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jueves, 26 de noviembre de 2015

En casa de Lola, y de Luis


Lola y Luis cumplen esta semana su quinto aniversario de bodas. Para ambos es una segunda relación instaurada y bendecida,  en este caso, por un juzgado de paz, dejando atrás historias de velos y párrocos.
Mientras preparan la cena, Luis la acaricia suavemente la cadera antes de seguir pelando patatas.

- Cielo, me gustó mucho tu regalo del año pasado
-  Sí...me dijiste, y se notó. Sabes que yo disfruté de él más que tú
- La glotona del chocolate siempre has sido tú, bien es sabido.
- Pues reconoce que tú también disfrutaste, o me engañaste, -dice ella, lavándose bajo el grifo, -este olor a ajo... qué pesado es de quitar, jopé-  añade frotándose intensamente las manos.
- Te apetecería celebrar el aniversario de alguna manera especial, Lola, o mejor reservamos mesa en un restaurante que nos guste?
-  Los cambios son estimulantes, pero cenar fuera también me gusta. Lo dejo a tu elección
- No sé...había calibrado hacer.. un trío. Pero vaya, igual te ofende...no sé, -anuncia sin levantar la vista de la patatas que ahora anda pelando con precisión y esmero.
- No, ¿por qué me iba a ofender?, no seas bobo. Ahora que lo dices, podría estar bien.
- Vale pues.- dijo troceando las patatas a dados,- para proseguir con voz neutra- y qué prefieres, ¿una mujer o un hombre?
- Lo que tú digas me parecerá bien. Lo que te apetezca
- Pues hombre. No se hable más. Así celebraràs mejor ¿No?
- Vale. Gracias, -dándole un beso en la mejilla mientras sigue removiendo el sofrito
- Y qué te parece...¿buscamos uno de nuestra edad, o un jovencito?
- Puestos a escoger, mejor joven, -dice riendo, mientras le acaricia para palmear después una nalga de Luis
- Pues joven. Decidido entonces... que un día es un día, .
- Estupendo. Contactas tú, y así será mi sorpresa.
- Pero yo no conozco a nadie joven y liberal. Si sabes que hasta salgo de marcha con los carcamales del curro...va...piensa mujer....
- Dicen, pero igual es falso...dicen eh?que el chico del quinto tercera es más que liberal. Bueno, lo deja ver la portera cuando habla con la señora Gertrudis.
- ¿Con quién?
- Con la del primero primera, sí hombre, la señorona.
- Ah, es cierto. Y a ese chico, tú le conoces? 
- No mucho. Me he cruzado en el ascensor un par de veces.  Se ve que va al gym a diario. Y es alto, bastante más que nosotros, con el pelo clarito y un poco largo. Igual le has visto.
- No me suena. Pero parece que será mejor que te encargues tú ¿no?
- Bien. Lo intentaré. Pero no sé si sabré...y deja ya de probar, que el estofado está sensacional, bruto.- dice mientras le aparta la cuchara de la boca-
- Vale pues. De hoy al sábado, a ver si puedes sonsacar si estaría dispuesto...ah... y lleva la jarra de agua, please. Que ya puse la mesa, tardona.

La cena transcurrió sin incidencias, con la tele puesta, enumerando las malas noticias para la gente de mediana edad.


El viernes, al día siguiente, le comentaba a Paul, en su piso de quinto, cómo su Luis estaba pensando en regalarle por el aniversario de bodas, un trió.
 – !ya ves qué moderno se nos ha puesto!- dijo, abrazándose a ese pecho de veintitrés abriles, dos meses y cinco días



martes, 24 de noviembre de 2015

Esperando un metro

Tomada de Internet

Se cruzaban cada día en el mismo metro. De Sants a Virrei Amat, en un trayecto de poco más de veinte minutos. Ambos iban al trabajo, y eran lo más diferente que uno podía imaginar.

Ella, de unos cincuenta años, vestía en tonos pastel, le sobraban unos quilos  y portaba siempre un libro de lectura. Él, de unos veinte años, llevada rastas recogidas, vestía pantalones de cintura más que baja inexistente, unos piercings, y presentaba una extrema delgadez. El joven se calzaba los auriculares nada más agarrarse a una barra del convoy, o si podía sentarse, con los auriculares puestos igualmente, jugaba con un pájaro  obús que había de destrozar a unos cerditos de la pantalla de su Smartphone.

Una mañana chocaron, literalmente, por dejar sentarse a una señora con bastón, y por vez primera supieron el uno del otro.

Desde ese día, sin acuerdo tácito, se esperan en la parada de Sants, sin esperarse de manera expresa, se esperan el uno al otro para abordar un vagón. El que sea, de la línea cinco, la de color azul, para viajar juntos. Ahora, en esos minutos, se comentan las noticias, y desde ayer, se muestran algunas fotos de los móviles de cada uno. Las de ella son de Laia, su hija, de veintitrés primaveras exultantes, y las de él, son de Lego, un gato asilvestrado, rubio y necio que se anda instalando en  el patio de unos bajos de una casita de la calle Vallespir. 

Eulalia Soler i Formentera es una mujer de pelo cano, curvas en declive y mirada de primavera tras las gafas de ver. Para ir a trabajar a una tienda de La maquinista, toma el metro cada día, desde que se trasladó a la calle Vallespir, del barrio de Sants, donde vive con su hija Laia, estudiante de biología, con vocación de musa y cientos de pecas por reivindicar cada verano.

A esta mujer le fascina leer narrativa, de no importa qué autor ni qué narrador omnisciente o cuasi interno le hable. Porque espera que la lleven en las alas de la imaginación hasta mundos donde perderse para acabar por reencontrarse.  Desde que un día chocara con un joven en el metro, recuerda una y otra vez a aquel primer novio, con sus dedos de pianista y su atuendo de hipee que dejara perder, o perdió por los recovecos de las obligaciones y los laberintos de la vida.

Sus ojos, de un verde esmeralda huido, se enmarcan en un azabache de noche por disparar, como los de  aquel amigo del primero de carrera. Siendo de la edad de su hija, y a sabiendas de que estas conversaciones, ahora diarias, no son más que un pasatiempo de trayecto, no puede evitar saberse viva cuando se sientan juntos.  Tan viva como el gato que él le muestra, haciendo travesuras, o tan palpitante como su propia hija luciendo poses cómicas, en esas imágenes que acaban por compartir en un metro cargado de soledades.


martes, 17 de noviembre de 2015

Mercadillo con perfumes

Tomado de Google

Los mercadillos semanales me son familiares desde que el Ayuntamiento designó la plazuela bajo mi casa para uno de ellos, habida cuenta de que la ubicación anterior, tomando por asalto unas calles, se quedaba pequeño.

Me he familiarizado con los sonidos de las barras de metal que hacen de estructuras de carpas desde buena mañana. Esas que conforman, en vez de espectáculos de feria, tiendas frágiles para aposentan variopintas mercancías.  En su mayoría, esas paradas son para prendas de ropa, pero hay zapatos, y, desde hace un par de años, hay algunas que ofrecen perfumes, baratijas y productos de limpieza o utensilios para la cocina.

Me llamaba la atención una de esas "paradetas" con botellitas que imitan costosos perfumes, de los que se anuncian en televisión. Lo regentaban unos jóvenes moros, quienes, desde temprano, armaban la tienda ambulante para luego ofrecer buenos aromas a la gente que pasea en busca de chollos, o de prendas necesarias pero baratas.
Ese espacio quedó vacío hace unas semanas, pero ayer, su sitio lo ocupa de nuevo la parada de los perfumes, aunque ahora son dos muchachas quienes la gestionan. Ignoro si hayan traspasado la licencia de venta, o es una especie de "préstamo" temporal. 

Las vi montando la estructura con un joven que las ayudaba, un poco más tarde que otros tenderos, para quedarse luego ellas solas al cargo. Han iluminado la plazuela con sus vestidos de colores, sus risas de alondras y ese agacharse a las cajas depositadas en el suelo, para ir colocando las mercancías luego, en estantes improvisados, entre pájaros de papel maché que colocaban entre los botellines, dando un resultado primaveral a esos pocos metros cuadrados de mercado de quita y pon.

A media mañana se han quitado los jerséis, para desayunar un bocadillo, sentadas en sendas sillas plegables. Con sus camisetas sin manga y sus pantalones cortos, provocaron, sin querer, la formación de un grupo de mercadilleros halagadores de sus perfumes, pero que compraron poco, según me ha parecido.

Cuanto menos han puestos pinceladas de color y de aromas en la plaza, entre perchas de ropas varias y gritos de “barato, lo llevo barato, reina”.

Quedo al tanto de confirmar si esa algarabía de luz permanece los lunes, sembrando alegrías, entre las paradas de un mercado ambulante que huele a tiempo muerto entre grandes superficies con ofertas todo el año.



viernes, 13 de noviembre de 2015

Cambiar de lok

Imagen tomada de Google

En una atmósfera de negruras, de nieblas densas y de recuerdos anquilosados, decías hace semanas, ante un café, que deseabas que el otoño, o el viento, o los hados trajeran un cambio de colores a tu vida.

Esta mañana, una pitonisa empeñada en mirar en una bola de cristal, me advertía de un cambio de look espectacular. Era la Aladina que aladina en una carpa de circo ambulante, toda ella llena de abalorios de colores, con sus ojos llenos de rimel entre aplastado y a pegotes, y unos labios repintados de color granate aventurero vampírico.  Por supuesto, como no espero ni deseo cambio alguno, me dije, -"será el de mi querida Patricia", a lo que ella no pudo alegar nada, ni para afirmar ni negar. Tan solo me dijo que la nueva imagen sería de arcoiris en sabores, y polifónico en colores, dando una textura de similar estilo al que yo veía en mi infancia, cuando ni llovía ni hacía sol.

Cuando te he visto, desde mi ventana, paseando por la acera me he dicho ipsofacto: " pues adivinó la adivina adivinadora". Tal vez adivinó que, en las tardes, un grupo de señores jugarían a ser chicos malos y dejarían a este país con una enorme desesperanza, unas cifras de paro de escalofrío, y con poca capacidad de movimientos para el disfrute, y que entre la gente vestida de gris, una amiga recién contratada estaba de fiesta, gloriosa y sonriente por mantener abierta la puerta a la esperanza, y las arterias a la sangre. 

Como serpiente en muda, parece que habías de romper la piel porque has crecido, y porque el horizonte a corto plazo era corto de vista y lerdo de piernas. De una vez vislumbras esas estrellas que están por abrirse en la bóveda nocturna de tu playa de Palafrugell. Esa playa sólo para ti, para la flor humilde y excelsa de tu pensamiento alegre y de tu mirada pícara .

Sé que ahora te vistes, de a ratos, con esa claridad que sólo las mujeres poseen en la oscuridad, y que puedes relajar tu mirada hacia el firmamento estrellado, para al fin soltar una risa cómplice al destino. Ese que se abre ante los ojos, abierto y con vocación de largo recorrido. Dejarás atrás entonces, por fin, como un sueño, ese presente que se desvanecía en cada arrebato de viento del norte o en cada zancadilla del viento del sur.

Te imagino presta a dejarte mecer por el ritmo de tu propio corazón, al fin acompasado a los latidos de tu voluntad. Hoy...tan segura...Hoy me encanta haberte visto, destacando entre la gente, como una canica al sol 

martes, 10 de noviembre de 2015

La ternura

Tomada de internet


La vida, para comerla, 
para sentirla, para gozarla, 
mientras se tenga y pueda. 
Hasta la última gota.
Aunque parezca que duela.

Romped los aparadores, 
desprecintad compuertas.
Abrid los grifos de la ternura, 
descerrajando los porticones
... de la impostada mesura.

Dejad resquicios libres, 
entre la coraza que aprieta,
entre las maderas duras,
para que quepan las risas
de las mejores locuras.

Barquitos perdidos de papel




Había llovido como un sonido sin tregua. Como una fiesta del cielo. Como una lluvia de Abril. El dial de una radio lejana traía unos compases de un tiempo dejado atrás. De unas canciones de juventud y arrumacos. De una infancia tardía. De un velero bergantín.

Un ser grandioso dejó que su mano fuese el mar, para que en ella la magia de unos barquitos de papel tomaran cuerpo. En el océano de las inquietudes, esos salvavidas de papel eran una nuez donde navegar sin miedo, hacia el muelle de otros destinos más calmos, donde poder descansar.

De uno en uno fueron llegando las naves. Al rincón de los espejos de un mar en calma chicha. Cada una traía una historia de latidos que explicar. Cuando estuvieron reunidos, charlaron sobre las manos que les habían confeccionado, y de cada pliegue que les hicieran en su satinada piel de imprenta.

Se contaban entre ellos sobre palabras de tinta. Aquellas que los dedos de unas manos habían escrito. En folios de insomnios, entre escenas de tormentas, rayos que rasgaban las noches y paraguas que no se abrían. 

Los poetas de la sangre habrían urdido, de haber querido, un mamotreto. Sobre papiroflexia de quita y pon. Reutilizando y cosiendo sus papeles desechados, cargados de poemas caducados. Sin embargo, de hoja en hoja, y de barco en barco a la deriva, habían formado un mar de letras sin sopa, y sin soldaditos de plomo que arrastrar.

Alcancé a ver cómo la calma vencía a la aflicción de las palabras perdidas, y era hermoso ahora ver navegar a ese ejército de versos no publicados, en un cráter de luna imposible, hecho de lágrimas suicidas, vertidas en cualquier mar.






sábado, 7 de noviembre de 2015

Esas cosas de Cortázar

Tomado de Internet


El mundo de las palabras es algo así como la construcción de un hogar en una casa. Un tanto de estructura física sí que se necesita, pero el espacio lo amuebla cada quien con los retales de pasado y miradas del presente que lleva en su mochila.

Hilvanar palabras es más que un juego, por bien que para mí, eso de escribir me lo tomo tan en serio como un juego donde no hay vencedores ni vencidos, como cuando de niños soñábamos en voz alta a -...y si... vinieran los alienígenas?, por ejemplo, o unos bandidos, que es lo mismo. Era poner la tarima de un escenario inventado donde proponer un teatrilllo en vivo, a través de los fonemas y las ideaciones que nos aportaban o nos sugerían. 

En el relato La casa tomada, de Julio Cortázar, el autor nos plantifica en un espacio vital que va disminuyendo poco a poco, y no sabemos por qué peligrosos invasores, pero sabemos que al final, ese habitáculo permitido, se hará tan menguante como el gran vacío, para ser desterrados hacia un exilio.  

Puedo pensar a veces qué busco en la lectura, e imaginar cómo sería trasladable a suponer qué busco en una persona.

Jugando, por supuesto. 

Buscaba en tus palabras la razón de mi eterna duda. Me avine a bucear en tus fondos bibliográficos. Cuando al fin me frenaron tus manos, ante las sinrazones de las páginas aún no escritas, me desperté soñando en mariposas de papel, sobre el espacio intangible de tu voz. 

A tu alrededor se erigía un territorio yerno, donde, como huerto de palabras, nada germinará  jamás.



PD. 
En la entrevista que se le hizo en España, en 1977, para RTVE, en el programa "A fondo", explicaba la génesis de los cronopios "Estaba en París en 1952 y fui a un concierto en el teatro de Campos Eliseos, un homenaje a Igor Stravinski. Estaba muy conmovido viéndolo cuando vino el entreacto. Estaba en una de las localidades más baratas, completamente solo. De golpe tuve la sensación de que había en el aire personajes indefinibles muy cómicos que circulaban y su nombre eran cronopios",




Mujer de viento


Una compañera se había planeado qué pasaría si algunas piedras, en vez de tener una consistencia sólida, fueran de textura de albóndigas. No de plastilina, ni de gelatina, sino de albóndiga.

Tal vez esa consistencia tan prosáica del pensamiento era debida a que cuando hablábamos de posibles imposibles, la luna parecía medio queso, la merienda había sido más que escuálida, y la juventud de su mirada requería alimentos más tangibles que unos montaditos de diseño de un restaurante japonés, donde en platos cuadrados, y adornados por briznas de alguna planta, unas tapas hacían gala de la cocina sibarita, de anunciada sentencia de "calidad por cantidad".

Pudiera ser, pero ambas hemos seguido charlando de unos relatos, uno de Cortázar, “La casa tomada”, y uno de Poe, que se nos han propuesto para acompañar el concepto de creación de escenarios literarios.

El relato de Cortázar, releído por mí en más de una ocasión, me sugiere siempre la magia de la palabra, capaz de hacer imaginar lo que no se nombra, y capaz de envolverte entre óleos, arcilla, o espacios que te van conquistando, lo que te atrapa como lector. Y uno ya no puede parar de leer, por cazar, la pieza de caza que entrevé, aún sin saber de qué animal se trata.

Desde anoche que hablamos, siento una desazón que ahora me explico, y que nunca pude verbalizar porque me pareció fruto de la niebla de una tarde de noviembre.
Esta noche, de esas de insomnio porque sí, he podido recordar con precisión una jornada casi olvidada en que con mi perra Tart fui a Montserrat, esa cadena montañosa de pétrea consistencia en granitos incuestionables, que alberga claros de bosquecillos donde hay rocas inmensas, de granito, por supuesto. 

Pues bien, ese día, haciendo alarde de una fuerza que no tenía, me empeñé en bajar a Monistrol andando, rechazando usar el funicular, como era la primera intención, y que usé para subir la monasterio. La tarde tenía una temperatura ideal, y me pareció más que deseable, caminar, de bajada, por unos atajos que llevan, por senderos de tierra arcillosa, desde la cumbre hasta el pueblo.

Desde arriba, la falda de esa maravillosa mole de piedra redondeada contra el cielo, se ve cercana y asequible y no dudé en seguir a mi instinto senderista. En un claro, mi perra se detuvo en seco, para ponerse a oler luego una de las piedras de un pequeño claro donde arbustos y ginesta amarilla ponían color a una niebla que iba en aumento con cada paso.

Le puse agua en un recipiente de plástico, y me alejé de ella, por cerciorarme del estado del sendero.  Desde unos veinte metros, al girarme por ver a la perra, dos piedras se movían. De hecho los dos pedruscos del claro. Mi mascota venía corriendo hacia mí ladrando y aterrada con la cola entre las patas, y quejicosa. Dejamos el cacharro del agua y aceleramos la marcha hasta llegar al pueblo. En el bar donde entramos, donde me pedí un café con leche, un anciano con una garrota explicaba a un grupo de boys scouts que hacían corro, una leyenda.

Según ésta, la zona entera tenía unas variaciones magnéticas que nadie había conseguido explicar, que conferían a la masa geológica las mejores condiciones para la brujería y para sucesos esotéricos complejos, como que las piedras, sólo algunas, de la zona, no eran pétreas, sino que estaban tan vivas como unas albóndigas.

-          - De hecho- prosiguió el anciano, pierden la vida sólo cuando se las extrae para hacer casas, o si se usan en esculturas, pero en ocasiones, por algún misterio, algo falla, y hay estatuas que mantiene la vida que tenían.
            - ¿Como cuál?- preguntó un crío de poco más de diez años.
      -  Como mínimo una que usó un escultor de Reus, para una mujer de viento, o "la bailarina", que la llaman por los dos nombres, chaval- .
        -  Esas leyendas chicos, tienen mucho que ver con las noches frías, donde, con tantas horas de oscuridad, cerca de las chimeneas, se hilvanaran viejas historias de misterios- dijo el monitor, ajustándose el pañuelo rayado de vetas grises.

     Como vivo en Reus, echaré un vistazo más a esa estatua, que siempre me parece viva, tan quieta ella, y que me me da pena, porque imagino siempre cuántas agujetas no tendrá, por mantener los brazos alzados. 

     Eso sí, iré con la perra, y como le de por ladrar, no vuelvo a mirarla en mi vida.