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sábado, 13 de noviembre de 2021

Sin pan ni Reyes

 


 

Miro sus manos blancas

haciendo cola con la mujer,

esa del carrito de la compra.

Seguramente su madre,

la que perdió la vergüenza,

y resignada acepta caridad

 

Abundan las familias sin pan,

con poquísima esperanza,

con el dolor de no poder seguir

el ritmo de vida que llevaban,

Que tampoco era de ricos.

Un virus o una crisis mundial,

al final qué poco importa.

 

Se van quedando por el camino.

Los de siempre, los don nadie.

Los que aprietan los dientes

rodando en la noria del hámster

que les tocó siendo pobres.

Y no saldrán, no lo conseguirán.

no dejarán de ser piezas banales.

Quizás víctimas colaterales.

 

El "gran recapte", se anuncia

El "banco de alimentos", nos dicen.

E imagino una carta,

a los Reyes del Oriente,

esperanzada y gozosa.

“He sido bueno”, encabeza

y con letra de niño chico

Enumera, sonriendo, juguetes

que yo sé que no llevarán.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Cambiar de lok

Imagen tomada de Google

En una atmósfera de negruras, de nieblas densas y de recuerdos anquilosados, decías hace semanas, ante un café, que deseabas que el otoño, o el viento, o los hados trajeran un cambio de colores a tu vida.

Esta mañana, una pitonisa empeñada en mirar en una bola de cristal, me advertía de un cambio de look espectacular. Era la Aladina que aladina en una carpa de circo ambulante, toda ella llena de abalorios de colores, con sus ojos llenos de rimel entre aplastado y a pegotes, y unos labios repintados de color granate aventurero vampírico.  Por supuesto, como no espero ni deseo cambio alguno, me dije, -"será el de mi querida Patricia", a lo que ella no pudo alegar nada, ni para afirmar ni negar. Tan solo me dijo que la nueva imagen sería de arcoiris en sabores, y polifónico en colores, dando una textura de similar estilo al que yo veía en mi infancia, cuando ni llovía ni hacía sol.

Cuando te he visto, desde mi ventana, paseando por la acera me he dicho ipsofacto: " pues adivinó la adivina adivinadora". Tal vez adivinó que, en las tardes, un grupo de señores jugarían a ser chicos malos y dejarían a este país con una enorme desesperanza, unas cifras de paro de escalofrío, y con poca capacidad de movimientos para el disfrute, y que entre la gente vestida de gris, una amiga recién contratada estaba de fiesta, gloriosa y sonriente por mantener abierta la puerta a la esperanza, y las arterias a la sangre. 

Como serpiente en muda, parece que habías de romper la piel porque has crecido, y porque el horizonte a corto plazo era corto de vista y lerdo de piernas. De una vez vislumbras esas estrellas que están por abrirse en la bóveda nocturna de tu playa de Palafrugell. Esa playa sólo para ti, para la flor humilde y excelsa de tu pensamiento alegre y de tu mirada pícara .

Sé que ahora te vistes, de a ratos, con esa claridad que sólo las mujeres poseen en la oscuridad, y que puedes relajar tu mirada hacia el firmamento estrellado, para al fin soltar una risa cómplice al destino. Ese que se abre ante los ojos, abierto y con vocación de largo recorrido. Dejarás atrás entonces, por fin, como un sueño, ese presente que se desvanecía en cada arrebato de viento del norte o en cada zancadilla del viento del sur.

Te imagino presta a dejarte mecer por el ritmo de tu propio corazón, al fin acompasado a los latidos de tu voluntad. Hoy...tan segura...Hoy me encanta haberte visto, destacando entre la gente, como una canica al sol 

miércoles, 28 de octubre de 2015

Reinventarse o morir

Imagen de un parque de Nou Barris


Por sexta vez se le había caído un plato de la bandeja en ese domingo. En esta ocasión había sido uno pequeño, con sus aceitunas danzarinas, una a una resbalando, para rodar luego sobre la acera bordada con hojas, ante la tienda elitista del Paseo de Gracia. No me importó en absoluto que dos de ellas quedaran sobre mi regazo y una más hubiera hecho puntería en mi bolso colgado de la silla de aluminio, porque la leve humedad se secaría en un santiamén.

Le vi agacharse de inmediato para recoger los frutos verdosos, pero fue evidente que se sabía observado por Juan, el camarero jefe, quien había accedido de mala gana a que le contrataran para los fines de semana.

Anselmo había agotado la prestación del paro en 2013, y con sus cincuenta y cuatro años eso de reinventarse, que aconsejan como solución para encontrar nuevos trabajos, no le había funcionado. Si bien había podido trampear la situación los primeros meses con pequeñas chapuzas, ahora sabía que su futuro laboral no era incierto, sino de un color negruzco como las nubes que asomaban ese Octubre por encima de la ciudad, amenazando con un diluvio de agua que acabaría con los más pequeños sueños que aún guardaba, de remontar su situación.

Ignorándonos por completo, miraba de reojo donde estaba Juan continuamente, mientras se concentraba en la recogida de aceitunas, que acabó colocando junto a los fragmentos de plato en su bandeja, ya libre de nuestras cervezas, de unos bocadillos y de unas patatas bravas. Nada nos dijo para disculparse. Me pareció que murmuró un “perdone” en voz muy baja y con la mirada vidriosa, cuando saqué a manotazos las olivas de mi falda, pero no puedo afirmarlo.

Le vimos avanzar con la bandeja aún en alto por los restos del destrozo, con pasos muy cortos, hacia la barra de diseño. Le observamos luego con las espaldas encogidas, ante un tipo de una edad inferior a él, quien le señalaba y nos señalaba con ademanes bruscos, hablándole con un tono de voz que destacaba sobre el murmullo de la vida en el Paseo. Entretanto, el camarero empequeñecía segundo  a segundo, con sus manos aferrando el filo de la bandeja, ya vacía, ante sus piernas, mientras iba bajando la cabeza, y sin levantar la vista en ningún momento.

No había pasado ninguna tragedia, y estábamos dando cuenta del tentempié bajo el toldo amarillo en un domingo otoñal, cuando a los pocos minutos nos trajo otras aceitunas, en una bandeja más pequeña, donde además  portaba un café para prepararlo con hielo, para la mesa de nuestro lado.

El tintineo de la taza contra el platillo, del hielo contra el contorno del vaso largo, y de la cucharilla sobre el metal de la bandeja, me hizo pensar en qué música más discreta acompañaba su temblor de manos.

Escribo esto ante la aceituna casi seca que aterrizó al lado del libro que llevo, de Saramago, en mi bolso viajero de historias para no pensar.
  


sábado, 18 de abril de 2015

Mercadillo de la vida

Disculpen la funda, alberga mis gafas, y un cable para cargar el móvil prehistórico con el que me muevo

Fui con un hermano a un mercadillo semanal, de brocanters y artesanías, que resultó ser de buhoneros, en su mayoría, y con algunos puestos o paradas de objetos, ropa, e incluso calzado de segunda mano. No vimos ninguna de las dos bicis que le han quitado a él, pero había algunas también. . De origen similar a las que podíamos haber hallado. En resumen, en nada me recordó un mercado dominical que tuve ocasión de ver hace un par de semanas, pero he de reconocer que me ha impactado.

Hemos montado la mesa de terraza plegable, sobre ella un fulard, y con una silla, también plegable, hemos desplegado algunos atriles, algunos sujeta- libros y unos pocos  imanes de figuras de ajedrez, que apenas se podían ver.

A nuestra izquierda, un hombre de unos cincuenta años , acompañado de su madre, disponía juegos de ordenador y consolas, un pinocho de madrea,  tres ipods, unos smartphones, unas cámaras de fotos de bolsillo y algunas cosillas más. Entre ellas, como protagonista a admirar, yacía una cámara réflex De marca indefinida Ninguna "Leica" que llamar tesoro por descubrir. A nuestra izquierda un joven magrebí ha llegado con un hatillo y luego colocado, sobre un cartón extendido, ropa variada, y nosotros,  y la parada, parecíamos unos hippies perdidos en una mar de abalorios viejunos y, a mi entender,  con poca personalidad. Nada pintábamos allí. Éramos un toque de color en un mar de grisuras.

Relacionarse ha sido extremadamente aleccionador, y es una experiencia que no hubiera cambiado por nada. Conocer las historias que guardan estas personas de la calle, en cuyos pasados nunca estuvo lo de ser mercadillero, es una aventura que deberían vivir todos lo políticos. Y digo todos.  

Vi dos cojines, uno de ganchillo, y otro de un tejano cortado las perneras y luego cosido y rellenado para hacer el almohadón, que se ofrecían. Junto a toallas, dos pantalones, unas lamparitas,  y una olla a presión. Ese batiburrillo, entre otros otros cachivaches domésticos, conformaban la imagen que en México llaman hacer “garaje” más  o menos, y que consiste en que cuando uno se  muda, pone a la venta todo lo que no se lleva consigo, a veces a miles de kilómetros. Otras veces se hace por vaciar la casa de trastos no usados. Variopinta parada de enseres vanos, como  restos de naufragios. 




La señora ha dicho que al verme llegar, hoy con muleta, y a pesar de ese artefacto, le he recordado a una hermana suya, que acababa de fallecer hace un mes. Por esclerosis múltiple. 

Le pedí que me guardara el cojín del tejano, porque la medida me pareció genial para poner bajo mi rodilla, pero que el cinturón que llevaba, aderezo que a ella le había parecido una idea fantástica, podía quedárselo, porque la hebilla y en sí la idea, para el uso que le he de dar me era un estorbo. Lo usará para otra idea. Me parece estupendo.

He regresado al mediodía, ya equipada con una gorra y unas gafas de sol, porque el calor ha ido subiendo durante la mañana. El pinocho iba  a caer, sí o sí, porque me gustó desde el segundo cero, y me ha bajado el precio de señor de madre incorporada, cuya historia es como la de miles de españoles en paro y pasados los cincuenta. Su esposa, que tampoco cobra ya el paro hace relojes usando vinilos de 33 rpm, ¿recuerdan?, pero por encargo, únicamente. Según nos han informado madre e hijo.

Mi Pinocho articulado, yendo a la escuela, presupongo, observen su mochila

La historia de los cojines, porque compré los dos a la señora del "garaje", merece un post aparte, pero sepan, que no era un espejismo lo que sucedió al final de la mañana.

Mientras esperaba a mi hermano, para sacar la mochila y el utillaje de la experiencia mercadilleril, he visto, apoyado en un contenedor, un maniquí agrietado y desnudo. Una mujer flaca como yo, con la cara alargada y barbilla pequeña, y con los ojos pequeños, estaba mirando al cielo. La peluca, algo torcida, y de un rubio ensortijado, relucía al sol. El por qué no puedo decirlo, pero tuve la tentación de quitarme la camisa, consciente de que llevaba camiseta debajo, para vestirla.

La simple la certeza de que era inanimada, y que ni para ese mercadillo era válida, me hizo desistir del ademán iniciado de quitarme la ropa oliendo a suavizante, mientras un escalofrío recorría mi espalda, bajo un sol implacable, esperando el ciclo de la vida de las cosas, con la cajuela de mi auto abierta. Lo dejo en la imagen del maletero abriendo la boca a otras sensaciones, que descubrí más tarde.


lunes, 19 de enero de 2015

Cada día más mendigos


Ayer, a  la entrada de un supercito que abre cada día, y hasta las dos de la madrugada, había un perro. Un labrador, muy bonito, y echado en el suelo, tranquilo. Yo dejé a mi perrita Tart sujetada a la barandilla que ahora remata el alfeizar de la ventana de vidrio, y entré a comprar un barra de pan. Digo ahora, porque antes ahí se sentaban a tomar lo que algunos compraban dentro. 

Al lado del labrador canela estaba un borracho con mochila apoyada en la pared. No una gran mochila, sino pequeña, y con una botella de plástico, con vino, y quien, por supuesto se dirigió a mí.
- " Soy un borracho de mierda", dijo señalando la botella, ...pero qué perro tan bueno tiene.
-  Bueno, es que muy mayor, dije desatando a la perra.
- Yo soy un borracho de mierda, volvió a decir,... a ver si me puede ayudar. 

Con la perra sujetada en mi mano, me giré ya un poco mosqueada...
- Lo de mierda lo dice usted.
- Para más vino no le puedo dar, pero si quiere esta barra de pan, con gusto es suya.

No la aceptó...porque repitió que era un borracho de mierda, y ahí le dejé, en la entrada de un supermercado regentado por un paquistaní, que entiende qué necesitamos los españoles...una tienda donde comprar pan o vino, un domingo por la tarde. Si aún nos queda dinero para comprar.

Un par de zapatos, de Van Gogh, Tomado de Google

jueves, 25 de septiembre de 2014

"Pero más triste es robar".

Salou a fines de Septiembre. Paseo con fuente y agua

He leído un relato, muy corto. En un blog al que llegué por no sé qué caminos, en estos viajes por Internet en los que coges un trayecto, y en las paradas te vas bajando, para tomar  un ramal, que te lleva a otra parada, donde te paras de nuevo para coger otro. En esas excursiones por una maraña de hilos de una red infinita.

Es un blog, por lo que he visto, de reflexiones, o pensamientos, donde he leído un fragmento que me ha hecho recordar lo que me ha pasado hoy.


Quienes quieran lograr el éxito deben ayudar a que sus vecinos también tengan éxito. Quienes decidan vivir bien, deben ayudar a que los demás vivan bien. La vida vale por las vidas que alienta, y quienes optan por ser felices, deben ayudar a que otros encuentren la felicidad.

relatos muy cortos, casi parábolas


Pues bien. Hoy he visto a una chica pidiendo. Yo también tengo una costumbre, que he adoptado con la edad, como habíamos comentado respecto a otras, como poner primero el pie derecho :-), costumbre que yo no tengo. 

Tengo otra, y les explico. No doy limosna. Vea el cartelito que vea, no la doy. Si dejo monedas en un recipiente, es porque vea a alguien ofreciendo música o alguna habilidad. Y no lo considero limosna, sino contraprestación, por lo que me han ofrecido y que yo he aceptado, según yo lo entiendo.
En cambio, sí que doy algunas monedas, o lo que sea, si se me pide de forma directa. Creo que debo tener cara de simple, porque me piden con frecuencia...desde una dirección, hasta un cigarrillo, comida o dinero. Escucho qué me dicen. Y en función de ello actúo.

Bien. Hoy había, en un lugar por el que paso alguna vez,  una muchacha, de unos dieciocho años o poco más, tocando una guitarra con más fe que condiciones. Por el lugar, por el estado de su instrumento, y por los ruidos y sonidos de la zona a esas horas creí escuchar talento. Sin más. El recipiente era una caja roja de bombones, vacía, de las pequeñas, con un cartel que descubrí delante de unas manoletinas azules. Mal íbamos. Me negué a sacar las gafas, pero estaba claro que era un cartelito digno. Nada de churretes de rotulador por ahí, sino un mensaje  mecanografiado en un cartón blanco.

Imaginé, ya ven, una necesidad para seguir estudios de solfeo en academia privada o algo relacionado con su talento, para mí innegable, y que no le bastaba para conseguir sus objetivos. Imaginé una situación de poca familia, menos recursos y grandes ganas de avanzar en la música. Miré en le monedero, pero el billete de veinte me pareció excesivo, y las monedillas se me hicieron infames, así entré en un supermercado para que me cambiaran. Como imaginan, hube de caminar un poco. Lo más cercano a esa plaza con fuente es una churrería, que estaba cerrada.

Era el día de la tercera edad o eso me pareció, porque los usuarios, los que yo vi en las dos cajas habilitadas, eran muy mayores. Ancianos, no nos engañemos. Tardé bastante, por lo que comprobé luego, en tener dos billetes de cinco y uno de diez, pero con todo el cariño fui en busca de mi guitarrista en ciernes.

Ella ya no estaba, pero el cartel sí.  En letra Arial, y de tamaño treinta, pude leer en el cartoncillo que yacía en la papelera:


Necesito ayuda. 

Fui a un concurso de talentos de la televisión, pero no pasé la primera prueba. En cambio sí me enamoré de un chico que vive en Málaga. Mi familia no lo entiende. No puedo pagarme el viaje. Por favor, ayúdeme.

Gracias. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Palabras entre humo

Imagen de Google

Se encontraron en la cola del paro. Para un día que se había animado a ir temprano, le había tocado en suerte un tipo con papeles que había de apuntarse en el INEM, tras cinco años en una panadería.

Era muy joven, con una carpeta azul bajo la axila, y unos guantes de lana gris. Se puso a explicar punto por punto, el último mes de trabajo. Enumeraba, casi de día en día, la situación con el dueño. Hasta la relación con los clientes, dejando poco espacio para digerir tanta información.

El sujeto del anorak, cansado de escuchar, empezó a defender su espacio, hablando del tiempo. En concreto de la temperatura de las noches pasadas.

El joven seguía con su historia de la panadería, con múltiples detalles, dejando escasos segundos de silencio para respirar, ni él ni a nadie de los que estaban en la cola.

Tras varios intentos educados por desviar la atención, el tipo dijo:

-  Ayer hacía un buen sol. Por fin.

-  Sí, por fin- reconoció el sujeto, avanzando un paso en la cola.

-  Me apetecía mucho ir al campo- añadió el tipo.

-  Normal- respondió conciso el joven. - ¿y qué tal le fue?

-  Pues no lo sé-dijo, tras lo que aguardó tres segundos para aclarar:...- al final no fui.

El joven encendió  un cigarrillo, alejándose un poco del tipo del anorak, quien siguió contando las baldosas puestas diagonalmente, y en las que se apoyaban sus pies. 

El murmullo de unas palabras entre humo sobrevolaba la cola del paro. Si al joven le faltaban papeles, o le habrán dado las instrucciones correctas, ya serán otras preocupaciones las que tendrá que afrontar. Y comentar.



jueves, 20 de febrero de 2014

En la gasolinera

Foto de Google.
Levantarse temprano era su costumbre. Sobre las seis le pasaba a buscar un compañero, por la gasolinera cercana a su domicilio, y juntos, charlando un poco, llegaban al trabajo.

Hacía tiempo mirando desde lejos las luces del poste indicador de los precios del combustible de ese día. Ante la oscuridad y el cielo, preñado de estrellas casi siempre, era el momento de enumerar en su mente que todo estuviera en orden en la casa. De no haberse dejado nada: ni llaves, ni móvil, ni cartera, ni fiambrera o agua embotellada.

El cese de las obras le había llevado al paro, en esa edad media en que es tarde para cambiar de oficio, y pronto para  rendirse.

Poco a poco volvió a la gasolinera. Primero iba de vez en cuando, pero pronto pasó a ir de cuando en vez, hasta que ahora, al año de estar en paro, va a diario.

La noche está cerrada a esa hora. El cielo se deja ver en la inmensidad del horizonte, y un hombre de unos cincuenta, abrigado y listo para empezar el día, armado con la cartera, se dispone a tomar café en un bar. Precisamente ese, que la mayoría de días está aún por levantar su persiana. En el fondo, prefiere que el dueño llegue tarde, porque le permite ver la alegría de neón de los precios variables, que alumbran profusamente la noche cerrada.

Luego, repuesto del sueño y del frío, vuelve a su casa, mientras el sol se va abriendo paso entre los edificios y el tráfico, en el extrarradio de una gran ciudad.

El muchacho de la gasolinera, (el único que trabaja allá ahora), esta mañana, al salir de bar, le preguntó que qué coche tenía.

Ninguno- dijo, subiéndose las solapas del abrigo-. No he tenido nunca coche.



viernes, 20 de diciembre de 2013

Ratas por Navidad


Ahí estaban. Alineados, bajo las mantas de cuarta mano y segunda generación. La comandante y jefe del ejército de ratas grises hizo un gesto a sus compañeras.

Se acercaron al primero de los bultos, desorientadas por el olor a pelo sucio que sobresalía del revoltijo de colores y trapos.

En las bolsas que yacían cercanas a las cabezas de algunos, o incluso como almohadas, había restos de bocadillos resecos, víveres en estado precario, y papeles grasientos cual féretros de alimentos ahogados en frituras.

Mordisquearon unas briznas de queso con un sabor extraño, pero de delicioso perfume. La botella de Bacardí dormía, al lado de un hombre de una edad indefinible.  Éste tenía enrollada en su cabeza una bufanda de cuadros escoceses. Roncaba con tal estrépito que las dejó mareadas. 

Ellas, ignorantes del alcohol, decidieron sortear algunos cuerpos,  haciendo eses, en una danza alegre al calor de la oscuridad. La ciudad era suya. La miseria también. Y hasta las pulgas saltaban a mayor altura sobre sus pelajes, por ese calorcillo de unos subterráneos hechos para ganar velocidad a la opulencia.

Cuando algún coche las deslumbraba, se detenían curiosas mirando a la luz, para proseguir luego en su excursión sobre los cuerpos.

Los bultos más pequeños olían algo mejor. Una rata, aún muy joven, se animó a dar un pequeño bocado en el trozo de oreja que sobresalía de un gorro de lana, que llevaba un Pato Donald bordado.

El grito las hizo huir. No pudieron ver cómo hicieron callar al crío de un manotazo. Mis faros las vieron alejarse, por el arcén del túnel de Plaza España hacia una salida.

No sé ahora por dónde andan. Las vi alejarse. Me las imagino cantando, al ritmo de cualquier cabaret, hacia la cubierta de cualquier barco, a la conquista de la miseria de cualquier otra ciudad.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Para los meses de frío, mis lentes de @parris están



Sé que vivo donde vivo.
Sé que a las reformas laborales, retroceso sin piedad,
y a la de la educación caduca, se une la de la seguridad,
atacando como nunca a nuestro estado de bienestar.

Sé quién soy. Sé dónde estoy.
Pero me agarro a la imagen del que sueña por soñar.
Con cien palomas por banda, atreviéndose a volar.
Te veo dirigir tu puntero, en la tarde, hacia la luz cenital.

Las nubes te miran. ¡Mira!.
Cómo aderezas los campos, de imágenes para pensar,
que no hay más vida que la vida, ni más bella. Como el mar.
Sacudiendo las conciencias, andas invitándonos a andar.

Llegará la noche. Está ahí.
Y nos encontrarán los campos, bajo una esquina lunar,
devorando con el alma, el hambre de libertad.


Sentados en un banco de madera, con hierros para forjar.







viernes, 15 de febrero de 2013

Lluvia de lodo sobre España



Cae la lluvia. Sólo sé que llueve sobre el camino.


Que la senda se hará intransitable en pocas horas, y que las azucenas empapadas no aguantarán el barro que se avecina, si no para de llover.

Que las mariquitas y las mariposas andan cautivas, a la espera de un sol, que vuelva tibio sobre los campos de las esperanzas, agostadas por esta lluvia de desvarío y lodo, que han convertido el sueño en pesadilla.

Que el pan no estará en la mesa si en los trigales de la fe no se siembra. Y no se siembra porque con esta lluvia de mentiras y cinismo,  las ganas de sonreír andan marchitas.

Cae la lluvia, que no alimenta ni nutre. Cae la lluvia y ya nos faltan los paraguas.