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Imagen del blog de Moli de Canyer |
Ando esperando el otoño aunque en el calendario ya estemos en él. Las hojas van tomando el color amarillo tibio que quiere virar a
marrón. Los días se acortan, dejando las tardes huérfanas de paseos hasta la
cena, de baños en el mar, de cervezas que llevarse a la boca cuando el fresco
hace acto de presencia. Las noches, que se alargan, dejando el alma inquieta por más
horas, a un Morfeo haciendo horas extras de día en día y a los recuerdos montando
guardia, asomándose tras el quicio de la puerta.
Ando esperando las castañas y los boniatos, las setas y los homenajes a los
muertos, las chaquetas de entretiempo y los dolores de huesos, que están al doblar
de la esquina y nos atraparán en sus redes de otoño en la piel.
Por si acaso, he contratado el último crucero de la
temporada, no sea que me pille la añoranza de unas tardes de clases que me
saltaba, en las que arreglaba el mundo, y tenga que mirarme en el espejo del
presente, con las arrugas creciendo, las fuerzas menguando, los dolores articulares
en arrebato y las canas a su aire. Más vale prevenir, dicen, no sin razón.