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lunes, 24 de enero de 2022

Pasión en tecnicolor

 


Era amiga de mi amigo, y me invitó a su casa. Era el lugar idóneo, sobre el sofá, sin dudarlo. De unas dimensiones más que generosas, ocupaba mucho más que la tele extragrande de la pared opuesta. El sol entraba por la parte derecha, y era un cuadro en blanco.

Le pregunté el motivo de esa tela sin nada pintado. Ella se echó a reír.

─ Estoy esperando a las musas, que andan juguetonas.

─ Pero no parece recién colgado, o yo veo mal, que pudiera ser.

─ No sé si ves mal, pero este cuadro lleva aquí el tiempo que llevo yo en el piso, cinco años hará en abril.

Me acerqué un poco más, quedando de pie ante el sofá y el cuadro que colgaba encima, (yo diría  que  en un estado virginal).

─ Voy perdiendo vista en el ojo izquierdo, igual es que veo menos de lo que hay

─ Imposible, no hay nada. Bueno─ dijo ella, quitándose la chaqueta─ sí, si te fijas hay una línea muy fina en lápiz, que divide en dos el lienzo, ¿ves? ─ y señalaba lo que, en efecto, era una línea casi recta, muy leve, de lápiz realmente de calibre finísimo.

─ Genial, tenías una idea pues. Y se escaparon las musas…o….  

─ No exactamente. Lleva conmigo quince años, y ha pasado por cuatro cuartos de estar. Las musas me sugirieron un díptico de un paisaje diurno, y el mismo nocturno. He estado haciendo bocetos, en mi estudio hay algunos. Luego te los enseño si quieres.

─ Estupendo- le dije.

La calefacción estaba muy alta, así que no me extrañó que se fuera quitando ropa, como hice yo. En ropa interior ambos, me hizo ayudarla a descolgar el lienzo, tamaño cama individual más o menos, y lo dejamos en el suelo de su estudio. La fiesta de los colores me llenó de un gozo infantil que no recordaba. Ella sonreía, bailaba y se contorsionaba mientras me iba tirando por encima latas de pintura acrílica. Me invitó a hacer lo mismo con ella, y con los pies íbamos dibujando sobre la tela. Cuando me besó, como sólo una mujer me ha besado en la vida, quedé desarmado, me rendí a su juego pasional. Rodamos por el suelo, en concreto por la tela, que, para mi sorpresa, cuando ambos quedamos agotados de hacer el amor una y otra vez, tenía un dibujo abstracto curioso y de verdad armónico. 

Cuando vi, tiempo después, que subastaban ese cuadro, de la pintora ya reconocida, no pude por menos que recordar la tarde y la noche de esa pasión en tecnicolor. No sé si ahora tenga un lienzo blanco sobre su sofá, tal vez esperándome. Quiero pensar que sí.

La imagen es de Aquí, pintado por un mono


domingo, 21 de julio de 2019

Ese bar Europe, de Montmâtre

Imagen de Aquí


El bar Europe es un lugar pequeño, recogido, y diría que obsoleto, que se alza bajo las escaleras de Montmatre. Entré porque el calor me venció. Había dos parroquianos, de turismo, igual que yo, imaginé por las pintas, seamos correctos, por las hechuras indumentarias. La camarera, supuse propietaria, era mayor, o así me pareció, pero amable. Ese bar tenía como adorno único una lámina de Van Gogh, lo que me pareció estupendo, ya que me encanta este autor y en especial este dibujo. Al salir de aseo, uno de los parroquianos, ruso creí, vociferaba con su acompañante ante la solitaria lámina. Dolor, se titula.

Subiendo las escaleras, miré hacia abajo. El bar, bistró en realidad, se veía con precisión, pero observé un brillo inusual en su rótulo. Quizás el anís o el calor me afectaba a la sesera. Llegué arriba, donde me quedé un rato, sin entrar en la Basílica.  Recorrí algunas callejas. El sol se batía en retirada, y el azar hizo que volviera a pasar por el mismo bistró, con necesidad de usar su lavabo.

La mujer de antes secaba unas copas tras el mostrador. Tosí, para llamar su atención y me miró con unos ojos de pasado cargados de nostalgia. Pedí un pastís Ricard, y cuando salí del baño, el tiempo era otro. No puedo definirlo de otra manera. Había bullicio, hombres sentados y hablando,  acaloradamente, y no sé cómo, mientras  degustaba mi bebida, sentada en una mesa y con los ojos como platos, tuve la certeza de estar asistiendo a una de las veladas de primeros de siglo veinte. A este lado del Sena, algunos pintores se hicieron cómplices, amigos, amantes, seguidores o protagonistas de una corriente artística, e ignoro la razón, yo estaba allí. Creí reconocer a Camille Pissarro, y tal vez a un joven Pablo Picasso, quien discutía con Modigliani,  y otros artistas que no supe reconocer. Cuando se abrió la puerta, un Vincent gesticulante entraba con Matisse. Sólo faltaba Degas o Toulouse-Lautrec, me dije. Parece que mi cuerpo no estaba allí, aunque yo sí.

Cuando me cansé de escucharles, sin poder decirles qué futuro tendrían, salí a la noche.  Le Chat Noir estaba abierto, se escuchaba el piano desde fuera. Vi a las parejas, vestidas de época, entrando en lo que luego sería Le Moulin Rouge, y me sorprendió el olor a gas de las farolas. Me recosté en un banco y me dormí. Al despertar estaba en este año del presente, agradecida del fresco de noche. Regresé, confusa, al hotel.

Hoy he regresado al bistró. Había un hombre de mediana edad. Las paredes estaban decoradas con láminas de Van Gogh, unas cinco o seis, pero sin rastro de "Dolor". He preguntado por la señora de ayer, y el tipo me ha respondido, por el aspecto  que yo recordaba, que tal vez fuera el fantasma de Sien (Christina Clasina María Hoornik). Parece ser que, según este propietario desde hace dos décadas, de vez en cuando, cuando se acerca el aniversario de su suicidio, le da por molestar a los clientes del bar Europe, legado de un tiempo huido. Cuando me decía esto, me dió por recordar. La imagen que yo vi no es ninguna de las tres copias que se exponen, ahora estoy segura de que es la copia perdida, de la que le habló a Theo, desde la Haya, en sus cartas. Tengo la certeza de que seguirá perdida para siempre, con su trenza hacia adelante y ningún decorado.

Recordamos a Charles Aznavour, en su tema La boheme. Pudimos brindar por los dos perdedores, por Vincent .y por Sien. Luego han entrado dos parejas de ingleses y me he despedido de Claude. Y con ello, de un tiempo que pude entrever, en un atardecer de Mayo, en París.


viernes, 29 de marzo de 2019

Sueño en el museo

Tomado de Internet

las dos Giocondas


Ahora, recuperada la lozanía del primer lienzo, las dos Giocondas luchaban por su espacio. La joven, recién expuesta, le decía a la  mayor:
- ¿No estás cansada de sonreír en el Louvre? ¿por qué no nos retiramos  al Prado?.
La mayor contestó
- ¿Al Prado? quía, yo prefiero el mar.

Para no ceder entre París y Madrid, el consejero de El Prado propuso que ambas imágenes fueran expuestas en L´Hermitage durante tres meses. La joven, en la nueva ubicación,  se quejaba de la inmensidad nocturna del museo, y la mayor de las corrientes de aire del pasillo. Para colmo, apagaban por la noche el transformador de la luz de emergencia, porque los flahses de los japoneses calentaban sobremanera los cristales que las protegían. A las dos semanas,  ambas estaban hasta el gorro de miradas, de flashes, de gente y de estar tan quietecitas.

Querían poder ver otras dependencias, otras paredes, a otras personas, así que decidieron escapar al sótano de los restauradores. Pasaron por las salas de Egipto. Se detuvieron ante lo ignoto, jamás habían oído hablar de tales maravillas,  y envidiaron el estado de conservación de algunas momias, así que, siguiendo con la idea de visitar a sus restauradores, prestas, siguieron su paseo, con el mármol fresco en sus pies desnudos y la esperanza de encontrar alguna momia o lienzo por reparar ellas mismas.  Era medianoche, y llevaban siglos sin coger un pincel, ni una aguja, ni nada de nada, sólo sonriendo a un tal da Vinci, un pintor muy bueno, pero aburrido, y a su pupilo. Querían buscar a la Venus de otro florentino, por compartir experiencias.

Los ropajes les pesaban en exceso, así que se quedaron en enaguas, llegando donde los restauradores tenían, en sus anaqueles, filas inmensas de pigmentos, pinceles, lupas e hilos de diversos materiales.

En el suelo se apilaban bastidores sin lienzos, y rollos de telas pintadas escondían las maravillas que había que restaurar. Entre los restauradores estaba Cinzia Pasquali, quien ganó el concurso internacional para la restauración de una pieza prestada por la Galeria Uffizi y que se había deteriorado.

De pronto un profundo perfume inundó la sala y advirtieron que una sombra se acercaba entre aroma de incienso y pachulí. Ambas se escondieron tras un Adonis sin manos, y ante su asombro, apareció en el dintel de la puerta, muy cansado, el David de Miguel Ángel, quien había hecho el camino a pie, desde Florencia.

- Un poco cabezón- dijo la joven. La mayor no la oía, aunque también pensaba en proporciones, y su mirada estaba fija en otra zona.

Se dirigieron a la zona de trabajo de Cinzia y describieron la Venus de Botticelli, como una pelirroja un poco descocada, algo entrada en carnes y con cabello del todo imposible de dominar. Ellas tenían bien presente la postura forzada que tuvieron que mantener como modelos de Leonardo y no pudieron evitar una cierta envidia. Le sugirieron reparar un poco por aquí y otro por allá, un tinte, un buen maquillaje, en fin, mejorar el aspecto. Mientras la mayor orientaba los cambios, David seducía a la joven, quien llevaba demasiado tiempo sin un hombre de piedra cerca. Entre bromas y veras, se animaron a hacer tonterías por los rincones, ante la mayor, quien les acabó dejando en paz, porque ella también había sido más joven.

El vigilante diurno, al llegar al pasillo de las Giocondas sufrió un desmayo. Los cristales y los bastidores estaban en el suelo,  sin lienzos. Pulsó la alarma. Se congregaron otros vigilantes armados, se cerraron las puertas,y con los policías inspeccionando el sótano, exclamaron en aleluyas nerviosas al ver los dos cuadros y un David en un rincón.