero no sé qué hacer.
miércoles, 23 de octubre de 2019
Bruno, el viejo perro II
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Imagen de aquí |
Miércoles 9 horas. No sé si ha pasado un día, o sólo una noche. El sol ilumina ya la cocina, donde mi cacharro de agua sigue como lo dejaste,
Laura. Miro por la ventana y busco, entre los olores de la calle, el tuyo. Luego
agudizo mi oído, por descubrir el sonido de tu Mini. No hay quien confunda ese
ruido como de tos permanente, porque siempre te olvidas de llevarlo a tapar un agujero
del tubo de escape.
Se oye el llavín de la puerta, y emprendo una carrera por
el pasillo, y me tropiezo con la pata del
paragüero, y al fin llego a la moqueta justo a tiempo para ver a esa señora que
viene a casa y deja olor a lejía y suavizante. Me decepciono, aunque sabía que
no eras tú.
—Hola Bruno, Voy a sacarte a pasear. Ya sé que tu amita no
pudo, a ver... busquemos la correa…
—Al menos me sacará, porque tengo pis desde hace horas, pienso.
Le muestro con el hocico el lugar de mi correa. Se hace un lío
con las cuerdas, me pone el arnés tan mal que no puedo caminar. Una pata me la ha metido por el cuello. Rectifica.
—Cada cosa en su lugar por favor,¿no lo ves mujer?. Igual mi mirada ha sido útil. Me coloca bien el aparato del cuerpo al fin.
Luego el de la boca. Con lo poco que me gusta a mí el bozal. Que ni sé para
qué me lo ponen, si yo no muerdo ni he mordido nunca.
—Bueno, Bruno, calma. Ahora cogemos el botellín de agua y nos
vamos al parque.
—No pluralices, que yo no cojo nada. Pero vale, a ver si
salimos y puedo husmear tu aroma de una vez, pienso.
Salimos, dejo que ella lleve el paso, porque por mí
estaríamos corriendo hacia la zona donde mi olfato me dice que has cogido el coche. ¡Vaya!, me paro en seco. El árbol del parquing lo ha orinado ese rottweiler del barrio.
Dejaré mi marca, y que se jorobe, me digo. Levanto mi pata todo lo que puedo. Me duele la cadera. Disimulo, aunque cojeo un par de pasos.
—Bien Bruno, ya tenemos un pipí. Ahora tiro un poco de agua
por encima, dice. Me salpica con el agua, que me da en un ojo, y un poco se me
mete por una oreja. Me sacudo fuertemente y se asusta.
—Pero ¿qué te pasa, bonito?, ¿te has mojado?, ¿hay una mosca
por aquí?
Da igual, ella pregunta sin dar tiempo a responder. La
ignoraré, me digo. Quiere llevarme al parque cercano pero yo quiero ir siguiendo tu olor. Giramos hacia la calle donde seguro que has estado, lo huelo. La
mujer se incomoda, se resiste, pero al fin me sigue. Sí, el Mini ha estado aquí, en un hueco que ahora ocupa un Kia pequeño. Queda el levísimo
aroma de tu colonia y de tu pelo, pero de ti ni rastro, como es normal.
Defeco. Me da enorme vergüenza, así que le doy la espalda por no ver qué cara
pone. La bolsa azul la despliega con impericia y torpeza. Con un mohín de asco recoge y tira luego a la
papelera la bolsita de marras. Yo quiero volver a casa. Huelo a que una perrita
muy linda está cerca, pero ahora no tengo ganas de dialogar con ella. Ni de jugar. Insisto en ir a casa. La mujer parece incómoda por mis tirones de correa pero se resigna. ¿Y si has vuelto, Laura?, me ilusiono. Tiro de la correa ante las quejas de la mujer.
—Vale, como quieras. Nos volvemos, Bruno, no se hable más. Ya
has hecho "tus cositas".
—He hecho qué cositas. ¿He jugado?, ¿He perseguido a algún gato?, ¿Me he revolcado por encima de un rastro de lombriz?. Es absurdo. No vale la pena, me digo, volvamos y ya está.
—He hecho qué cositas. ¿He jugado?, ¿He perseguido a algún gato?, ¿Me he revolcado por encima de un rastro de lombriz?. Es absurdo. No vale la pena, me digo, volvamos y ya está.
martes, 22 de octubre de 2019
Bruno, el viejo perro.
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Imagen de Aquí |
Se hace tarde y te sigo buscando, hasta ahora sin éxito. He
pensado que no estuvieras en el estudio, escribiendo, y no te hayas percatado
de mi presencia, como otras veces, cuando me siento a tu lado.
—Cuando, a veces, me
dejas apoyar mi cabeza en tus rodillas, soy feliz, recuerda el can.
—Pero es que me das calor, Bruno. Te pones muy pesado.
—Anda ya, si disfrutas
leyendo tus textos en voz alta, no lo niegues. Hago como que te entiendo. Siempre. De
hecho soy el primero que sabe lo que vas escribiendo. Deberías contratarme de escuchador y crítico, a pesar
de que te despierto a lametones que odias y te rompo alguna cosa con mi rabo.
—Jaja, no te vengas tan parriba, que eres un chucho. Guapo,
eso sí, dice Laura, mientras me zarandea los mofletes, y yo me dejo querer.
Qué tacto el tuyo, qué gusto tu aroma, recuerda el viejo perro.
No, no estás en el estudio. Tú igual no lo sabes, pero puedo
ver tus letras en los papeles que, en ocasiones, imprimes, y que sin entender
en absoluto, disfruto de tenerlos ante mi vista porque me hacen recordarte así,
concentrada ante el portátil, meditabunda a veces, sonriente otras, pero
siempre feliz ante estas teclas. Sí, yo también las presiono, con cuidado, y
veo en la cosa esa blanca que llamas pantalla que aparecen simbolitos. Lo raro es que tú te enfadas, así que casi
nunca lo hago ya.
El dormitorio está arreglado. Qué pena, al menos podría
acercarme a ti a través de tus pantuflas, o del pijama, que sueles dejar
tirados por el suelo. Pero no. Ayer te vi con un vaso alto, con hielos que
sonaban, tomando un trago de un alcohol, que apestaba, por cierto. Eso hizo que te pusieras como eufórica y empezaste hacer una maleta, pero con prisas. Estaba
claro que no era un viaje planificado con Nicolás. No has imprimido lo último
que escribiste, pero dejaste encendido
el portátil y veo líneas de letras, cada vez más alargadas, hasta escaparse
como un hilo continuo de cometa, que desde mi punto de vista está viajando por
las paredes del piso, que baja luego hasta el sótano que no tenemos, y me pongo
a perseguir tu estela.
Me froto la cara, me concentro,
y en un parpadeo, alcanzo a identificar
tus huellas de zapatos sin tacón, el
halo de tu fular mal apretado, las alas de tu gabardina azul sin diques. Y tu agobio, tu tristeza, y dos lágrimas
perdidas en la moqueta del recibidor.
He llegado al sótano que no tenemos y allí encuentro las palabras
en tinta que ayer desembocaron en tormenta, en catarata sin filtro, y que
escaparon de la página de Word. Pero tú no estás. Me sumerjo en una frialdad que
me es desconocida y busco tu presencia más allá de la calle, a través de la
puerta. Llega el reflejo lunar tras las cortinas, pero nada cambia. Mi hambre o mi sed
se vuelven esquivas y me duermo ante la puerta, esperando que regreses.
lunes, 21 de octubre de 2019
Michogato
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La imagen es de Gatos de Tejada |
Es casi medianoche en la ciudad de Barcelona. La metrópolis cambia de
apariencia y de vestido, con un halo de
misterio bajo las farolas del barrio Gótico, entre sus callejones a media luz y
la luna asomada por los rincones y las aceras, porque la ciudad pasa a ser de
otros actores, cuando los hombres duermen y las presuras se aquietan. Los
borrachos salen de los bares de los fracasos, los bohemios aletean sus sueños
rotos, los amantes se embelesan en los portales y los gatos salen a hacer su
ronda nocturna.
Michogato tiene casa, ahora lo sé, pero le dejaban abierta la
gatera improvisada y él era libre sobre el asfalto. Sus ojos amarillos, su
pelaje negro, su cola en alto y sus andares de dueño me hacen reconocer que
tiene clase. Salía a patrullar por la ciudad, a su hora, y a su aire. Se habrá desorientado persiguiendo algún ratoncillo, o cortejando algún maullido de gata en celo.
El golpe contra la acera me asustó, en un momento en que regaba los geranios
medio mustios de mi balcón, de un piso primero de un barrio cercano al centro. Bajé a buscar al minino que lloraba, herido y habiendo gastado una vida de sus gatunas vidas. Tras la visita a un
centro veterinario abierto todo el día, le subí a mi piso, donde acabó por
acomodarse en un cesto de ropa limpia. Se mostraba torpe y tímido al principio,
pero poco después comenzó a mostrar su temperamento altivo y su orgullo felino,
capaz de no comer si no lo daba lo que les gustaba, qué curioso, la latita más
cara del supermercado: mousse de salmón con gambitas, pena que yo no pueda tener
su menú.
Vi su foto en un cristal. Una pareja buscaba a Michogato, al que llamaban Lucas. La foto no
engañaba a mi sincero afecto por el minino. Ya está en su casa, con sus humanos
mascotas. Ellos contentos, y yo he acabado por traerme a casa a un jovencito de un centro de acogida gatuna. Le llamo Michogato también, y no entiende de cascabeles, pero persigue un puntero de
luz, con el ahínco de ser un adulto rey de la selva de mi casa. Bueno, de su
casa.
domingo, 10 de febrero de 2019
Gato y ratón en la tarde
Por un tema logístico me han dejado a Lego, nuestro gato, por una tarde. Desenrollaba el cable del ratón óptico y sin querer atrapé la cola del minino. Del salto que ambos dieron, el portátil cayó al suelo, haciéndose añicos mi red social de amigos, mi biblioteca de música y de imágenes, y mis cuadernos cuadriculados, cargados de poesías que no llegaron a su destino.
Matizo que sólo es un texto, y que gato y ratón están bien. El segundo seguramente ya no será "óptico", por el porrazo, y el primero seguro que no se comería a ese ratón, ni a ninguno, porque una vez llegó una mariposa de la luz a su boca, y el pobre vomitó.
A este gato le gustaba vernos con el ordenador, y parece que le sigue gustando eso de subirse al teclado, que nota tibio y que cree suyo. También le gusta dejarse cargar como un saquito de patatas en el hombro de su actual amo. Desde esa altura otea mejor sus dominios, esté donde esté su humano.
sábado, 29 de septiembre de 2018
El envase de ensaladilla
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Imagen de Google |
Sebastián ha cumplido los cincuenta hace dos días. Se mira en
el espejo y tras acomodarse el pelo, cano ya en muchas zonas, se agacha a acariciar
a Sansón, el perro lobo blanco que le acompaña desde que lo rescatara de un
taller de coches viejos donde estaba, siendo apenas un cachorro, amarrado a un poste. Ese chucho sucio
y delgado como un santo cristo había sido, tal vez, su salvación. Tras ducharse, le enseña la correa. Es manso, y paciente. Es su mejor amigo, tal vez el único que le queda.
Ríete tú de la movida madrileña. Él ha vivido en La Mina desde los ochenta, y eso
sí que era un carrusel de emociones, de heroína y de navajazos. Su paso por la Modelo, hoy ya convertida en un
lugar bonito de ver, fue peor para su adicción que estar fuera del trullo. En los diez años que permaneció por robo con violencia, hasta el noventa, iba sabiendo cómo sus amigos
iban cayendo, uno a uno, por el SIDA. La heroína inundaba las galerías radiales, y aún no sabe
cómo no sucumbió al VIH, porque el treinta por ciento de presos lo tenían, pero
superó la prueba.
Había conseguido desengancharse de la droga dentro, uno de
los pocos en realidad de tal proeza, pero no del ambiente de su barrio. La
heroína inundaba las galerías y pasó a ser la que mandaba en la cárcel, pero un
médico le salvó a tiempo de una sobredosis, y no sabe cómo entendió que no hay
otra vida, y que una segunda oportunidad la mayoría de sus amigos no la habían tenido,
y en un arranque de decisión, decidió dejarlo.
El barrio le volvió a acoger, con sus leyes, sus vicios, sus rincones oscuros, ya con las
ausencias delictivas que habían sido su vida y su familia. Pudo recaer, pero al enterrar a su hermano comprendió que la única salida era seguir limpio. Nunca dejará de
agradecer al azar haberse topado con el perro rubio del mecánico más guarro y
eficaz que había conocido nunca. Arreglaba casi todo con alambres y cinta
americana, y dijo que sí cuando una pena inmensa rozó el alma de Sebastián ante
Sansón y solicitó podérselo llevar. Fue el regalo del milenio. De hecho lo adoptó
el día posterior a los Reyes. Tal vez fuera el perro, con la rutina que
comporta tenerlos, quien hizo que se
levantara pronto a diario, buscara curro y pudiera buscar un piso para ellos dos. Allí vivía todavía, en la
Barceloneta, cercano al restaurante donde le contrataron de pinche de cocina, a
pesar de sus antecedentes penales.
El perro le ha acompañado y defendido de todo y de todos en
estos años. Hoy, cuando he visto a Sebastián en el parque, haciendo su rutina
de ejercicios bajo la atenta mirada de su guardián blanco, no he podido dejar
de observar cómo cuida que tenga siempre agua en un envase vacío de ensaladilla rusa del
Mercadona, que siempre lleva consigo.
lunes, 21 de mayo de 2018
Algunas risas de Mayo
Imagen de Aguirrefoto |
Ante el sol de mayo, pienso, para mis adentros, que
el hombre que está cerca de mí se ríe como un burro. Me pregunto, por un instante, si los burros son capaces de reír, pero luego me digo que qué tonterías se me ocurren, claro que sí, porque acabo de escuchar cómo se ríe uno.
Al fin me digo, tú sigue pastando, Platero, y no hagas caso a ese sujeto vestido, ni a su risa de
cuadrúpedo.
lunes, 14 de mayo de 2018
El pato
Aquel ave se sentía el cisne más bello del
estanque, y es que hasta el pato más orgulloso le admiraba cuando nadaba con la majestuosidad de un príncipe blanco y orgulloso. De hecho le gustaba más dejarse admirar por los patos que por los dos congéneres de su charca.
Lin, la granjera, hacía guardia por tal de retorcer el cuello del pato más gordo, porque tenía una receta recién encontrada de su abuela, pero el marido, Ming, tenía intención de que la granja medrase para comercializar sus patos, y rezaba por la enorme suerte de tener tal semental, al que cuidaba con esmero. Un día la mujer no pudo más, y en descuido hizo prisionero al pato feliz
El cisne le buscó, sin éxito. El marido, intuyendo el destino del animal, fue a la cocina , donde pilló a su mujer con las manos en el cuello del pobre pato. Al lado, un cuchillo del tipo Kai Seki Magoroku Yanagiba, descansaba sobre una madera.
- ¿Qué haces, mujer?, ¿cómo se te ocurre matarlo?, preguntó alarmado, mientras arrancaba de las manos la comida en ciernes
- No lo mataba, le daba un masaje relajante en el cuello, querido Ming, alegó la mujer, aceptando que el marido le dejase sin el ingrediente principal de su comida
- Te creo, dijo a regañadientes, pero prométeme que no volverás a traer el pato a la cocina
- No volverá a pasar, lo prometo. No me volverás a pillar.
martes, 18 de julio de 2017
Tart, la pequeña gran perra
Ella, la cachorrita abandonada en un contenedor de basura y que fue llevada a la perrera, ha partido. A un cielo perruno, imagino, donde los olores de la comida llenarán la trufa de su nariz, de sensaciones cálidas y amables.Todos los olores de la cocina, y del comedor eran su inspiración perpetua.
Mi hijo, de diez años entonces, se enamoró de su mirada hambrienta de mimos y pasó a formar parte de mi familia. Ya sé que cada uno siente que su perra es la mejor, o su gato, lo sé, pero sobrevivir a tres niños no es fácil, y ella lo hizo. Les hacía de portero o de jugador de fútbol, con el peligro de una pelota mayor que ella. Les quería salvar del mar y casi se ahogaba por querer que salieran del agua. Fue confidente de adolescentes y hasta ha conocido a las nuevas adquisiones de la familia, porque los niños crecen y se hacen hombres. Y buscan parejas que acepten a la mascota.
Y ha tenido una vida que no hubiera podido imaginar atada a la barra de un contenedor. Y nos ha dado una compañía inmejorable. Y hoy, tras un par de días de sufrimiento, y luchando por su vida, ha partido.
A esa mascota plasta, la preciada Tart
Hasta siempre Tart.
A esa mascota plasta, la preciada Tart
Hasta siempre Tart.
sábado, 29 de octubre de 2016
Las palabras de honor.
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Un perro. Imagen de Aguirrefoto. Canes fieles por favor. |
Tengo a bien tener amigos de diversas tendencias. El idioma y muchas costumbres de los latinoamericanos nos acercan y nos enriquecen. Suelen usar un vocabulario más rico también. Aquí con el "vale" y cien palabras más nos entendemos, pero uno se percata, sobre todo leyendo, que la riqueza aquella del español, se nos ha ido yendo por el sumidero de lo aparentemente inútil. Como a veces el acuerdo hecho dándosela mano, que ya a nadie le inspirar seriedad.
Todo esto viene a cuenta de que ayer paseaba por una zona céntrica, y cuatro chavales iban charlando, de paseo. Ni más ni menos que esas nuestras mocitas, cuando alborotan el aire con sus grititos adolescentes, sin hacer nada a nadie. Ahora, con el revuelo de una ruta para la independencia por estos lares, me hizo girar la cabeza un hombre, ya entrado en años, que soltó su "sudacas de mier" con una mirada de soslayo, pecho inflado de mal aire, y una mirada de odio que me dejó perpleja.
Y hoy pensaba en palabras como "no", y sobre todo la frase "No es no", que fuese lema de una campaña electoral. Oyendo, abstención, o "abstención por imperativo", me ha hecho recordar que la palabra de honor, ha perdido el honor de ser fiable. Y nadie pedirá perdón, ni pública ni privadamente. Es lamentable ese suicidio de un partido, pero ellos sabrán qué pactos laten tras la traición a militantes y votantes. Miro una foto y me quedo con la coherencia de los perros, por ejemplo.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Fiestas gatunas
Subí a una escalera, por acceder a la caja de los abalorios de Navidad, para bajarla luego, cargada de miedo a caerme y pavor a que un gato necio se interpusiera en mi camino, estando yo de esa guisa. Con ambas manos ocupadas.
Desistí pronto de montar un
pesebre, por la obvia imposibilidad de colocar las figuritas, y que se mantuvieran
quietas. No es que se movieran solas, es que apenas las intentaba alinear se iban
en pos de una de sus pata delanteras.
Los arañazos para afilar
sus uñas contra el corcho que simulaba un portal para cobijar un nacimiento, sonaban
a gloria para sus oídos, y ese musgo recién comprado, aun en la bolsa, sin
haberlo colocado, ya había llamado su atención.
Eché de menos a Alfred, quien con algún conjuro literario me quitase de en medio a un personaje molesto de un relato navideño, pero las letras tienen la consistencia de las palabras, y tampoco me hubiera servido para alejar a un predador de una aventura de caza que parecía desplegarse ante sus ojos.
Entonces saqué el árbol, de
segunda mano, de una caja con asa. Ese que no había desplegado el año pasado ante
la adolescencia del minino. No sé cómo explicarles que no llegué a abrir sus
ramas tampoco esta vez, pues con mis primeros movimientos para armarlo se me
hizo evidente que las bolas podían durar unos segundos, o tal vez minutos, y poco más. Las
bolas de mi casa no se rompen, y le sirvieron de pelotas relucientes y juguetonas, así que
volví a guardarlas. De hecho, procedí a guardar todo menos unas cintas de espumillón y
algunas bolas, para decorar las paredes.
La mesa de Navidad tuvo que
estar preparada con cerradura previa del gato en una habitación, porque le
resultaba tentadora, y le habíamos visto con su pose de felino en la sabana, al
acecho. Pero todo resultó bien. Lloró poco desde su habitación de aislamiento,
o le escuchamos poco.
Ya pasada la etapa de montar
un Belén, o el pesebre, recordé un río de papel de aluminio, que de tan limpio
parecía imposible, y esas palmeras que luego rociábamos con nieve...que ya me
dirán que contradicciones. Por recordar, recordé a ese
niño Jesús tan desnudo. Y a un abeto de navidad, que manda narices el gusto de
comprar uno natural y la bobada de uno sintético como el mío, pero que en ambos
casos hay que calcular tamaño de adornos y número, porque no quede un perifollo
abigarrado, o de una pobreza de espíritu que quite el alma. En caso de poner
los dos ornamentos, siempre recuerdo echar en falta ese máster de cálculo y física cuántica
como poco, para acabar cabiendo sin deshacer la sala de cada casa.
Los agobios de las comidas de
Nochebuena o de Navidad son tan dulces como cómicas a ratos. Recuerdo esas
mesas de amor y paz donde no faltan cuñados pesados en enseñar su ipod. O esas en
Cataluña, con invitados con afán independentista, y abuelas beatas, porque
entonces ya la comida se convierte en una maratón de diplomacia!.
Lo de la noche vieja será de mayor
estrés si cabe, pero esta vez, si lo celebro en casa será de mucho más agobio, porque
además este acontecimiento viene con límites
de reloj en mano. Las compras para esa cena son de episodio de guerra de
obstáculos, y su preparación es uno de tetris en acción. Se ha de cuadrar la cena con la
preparación de uno mismo. Y es que está feo empezar el año hecho unos zorros!.
Y ojo a los preparativos para el brindis con las doce uvas.
Cuidado con no
descontarse al preparar la docenita exacta, y rezar porque no tengan semillas!
porque entonces, ya si hay que pelarlas y quitarles los pipos, requieres un
tiempo y una destreza que a esas alturas ya no tenemos. Los rizos quieren alisarse, la raya de los ojos buscó esa noche destinos más lejanos, y esa ropa
roja de estreno nos aprieta ya tras atracarnos en la cena.
El gato el año pasado jugó con dos uvas que rodaron de los platillos de cerámica azul para las grandes ocasiones.
Se sobrevive, eso sí. Tragando o engullendo, para brindar y darse un beso ¡con la boca llena! Feliz año, eeeeh, felicidades, grfdddfd... Y ahora suerte que no suenan los teléfonos!. Porque nos pillaban los buenos deseos con la boca sin poder hablar, diría que farfullando como cerdos. Vaya manera de empezar el año, ¿no?
Si hay fiestuqui después, o se
celebra fuera de casa, se corre el riesgo de que alguien te sujete por la cintura
gritando Congaaaaa, y otros riesgos, como que se colisione con otra conga. Si
hay heridos, tras la ambulancia sigue una fila de congueros hasta el
hospital, donde el personal de guardia aún lleva los gorritos y/o, los collares
de hawaianos, porque estar de guardia no implica no celebrar un poquillo la
Nochevieja. Porque seamos francos...si uno no disfruta de estas fiestas...¿cuándo
va a disfrutar uno, no?
Igual toco las campanas con un tenedor sobre una botella, a la hora en la que el sueño me llame, y desisto de alegría impostadas, histerias de mininos y alusiones a lo que nos trajo un año. Pero eso sí, el mío trajo un curso de narrativa, festonado de gente maravillosa, a las que deseo, como a todos, un feliz año nuevo
Igual toco las campanas con un tenedor sobre una botella, a la hora en la que el sueño me llame, y desisto de alegría impostadas, histerias de mininos y alusiones a lo que nos trajo un año. Pero eso sí, el mío trajo un curso de narrativa, festonado de gente maravillosa, a las que deseo, como a todos, un feliz año nuevo
viernes, 25 de diciembre de 2015
Navidad con gato
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Foto de Aquirrefoto |
Como cualquier ser poliédrico tiene tantas, o más caras, que los dados. A veces tierno, a veces simpático. A ratos maleducado, a ratos incorregible; e incluso tiene sus tardes de energía peleona o de dormirse sobre el sofá, por horas, sin atender a nada más. Divo y musa...cual estrella rutilante, se sabe protagonista de una función, si el foco le apunta. Así es este gato.
Simboliza el amor sin disimulos ni ataduras. Tal vez, como el halo que navidad que nos invade, que es sincero en estas fechas, y está teñido de amor.
Como Lego y árbol de Navidad (o pesebre) son conceptos incompatibles, con su foto les deseo felices fiestas y mejor Año Nuevo
viernes, 6 de noviembre de 2015
Mujer con perro
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Tomado de Google |
Ella llevaba una maleta roja de
tamaño cabina y un perro blanco en la falda, en un trasportín, mientras la otra señora portaba una bolsa grande y un bolso marrón. Ambas entradas en los sesenta largos,
esperaban en la estación de tren, donde yo también aguardaba para subir en un convoy
aparcado y con sus puertas cerradas, que había de ponerse en marcha en siete
minutos.
Las señoras comentaba que por
Nochebuena, de siempre, se daban una palizas de aquí te espero, preparando la
cena familiar. Se quejaban ambas de que era una actividad cargada de nervios,
de cacharros de cocina, de compras de comidas y de recogidas posteriores de
loza, cacerolas, coperío y limpieza de casa abrumadora.
Es una conversación muy común,
porque esas celebraciones familiares de alegrías sinceras, charlas de mil cosas
y de comidas especiales, de sobra sé que son agotadoras. Imagino que los jóvenes no se
percatan, pero son un maratón que ríase uno de las carreras y sudores de los
cien metros lisos.
Anunciaron por megafonía que cambiáramos de andén,
notificando que ese tren, al lado del cual estábamos casi todos de pie, y
algunos en bancos, estaba averiado. Allí nos ven, como a ciento y pico personas
bajando por las escaleras subterráneas, o como las señoras y yo abordando el
ascensor para el movimiento de andenes. Sin lectura a qué agarrarme pude seguir
la conversación exhaustivamente.
La segunda señora tenía marido,
pero la viuda con perro alegaba que para ella sola, estaba dispuesta a hacer
estas navidades lo que hiciera por fin de año el pasado 2014. Montamos en otro andén a un
convoy igual que el averiado, y ellas quedaron lejos de donde yo me acomodé,
pero nos tuvieron parados casi veinte minutos, y pude seguir la amenidad de las
señoras, que hablaban sin gritar, pero con tono suficientemente alto como para ser seguido por todos. Seguían con sus alegaciones de
que, sin decirlo así, se sentían explotadas por los hijos y sobrepasadas por
las travesuras de los niños.
La verdad es que yo quería saber cómo
había despedido el año la señora con perro, pero el tren hizo el sonido de que
cerraba las puertas y decidí cambiar de asiento, quedando más cerca de la
conversación entre amigas. Abrí mi libro entonces el libro que guardaba en el bolso, pero al tanto de
la conversación. Pueden pensar que esa curiosidad era insana, e igual tienen
razón. Me había hecho gracia que comentara la poca gracia que le hiciera descubrir, un día después, pro Navidad, que rayas de boli habían decorado media pared de un dormitorio de su casa.
Resumiendo: tardó tres paradas y cincuenta quilómetros en confesar su
estrategia de fin de año. Les había informado de dónde iría ella por Nochebuena y del importe
total de la cena más artilugios y uvas, ofreciendo a sus tres hijos que fueran
con ella, que estaría encantada.
Lo que me dejó encogida fue que
la amiga le preguntó cuántos habían estado con ella en los brindis de buen año nuevo, y la señora
con perro confesó que sólo su hija María, con su yerno Luis y Luisito.
- Sí mujer,
el chiquitín que tuvo el verano pasado- dijo, para añadir...- que ahora está precioso, caminado ya, está para comérselo- apostilló.
No sé. Igual sopesa la jugada,
pero me la imaginé por Nochebuena, cercana a la Misa del gallo. Con su perro blanco, ambos bien sentados en
una mesa de un restaurante, ante un precioso menú con turrones, y unos
villancicos sonando en un comedor. Brindando en familia por una feliz navidad.
martes, 27 de octubre de 2015
Padres y café en el Gótico
Papá y mamá sacaban a pasear a
los niños, para llegar a un bar donde el café es magnífico. Donde tienen siete
variedades de té y donde recogerse en el Gótico, en un oasis de silencio varado,
como una isla, en medio de ese trajín de las zonas turísticas con tanto museo, edificaciones
eclesiásticas y sonidos de un gótico, o de un barroco, en manos de aspirantes a
solistas por los rincones de una acústica
sensacional, que nos atiborra los sentidos.
Les vimos ponerse los niños en
sus piernas, y pedirse dos refrescos, mientras nosotros, desterrados de un
museo con tarde gratuita, pero ya
repleto en su aforo programado, nos dejábamos llevar por la conversación de
nuestras actividades cotidianas.
Cuando la mamá me pidió el agua que
acompaña al cortado, ese vaso pequeño cuya función es enjuagarse la boca, para
poder deleitarse con los aromas y sabores de un café recién molido, por
supuesto se lo di.
Nos quedamos viendo cómo lo ponía
en el suelo, para dejar que sus hijos bebieran. Nuestra cara de estupor fue
menor de la que ponía el camarero, ese tipo experto en no mirar a los ojos
cuando le llamas, pues está al tanto de tus demandas telepáticamente. Sí, esa virtud del
oficio que aprenden desde que son contratados, sin haber hecho los estudios
reglados de Formación Profesional de Hostelería, pues creo que los que tienen título
oficial son expertos en no obrar de manera telepática, sino abiertos al
entendimiento oral, o por señas. Creo, que no afirmo.
Con la cuenta en un vasito, como
pergamino redentor, íbamos a la barra, a pagar, cuando el feliz padre,
justificando a su mujer, tuvo a bien mostrarnos la habitación de los niños. Su
móvil estaba plagado de fotos de los niños jugando, durmiendo, haciendo monadas
o posando simplemente bien sentaditos en un jardín privado.
En la pantalla de su Samartphone
un cuarto con peluches, muñecos silbadores blandos y dos preciosas camitas con
edredones grabados en rosa y azul los nombres de Cuco y Cuca, nos sacudían la
mirada, para la eternidad de toooodo el resto de tarde.
Seguimos paseando por el barrio
Gótico de una gran ciudad. Mirando unas paradas tipo mercado que había en la
plaza de la catedral. Habíamos visto cómo, una de tantas parejas, lucía sus
mejores galas paternales en unos perros, caniches enanos en este caso.
Tal vez porque el amor cobijador
y protector se manifiesta siempre, con o sin hijos, con o sin sobrinos o hijos
de vecinos, y hay que darle salida para no reventar.
La tarde otoñal se dibujaba en el aparador de la cecería más antigua de la ciudad de los prodigios, dando pistas de bosques lejanos con olor a hojas caídas, más allá de las murallas de los olvidos.
sábado, 3 de octubre de 2015
Tren de cercanías para Trump
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Playa de Comarruga, antes de tomar el tren que pude tomar |
Trump es un perro grande, negro y mimoso como pocos. Viaja cada viernes en un tren que le lleva a Calafell desde Barcelona, donde convive el fin de semana con tres perras. Él es de Alba, y las perritas (Lala, Lola y Lila) son las perritas de Laia, la amiga de Alba, la dueña del can y compañera de asiento en el tren de cercanías de ayer tarde.
Es de cercanías, sí, de esos
que permiten perros con cadena, y bicicletas, y que intento coger poco porque
como para en todas las estaciones y apeaderos del recorrido, para llegar a Reus
parece que se me hace muy pesado eso de tanto parar para cien kilómetros y poco
más de trayecto, pero ayer había vaga de Renfe. Ignoro si de personal de
máquinas, de tierra o de aire, pero la situación era que de una a tres de
mediodía circulaba uno de cada tres trenes. Era imposible para mí llegar a hacer
rehabilitación a una hora prudente con el que había, único, en el periodo del mediodía,
así que me llegué hasta una estación de tren más cerca de Barcelona, y que sé
que es nudo de trenes, Comarruga en la mirada, para bien siempre.
En Barcelona la tarde se
escapó de prisa, entre rehabilitación y el café, té para él, con mi mejor
amigo. Con esas complicidades de libros y lecturas, cotidianidades y aprecio
franco sin asomo de grisuras.
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Zapatillas en rehabilitación |
El regreso, por la segunda franja
de vaga, de siete a diez de la noche, me pillaba de pleno nuevamente, sí que
tomé el tren tranvía casi, y me pareció un viaje de los mejores que he hecho en
estos meses.
No tiene comodidades, pero sí dos pisos, y tiene na variedad de usuarios
que me permitió conocer a Alba y a Laia. Laia suele ir en coche, pero ayer
había estado buscando la carta certificada que había recibido, de Tráfico según la cual ha de hacer un examen para
recobrar su carnet. Puede conducir hasta la fecha de ese examen, pero llevando
el papel consigo…y lo ha perdido, o cuanto menos no sabe dónde estará. Aprovechaba a regresar a su casa en tren, coincidiendo con su amiga.
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Tren expreso, pocas paradas, y no dejan entrar perros sin transportín |
Hemos hablado de perros, y de la dentadura de los canes , de los juegos de estas mascotas y esas cosas que compartimos los amantes de estos animales caseros y casi de la familia. Todo iba bien hasta que Alba recordaba a Laia que el fin de semana pasado las perritas jugaban con una bola de papel, que le pareció que tenía un sello estampado en tinta azul.
Se han bajado del tren el
perro, las mujeres y el temor de haber hecho desaparecer un papel importante,
cuando, con la temperatura bastante fresca, se han cerrado las puertas del
vagón en su estación de tren y me que quedado leyendo en el piso superior de un
tren de cercanías ante el mar. Lego me esperaba, y Tat también. Ahora duermen en mi cama, pero me haré sitio entre sus cariños :-).
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Tart, catorce añitos, y Lego, un año, sobre mi cama...claro! |
viernes, 17 de julio de 2015
Michogato sobre el techo de lata
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Foto de Internet |
Michogato es esa mascota perdida, que vive en la calle, pero que no apatrulla la ciudad. Quiero creer que una tieta de Serrat cualquiera se fue hace unas semanas, y sus sobrinos, huérfanos de mimos que ella regalaba como soltera irredenta, cerrando el piso de la "tieta Marta", no han sabido mantener al gato castrado y viejo en sus respectivas casas. O él no quiere alejarse de su portal de auroras tibias.
Atigrado en gris, bigotes finos, y ojos de terciopelo acostumbrados a la penumbra de las tardes, navega ahora por las calles, a la espera de una Marta al rescate de sí mismo, que esta vez ya no vendrá.
Le he estado viendo, de sombra en sombra por las paredes de los edificios del barrio, sin alejarse el portal 48 de una avenida que no quiere dejar el sabor a extrarradio calé y febril de guitarras y palmas al caer la noche estival.
Acepta que te acerques, pero no que intentes tocarlo, cosa que ni intenté jamás. Le miro, sin más, cómo vegeta sus días en estado de espera sin relojes. Le he visto adelgazando, a pesar que hay latitas delatoras de alguna alma caritativa y felina que le suministra lo necesario para vivir, ...pero sin Marta.
Cada noche dormita o duerme, vegeta o sueña con una mano huesuda, artrítica seguramente, que le trajera la luna blanca por la ventana de sus deseos, con gatas de angora sabiendo a miel entre algodones.
La furgoneta azul marino, con su escalera de trabajo en su lomo, le servía de abrevadero de luces de quita y pon por esta noche, y sólo cuando un mando a distancia ha activado las luces intermitentes de los delirios de un finde en ciernes, se dignó mirar al tipo de mono amarillo que le rompía la madrugada.
Le vi tranquilo, mirando a un balcón, hasta que el sujeto, viendo que se inmutó bien poco con las lucecillas, le ha gritado un -¿vete!, y bajando sin prisas, Michogato ha trepado a un techo de lata blanco, como mi luna azul.
Le vi tranquilo, mirando a un balcón, hasta que el sujeto, viendo que se inmutó bien poco con las lucecillas, le ha gritado un -¿vete!, y bajando sin prisas, Michogato ha trepado a un techo de lata blanco, como mi luna azul.
jueves, 11 de junio de 2015
leona, mascota amiga
Cuando la vio mover la cola imaginó que estaba contenta, pero al oír los arañazos en la puerta comprendió que exigía su paseo diario. El despertador estaba desconectado, sin duda porque él mismo lo había programado de ese modo, sin darse cuenta. Así que, sobre el pijama, se enfundó en su sudadera, se calzó las botas.y con la cadena de hierro firme en su muñeca, sacó a la leona al parque vecino.
Aún no logra entender por qué las pocas personas que se cruzan con ella a las cuatro de la mañana huyen aterradas. Porque tanto el felino como él, son vegetarianos, casi siempre.
La imagen de la leona volviendo a ver a sus amigos, me hizo recordar que los animales tiene un qué sé yo de nobleza humana. Y que demasiados humanos se comportan como verdaderos animales.
viernes, 24 de abril de 2015
El grillo no es una mascota
Los perros dejaron de ladrarme, y me ladraban todos, cuando yo dejé de temerles. Una sola vez me había molestado un can, quien, por cierto, no me llegó a tocar. Me siguió corriendo, eso sí, mientras yo aceleraba de manzana en manzana, a la hora de la siesta, en una ciudad dormida.
Con mi nula capacidad de pedir ayuda, iba acelerando en mi carrera, a sabiendas de que era de las más difíciles de pillar en el juego de policías y ladrones de mi barrio y creyendo que eso era mi ventaja. Pero por más que aceleraba yo, más cerca sentía al perro, hasta creer notar su aliento en mi cuello. Oí un silbido potente, y al girarme respiré. Alguien le había detenido, dejándome el pulso acelerado, la respiración entrecortada y un pavor que no sé cómo se instaló tan adentro de mis miedos.
Yo era una de las personas que cruzan de acera por evitar una verja con perro, porque desde ese episodio, cómo no, me ladraban todos Parecían estar compinchados, de tal manera que hay barrios de casitas pareadas, todas ellas con perro, que yo evitaba, por el alboroto que provocaba mi presencia.
Tal vez el miedo huele a miedo. Adopté un cachorro de can, por dar una oportunidad a un abandonadillo, que pequeñajo y lloroso no me dio miedo, sino pena.
Desde que tuve a Humberto, don Pimpon para mis amigos y para mí, me buscan todos los perros, queriéndome lamer, cosa que me repele. Estoy cansada. Pasear por parques de canes es un desfile de perros de todas las razas y todas las mezclas, que quieren acercarse a mí. Lo malo es que desde que tengo gato, esto se está complicando, porque los gatos no van atados ni obedecen a sus dueños. Me siento flautista en Hamelin.
Era inimaginable que un día, una señora creyese que fuera yo quien lleva latitas de agua, y cuencos con pienso para ese ejército de felinos que cobija un solar vacío y baldío. No me entretuve mucho a explicarle el equívoco, porque empezaron a seguirme los mininos.
Ya las pulgas me las han prestado una vez y no me apetece encariñarme con insecto alguno. Recuerdo a mi abuelo Miguel, con su afición de cazar grillos. Les dejaba en lugares cercanos a nuestra casa, porque le gustaba oírles cantar por primavera. No. Insectos nada de nada, gracias. No adoptaré a ningún animal más. Insectos, peces, aves...a ninguno.
Ya las pulgas me las han prestado una vez y no me apetece encariñarme con insecto alguno. Recuerdo a mi abuelo Miguel, con su afición de cazar grillos. Les dejaba en lugares cercanos a nuestra casa, porque le gustaba oírles cantar por primavera. No. Insectos nada de nada, gracias. No adoptaré a ningún animal más. Insectos, peces, aves...a ninguno.
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