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sábado, 30 de enero de 2016

haikús a un almendro



Lunares blancos, 
algodones de espuma, 
primavera en flor





Ramo en blancura, 
se estremece el invierno, 
bajo la luna




Sol sin escarcha, 
el almendro confunde, 
su blanca savia

Las imágenes son de Aguirrefoto

martes, 26 de enero de 2016

Relajándose en un Aquatonic

   
No se nota pero está separada del suelo, además
-              
La mala racha se inició con su pie derecho, dando un traspié contra una tapa rota y sobre-elevada que había entre el estacionamiento y las instalaciones.  Creí que se había torcido el tobillo, pero todo quedó en rescatar su zapatilla deportiva y  en que se cogiera de mi brazo con fuerza, cojeando, pero alegre.

En el vestidor todo correcto. Muy cara la entrada para tres horas, me dije, pero un día es un día. Así que ataviados con albornoces blancos, el mío estrecho, casquete para el pelo, y zapatillas de papel-tela, y cogidos de la mano, con una Julia temblando pero con la cojera disminuida,  subimos unas escaleras y atravesamos el pasillo de cristales a ambos lados.  Llegamos al torno de entrada. Se atascó con ella adentro. Busqué al socorrista, pero no había pulsador que él pudiera accionar. Se solucionó rápidamente con otro código de barras que bajé a pedir a recepción.

Las piscinas estaban estupendas, y todo iba bien entre jacuzzis de variados estilos, con ese bañador que le estilizaba las piernas, y esos besos que me iba dando agradecida por la sesión de relax. Todo iba como la seda hasta que tuvo sed. Como no podía ser de otra forma fui a por un vaso de agua. Pero no había. El bidón estaba vació, y sin vasitos.

-          - No te preocupe, dijo, luego nos hacemos un café o una cola, y me volvió a besar.  

A las dos horas estábamos con los dedos como garbanzos, saciados de relax y con apetito de leones, así que decidimos ir al baño turco, para acabar luego con una buena ducha fría que nos limpiara el cloro y cerrase los poros.
En el baño turco había, en la entrada, unos azulejos sueltos que me hicieron temer lo peor. Pero tuvimos suerte y no nos cortamos ninguno de los dos. Apreté el  pulsador de agua con eucalipto, pero no salió nada, así que nos fuimos a las duchas. Pero no funcionaban.

Soy de buen conformar, pero ya harto le dije al socorrista, que qué culpa tenía él, pero ¿a alguien iba a quejarme?, que no era manera de tener las cosas. Me dio la razón, por supuesto. Animándonos a comentarlo en recepción.

Al llegar a ese mostrador, antes de cambiarnos, le dije a la señorita, quien ya me tenía muy visto por ese día, que era un fallo enorme no poder beber agua, ni poderse duchar en la zona de piscinas, ni al entrar, porque vaya a saber uno qué arena o suciedades lleva la gente, ni al salir, y Paula, según el nombre grabado en su uniforme, mirando a Julia, un pollito tembloroso en un albornoz enorme que cojeaba a esas alturas, nos hizo esperar un instante.

Llegó la encargada de masajes, sí, hay una zona para masajes y otros tratamientos más relajantes y caros, y ésta nos acompañó a la zona VIP con su garrafa llena de agua y vasitos, y hasta tumbonas ante una piscina pequeña de aguas medicinales.

Nos ofreció ducharnos en unas duchas de aguas termales de esa zona exclusiva y ahí me olvidé del leve enojo por el gasto excesivo ante una Julia desnuda, que me tendía las manos bajo la cascada de temperatura perfecta, y la abracé sin poder evitar una erección no planificada.

Estábamos solos. Sus pechos lucían esos pezones de fresa con la plenitud de su boca en un beso de tornillo, y no pudimos, ni quisimos dejar pasar la oportunidad de amarnos contra el alicatado, impecable y con aroma a eucalipto que nos desbordó el deseo.

Silenciosos bajo el rumor del agua, advertimos tarde unos pasos de zuecos, y casi sin tiempo de ponernos los albornoces, una señora con moño y uniforme azul cielo hacía su entrada en la zona. Saludamos y fuimos al vestidor a cambiarnos, cómplices de miradas y risas en voz baja.

Para todas las taquillas, unas cincuenta, hay dos secadores de pelo. No sé qué pasaría, porque luego no pudo explicar qué había hecho. Oí un grito. Julia, con su melena empapada, sujetaba un secador cuya base dejaba ver unos cables pelados. 

- Nada, un pequeño susto. Otro día- me dijo riendo, mientras se soplaba en un dedo y cojeando levemente- me llevas a la playa.

La había recogido en la estación, donde su tren había llegado puntualmente, por una vez, y mi ilusión era llevarla a esos baños termales porque andaba muy estresada con su trabajo de traductora, y siendo tan friolera, supe que pasaríamos una mañana inolvidable. Como así fue. 

Su tren salió de la estación con cuarenta minutos de retraso, cosa habitual, pero la relación había avanzado por caminos de aguas inexploradas que ahora sabíamos surcar, en complicidad.

viernes, 22 de enero de 2016

Sobrevivir al treball de recerca

Imagen de Google

Laia se concentró nuevamente ante otro café. Aún había de hacer unas correcciones de última hora en su “treball de recerca”. En ese segundo curso de bachillerato, desde el inicio, tuvo la certeza de que, como una nebulosa que sobrevolando su cabeza,  su trabajo de búsqueda era tan fácil que lo había pospuesto semana tras semana, para ponerse a ello en vacaciones. Pero en Navidades conoció a Pablo, y los tiempos corrieron en su contra. Los besos sustituyeron a los libros, los abrazos a los apuntes y las caricias a los documentos Excel.

Con los restos de concentración que le quedaban redactó las conclusiones y unos agradecimientos de pega, para dar por concluido ese “maldito trabajo” en el instante en el que escribió en la portada el nombre de su instituto y el curso presente.


En la copistería insistían en que no sólo había un documento pdf titulado “Treball de recerca”, y que era el que le habían entregado y que debía pagar, pero no vio con sorpresa que no era el suyo. Éste versaba sobre La Ilíada en vez de su tema, "autoimagen en mujeres de 15 a 40 años". 

Mirando el reloj calculó cómo recuperar e imprimir tres copias, una en color y dos en blanco y negro de su trabajo. Pero a contrarreloj. Había de ser antes de que sonara el final del recreo y los tutores recibieran los documentos, debidamente encuadernados, que supondrían una décima parte de su nota final de bachiller. 

Le gustaba la sensación de último instante, la taquicardia de ser descubierta, las cosquillas de correr un riesgo, pero esta vez, al recordar que el pen driver suyo era idéntico al de Pablo, dejó de sudar y comenzó a   reír.  

lunes, 18 de enero de 2016

Madre especial

De Janssen. Tomada de Internet 

En el instituto, la tutora de segundo ciclo de la ESO ya había comentado en el claustro de profesores que Eva María de Todos los Santos era una muchacha muy adulta para sus catorce años. Según le había explicado su madre en la única reunión que mantuvieran sobre el curso de sus estudios, ya comentó que siempre había sido una niña muy seria y responsable.

Tal vez influyó que se hiciera mujer de manera tan temprana, y que su aspecto emanara una aureola de feminidad desde que inició la ESO, dejando como a niñas de párvulos a la mayoría de compañeras, y no digamos a los compañeros, quienes con sus doce o trece años ella veía  como hermanos menores, o más lejanos, como habitantes de otras galaxias. Eva estaba embarazada.

Su equipo de atención primaria atendió a la menor, acompañada de la madre, y puso en marcha estamentos de protección que garantizasen confidencialidad para una segura interrupción de embarazo. La sorpresa fue que la propia Eva María había buscado esa gestación. Explicó que había yacido con un hombre de veinte años, que no quiso identificar, al que amaba desde muy pequeña, y que había calibrado los contras, los miles de contras que encontraría en su decisión de buscar quedar embarazada en el único encuentro con él que iba a tener.

El equipo de salud mental se movilizó. También el de atenció a la dona. Se llamó a la asistente social para que valorase la idoneidad de un posible parto y los cuidados que el bebé y la propia madre necesitarían. Los padres rezaron. Hablaron con el párroco del pueblo, quien a su vez quiso charlar con la menor. En las tiendas y paseos empezaron a cuchichear que la niña sudamericana estaba embarazada, y se inició una polémica sobre quién podría ser el padre.

La tripa de Ava María avanzó, sin dejar de asistir al instituto, donde sacó las mejores notas, y un día de Mayo, con el calor trepando por los campos de cultivo del pueblo, la niña se puso de parto. En ese momento reaparecieron las conjeturas de paternidad y se acervó la crítica  hacia la madre de esa niña que había decidido ser madre. Se cebaron más en ella que en la propia hija, sobre todo porque ambas seguían asistiendo a misa todos los festivos. Se había considerado de alto riesgo esa gestación, y por eso fue atendida durante todo el embarazo con controles muy a menudo, sin encontrar en ninguno problema alguno. El día de su llegada, ese bebé, fruto de la obstinación, nació de manera normal. Madre e hijo estaban bien tras el nacimiento y ella demostró una pericia en el cuidado del recién nacido que hubieran deseado para sí muchas madres, de esas madres primerizas que cumplieron los treinta años hace tiempo.

El niño suplió los temores de toda la familia por alegría, y pasado el tiempo, una muchacha de veintiún años aprobaba las oposiciones de Magisterio, en lengua  extranjera, y con un niño al que nadie conocía, y del que no hablaron las malas lenguas, se instalaba en un pueblo de Lleida, donde fueron felices por siempre
   


viernes, 15 de enero de 2016

La novicia

Monasterio de Vallbona de les Monges

Siempre he identificado lo de ser novicio con juventud. Con ese iniciar en un futurible, en un deseo a materializar dando un primer paso.

Hoy, sin embargo, he conocido a una novicia de sesenta años. Me resistí a creer que ese velo blanco obedeciera a tal condición, pero en una congregación de ocho monjas, sólo dos llevaban tal atavío, siendo negro el velo de las demás monjas.
Mi curiosidad me ha llevado a preguntar, si tal vez ese color obedecía a otra etapa, además del noviciado, pero la abadesa me ha dicho que no. En efecto, María Pilar, ahora la madre Misericordia, en homenaje a una Virgen policromada que guarda el monasterio desde el siglo XIII, es novicia.

La única hija de una mujer de enraizadas creencias, mirada limpia y dolores tempranos de artritis, ya tenía vocación religiosa desde la juventud. La vida, en esos vaivenes que trae el destino, siempre en aras de unos designios divinos que los hombres, a veces, ignoramos, la llevó a estudiar Magisterio, y ser una profesora de Primaria feliz con su trabajo y la dedicación a su madre enferma.

La vida también le trajo a hombres que traían mensajes de amor, e incluso uno de ellos materializó un noviazgo con su objeto de deseo, en este caso, esa mujer de ojos de gacela y melena de azabache, pero Dios, que todo lo puede, y todo lo sabe, hizo empeorar a doña Leonor, dejando al novio a merced del tiempo de espera a que la madre amada diera un respiro a María Pilar.

Resignada  con sus niños en las mañanas en el aula, y las tardes con su madre y sus potingues, la vida la llevó a la tibia y monocorde vida de cuidadora perpetua. Un día, cuando los calendarios marcaban los noventa años de doña Leonor, ésta no despertó. 

María Pilar, entonces, dispuso todo para arreglar sus pocas pertenencias, despedirse del colegio, de las calles, de ese barrio donde se sentía en casa antes de llegar a la suya y dejar las llaves del caserón del siglo XVII en la Notaría.


Con sus sesenta abriles, una maleta con libros, dos pañuelos que su único novio le regaló y miles de recogimientos postergados, llamaba a la puerta de la congregación de  monjas de Vallbona de les Monges, para cumplir con su vocación. 

En el claustro, caminando con cierta cojera, entre sus hermanas, la vi pasar ante la capilla de una Virgen policromada con un inmenso manto.  

Claustro donde románico y gótico se encuentran.

miércoles, 13 de enero de 2016

Humberto, ese hacedor de cuentos


Hace dos años, en octubre de 2013, inspirada en las cúbicas burbujas de jabón de Humberto, escribí un relato sobre un hacedor de burbujas. Porque sus relatos, escuetos, impecables y cortos, irisan la mirada de la imaginación al leerlos. 

Parecen efímeras burbujas de aliento que nos inunda, pero la sensación de vida que irradian, no nos deja indiferentes, sino que nos sumergen en la relectura o rumiación de lo leído. Contiene textos jocosos, sin más. ¡Ni menos!. pero he gozado de joyitas cuya digestión implica mil poliédricas lecturas, o un abanico de ventanillas por las que llegar a una interpretación, esa exacta de estamos buscando en el conjunto. Él juega con las palabras y con los conceptos como prestidigitador. Esa es su magia.

Sepan que el primer día que vi su trabajo, no recuerdo la fecha exacta, pero hablo de unos tres años, ya en la primera ojeada me atrapó el halo que desprendían esa palabras hilvanadas en color verde sobre fondo negro. Me gusta tanto la hoja en blanco que se va habitando de letritas en negro, que me impone eso de leer sobre fondo negro, pero ese atrezzo no impidió que me cautivara la lectura abierta, exacta y estricta de sus párrafos.

Estuve en su presentación de hace dos años, y pude conocerle. Ahora, con su “Ecos de la nada" en mi e.book”, le agradezco el privilegio de presentar este nuevo libro, ramo inmenso de relatos a cuál más interesante.

Sin duda, como bien dice, será una reunión de amantes de los manojos de frases que buscan unos ojos donde anidar, sean lectores, o sean escritores de esas cosas que se dan en llamar relatos, o cuentos,  o pequeños experimentos literarios. Será un placer compartir un rato con él y los amigos blogueros, lectores ávidos de buenos ratos y tanta gente de bien que quiera acompañarle, leerle, y vivir un momento especial en su carrera.

Será el día 20, a las 19h, Llibrería de la LLuna, Carrer Ferlandina 32, de Barcelona





      

martes, 12 de enero de 2016

Estudiante de belleza

Imagen de internet

Eso de querer ser peluquero o esteticista imagino que es una vocación que uno siente, o los de alrededor atisban. Para impartir ese grado formativo de primer grado, hay academias, que, a cambio de que te atiendan personas en formación, pueden ofrecer precios más que competitivos. Si buscas excelencia, y experta pericia, tal vez hay opciones mucho más fiables.
Son las peluquerías y tratamientos estéticos que yo utilizo, y la verdad, salvo contadas ocasiones de impericia, no puedo quejarme.

En la que uso ahora, más cercana a mi domicilio que la que utilicé durante cuatro años, las estudiantes de primero, este curso ya hacen segundo. Y a algunas, las conozco por su nombre. Me llamó la atención en un corte de pelo, una chica de cabello más que llamativo, un perforador de oreja, un par de piercings y unos ojos como rayos. Esos labios como arrecifes, y una risa que echaba a volar a las palomas.

Hace peluquería, por lo que hasta hoy no he vuelto a verla. Su rostro es tan parecido a una chica de anuncio de la Coca-Cola de este verano, que, al preguntarle si había hecho algo de grabación, enseguida, y con risas me ha disparado

-ahhh, jaja, la Coca-Cola. Que nooo!
-Pues reconozco que pensé en ti al verlo, ya ves.
-Mucha gente…pero no.

Es una academia pequeña, pero con ambientes, cómo no, muy diferenciados entre lo que es estética y peluquería, y yo he pasado a que me hicieran la manicura. Una excentricidad que de vez en cuando me permito, así que no he podido disfrutar de esa muñeca de anuncio. Ni se oía su risa, ni hoy sus ojos echaban luminarias en la mañana, ni esparcía ese halo de juventud reventona como clavel de agonía.

Curiosamente, dos alumnas, una actuando sobre otra, se partían de la risa, con sus cosas, pero riendo para dentro, sin soltar las carcajadas que reventaban en sus bocas. Y la que me atendía, no paraba de pedirles que parasen.

-No,  que suelten las carajadas, porque se van a ahogar!


Algo le pasa. Tal vez resfriada…tal vez meditabunda…tal vez exceso de fiestas navideñas…esa juventud, explosionando, la volveré a buscar, cuando regrese a la academia de belleza, donde niñas casi, lidian con mujeres con arrugas, con manos y pies artrósicos y deseos aparcados en trenes de vocaciones que a veces se materializaron, y a veces no

domingo, 10 de enero de 2016

Niños que crecen


Él nació a trasmano. Antes de lo previsto. Sin haber sido buscado entre lunas de algodón de esos instintos maternales, siempre alertas con la edad.

Quiso llegar, dando aviso, en la noche de Reyes, como una estrella refulgente, o un cometa con cola de caballo para hacer notar su llegada. Pero hubo de esperar a que el aire pudiera entrar en sus pulmones, en cantidad y forma suficiente para reír después.

Nació menudo, con un peso pequeño y unas grandes, unas enormes ganas de decir “aquí estoy yo”. Le costó hablar, pero nada le costó reír, o caminar juguetón, o echar los brazos para gritar su alegría cuando la madre llegaba.

Prematuro en su talla, en su tiempo, menudo en su desarrollo de niño amado, supo dar la forma a los abrazos de arrullo, a ese dormir con cuentos, a ese despertar con la risa en la mirada que nutriera las ganas de seguir viviendo.

Su abuela decía que su nombre exigía un don previo: Don Eduardo. Hoy cumple veintiún años. Y tiene un don: su facilidad para dejarse amar.