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Óleo de Modesto Trigo |
La vio entrando en una corsetería. Era la vecina del quinto. Imaginó sus curvas entre satén y blondas, en un
vestidor con espejos a ambos lados. Podía ver los ligueros sobre su piel
blanca, en un incisivo contraste con un negro azabache de las prendas.
La pelirroja de sus sueños se deleitaba
ante su propia imagen, en posturas que ensalzaban su pecho y realzaba sus
ancas. Sintió el aroma denso y floral que la envolvía, y que tantas veces le
hicieron soñar en el ascensor. Al momento notó cómo su corazón se aceleraba,
sintió la sangre bombeando con fuerza en sus piernas, el rubor bajo su ombligo y
la dilatación en sus pupilas.
El golpe contra la mesilla de
noche hizo caer la lámpara de tulipa roja, el despertador con radio y la última
revista del Play-boy, donde una pelirroja seguía sonriendo, provocativa y pícara, a
alguien que no era él.